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domingo, 9 de octubre de 2011

39. Tragedias de Eurípides

Medea (431). Jasón, con el fin de casarse con la hija de Creonte, rey de Corinto, ha abandonado a Medea, la hechicera que lo ayudó a conquistar el toisón de oro y que le dio dos hijos. Creonte intima a Medea para que abandone cuanto antes Corinto. Una charla con Jasón aumenta la cólera de la hechicera, que, afectando resignación, decide el exterminio de su rival y de sus propios hijos. Manda como presentes vestidos empapados de veneno a la hija del rey, la cual muere entre horribles espasmos junto a su padre, que trata en vano de socorrerla. Jasón acude al lado de sus hijos, pero ante sus aterrados ojos aparece Medea sobre un carro alado con los cadáveres de los niños recién asesinados. Los conducirá al santuario de Hera, para sepultarlos lejos de Jasón y de la venganza de los corintios.
Hipólito (428). Hipólito, hijo de Teseo, venera a Artemisa y se despreocupa de Afrodita: ofendida, la diosa hace que se enamore perdidamente de él su madrastra Fedra. Conmovida por la desesperación de Fedra, su nodriza le confía a Hipólito la causa de los males de la madrastra. Ello origina el epílogo fatal: Hipólito, ferozmente casto, impreca sin piedad contra Fedra. Ésta pone fin a su vida pero, al propio tiempo, prepara su venganza. Teseo, a su regreso de un viaje, encuentra en manos de la mujer que acaba de expirar una carta en la que ésta acusa a Hipólito de haberla violado. Teseo maldice a su hijo y Poseidón accede a satisfacer sus deseos, haciendo que Hipólito sea arrastrado por sus caballos a orillas del mar. Llevado moribundo al palacio, Hipólito es defendido por Artemisa y muere reconciliado con su padre.
Hécuba (423). En las costas del Quersoneso tracio, donde los aqueos han acampado tras la destrucción de Troya a la espera de vientos propicios, Hécuba, cautiva de Agamenón, presagia nuevas desventuras. Poco después le arrebatan, en efecto, a su hija Polixena, para sacrificarla sobre la tumba de Aquiles. De nada valen las súplicas de Hécuba a Ulises. El sacrificio tiene lugar y Polixena acepta con orgullosa y serena firmeza la muerte. Poco después el mar devuelve los restos de otro joven hijo de Hécuba, Polidoro, al que sus padres enviaron durante la guerra de Troya junto al rey de Tracia Polinéstor (con el fin de liberarlo de los peligros de la ciudad asediada) y que ha sido asesinado por el propio monarca tracio. El dolor desgarrador de Hécuba por la muerte de Polixena se trueca ahora en feroz deseo de venganza. Conseguida la cómplice neutralidad de Agamenón, atrae a Polinéstor con sus pequeños hijos a su tienda y allí, con ayuda de las mueres troyanas, lo ciega y da muerte a sus hijos. La tragedia concluye con la profecía de Polinéstor, quien vaticina la muerte de Agamenón y de Casandra a manos de Clitemnestra.
Ifigenia en Àulide (406). Por consejo del adivino Calcas, Agamenón ha decidido inmolar a Artemisa a su hija Ifigenia para obtener que se levanten vientos propicios y la flota aquea pueda dirigirse hacia Troya. Ha ordenado que la joven viaje junto con su madre, Clitemnestra, hasta el campamento aqueo, fingiendo querer casarla con Aquiles. Aunque luego se muestra arrepentido, Menelao lo convence nuevamente. Mientras tanto Clitemnestra e Ifigenia, apenas llegadas, descubren el engaño frente al estupor del ignorante Aquiles. Ifigenia es presa de la desesperación, pero cuando ve a Aquiles dispuesto a batirse por ella contra Ulises y con el fin de evitar la lucha fratricida, acepta el sacrificio. Mientras la madre espera bañada en lágrimas el anuncio de su muerte, se presenta un heraldo para contarle que Artemisa ha raptado a Ifigenia y en su lugar yace sobre el ara, degollada, una cierva.
Ifigenia en Táuride (414). Artemisa ha transportado a Ifigenia a Táuride y la ha elegido sacerdotisa de un templo. Allí, de acuerdo con las costumbres de Táuride, donde reina Toante, tiene que presidir el sacrificio sobre el ara de la diosa de todos aquellos extranjeros que ponen sus pies en aquella tierra. Un día le llevan a dos jóvenes recién capturados: su hermano Orestes que, enloquecido por las Erinias tras el matricidio, ha huido de Argos, y su amigo Pílades. Después de numerosas preguntas de Ifigenia -que encuentra odiosa su cruenta ocupación y no piensa más que en su patria Argos- y de una noble lucha entre Orestes y Pílades para que uno de ellos pueda salvarse del sacrificio, los dos hermanos se reconocen y deciden regresar juntos a su patria. Una vez han engañado a Toante, consiguen huir junto con Pílades, llevándose consigo la estatua de Artemisa.

