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viernes, 29 de mayo de 2020

Dostoievski, 3


Los hermanos Karamázov (1880) es la última novela de Dostoievski, un impresionante relato policíaco, psicológico y filosófico, unánimemente considerada como su mejor obra. En ella, los hermanos Iván, Dimitri y Alexei son abandonados por su padre y educados por parientes. Cuando llegan a la edad adulta, los hermanos se enfrentan a su viejo padre, un sujeto despreciable al que menosprecia y odian. Los tres hermanos desean la muerte del padre. Un día, cuando el padre aparece muerto, el hermano mayor, Dimitri, es el primer sospechoso. Las ciucunstancias y las pruebas le son adversas (por ejemplo, el padre y el hijo amaban a la misma mujer). dimitri es condenado a trabajos forzados en Siberia. Sin embargo, los hermanos no saben que el verdadero asesino es el epiléptico Smerdiákov, hijo ilegítimo y criado del viejo Karamázov. Smerdiákov pone en práctica la norma proclamada por el segundo de los hermanos, Iván, quien, según la filosofía de Nietzsche, dice que todo está permitido. Smerdiákov se aburre, aborrece la vida y no siente el más mínimo remordimiento después del crimen. Finalmente se suicida. Como penitencia, los tres hermanos están dispuestos a cargar con la complicidad en el crimen.
La novela, larga y compleja, plantea la oposición entre el padre biológico, un sujeto detestable, y el padre espiritual, el ermitaño Zósima, que representan la muerte y la resurrección. Iván es el pensador y racionalista. Dimitri, el símbolo de las pasiones salvajes y sensuales, y Alexei (en la novela se le llama casi siempre Aliocha) es el puro y santo. Sin embargo, los tres son el producto del mismo padre. Los tres (y Smerdiákov también) afrontan el conflicto de odiar a su padre y sentirse culpables del parricidio. Cada hermano es acompañado por una mujer de fuerte personalidad, pero también de un niño. Smerdiákov, por ejemplo, enseña al niño Iliucha cómo matar a su perro, pero el niño, poco después, muere de remordimiento. Alexei vive en una comunidad de estudiantes. Dimitri, ya en prisión, sueña con un niño que muere en el pecho de su madre, e Iván se niega a creer en la eterna felicidad mientras haya un solo niño que sufra.

Dostoievski introdujo en la novela un importante elemento autobiográfico: él mismo se sentía culpable de la muerte de su padre y de la de su propio hijo. Esta novela la escribió después de la muerte, a los tres años, de su último hijo. Para diseñar los personajes, Dostoievski estudió a fondo la criminalidad entre la juventud rusa y visitó reformatorios. Al mismo tiempo, la novela está iluminada por las palabrs del ermitaño Zósima sobre la blasfemia y la anarquía. Antes de morir, el ermitaño afirma que en el ser humano anida una bestia apasionada que hace dudar a la gente entre el Bien y el Mal, entre el «ideal de Madonna» y el «ideal de Sodoma». La única salida posible es renunciar a las pasiones, porque solo trean el caos, el crimen, el sufrimiento y el suplicio de uno mismo y de los otros. Esta idea de ataraxia tuvo bastante éxito en nuestra literatura. Los críticos se la adjudican a Schopenhauer, pero los escritores que la utilizaron (Baroja) la sacaron de Dostoievski.

*La fotografía que ilustra esta entrada es una página del manuscrito de Los hermanos Karamázov. Da idea de cómo funcionaba la mente del autor...

jueves, 28 de mayo de 2020

Dostoievski, 2


Crimen y castigo (1866) gira en torno a un asesinato. El plan original de Dostoievski fue esbozar la hisoria de un crimen. Un joven estudiante, Raskólnikov, mata a una vieja usurera para hacer felices a su madre y a su hermano con el dinero robado. Después terminaría sus estudios, se marcharía al extranjero y viviría según la ley de Dios. Pero no todo sale como había previsto: tras el asesinato, el autor siente remordimientos y se entrega a la policía, dispuesto a asumir la condena.
En la versión definitiva de la obra, el estudiante asesina a la vieja para pagar sus estudios. A través de las conversaciones son el juez Petrovic, y, sobre todo, al redescubrir con Sonia la misericordia perdida, Raskólnikov vive una catarsis. Los dos le enseñan que su soledad solo puede combatirse aceptando su culpabilidad y asumiendo el castigo que se le imponga. Cuando, por fin, Raskólnikov debe ir a Siberia, condenado a trabajos forzados, Sonia se va voluntariamente con él. Gracias al amor de Sonia, Raskólnikov se siente como Lázaro, resucitado de entre los muertos, y puede comenzar una nueva vida. 
Crimen y castigo es una novela policíaca llena de suspense, pero no para descubrir al asesino sino para saber cómo el asesino preparó el crimen. Raskólnikov va fraguando progresivamente que quiere matar a una persona pero le repugna la idea. Cuando los planes son solo conjeturas, el asesinato nunca se menciona de manera explícita. Solo se alude a él como un «acto». Todo es confuso, incluso las razones que le llevan a cometerlo. Después del crimen, el suspense se concentra en las conversaciones con el juez, en las que Raskólnikov expone sus teorías. Por ejemplo, que si todo lo que contribuye al progreso es bueno, también la muerte de la vieja usurera contribuiría a la felicidad general, porque así podría terminar los estudios y ayudar a su familia.
Frente a ese orgullo individualista, que le conduce al asesinato, está la compasiva humildad de Sonia, que acepta el sufrimiento y de esta forma contribuye a la purificación de Raskólnikov. La novela, además, tiene un fuerte componente de crítica social. La acción sucede en sótanos, callejones oscuros, comisarías, de modo que el ambiente es de una sociedad abrumada por la miseria. Sonia, por ejemplo, se hace prostituta para mantener a su familia. Es decir, el crimen de Raskólnikov sería una forma de protesta contra un mundo profundamente injusto. 
Dostoievski revolucionó la novela no solo con esta trama tan novedosa y apasionante, o con la extraordinaria profundidad de sus personajes, sino también con la manera de escribirla. Cualquier escritor de la época, al leer las primeras páginas, pensaría que la novela está mal escrita, como si le importasen muy poco las convenciones retóricas del momento. Sin embargo, él lo justificó con una frase memorable: «La preocupación por el estilo es el primer síntoma de impotencia», es decir, el estilo no puede interferir en la novela. Tolstoi había llegado a la transparencia más absoluta, y Dostoievski a un lenguaje que era como los sórdidos callejones en los que transcurre la acción. En apariencia no es un estilo depurado, pero es absorbente, hipnótico, y uno llega a la conclusión de que es el mejor estilo posible para lo que se está contando. Ese estilo, como ya os he comentado, fascinó a Pío Baroja, y el pobre tuvo que soportar que generaciones de críticos sin sensibilidad ni conocimientos literarios dijera que el suyo era un estilo desaliñado, incluso hubo algún mentecato que lo acusó de no dominar bien el castellano…
Os dejo con la primera página de Crimen y castigo. En ella puede versa la extraordinaria intensidad del libro entero, el desprecio por las florituras literarias, la capacidad de Dostoievski de meternos en un mundo aparte desde las primeras líneas.

Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la callejuela de S... y, con paso lento e indeciso, se dirigió al puente K...
Había tenido la suerte de no encontrarse con su patrona en la escalera.
Su cuartucho se hallaba bajo el tejado de un gran edificio de cinco pisos y, más que una habitación, parecía una alacena. En cuanto a la patrona, que le había alquilado el cuarto con servicio y pensión, ocupaba un departamento del piso de abajo; de modo que nuestro joven, cada vez que salía, se veía obligado a pasar por delante de la puerta de la cocina, que daba a la escalera y estaba casi siempre abierta de par en par. En esos momentos experimentaba invariablemente una sensación ingrata de vago temor, que le humillaba y daba a su semblante una expresión sombría. Debía una cantidad considerable a la patrona y por eso temía encontrarse con ella. No es que fuera un cobarde ni un hombre abatido por la vida. Por el contrario, se hallaba desde hacía algún tiempo en un estado de irritación, de tensión incesante, que rayaba en la hipocondría. Se había habituado a vivir tan encerrado en sí mismo, tan aislado, que no sólo temía encontrarse con su patrona, sino que rehuía toda relación con sus semejantes. La pobreza le abrumaba. Sin embargo, últimamente esta miseria había dejado de ser para él
un sufrimiento. El joven había renunciado a todas sus ocupaciones diarias, a todo trabajo.
En el fondo, se mofaba de la patrona y de todas las intenciones que pudiera abrigar contra él, pero detenerse en la escalera para oír sandeces y vulgaridades, recriminaciones, quejas, amenazas, y tener que contestar con evasivas, excusas, embustes... No, más valía deslizarse por la escalera como un gato para pasar inadvertido y desaparecer.
Aquella tarde, el temor que experimentaba ante la idea de encontrarse con su acreedora le llenó de asombro cuando se vio en la calle.
«¡Que me inquieten semejantes menudencias cuando tengo en proyecto un negocio tan audaz! -pensó con una sonrisa extraña-. Sí, el hombre lo tiene todo al alcance de la mano, y, como buen holgazán, deja que todo pase ante sus mismas narices... Esto es ya un axioma... Es chocante que lo que más temor inspira a los hombres sea aquello que les aparta de sus costumbres. Sí, eso es lo que más los altera... ¡Pero esto ya es demasiado divagar! Mientras divago, no hago nada. Y también podría decir que no hacer nada es lo que me lleva a divagar. Hace ya un mes que tengo la costumbre de hablar conmigo mismo, de pasar días enteros echado en mi rincón, pensando... Tonterías... Porque ¿qué necesidad tengo yo de dar este paso? ¿Soy verdaderamente capaz de hacer... "eso"? ¿Es que, por lo menos, lo he pensado en serio? De ningún modo: todo ha sido un juego de mi imaginación, una fantasía que me divierte... Un juego, sí; nada más que un juego.»
El calor era sofocante. El aire irrespirable, la multitud, la visión de los andamios, de la cal, de los ladrillos esparcidos por todas partes, y ese hedor especial tan conocido por los petersburgueses que no disponen de medios para alquilar una casa en el campo, todo esto aumentaba la tensión de los nervios, ya bastante excitados, del joven. El insoportable olor de las tabernas, abundantísimas en aquel barrio, y los borrachos que a cada paso se tropezaban a pesar de ser día de trabajo, completaban el lastimoso y horrible cuadro. Una expresión de amargo disgusto pasó por las finas facciones del joven. Era, dicho sea de paso, extraordinariamente bien parecido, de una talla que rebasaba la media, delgado y bien formado. Tenía el cabello negro y unos magníficos ojos oscuros. Pronto cayó en un profundo desvarío, o, mejor, en una especie de embotamiento, y prosiguió su camino sin ver o, más exactamente, sin querer ver nada de lo que le rodeaba.
De tarde en tarde musitaba unas palabras confusas, cediendo a aquella costumbre de monologar que había reconocido hacía unos instantes. Se daba cuenta de que las ideas se le embrollaban a veces en el cerebro, y de que estaba sumamente débil.
Iba tan miserablemente vestido, que nadie en su lugar, ni siquiera un viejo vagabundo, se habría atrevido a salir a la calle en pleno día con semejantes andrajos. Bien es verdad que este espectáculo era corriente en el barrio en que nuestro joven habitaba.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Dostoievski, 1


Fedor Dostoevski (1821-1881) se educó en la Escuela Militar de Ingenieros de Petersburgo, aunque a los 23 años abandonó su carrera para dedicarse a la literatura. En 1839, su padre fue asesinado por la sevidumbre, algo que parece ser que provocó su primera crisis neurótica. Con su primera obra, Pobres gentes, consiguió el aprecio de la crítica, que se disipó por completo con sus siguientes publicaciones. Hacia 1847, Dostoievski simpatizó con las ideas del socialismo utópico, lo que le costó una condena de cuatro años en Siberia. Allí el zar Nicolás I les gastó una broma macabra: los condenó a muerte, y, en el momento en que iban a ser fusilados, les concedió el indulto.
En Siberia fue condenado a trabajos forzados, rodeado de miseria y de criminales violentos, y allí se convirtió al cristianismo por la sencilla razón de que era aquello en lo que creía el pueblo. Después fue obligado a alistarse como soldado raso y contrajo matrimonio con la viuda María Isáeva. La unión duró ocho años, llenos de enfermedades, celos y problemas económicos. Fue promovido a oficial, pero despedido por sus crisis epilépticas. En 1860, de regreso en Petersburgo, escribió los Recuerdos de la casa de los muertos, sobre su espantosa experiencia en Siberia. 
Fundó, con su hermano, la revista El tiempo, que tuvo que cambiar de nombre por su tono crítico y sarcástico y por enfrentarse con la revista de Nekrásov, entonces el pope de las letras rusas. En ella escribió las Memorias del subsuelo, donde ya se puede apreciar la mentalidad del autor que vendría después. También mantuvo una complicada relación con Apollinárija Súslova, mujer de armas tomar, engreída y desesperante, con la que viajó por Europa y se aficionó al juego.
En 1865 mueren sus seres queridos, su mujer y su hermano, se ve obligado a cerrar la revista y a cuidar de la familia de su hermano. En estas circunstancias escribe, en Alemania, la primera de sus grandes obras, Crimen y castigo. Abrumado por las deudas, escribió en menos de un mes El jugador, un clásico sobre la ludopatía, con la ayuda de Anna Snítkina, su secretaria, veinticinco años más joven que él, con la que luego contraería matrimonio. Anna no solo fue su secretaria, sino la persona que le ayudó a vivir los últimos diez años de su vida en relativa paz y tranquilidad, y le hizo posible escribir el resto de su monumental obra literaria. No obstante, se arruinó varias veces por su adicción a la ruleta, situaciones límite que le impulsaron a escribir El idiota y Los demonios