38. Tragedias de Sófocles

Antígona (441). La escena acontece en Tebas. Etéocles y Polinices, hijos de Edipo, se han dado muerte recíprocamente, y Creonte, el nuevo rey, ha ordenado que Polinices sea dejado insepulto. Pero para Antígona, hermana de ambos muertos, las leyes divinas están por encima de las humanas, y transgrede las órdenes del rey. Creonte ordena encerrarla viva en un antro de piedra. Con ella, sin embargo, se ha hecho encerrar sin saberlo su padre el hijo de Creonte, Hemón, prometido de Antígona. Cuando el viejo adivino Tiresias lo reconviene con terribles palabras, el rey, inquieto, ordena abrir el antro, pero Antígona acaba de ahorcarse y Hemón se quita la vida ante los ojos de su padre. Incapaz de soportar el dolor por la muerte de Hemón, Eurídice, su madre, se da muerte a su vez.

Filoctetes (409). El oráculo ha revelado que para tomar Troya es necesaria la ayuda del arquero Filoctetes con el arco prodigioso que le diera Heracles. Pero Filoctetes está lleno de rencor hacia los aqueos que lo abandonaron en la desierta isla de Lemno cuando se hallaba enfermo a causa de una herida, y se niega a seguirlos. Ulises marcha entonces a Lemnos con el joven Neoptólemo, hijo de Aquiles, el cual, fingiéndose enemigo de los aqueos, deberá convencer a Filoctetes para seguirlo. Pero, cuando ya parece haber logrado su propósito, Neoptólemo, presa de una sincera amistad por el desdichado, no tiene corazón para llevar a cabo el engaño y le revela las maquinaciones de Ulises. Filoctetes, a pesar de sentirse conmovido por la lealtad de Neoptólemo, se niega airado a partir. Sólo Heracles, al aparecerse a su amigo, logrará convencerlo para que siga a Neoptólemo a Troya.

Edipo Rey (430-425). Gracias a haber logrado desvelar los enigmas de la Esfinge, Edipo reina en Tebas casado con Yocasta, viuda del rey Layo, y padre de cuatro hijos: Etéocles, Polinices, Antígona e Ismene. La ciudad está siendo devastada por una terrible peste y el oráculo de Delfos ha aconsejado, para alejar el flagelo, descubrir al asesino del rey Layo. A través del adivino Tiresias y de la misma Yocasta se aclara, al fin, toda la concatenación de los hechos ocurridos: Layo y Yocasta confiaron al pastor Pólibo el hijo nacido de ambos, para que lo matase. Habían querido evitar así el cumplimiento de la profecía según la cual el pequeño acabaría por asesinar a su padre. El chiquillo fue, sin embargo, perdonado y resulta ser precisamente Edipo, el cual sabe así que Layo, su padre, es el hombre al que él mismo dio muerte en una refriega en el camino de Tebas. Yocasta, al saber que, además de esposa, es también madre de Edipo, se ahorca horrorizada, y Edipo se arranca los ojos para no ver nunca más el sol, testigo de su crimen. Luego se aleja de Tebas confiando sus hijos y el reino a su cuñado Creonte.

Edipo en Colono (406). Al demos de Colono, próximo a Atenas, en el bosque sabrado de las Euménides, llega Edipo anciano y ciego, bajo la guía de su hija Antígona. Salen a su encuentro varias personas: su hija Ismene, que le refiere la disputa surgida entre Etéocles y Polinices; Teseo, rey de Atenas, que acoge benévolamente a Edipo; su cuñado Creonte, que querría hacerlo volver nuevamente a Tebas; y Polinices, que anuncia su intención de pelearse con Etéocles, en vano reprendido por las hermanas. En el trueno que estalla de repente Edipo reconoce, mientras tanto, la señal -vaticinada por el oráculo- de su muerte próxima: se adentra en el bosque con Teseo y luego desaparece de forma misteriosa.

Electra (413). La escena tiene lugar en los confines de la Argólida, en casa del campesino Auturgo al que Electra, hija de Agamenón y Clitemnestra, ha sido entregada como esposa por su madre y por Egisto, el nuevo marido de ésta y su cómplice en el asesinato de Agamenón. Electra se muestra casi resignada y adaptada ahora ya a su humilde condición, gracias también al noble comportamiento de su esposo; mas su furor se excita nuevamente con la llegada inesperada de su hermano Orestes, acompañado del fiel Pílades. Junto con un viejo eslavo que fuera ayo de Agamenón, los dos hermanos planean vengarse. Orestes parte. Un mensajero anunciará poco después que, según los planes, el joven ha dado muerte a Egisto mientras éste se hallaba ocupado en un sacrificio. Cuando vuelve, trayendo consigo el cuerpo de Egisto, Orestes siente el ánimo oprimido por el delito apenas cometido; Electra lo alienta y lo hace entrar en casa, donde deberá llevar a su término la venganza. Se presenta, en efecto, Clitemnestra, atraída por Electra con el falso anuncio de una reciente maternidad suya, y es introducida en la casa. Es aquí donde Orestes, aunque renuente y horrorizado de sí mismo, la mata. Sobre la casa del crimen se posan los Dioscuros, los divinos parientes de Clitemneestra, que exhortan a ambos matricidas a que abandonen Argos.

37. Tragedias de Esquilo

Los Persas (472 a.C.). La escena tiene lugar en Susa, Persia, junto a la tumba de Darío. Ante los ancianos del consejo del Gran Rey, inquietos por la falta de noticias sobre la expedición de Jerjes contra la Hélade, se presenta la reina madre Atosa, viuda de Darío, para comunicarles dos funestos presagios. Llega, en esto, un mensajero para anunciar que el ejército persa ha sido aniquilado en Salamina, y que Jerjes se halla de camino de regreso. Atosa y los consejeros invocan a la sombra de Darío. Darío, después de aparecer explica que se han hecho oráculos que le son conocidos, y, lanzando una admonición contra las intenciones de conquistar Europa, vaticina la derrota de Platea. Su hijo ha presumido demasiado, deben exhortarlo a la cordura. Mientras el coro llora la gloria del imperio bajo el prudente Darío, llega Jerjes harapiento y sombrío.
Los siete contra Tebas (467 a.C.). Etéocles, hijo de Edipo, reina en Tebas, la de las siete puertas. anuncia a su pueblo que, de acuerdo con una profecía del adivino Tiresias, Tebas será asaltada esa misma noche. Entre tanto, un emisario que ha asistido en el campamento enemigo al juramento de los siete guerreros que encabezarán el asalto a las puertas de la ciudad, ha reconocido entre ellos a Polinices, el hermano del rey. Será el propio Etéocles quien defienda, durante la batalla, la séptima puerta contra Polinices: Tebas es salvada, pero los hermanos se han dado muerte recíprocamente. Los nuevos señores de Tebas prohíben que el traidor Polinices sea sepultado, pero Antígona, hermana de los muertos, convence con apasionadas palabras a su más débil hermana Ismene, y a una parte de los presentes, para que honren con ella el cadáver de Polinices.
Prometeo encadenado. En las montañas de Escitia, Hefesto, con la ayuda de Cratos y Bía, personificaciones del Poder y de la Fuerza, ha encadenado al titán Prometeo a una roca, siguiendo las órdenes de Zeus. Junto a Prometeo, que ha sido dejado solo, llegan divinidades amigas: en primer lugar, las Oceánidas, hijas de Océano y de Tetis, luego el propio Océano. También la mortal Ío, hija de Ínaco, detiene el eterno errar al que le sometió Hera para interrogar a Prometeo. Éste, negándose a dejar de maldecir contra Zeus, refiere el motivo de su rebelión: osó defender a los hombres del odio de Zeus, y les dio el fuego para que aliviaran con él su mísera vida. Cuando profetiza la futura caída de Zeus, acude Hermes, y en medio de un inmenso cataclismo Prometeo es precipitado en un barranco.
La Orestíada (458).
Agamenón. Troya ha caído y Agamenón regresa victorioso a su palacio de Argos. Sale a recibirlo su esposa Clitemnestra, que simula sentirse contenta con su llegada, pero que en realidad ha dispuesto desde antes vengar atrozmente la muerte de su hija Ifigenia, sacrificada por su esposo a los dioses la víspera de la expedición contra Troya. Entre los prisioneros se encuentra la profetisa Casandra, hija del rey Príamo: adivinando (sin ser creída por los presentes) las maquinaciones de Clitemnestra, entra reluctante en palacio. De allí a poco, en efecto, con la ayuda de su amante Egisto, la reina mata a Casandra y Agamenón. Pero el coro de ancianos, sobrecogido, anuncia a Clitemnestra la inminente venganza de su hijo, Orestes.
Las Coéforas. Orestes, hijo de Agamenón, ha llegado secretamente a Argos, junto con su amigo Pílades. Se da a conocer, junto a la tumba de su padre, a su hermana Electra, que ha ido hasta allí con sus esclavas las Coéforas, al objeto de celebrar los ritos funerarios para calmar la ira de la sombra de Agamenón. Conjuntamente traman venganza contra su madre. Con la complicidad de las Coéforas, Orestes se introduce en el palacio disfrazado y mata a Egisto: acto seguido, después de revelarle su verdadera identidad a Clitemnestra, ésta cae bajo sus golpes. Consumado el matricidio, Orestes es presa del horror y se siente perseguido por las erinias. Entonces decide acercarse al santuario de Apolo, en Delfos, para reclamar ayuda al dios.
Las Euménides. En Delfos, delante del templo, Orestes se ve rodeado por las doce implacables Erinias, pero a su lado tiene a Hermes y a Apolo. En un momento en que se han adormecido, Apolo aconseja a Orestes dirigirse a Atenas. Mas del Hades surge la sombra de Clitemnestra para despertar a las Furias, que persiguen a Orestes hasta la Acrópolis. Él suplica a Atenea, prometiéndole que Argos será aliada de atenas, y la diosa confía el juicio de la disputa entre Orestes y las Erinias a un consejo de sabios (Areópago). El número de votos obtenido por ambas partes es el mismo, pero Orestes es absuelto gracias al voto de Atenea, que viene a sumarse a los que son favorables. La diosa convence a las Erinias para que acepten el veredicto: una vez éstas se han convertido en seres benévolos (Euménides), son acompañadas en cortejo a una nueva mansión que el pueblo ateniense les ha destinado para que puedan ser veneradas en ella.