De regreso a Rusia, en 1871, sus ideas políticas cambiaron: se opuso a los revolucionarios y se acercó a los reaccionarios de Nekrásov, y escribió el Diario de un escritor, que es una especie de revista hecha por un hombre solo. En 1880 llegó a lo más alto de su fama literaria con la impresionante Los hermanos Karamázov, que lo dejó sin fuerzas, y poco después, en 1881, murió.

jueves, 21 de mayo de 2020

Tolstoi: las novelas cortas


Una novela corta es más larga que un cuento pero más breve que una novela. En la actualidad se considera que, aproximadamente, una novela corta no excede las 40.000 palabras. Pero más allá de sus medidas la novela corta exige una unidad de acción y un afán de concisión que la novela larga, más, digamos, desparramada, no se preocupa por mantener. Para las llamadas novelas de tesis, es decir aquellas que desarrollan una idea ilustrada con una anécdota novelesca, este tipo de novela es la más adecuada.
Su origen está en la novella italiana del Renacimiento. De hecho, en algunas lenguas, como el francés, se distingue entre roman (lo que nosotros llamamos novela) y nouvelle (novela corta). Ya en el Decamerón (s. XIV), los protagonistas se recluyen en la iglesia de Santa María Novella, aunque las novelas de Boccaccio son lo que ahora llamaríamos cuento. En el Quijote, sin embargo, podemos establecer una distinción definitiva: una cosa es la novela, las andanzas de don Quijote, sin más término que la muerte del protagonista y que abarcan diferentes episodios, personajes que aparecen y desaparecen, historias de diverso desarrollo, y, por otra parte, la novela corta, la novella, como es el caso de El curioso impertinente, que los protagonistas encuentran dentro de una maleta, o la Historia del capitán cautivo, de tintes autobiográficos. Ambas son historias en el sentido que, mucho tiempo después, Edgar Alan Poe le atribuiría a los cuentos, es decir, textos para ser leídos en un solo golpe de lectura, o para ser contados en una sola sesión. Pero Poe ya habla de relatos más breves y plenos de intensidad, esto es, de cuentos.
En el caso de Tolstoi, además de sus tres grandes novelas, Ana Karenina, Guerra y paz y Resurrección, escribió una considerable cantidad de cuentos, unas deliciosas memorias de infancia y juventud y algunas novelas cortas que están entre las más valoradas del género y que han adquirido su condición de paradigma. Las tres más célebres son La muerte de Iván Illich, Hadji Murat y Sonata a Kreutzer


La muerte de Iván Illich es la historia de un hombre que, tras hacer todo lo posible para llegar a lo más alto en la escala social, se encuentra entonces más solo y desamparado que nunca. Empieza así:

En general, la vida de Ivan Ilich transcurría como, según su parecer, la vida debía ser:  cómoda, agradable y decorosa. Se levantaba a las nueve, tomaba café,  leía el periódico, luego se ponía el uniforme y se iba al juzgado. Allí  ya estaba dispuesto el yugo bajo el cual trabajaba, yugo que él se  echaba de golpe encima: solicitantes, informes de cancillería, la cancillería misma y sesiones públicas y administrativas. En ello era  preciso excluir todo aquello que, siendo fresco y vital, trastorna siempre el debido curso de los asuntos judiciales; era también preciso  evitar toda relación que no fuese oficial y, por añadidura, de índole  judicial. Por ejemplo, si llegase un individuo buscando informes acerca  de algo, Ivan Ilich, como funcionario en cuya jurisdicción no entrara el caso, no podría entablar relación alguna con ese individuo; ahora bien, si éste recurriese a él en su capacidad oficial  —para algo,  pongamos por caso, que pudiera expresarse en papel sellado—, Ivan Ilich haría sin duda por él cuanto fuera posible dentro de ciertos límites, y al hacerlo mantendría con el individuo en cuestión la apariencia de  amigables relaciones humanas, o sea, la apariencia de cortesía. Tan pronto como terminase la relación oficial terminaría también cualquier  otro género de relación. Esta facultad de separar su vida oficial de su  vida real la poseía Ivan Ilich en grado sumo y, gracias a su larga  experiencia y a su talento, llegó a refinarla hasta el punto de que a  veces, a la manera de un virtuoso, se permitía, casi como jugando,  fundir la una con la otra. Se permitía tal cosa porque, de ser preciso,  se sentía capaz de volver a separar lo oficial de lo humano. Y hacía  todo eso no sólo con facilidad, agrado y decoro, sino con virtuosismo.  En los intervalos entre las sesiones del tribunal fumaba, tomaba té,  charlaba un poco de política, un poco de temas generales, un poco de  juegos de naipes, pero más que nada de nombramientos. Y cansado, pero  con las sensaciones de un virtuoso volvía a su casa, donde encontraba  que su mujer y su hija habían salido a visitar a alguien, o que allí  había algún visitante, y que su hijo había asistido a sus clases,  preparaba sus lecciones con ayuda de sus tutores y estudiaba con ahínco  lo que se enseña en los institutos. Todo iba a pedir de boca. Después de  la comida, si no tenían visitantes, Ivan Ilich leía a veces algún libro  del que en aquel momento se hablase mucho, y al anochecer se sentaba a  trabajar, esto es, a leer documentos oficiales, consultar códigos,  cotejar declaraciones de testigos y aplicarles la ley correspondiente.  Ese trabajo no era aburrido ni divertido. Le parecía aburrido cuando  hubiera podido estar jugando a las cartas; pero si no había partida, era  mejor que estar mano sobre mano, o estar solo, o estar con su mujer. El  mayor deleite de Ivan Ilich era organizar pequeñas comidas a las que  invitaba a hombres y mujeres de alta posición social, y al igual que su  sala podía ser copia de otras salas, sus reuniones con tales personas  podían ser copia de otras reuniones de la misma índole.
En  cierta ocasión dieron un baile. Ivan Ilich disfrutó de él y todo  resultó bien, salvo que tuvo una áspera disputa con su mujer con motivo  de las tartas y los dulces. Praskovya Fyodorovna había hecho sus propios  preparativos, pero Ivan Ilich insistió en pedirlo todo a un confitero  de los caros y había encargado demasiadas tartas; y la disputa surgió  cuando quedaron sin consumir algunas tartas y la cuenta del confitero  ascendió a cuarenta y cinco rublos. La querella fue violenta y  desagradable, tanto así que Praskovya Fyodorovna le llamo “imbécil y  mentecato”; y él agarró la cabeza con las manos y en un arranque de  cólera hizo alusión al divorcio. Pero el baile había estado muy  divertido. Había asistido gente de postín e Ivan Ilich había bailado con  la princesa Trufonova, hermana de la fundadora de la conocida sociedad “comparte mi aflicción”. Los deleites de su trabajo oficial eran  deleites de la ambición; los deleites de su vida social eran deleites de  la vanidad. Pero el mayor deleite de Ivan Ilich era jugar al vint con  buenos jugadores que no fueran chillones, y en partida de cuatro, por  supuesto  (porque en la de cinco era molesto quedar fuera, aunque  fingiendo que a uno no le importaba), y enzarzarse en una partida seria e  inteligente (si las cartas lo permitían); y luego cenar y beberse un  vaso de vino. Después de la partida, Ivan Ilich, sobre todo si había  ganado un poco (porque ganar mucho era desagradable), se iba a la cama con muy buena disposición de ánimo. Así  vivían. Se habían rodeado de un grupo social de alto nivel al que  asistían personajes importantes y gente joven. En lo tocante a la opinión que tenían de esas amistades, marido, mujer e hija estaban de  perfecto acuerdo y, sin disentir en lo más mínimo, se quitaban de encima  a aquellos amigos y parientes de medio pelo que, con un sinfín de  carantoñas, se metían volando en la sala de jarrones japoneses en las  paredes. Pronto esos amigos insignificantes cesaron de importunarles; sólo la gente más distinguida permaneció en el círculo de los Golovin… 