viernes, 30 de septiembre de 2011

30. ¡Serás capaz!

JASÓN
Muchas veces he visto que son los caracteres 
ásperos un incordio con el que no hay quien luche.
Así tú, que podías conservar casa y tierra 
llevando con buen ánimo las reglas del que manda, 
por tus locas palabras expulsada te ves. 
Y no es que ello me importe: por mí no ceses nunca 
de repetir que no hay hombre peor que Jasón. 
Pero, después de cuanto de los reyes has dicho, 
date por satisfecha con un destierro solo. 
Yo, queriendo que aquí te quedases, sus  iras 
por apaciguar siempre me esforcé; pero tú 
no cejabas en esa necedad e insultábasles 
mil veces hasta que del país te arrojaron. 
Mas, aun así, aquí estoy, soy fiel a mis amigos 
y por ti me preocupo, mujer, para que no 
te vayas con tus hijos en la indigencia estando 
o en la necesidad; pues son muchos los males 
que al exilio acompañan. Y, aunque tu me detestes, 
no sentiré jamás aversión hacia ti.
MEDEA
¡Oh, pésimo entre todos, que es el mayor insulto 
con que pueda mi lengua tu maldad fustigar! 
¿Has venido a nosotros tú, el más que nadie odiado? 
No es eso atrevimiento ni tampoco valor,
mirar de frente a aquellos a quienes se ha hecho mal,
sino la mayor plaga que se da entre los hombres,
el impudor. Hiciste bien empero en venir:
yo desahogaré mi alma con lo que he de decirte
y tú padecerás cuando oigas mis injurias.
Comenzaré ante todo por cómo comenzó.
Te salvé, como salven cuantos de los Helenos
contigo en la nave Argo se embarcaron, al ser
tú enviado a gobernar a los toros de soplo
ígneo y a arar con ellos la yugada mortal.
Y a aquel dragón insomne de innúmeras volutas
que con su cuerpo el áureo vellocino guardaba 
muerte le di alumbrándole con mi luz salvadora.
Dejé luego mi casa y a mi padre contigo
a Yolco la peliótide me vine, más vehemente
que cuerda siendo en ello maté después a Pelias 
del más penoso modo que pueda hallarse, a manos
de sus hijas, y así tú temor disipé.
Y tú, el peor de los hombres, tras ese tratamiento
mío quieres dejarme y a un nuevo lecho vas
teniendo hijos de mí; pues, si ellos te faltaran,
disculpable el buscar nuevas nupcias sería.
Se esfumó de tal guisa la fe del juramento
y o crees que no imperan ya los dioses de entonces
o que nueva es la ley de los hombres de ahora
pues para mí convicto resultas de perjurio.
¡Ay, mi mano derecha, que tanto me tomaste!
¡Mis rodillas, que fuisteis falsamente abrazadas
por un vil que al hacerlo mi esperanza engañó!
Veamos, a consultarte voy como si un amigo
fueras. ¿Qué es lo que espero? Nada, mas, [sin embargo,
lo haré porque pudor tus respuestas te den. 
¿Adónde ahora me vuelvo? ¿Tal vez a la paterna 
casa, que traicioné con mi patria al seguirte? 
¿Con las pobres Pelíades? ¡Que bien recibirían
en su morada a aquella que a su padre mató!
Pues he aquí lo que ocurre: mis amigos de antaño 
me aborrecen y aquellos a quienes no debí 
maltratar como lo hice sólo por complacerte. 
¡Y hoy entre las mujeres de la Hélade envidiable 
ciertamente parezco después de tal conducta!
¡Es admirable y fiel, pobre de mí, mi esposo!
¡Voy a ser del país desterrada, expulsada, 
con mis hijos tan solos como yo, sin amigos! 
¡Qué bochorno el del novio, que en mendiguez errante 
anden por ahí tus hijos y yo, que le salvé! 
¡Oh, Zeus, que a los humanos diste claros indicios 
para reconocer la mala ley del oro!, 
¿cómo ninguna seña colocaste en los cuerpos 
con que al hombre perverso pudiera distinguirse?
CORIFEO
Es tremenda y difícil de aplacar la iracundia 
que a querella de amigos contra amigos induce.
JASÓN
Me toca, al parecer, no ser mal orador,
sino, como el experto piloto de un bajel,
capear con las solas fajas de mi velamen
esa impúdica cháchara con que, mujer, me acosas.
Yo, frente a tal manera de realzar tus favores,
creo que entre los dioses y los hombres es Cipris
la única a quien debió mi flota su salud.
Tu espíritu es sutil, pero odioso resúltate
el tener que contar cómo Eros te obligó
con invencibles dardos a salvar mi persona.
Mas no aquilataré demasiado este punto:
de aquel modo o del otro me salvaste y en paz.
Pero en tal salvación fue más lo que tomaste
que lo que recibí, como demostraré.
Habitas ante todo tierra helena y no bárbara,
conoces la justicia y el vivir según ley
y no bajo el imperio tan sólo de la fuerza.
No hay heleno ninguno que ignore que eres sabia
y así tienes prestigio; si siguieras viviendo
en el fin de la tierra, nadie de ti hablaría.
Y a mí ni oro en mi casa me des ni el cantar himnos
más hermosos que Orfeo si ello no va a traerme
el gozar de una fama que distinga  mis dotes.
Eso es lo que tenía que decir de mi viaje,
y ello porque tú fuiste la que inició el litigio.
Y en cuanto a la real boda que tú me echas en cara,
en eso mostraré que ante todo soy hábil
y también moderado y además gran amigo 
de ti y de nuestros hijos;
Ante los gestos indignados de  Medea.
mas manténte tranquila.
Una vez que aquí estoy, venido de la tierra
yolcia y tras mí trayendo problemas insolubles,
¿qué golpe de fortuna pude encontrar mejor
que unirme, un desterrado, con la hija del monarca?
Y no, si ello te escuece, porque odiara tu lecho
o me hiriera el deseo de tener nueva esposa
o de rivalizar con padres de más hijos
—bastan ya los que tengo, no me apetecen otros—,
sino, cosa importante, para que bien viviéramos
sin carecer de nada, sabiendo que a los pobres 
les huyen los amigos, todos de ellos se apartan;
para que en forma digna de esta casa se criasen
mis hijos, a los cuales yo les daría hermanos
que, habitando con ellos en un linaje unido,
nos hicieran felices. ¿A qué más descendientes? 
A mí sólo me importa que los nacidos hoy
gocen de otros futuros. ¿Es malo esto? Tú misma
lo aceptaras si no te irritase el pensar
en la cama. Que a un grado tal llegáis las mujeres
como para creer que todo lo tenéis
si ello va bien; y, en cambio, cuando no, en enemigas
os tornáis de lo que es más conveniente y justo.
 Deberían los hombres buscar otra manera
 de engendrar a la prole sin sexo femenino,
 y así no sufriría mal alguno el varón.
 CORIFEO
 Bien adornado está, Jasón, eso que dices,
 pero a mí me parece que, aunque otra cosa creas,
 no obras bien al estar traicionando a tu esposa.