Hadji Murat cuenta la histora, verídica, de un guerrillero caucásico que después de batallar contra los rusos durante muchos años, acaba enfrentado con sus propios compañeros, que lo condenan y secuestran a su familia. Hadji Murat tiene entonces que aliarse con sus enemigos de siempre para salvar a sus seres queridos.
El comienzo de esta novela es una parábola que en cierto modo resume y simboliza la historia entera, contada con la intensidad, la precisión y la sencillez de las que siempre hizo gala Tolstoi.

Volvía yo a casa a campo traviesa. Iba mediado el verano. Se había dado remate a la cosecha del heno y empezaba la siega del centeno.
Esa estación del año ofrece una deliciosa profusión de flores silvestres: trébol rojo, blanco, rosado, aromático, tupido; margaritas arrogantes de un blanco lechoso, con su botón amarillo claro, de ésas de «me quieres no me quieres», de olor picante a fruta pasada; colza amarilla con olor a miel; altas campanillas blancas o color lila, semejantes a tulipanes; arvejas rampantes; bonitas escabrosas, amarillas, rojas, de color rosa y malva; llantén de pelusa levemente rosada y levemente aromática; acianos que, tiernos aún, lucen su azul intenso a la luz del sol, pero que al anochecer o cuando envejecen se tornan más pálidos y encarnados; y la delicada flor de la cuscuta, que se marchita tan pronto como se abre.
Había cogido un gran ramo de estas flores y ya volvía a casa cuando vi en una zanja, en plena eflorescencia, un magnífico cardo color frambuesa de los que por aquí llaman «tártaros», que los segadores esquivan con cuidado, y cuando por descuido cortan uno lo arrojan entre la hierba para no pincharse las manos. A mí se me ocurrió coger ese cardo y ponerlo en medio de mi ramo. Bajé a la zanja y, tras ahuyentar un abejorro que se había colado en una de las flores y allí dormía dulce y pacíficamente, me dispuse a coger la flor. Pero aquello resultó muy difícil. No sólo el tallo pinchaba por todas partes -incluso a través del pañuelo con que me había envuelto la mano-,sino que era tan sumamente duro que tuve que bregar con él casi cinco minutos, arrancándole las fibras una a una. Cuando por fin logré mi propósito, el tallo estaba enteramente deshecho y la flor misma no me parecía ahora tan fresca ni tan hermosa. Por añadidura, era demasiado ordinaria y vulgar para emparejar con los otros colores delicados del ramo. Lamentando haber destruido sin provecho una flor que había sido hermosa en su propio lugar, la tiré. «¡Pero qué energía, qué potencia vital! -me dije, recordando el esfuerzo que me había costado arrancarla-. ¡Cómo se defendía y cuán cara ha vendido su vida!»
El camino que conducía a la casa pasaba por un terreno en barbecho recién arado. Yo caminaba lentamente sobre el polvo negro. Ese campo labrado pertenecía a un rico propietario. Era tan vasto que a ambos lados del camino o en el cerro enfrente de mí sólo se veían los surcos idénticos de la tierra labrada. La labor había sido excelente: no se veía por ninguna parte una brizna de hierba o una planta. Todo era tierra negra. « ¡Qué criatura tan devastadora y cruel es el hombre! ¡Cuántos seres vivos, cuántas plantas destruye para mantener su propia vida!» -pensé, buscando involuntariamente a mi alrededor alguna cosa viva en medio de ese campo negro y muerto. Frente a mí, a la derecha del camino, vi lo que parecía ser un pequeño arbusto. Cuando me acerqué noté que era la misma especie de cardo «tártaro cuya flor había árrancado en vano y tirado luego.
La mata del cardo se componía de tres ramas. Una estaba tronchada, con un muñón que semejaba un brazo mutilado. Las otras dos tenían, cada una, una flor, antes roja, pero ahora ennegrecida. Un tallo estaba roto, y de su punta pendía una flor sucia. La otra, aunque sucia de tierra negra, estaba todavía erguida. Era evidente que por encima de la planta había pasado la rueda de un carro, pero que el cardo había vuelto a levantarse y se mantenía erecto, aunque torcido. Era como si le hubiesen desgajado del cuerpo un miembro, abierto las entrañas, arrancado un brazo, vaciado un ojo. Y, sin embargo, se mantenía tieso, sin rendirse al hombre que había destruido a sus congéneres en torno suyo.
«¡Qué energía! —pensé—. El hombre ha vencido todo, destruido millones de plantas, pero ésta no se rinde.»
Y me acordé de una antigua aventura del Cáucaso que yo mismo presencié en parte, que en parte me contaron testigos oculares y en parte también imaginé. Esa aventura, tal como la han ido hilvanando mi memoria y mi imaginación es la que sigue.