Eurípides, Medea 

29. No quieras saber

EDIPO.- ¡Oh Tiresias, que todo lo manejas, lo que debe ser enseñado y lo que es secreto, los asuntos del cielo y los terrenales! Aunque no ves, comprendes, sin embargo, de qué mal es víctima nuestra ciudad. A ti te reconocemos como único defensor y salvador de ella, señor. Porque Febo, si es que no lo has oído a los mensajeros, contestó a nuestros embajadores que la única liberación de esta plaga nos llegaría si, después de averiguarlo correctamente, dábamos muerte a los asesinos de Layo o les hacíamos salir desterrados del país. Tú, sin rehusar ni el sonido de las aves ni ningún otro medio de adivinación, sálvate a ti mismo y a la ciudad y sálvame a mí, y líbranos de toda impureza originada por el muerto. Estamos en tus manos. Que un hombre preste servicio con los medios de que dispone y es capaz, es la más bella de las tareas.
TIRESIAS.- ¡Ay, ay! ¡Qué terrible es tener clarividencia cuando no aprovecha al que la tiene! Yo lo sabía bien, pero lo he olvidado, de lo contrario no hubiera venido aquí.
EDIPO.- ¿Qué pasa? ¡Qué abatido te has presentado!
TIRESIAS.- Déjame ir a casa. Más fácilmente soportaremos tú lo tuyo y yo lo mío si me haces caso.
EDIPO.- No hablas con justicia ni con benevolencia para la ciudad que te alimentó, si la privas de tu augurio.
TIRESIAS.- Porque veo que tus palabras no son oportunas para ti. ¡No vaya a ser que a mí me pase lo mismo...!
(Hace ademán de retirarse.)
EDIPO.- No te des la vuelta, ¡por los dioses!, si sabes algo, ya que te lo pedimos todos los que estamos aquí como suplicantes.
TIRESIAS.- Todos han perdido el juicio. Yo nunca revelaré mis desgracias, por no decir las tuyas.
EDIPO.- ¿Qué dices? ¿Sabiéndolo no hablarás, sino que piensas traicionarnos y destruir a la ciudad?
TIRESIAS.- Yo no quiero afligirme a mí mismo ni a ti. ¿Por qué me interrogas inútilmente? No te enterarás por mí.
EDIPO.- ¡Oh el más malvado de los malvados, pues tú llegarías a irritar, incluso, a una roca! ¿No hablarás de una vez, sino que te vas a mostrar así de duro e inflexible?
TIRESIAS.- Me has reprochado mi obstinación, y no ves la que igualmente hay en ti, y me censuras.
EDIPO.- ¿Quién no se irritaría al oír razones de esta clase con las que tú estás perjudicando a nuestra ciudad?
TIRESIAS.- Llegarán por sí mismas, aunque yo las proteja con el silencio.
EDIPO.- Pues bien, debes manifestarme incluso lo que está por llegar.
TIRESIAS.- No puedo hablar más. Ante esto, si quieres irrítate de la manera más violenta.
EDIPO.- Nada de lo que estoy advirtiendo dejaré de decir, según estoy de encolerizado. Has de saber que parece que tú has ayudado a maquinar el crimen y lo has llevado a cabo en lo que no ha sido darle muerte con tus manos. Y si tuvieras vista, diría que, incluso, este acto hubiera sido obra de ti solo.
TIRESIAS.- ¿De verdad? Y yo te insto a que permanezcas leal al edicto que has proclamado antes y a que no nos dirijas la palabra ni a éstos ni a mí desde el día de hoy, en la idea de que tú eres el azote impuro de esta tierra.
EDIPO.- ¿Con tanta desvergüenza haces esta aseveración? ¿De qué manera crees poderte escapar a ella?
TIRESIAS.- Ya lo he hecho. Pues tengo la verdad como fuerza.
EDIPO.- ¿Por quién has sido enseñado? Pues, desde luego, de tu arte no procede.
TIRESIAS.- Por ti, porque me impulsaste a hablar en contra de mi voluntad.
EDIPO.- ¿Qué palabras? Dilo, de nuevo, para que aprenda mejor.
TIRESIAS.- ¿No has escuchado antes? ¿O es que tratas de que hable?
EDIPO.- No como para decir que me es comprensible. Dilo de nuevo.
TIRESIAS.- Afirmo que tú eres el asesino del hombre acerca del cual están investigando.
EDIPO.- No dirás impunemente dos veces estos insultos.
TIRESIAS.- En ese caso, ¿digo también otras cosas para que te irrites aún más?
EDIPO.- Di cuanto gustes, que en vano será dicho.
TIRESIAS.- Afirmo que tú has estado conviviendo muy vergonzosamente, sin advertirlo, con los que te son más queridos y que no te das cuenta en qué punto de desgracia estás.
EDIPO.- ¿Crees tú, en verdad, que vas a seguir diciendo alegremente esto?
TIRESIAS.- Sí, si es que existe alguna fuerza en la verdad.
EDIPO.- Existe, salvo para ti. Tú no la tienes, ya que estás ciego de los oídos, de la mente y de la vista.
TIRESIAS.- Eres digno de lástima por echarme en cara cosas que a ti no habrá nadie que no te reproche pronto.
EDIPO.- Vives en una noche continua, de manera que ni a mí, ni a ninguno que vea la luz, podrías perjudicar nunca.
TIRESIAS.- No quiere el destino que tú caigas por mi causa, pues para ello se basta Apolo, a quien importa llevarlo a cabo.
EDIPO.- ¿Esta invención es de Creonte o tuya?
TIRESIAS.- Creonte no es ningún dolor para ti, sino tú mismo.
EDIPO.- ¡Oh riqueza, poder y saber que aventajas a cualquier otro saber en una vida llena de encontrados intereses! ¡Cuánta envidia acecha en ustedes, si, a causa de este mando que la ciudad me confió como un don -sin que yo lo pidiera-, Creonte, el que era leal, el amigo desde el principio, desea expulsarme deslizándose a escondidas, tras sobornar a semejante hechicero, maquinador y charlatán engañoso, que sólo ve en las ganancias y es ciego en su arte! Porque, ¡ea!, dime, ¿en qué fuiste tú un adivino infalible? ¿Cómo es que no dijiste alguna palabra que liberara a estos ciudadanos cuando estaba aquí la perra cantora Y, ciertamente, el enigma no era propio de que lo discurriera cualquier persona que se presentara, sino que requería arte adivinatoria que tú no mostraste tener, ni procedente de las aves ni conocida a partir de alguno de los dioses. Y yo, Edipo, el que nada sabía, llegué y la hice callar consiguiéndolo por mi habilidad, y no por haberlo aprendido de los pájaros. A mí es a quien tú intentas echar, creyendo que estarás más cerca del trono de Creonte. Me parece que tú y el que ha urdido esto tendrán que lograr la purificación entre lamentos. Y si no te hubieses hecho valer por ser un anciano, hubieras conocido con sufrimientos qué tipo de sabiduría tienes.

Sófocles, Edipo rey

28. Prometeo encadenado

EL PODER: Estamos ya en el último confín de la Tierra, en el camino del
país escita, en la soledad nunca hollada. Hefestos, ha llegado la
hora de que cumplas lo que el padre te ordenó y ates a ese forajido
con cadenas de hierro irrompible en la cima de estos abruptos
peñascos. Hurtó tu preciado don, el brillante fuego, padre de todas
las artes, y lo entregó a los mortales. Justo es, pues, que pague a
los dioses la pena merecida. Tal vez así aprenda a resignarse a la
dominación de Zeus y a cesar en su oficio de favorecedor de los
hombres
HEFESTOS: Poder y Fuerza, cumplida está por vuestra parte la misión que
Zeus os encomendó y nada os retiene ya aquí. En cuanto a mí,
siento que me falten las fuerzas para encadenar contra su voluntad
a un dios, y a un dios de mi propia sangre, en esta cima azotada
por las tempestades. No obstante, es preciso que encuentre el
valor para hacerlo, pues el desobedecer las órdenes del padre
acarrea siempre graves males.(A PROMETEO.)  Hijo de la
consejera Temis, que nutres siempre en tu alma tan osados
pensamientos, fuerza es que, a pesar mío y tuyo, te sujete a esta
roca desolada por medio de indisolubles lazos de hierro. No llegará
ya a ti ni voz ni rostro humanos, sino que, abrasado por los
ardientes rayos del Sol, verás destruirse tu piel y cambiar de color;
con alegría mirarás a la noche ocultar la luz, bajo su manto
estrellado, y con alegría también verás al Sol, a su vez, secar el
rocío de la Aurora; pero el dolor de tus desdichas no cesará de
atormentarte un momento, porque aquel que te ha de liberar no
ha venido todavía. ¡He aquí lo que has conseguido con tu afición
a favorecer a los hombres! Dios a quien no asusta la cólera divina,
librando a los mortales, lo que era un honor entre nosotros, has
pasado los límite de lo permitido. En castigo por ello permanecerás
desde ahora sobre esta roca, en guardia dolorosa, siempre de pie,
sin dormir ni doblar las rodillas. En vano lanzarás entonces
incesantemente tus gemidos, en vano clamarás: el corazón de Zeus
es inflexible, pues nunca señor nuevo se mostró inclinado a la
piedad.
EL PODER: ¡Vamos ya! ¿Por qué te detienes y te lamentas en vano? ¿No
abominas de un dios, maldito de los dioses, que ha osado entregar
a los hombres lo que constituía tu privilegio?
HEFESTOS: ¡Son tan fuertes los lazos de la sangre cuando se junta a ellos el
trato!
EL PODER: Bien. Pero ¿es posible desobedecer la orden del padre, y sería
ello menos terrible para ti?
HEFESTOS: En ti el cinismo corrió siempre a parejas con la crueldad.
EL PODER: Con lamentarte por su desgracia no has de mejorar su suerte;
mejor es, pues, que no te fatigues en balde.
HEFESTOS: ¡Oh, oficio mil veces maldito!
EL PODER: ¿Por qué maldecir de tu oficio? Nada tiene que ver él con su
desgracia.
HEFESTOS: Pluguiera al Cielo, a pesar de todo, que hubiese tocado a otro en
suerte.
EL PODER: Todas las atribuciones quedaron ya establecidas, excepto para el
rey de los dioses; sólo Zeus es libre.
HEFESTOS: Cierto que es así y nada puedo objetar a lo que dices.
EL PODER: Apresúrate, pues, a sujetarle con cadenas; que el padre no te vea
inactivo.
HEFESTOS: Tengo ya las esposas en mi mano.
EL PODER: Rodea, pues, con ellas sus brazos; golpea luego con el martillo
con toda tu fuerza y clávale en la roca.
HEFESTOS:
-La obra está terminada, y sin falla alguna.
EL PODER: Golpea más fuerte, aprieta, haz que no pueda moverse, pues es
tanta su destreza, que encuentra salida hasta en lo imposible.
HEFESTOS: Ya está; este brazo no lo desatará, por más que se esfuerce.
EL PODER: Ahora este otro; encadénale sólidamente. Que sepa que su malicia
no es nada comparada con la de Zeus.