Por último, la Sonata a Kreutzer es la historia de un hombre que mata por celos a su mujer, pero también una reflexión acerca de en qué consiste el verdadero amor. Esta novela tuvo mucha influencia, y no fueron pocos los autores que, mutatis mutandis, la utilizaron para escribir otras novelas. En nuestra lengua, quizá la más importante sea El túnel, de Ernesto Sábato, en la que se indaga en la naturaleza patológica de los celos.
Os incluyo también el principio de la novela y, para terminar, y aunque merece la pena leerla en ediciones recientes, sendos enlaces en las que podéis leerlas completas.


Era el comienzo de la primavera. Llevábamos dos días de viaje. A cada parada del tren bajaban y subían viajeros de nuestro coche; pero quedaban siempre tres personas que, como yo, habían subido al coche en el punto de la partida del tren: una señora, ni joven ni guapa, cara consumida, con gorra en la cabeza, un paletó medio de hombre, y fumando cigarrillos; su acompañante, de unos cuarenta años, portador de un equipaje flamante, muy arreglado y ordenado; finalmente, otro caballero que se mantenía a distancia, aún joven, pero con el pelo rizado prematuramente canoso, bajo de estatura, de ademanes nerviosos, con unos ojos muy brillantes que saltaban con rapidez de un objeto a otro. Llevaba un sobretodo usado pero hecho por un buen sastre, con astracán, y un alto sombrero también de astracán. Bajo el sobretodo, cuando lo desabrochaba, se veía la poddiovka y la camisa rusa bordada. Otra particularidad de este caballero consistía en emitir de vez en cuando sonidos extraños parecidos a tos o risa bruscamente interrumpida. Este señor parecía evitar durante todo el trayecto trabar relaciones con los viajeros. Cuando alguien le dirigía la palabra, daba una respuesta breve y seca y se ponía a leer, o mirando por la ventanilla, fumaba o sacando provisiones de su vieja valija bebía té y comía.
A mí se me antojó que le pesaba la soledad y varias veces traté de hablarle; pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, lo que sucedía a menudo, porque estábamos sentados casi frente a frente, volvía la cabeza, tomaba un libro o miraba por la ventanilla. A la caída de la tarde, aprovechando una parada larga, este señor bajó a la estación a buscar agua hirviente y se puso a preparar su té. El caballero de los equipajes flamantes —un abogado, según supe después— bajó con su vecina, la señora del sobretodo masculino y de los cigarrillos, a tomar té en el restaurante de la estación. Durante su ausencia entraron en el coche algunos viajeros nuevos, entre los cuales figuraban un viejo alto, muy afeitado y arrugado, un comerciante a todas luces, embutido en un cumplido capote de pieles y cubierto por una gorra no menos cumplida. Este comerciante se sentó frente al puesto vacío del abogado y de su compañera; y al punto entabló conversación con un joven viajante de comercio, y que acababa de subir también en esa estación. Yo me encontraba lejos de esos dos viajeros, y como el tren estaba parado, podía oír a ratos fragmentos de su conversación.
El comerciante declaró primero que iba a su casa de campo, la que se encontraba cerca de la próxima estación; después hablaron, como de costumbre, del desarrollo actual del comercio, especialmente en Moscú, y luego de la feria de Nijni-Nóvgorod. El comisionista empezó a relatar las francachelas de un rico comerciante, muy conocido; pero el viejo no le dejó seguir, poniéndose a contar francachelas y devaneos de antaño en Kunávino, en las cuales había tomado parte. Estaba evidentemente muy orgulloso de tales recuerdos. Contaba con orgullo cómo, estando beodos, habían hecho precisamente con aquel mismo comerciante, en Kunávino, tales locuras, que no podía decírselas al otro más que al oído, a lo que el viajante soltó una carcajada estrepitosa y el viejo se puso a reír enseñando los dientes amarillentos.
Como no me interesaba su charla, salí del vagón para estirar las piernas. En la portezuela encontré al abogado y la señora:
—No tiene usted tiempo ya —me dijo el abogado—, va a sonar el segundo toque.
En efecto: apenas llegué a la cola del tren, se oyó la campanilla. En el momento de entrar, el abogado hablaba animadamente con la señora. El comerciante, sentado enfrente de los dos, permanecía taciturno, moviendo los labios de vez en cuando con aire desaprobador.
—Y ella —decía el abogado, sonriendo, al tiempo que yo pasaba a su lado— declaró redondamente a su marido "que no podía ni quería vivir con él, porque…"


La muerte de Iván Illich:

Hadji Murat:

Sonata a Kreutzer: 
https://cesarcallejas.files.wordpress.com/2018/09/tolstoi-leon-la-sonata-a-kreuzer.pdf

miércoles, 20 de mayo de 2020

Orgullo y prejuicio, 4


Por Alexandra Vuscan

XIII

Mr. Bennet le da una noticia inesperada a su familia, su joven primo viene a hacerles una visita y piensa quedarse unos días con ellos. La presencia de Mr. Collins, que es así como se llama el joven, no resulta alentadora para Mrs. Bennet y sus hijas, puesto que ese hombre es la única persona que puede arrebatarles la propiedad de su padre tras el fallecimiento de este, todo recopilado en el testamento.
Las deja protestar, sobre todo a Mrs. Bennet, ya que es su especialidad, y finalmente les enseña la carta que ha recibido de su parte. En ella el joven se muestra tremendamente
educado y manifiesta su tristeza hacia las condiciones del testamento. Lo más llamativo es que deja en claro que pretende compartir algunas cosas con sus primas y de ninguna manera las dejaría sin herencia, aunque en ningún momento dice cómo lo hará. A Lizzy esto le resulta extraño y sospecha de sus intenciones ocultas, su lenguaje le resulta
excesivo y le parece absurdo que se disculpe por ser el dueño de la propiedad. Su padre está de acuerdo con ella. Mrs. Bennet, sin embargo, había cambiado de parecer y a su
llegada se muestra deseosa por conversar, las mujeres son las que comienzan con el parloteo y él responde felizmente a sus preguntas. Mrs. Bennet le agradece lo que va a hacer por sus hijas y su interlocutor le resta importancia, destaca su amabilidad y por el momento resulta agradable.

XIV

La cena continúa y Mr. Bennet toma la palabra preguntándole al forastero acerca de la dama que lo tiene en tan alta estima y que tanto lo había ayudado, lady Catherine (de quien Lizzy no había oído hablar hasta entonces). Él se muestra aún más solemne si es posible y la elogia diciendo que es una mujer extremadamente encantadora y nada orgullosa (que es lo que se decía de ella). Tiene una hija, ambas son inseparables, y a pesar de ser viuda, posee una gran cantidad de propiedades que la ayudan a salir adelante.
Más tarde, le dan a Mr. Collins un libro para que lea, pero se muestra raro y se excusa diciendo que no lee la clase de libros que se le había ofrecido. Cuando le traen el que él considera adecuado, Lydia se va de la lengua y deja de prestar atención, lo que su primo toma como una ofensa y, mientras, el resto de la familia se disculpa por ella.

XV

En este capítulo averiguamos las intenciones de Mr. Collins de casarse lo antes posible, en su plan estaba la idea de escoger a alguna de sus primas y se decanta por Jane, la mayor y más hermosa; pero más tarde se percata de que ella ya ha elegido a alguien más y centra su atención en Lizzy, la siguiente que destaca por esas cualidades a sus ojos y la segunda más mayor. Las más pequeñas sólo estaban interesadas en aquellos hombres de uniforme.
Salen todas a dar un paseo con él excepto Mary, ya que Lydia tenía pendiente un asunto en Meryton. Por el camino se encuentran con un oficial que Lydia conoce, Mr. Denny, quien insiste en presentarles a su amigo (también oficial) Mr. Wickham. Este les resulta inmediatamente atractivo. Pero después de esto sucede algo muy extraño, se cruzan con
Mr. Bingley y Mr. Darcy, y este último saluda fríamente a Mr. Wickham, lo que sorprende notablemente a Lizzy. Mr. Collins se sigue mostrando respetuoso en casa de Mrs. Philips, a quien habían ido a visitar.

XVI

A su llegada a Meryton, Collins se siente ignorado por sus primas (sobre todo por Elizabeth) y se dedica a charlar animadamente con Mrs. Philips. Lizzy por su parte, se encuentra a sí misma en una conversación sobre el tiempo con el mismísimo Mr. Wickham. Ella desea saber más acerca de esa enemistad que tiene con Mr. Darcy, pero no se atreve a preguntar; aunque no es necesario ya que él mismo decide abordar el tema. Le cuenta que el difunto Mr. Darcy (el padre) siempre le había apreciado como a un hijo y a Darcy eso no le había agradado demasiado. Se conocían de pequeños, pero Wickham sabía que Darcy tenía un carácter y orgullo aparte. De hecho es por lo que se le conoce, además de su riqueza y posesión de numerosas propiedades. Luego cambian de tema para hablar de la hermana de Darcy y finalmente de lady Catherine y su hija, a quienes Wickham considera vanidosas y orgullosas.
Para cuando tuvieron que volver a casa, Lizzy estaba completamente fascinada con Mr. Wickham, pero no pudo tratar el tema ya que Lydia y su primo no paraban de parlotear de otras cosas insignificantes.

lunes, 18 de mayo de 2020

Orgullo y prejuicio, 3


Por Viviana Perdomo

Capítulo IX

Elizabeth sigue preocupada por el estado en que se encuentra su hermana, y por esta razón pide que se llame a su madre. La Sr. Bennet recibe el llamado y llega inmediatamente. Se alegra de que Jane vaya mejorando, aunque no puede dejar Netherfield aún porque no está del todo recuperada. El médico recomienda que se quede un poco más, a lo que la Sra. Bennet no se opone, ya que sus intenciones son que Jane se quede en Netherfield el tiempo que sea necesario, eso sí, solo para estar cerca de Bingley, y sobre todo que este decida de una vez pedir la mano de su hija. Vemos cierta tensión entre la Sra. Bennet y Darcy, debido a que los dos pensaban diferente. Aunque Darcy no es bien visto por la Sra. Bennet, ya que piensa que es orgulloso por el dinero que tiene. Elizabeth se disculpa en nombre de su madre por lo acontecido, se sentía avergonzada. Mientras, Lydia, una de las hijas pequeñas de la Sra. Bennet, se atreve a recordarle a Bingley la promesa que hizo de organizar un gran baile. Por estas razones, los Bingley pensaban que la familia Bennet no tenía una buena educación, llegándoles a tildar de ordinarios. Y, claro está, después de marcharse estas no dudaron en empezar a criticarlos por su comportamiento. Creo que pensaban que tenían el derecho de hacerlo solo por venir de una ciudad.

Capítulo X

En este capítulo vemos cómo las señoritas Hurts y Bingley se preocupan por Jane. Desde un principio hemos visto que es la única de la familia que les agrada, y que les parece la más guapa y la más educada. Dirigiéndose después al salón, tanto la Sr. Hurts como la Sr. Bingley empiezan a jugar a las cartas. Por otro lado, Elizabeth, que se interesa por otras cosas, prefiere hacer algunas manualidades con la aguja. El Sr. Darcy también se encuentra presente en la estancia, escribiendo algunas cartas para su hermana. Mientras, Caroline intenta por todos los medios mandarle mensajes coquetos, los cuales el Sr. Darcy ignora. Por otro lado, Elizabeth, que en todo momento está viendo lo que sucede entre Caroline y Darcy, no parece mostrar ningún interés. Pero sabemos que en el fondo se interesa por Darcy desde el primer día, siendo algo reciproco. Un poco más tarde, las hermanas Bingley empiezan a cantar y a bailar. Darcy, mientras tanto, empieza a mirar a Elizabeth, la cual se da cuenta, ella piensa que Darcy lo hace como para mostrar su desaprobación hacia ella, aunque sabemos que él lo que busca es demostrarle el interés que el siente. Acto seguido, la invita a bailar, pero esta lo rechaza. Después de lo ocurrido, la Sr. Caroline se burla de él por querer unirse a los Bennet, a los cuales ella considera ordinarios.

Capítulo XI

En este capítulo, Jane Bennet ya se encuentra mucho mejor, cuando entró en el salón todos le dieron la bienvenida. A Elizabeth, por otra parte, le parecía extraño el comportamiento de las hermanas Bingley. Aunque desde el principio de la obra sabemos quién es la que les agrada más. También Caroline seguía con la intención de acercarse más a Darcy. Vemos que a Caroline no le ha quedado claro que a Darcy no le interesa ella sino Elizabeth. Aunque tampoco se da por vencida tan fácilmente, llegando a fingir que le encanta leer. Aun con todo esto, Darcy sigue ignorándola.  Cansada de estar intentando captar la atención de Darcy, el cual no cede, sale con Elizabeth. Mientras las dos dan un paseo, revisan el libro de Darcy, en el cual expone su carácter resentido. Elizabeth, por su parte, le reclama por esto, y el admite que será así siempre. Puede que lo haga para protegerse así mismo, ya que es un hombre un poco difícil.