HEFESTOS: Nadie, con razón, podría quejarse de mi obra sino él.
EL PODER: Y ahora no vaciles: húndele con fuerza en medio del pecho el
duro diente de esta cuña de hierro.
HEFESTOS: ¡Ah, Prometeo! ¡Cómo en mi alma gimo por tus males!
EL PODER: ¡Todavía vacilas y gimes ante el enemigo de Zeus! ¡Cuida de que
no te toque un día gemir por ti mismo!
HEFESTOS: Estoy viendo lo que ningún ojo debía haber visto jamás.
EL PODER: Estoy viendo a uno que paga la pena que merece. ¡Ea, pásale la
férrea cadena en torno de la cintura!
HEFESTOS: Fuerza es que lo haga; no me des más órdenes.
EL PODER: Quiero dártelas, quiero que te apresures. Desciende ahora y átale
los pies.
HEFESTOS: Hecho está, y con rapidez.
EL PODER: Ahora, golpea con todas tus fuerzas y que los grillos se hundan
en la carne. Duro es el que ha de vigilar esta tarea.
HEFESTOS: Como tu rostro, así son tus palabras.
EL PODER: Sé blando cuanto quieras, pero no me reproches que mi naturaleza
sea obstinada y dura.
HEFESTOS: Partamos ya; ha quedado sujeto por todos los miembros.
EL PODER: Ahora muestra aquí a tu gusto tu insolencia, y roba a los dioses
sus privilegios para librarlos a los efímeros. ¿Qué podrán los
mortales para aliviar tus penas? En verdad que yerran los dioses
en llamarte Prometeo; un Prometeo necesitarías tú para deshacerte
de estos hábiles nudos. (Salen los dos. Un largo silencio.)
PROMETEO: ¡Eter divino, vientos de rápidas alas, aguas de los ríos, sonrisa
innombrable de las olas marinas! Tierra, madre común, y tú, Sol,
ojo al que nada se oculta, yo os invoco en este lugar: ved lo que
un dios se ve obligado a sufrir por obra de los dioses.
«Contemplad el oprobio con que se me aflige y que habré de
padecer durante días incontables. ¡Estos son los lazos de infamia
que ha imaginado para mí el nuevo señor de los bienaventurados!
¡Ay de mí, ay!, que lloro por los males presentes y por los que me
esperan. ¿Después de qué pruebas brillará para mí el día de la
liberación?
«Mas ¿qué digo? ¿Acaso no sé ya de antemano todo lo que me
espera? Ningún infortunio me vendrá que no haya previsto. Es
preciso aceptar nuestra suerte con ánimo sereno y comprender
que no puede lucharse contra la fuerza del Destino. Y, no obstante,
ni puedo hablar de mis desdichas ni puedo callarlas. Grande es mi
desventura, pues por haber favorecido a los mortales gimo ahora
abrumado bajo este suplicio. Un día, en el hueco de una caña, me
llevé mi botín, la chispa madre del fuego, robada por mí, y que se
ha revelado entre los hombres como el maestro de todas las artes,
un tesoro de inestimable valor. Esta ha sido mi culpa y por esto
me veo castigado así, clavado en esta roca bajo la inclemencia del
Cielo.
«¡Ah! ¡Ah!, ¿qué rumor, qué aroma divino ha llegado hasta aquí?
¿Procede de un dios o de un hombre, o de uno que participa de
ambos? ¿Vendrá acaso hasta esta roca, límite del mundo, a
contemplar mis sufrimientos, o a qué vendrá? ¡Ah! Mirad a un
dios encadenado y sujeto a todas las miserias. Soy el enemigo de
Zeus, el que se ha atraído el odio de cuantos frecuentan su mansión,
por haber amado demasiado a los hombres.
«¡Ah! ¡Ah! ¿Qué rumor de aves oigo cerca de mí? Un suave batir
de alas hace vibrar la brisa. Todo lo que se acerca me produce
espanto.
(Un carro alado aparece en la cumbre más próxima a aquella en que está
sujeto Prometeo. En él vienen las OCEÁNIDAS.)
EL CORO: Nada temas: amiga es la bandada, cuyas alas en rápido batir han
traído a esta cumbre. Con gran trabajo lograron mis palabras
vencer la oposición del padre, y las auras veloces me han traído.
El recio y terrible resonar del hierro, penetrando hasta el fondo
de mi ser, desterró de mí la vergüenza de tímida mirada, y, descalza,
levanté el vuelo en este carro alado.

Esquilo, Prometeo encadenado