Capítulo XII


Cuando Jane Bennet se encuentra recuperada del todo, tanto ella como Lizzy deciden marcharse de Netherfield. Aunque Mamá Bennet no permitirá que Jane se aleje tan rápido del Joven Bingley. Hace todo lo que esta en sus manos para que ninguna regrese a casa, llegando incluso a no mandarles el carruaje. Pero las hermanas están decididas a ir, y recurren a Bingley, el cual, con mucha amabilidad y tristeza, les deja un carruaje. Vemos que es el único que se encuentra triste por la marcha de las hermanas, ya que Darcy y la Sr. Bingley se mostraron contentos antes esta idea.

viernes, 15 de mayo de 2020

Orgullo y prejuicio, 2


Por Sara Jarque

CAPÍTULO V

Como hemos visto hasta ahora en el libro, el diálogo sirve para conocer los pensamientos e impresiones de los personajes. Sin embargo, se empieza con una narración en la que se describe a la familia Lucas, que tendrá gran importancia en la obra en cuanto a confidentes de los Bennet.
El señor Bennet supo aprovechar las oportunidades y las relaciones para alcanzar una buena categoría social y llegó a formar parte de la cámara de los lores, pero prefirió instalarse, más tranquilamente, en una casa próxima a la de nuestros protagonistas. El padre tiene un carácter muy agradable y sociable, la madre tampoco parece muy inteligente, en la línea de la señora Bennet. Tienen varios hijos y la mayor, Charlotte, es íntima amiga de Elizabeth, lo que indica
que es lista como ella.
Ambas familias siempre comentan minuciosamente los bailes (se nota que no tenían mucho trabajo las mujeres en aquella época) y en esta ocasión se presenta a una señora Bennet orgullosísima y pavoneándose porque el señor Bingley había escogido a su hija Jane como su favorita, y se lo restriega a las Lucas: Charlotte sólo bailó una vez con él y Jane dos. Esto demuestra la mediocridad de esta mujer y lo presuntuosa que es, ya que piensa que por
haber bailado con su hija un día, ya se va a casar.
Lo que más se destaca en esta conversación es el orgullo del señor Darcy, el amigo de Bingley. Éste, aunque con motivos para tener un alto concepto de sí mismo, ya que es guapo, rico y de buena familia, parece que se pasa un poco, y a partir de ese momento va a ser considerado una persona desagradable en ese ambiente, como comenta Mary, que es la hija pedante de los Bennet, la cual se cree muy lista por el mero hecho de estar siempre estudiando.
Este orgullo de Darcy va a marcar el curso de la obra y en ese día a la que más afecta es a Elizabeth, ya que le hiere el suyo al verse menospreciada por tal caballero.

CAPÍTULO VI

En la primera parte del capítulo Elizabeth y Charlotte comentan la actitud de Jane hacia Bingley y ofrecen diferentes puntos de vista: a Lizza le parece bien que, aunque su hermana esté interesada en el joven, sea discreta y no lo manifieste; su amiga, por el contrario, opina que es mejor que dé a entender que le gusta para que no haya dudas y pueda retenerlo. Como veremos más adelante, esta cuestión es crucial para el desarrollo de la novela.
Paralelamente, se observa un cambio en el comportamiento de Darcy hacia Elizabeth: si bien al principio no le gustó y la despreció públicamente, ahora le empieza a resultar atractiva, especialmente sus ojos, y sobre todo su carácter natural, espontáneo y desenvuelto.
Siente curiosidad por ella y por sus conversaciones y disfruta observándola; ella, por su parte, no se deja achicar y no va a permitir que la considere inferior y la pisotee. Por ejemplo, por mediación del señor Lucas, que es un señor conciliador, Darcy está dispuesto a bailar con ella; sin embargo, ella lo rechaza con coquetería. Se empieza a vislumbrar que a Darcy, acostumbrado a ser adulado por todo el mundo, le resulta atractiva la rebeldía y autenticidad de la joven.
La joven hermana de Darcy es una de esas personas guiadas por el interés que siempre le hace la corte y, cuando le comenta que estaba pensando en Lizza, le resulta extraño y empieza a ver en ella a una enemiga capaz de arrebatarle lo que ella está intentando conseguir, es decir, al joven guapo y rico que es el amigo de su hermano. Esta mujer es del grupo de las falsas y acepta también a Jane porque a su hermano le gusta, pero en realidad toda esa gente le resulta muy inferior y poco interesante y piensa que a Darcy le tiene que suceder lo mismo.

CAPÍTULO VII

Este capítulo empieza hablando de la situación económica de los Bennet: aunque aún estaban bien situados había un problema que va a dar mucho que hablar a lo largo de la obra, y es que, como no había herederos masculinos, la herencia del padre iría a parar a manos de un familiar varón, no la podrían disfrutar sus hijas. Esto me parece una terrible injusticia y es otro dato más de la discriminación y desigualdad que sufrían las mujeres en esa época. De ahí viene también el interés de la señora Bennet por casar bien a sus hijas, ya que, si no es así, vivirían en situación de precariedad.
La señora Bennet tiene dos hermanos: un hermano en Londres y una hermana que estaba casada en Meryton, y allí acudían con frecuencia las hijas menores en busca de cotilleos y tras los soldados que estaban pasando el invierno en la ciudad. Conocemos, pues, el interés de estas señoritas, se puede decir que no tienen altas miras, de hecho hasta su padre les llama tontas en su cara. Aunque también se puede concluir que su padre es un poco brusco y, en vez de tanto criticar, más le valía tomar alguna medida al respecto.
La señora Bennet sigue con su empeño de casar a Janne con Bingley, e inventa un plan para que se quede unos días con él en su casa, aun a costa de la salud de la joven. Se constipa por haberse mojado y tiene que permanecer en cama al cuidado de toda la familia Bingley; sin embargo, las mujeres no están realmente preocupadas por su enfermedad. Su hermana Elizabeth, que la quiere de verdad, irá a visitarle a pesar del esfuerzo que supone caminar por el barro. Al llegar a la casa, Lizzy es criticada por las señoras (bastante superficiales ellas) por su lamentable aspecto, pero Jane y el amigo de ésta la reciben con cariño y se alegran. Darcy parece que no se inmuta, pero, como se verá más adelante, la determinación de la joven y el cariño que siente por su hermana calan muy hondo dentro de él.
Finalmente, Lizzy se queda para cuidar a Jane, que se encuentra bastante grave y no puede abandonarla la finca. La situación promete...

CAPÍTULO VIII

Durante la estancia de Elizabeth en la casa de los Bingley, ésta sigue siendo muy criticada. El señor Hurst no puede entender que prefiera una comida sencilla a un buen guiso de carne o que prefiera la lectura al juego: no parece tampoco una persona muy inteligente.
Las mujeres la siguen criticando por la falta de finura en sus modales y por su aspecto físico al llegar tras la caminata, sin tener en cuenta el noble motivo que la llevó a su acción. También están en desacuerdo con su familia, a la que consideran vulgar. Siguen en su línea de alabar descaradamente a Darcy y todo lo que le rodea, como es su hermana y su finca Pemberley. Luego, aún tienen el valor de criticar a las que actúan con astucia para conseguir a un hombre, que es precisamente lo que hacen ellas a todas horas. Con este fin, cuentan maravillas de la hermana de Darcy, a la que consideran el ideal personificado en todos los aspectos. Ellas y el propio Darcy piensan que las jóvenes tienen que tener muchos conocimientos sobre música, idiomas, baile dibujo…, ante lo cual Elizabeth se revela y da su opinión, argumentando que es muy exigente en su concepto de mujer perfecta. Vemos, pues, que continúa siendo ella misma, sin máscaras ni dobles intenciones y, curiosamente, Darcy cada vez encuentra sus ojos más brillantes. Igual, en el fondo, concede más importancia a la inteligencia y a la naturalidad de una muchacha que no a todos esos saberes tan estudiados.

Por otra parte, todos excepto Bingley y Lizzy dejan de lado a la enferma, aunque de cara al público fingen estar muy preocupadas.

viernes, 8 de mayo de 2020

Orgullo y prejuicio, 1


CAPÍTULO I

Es posible que el éxito que tanto en su tiempo como ahora tiene esta novela se debe a que la autora no se regodea en introducciones retóricas ni descripciones lentificadoras. Así, en las primeras líneas se nos revela el fondo de la cuestión: un joven rico llega a Hertfordshire y la señora Bennet se apresta a ofrecerle a sus hijas para que elija con cuál casarse. Desde el principio Austen deja claro el refinado sarcasmo que acompañará a la novela entera, y, sobre todo, qué es lo que quiere contar.
El otro aspecto que hace tan atractiva esta novela es que Austen utiliza recursos teatrales. Está cimentada sobre el diálogo, de tal forma que en la conversación van saliendo los detalles que hasta entonces se dejaban para largas reflexiones del autor. Sorprende, sin embargo, que termine el capítulo apostillando lo que el lector ya ha deducido del diálogo: que el señor Bennet es «ocurrente, sarcástico, reservado y caprichoso», y que la señora Bennet es, en líneas generales, tonta.
Pero hay otro detalle más que la autora no espera a introducir: que Lizzi, la protagonista, es la favorita de su padre por su inteligencia, y la menos apreciada por su madre debido a una supuesta deficiencia de belleza. Con eso habría bastado para saber que el marido es un buen tipo y la mujer un poco merluza. Y con eso basta para que Lizzy, antes de conocerla, ya nos caiga bien.


CAPÍTULO II

El señor Bennet se dedica a tomar el pelo a su mujer, y de paso a mostrar, como sucede con la tos de Kitty, que es bastante más comprensivo que ella. Su ironía se muestra también en esa defensa que hace de los formalismos, rematada con un toque de resignación hacia su hija Mary, a quien está visto que no le basta con leer libros «y resumirlos» para tener más luces.
El juego de Austen, gracias al señor Bennet, es que vayamos intuyendo que solo Lizzy puede ser la protagonista. En el fondo de tontería que componen sus hermanas y su madre, ella aguarda su turno, pero ya la esperamos.

CAPÍTULO III

La llegada del caballero Bingley al baile convierte la narración misma en un baile de salón en el que, muy refinadamente, el caballero va buscando la pareja que más le gusta. El recuento que hace de ello la señora Bennet es bastante elocuente. Sin embargo, en medio de tanto formalismo y sonrisa postiza, aparece otro tipo interesante, Darcy, que empieza con mal pie, despreciando a Lizzy, «no es lo bastante guapa para tentarme», pero un mal pie que no hace que lo despreciemos como la señora Bennet, sino que consideremos que la confunde por una más de aquellas muchachas tontas que se ofrecen al recién llegado como mercancía sentimental. Hay un detalle que no podemos pasar por alto. Cuando Lizzy y Darcy cruzan la mirada, «él apartó inmediatamente la suya». ¿Alguien que desprecia a una chica como Lizzy aparta tan rápidamente la mirada? ¿No es esa actitud de Darcy lo que nos sugiere que es un hombre tímido que se esconde en su repelente desdén?
Elisabeth sale de la escena con «sentimientos no my cordiales» hacia Darcy, pero, como no es estúpida, le quita importancia enseguida, y ese es un rasgo importante de su carácter, porque Lizzy «tenía cierta disposición a hacer divertidas las cosas ridículas». Si hubiese sido como sus hermanas, o como su madre, se habría echado a llorar. Así, no le da mayor importancia.
La ironía de Austen continúa. Catherine y Lydia «habían tenido la suerte de no quedarse nunca sin pareja, que, como les habían enseñado, era de lo único que debían preocuparse en los bailes». No olvidéis que esta novela se publicó en 1913 (anónima) y que las cosas entonces debían ser así: muchachas cuya única aspiración era que un joven rico las pusiese en su casa como adorno. Ellas lo aceptaban, formaba parte de su educación, pero por encima de eso están el temperamento y la inteligencia, los de Lizzy y los de Jane Austen. Y así debió de ser educada la señora Bennet, que no puede soportar la «escandalosa rudeza» de Darcy. Pero Darcy, Elisabeth y nosotros hemos visto algo más interesante que la señora Bennet sería incapaz de descifrar, que a Darcy tampoco le gusta esa especie de comercio, y que considera que en los bailes no hay más que niñas estúpidas y serviles.
¿También Lizzy? En su manera de girar la cara, cualquiera diría que no.

CAPÍTULO IV


Dos conversaciones nos aclaran el carácter de sus protagonistas, la de Lizzy y su hermana Jane, y la de Bingley y su amigo Darcy. A Jane, Lizzy le reprocha que sea tan ingenua (y Darcy le critica que sonría tanto), pero tanto Jane como Bingley son ese tipo de individuos que en el fondo han entendido el mundo y no padecen por la permanente hipocresía que conlleva. Los dos son guapos y elegantes, los dos son simpáticos y cariñosos. Ninguno es mala gente, sino más bien el tipo de personas que entienden y aceptan el mundo que les ha tocado vivir. Por contra, Darcy, que es «mucho más inteligente» que su amigo, emplea esa inteligencia, como suele suceder, en ver lo absurdo y ridículo de las convenciones sociales. No es un estúpido arrogante, sino que su hosquedad es producto de que va buscando, quizás, a alguien tan inteligente como él. Con Lizzy ocurre algo parecido. La inteligencia la hace más crítica, pero también le permite sufrir menos. Que no la sacaran a bailar no parece afectarla demasiado. A su hermana, sin embargo, la habría dejado hecha polvo. Por otra parte, cabe preguntarse por qué Lizzy y Bingley no pegan demasiado, y por qué Jane y Darcy son absolutamente incompatible. Jane, además, juega con un defecto que hasta cierto punto tenemos todos, en especial las personas perspicaces: lo fácil (Bingley) no es tan atractivo como lo difícil (Darcy). A Darcy casi es de esperar que le ocurra lo mismo.