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sábado, 19 de noviembre de 2011

64. Oda a una urna griega


Tú, todavía virgen esposa de la calma,
criatura nutrida de silencio y de tiempo,
narradora del bosque que nos cuentas
una florida historia más suave que estos versos.
En el foliado friso ¿qué leyenda te ronda
de dioses o mortales, o de ambos quizá,
que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia?
¿Qué deidades son ésas, o qué hombres?
¿Qué doncellas rebeldes?
¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera?
¿Quién lucha por huir?
¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles,
ese salvaje frenesí?

Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas;
sonad por eso, tiernas zampoñas,
no para los sentidos, sino más exquisitas,
tocad para el espíritu canciones silenciosas.
Bello doncel, debajo de los árboles tu canto
ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse.
Osado amante, nunca, nunca podrás besarla
aunque casi la alcances, mas no te desesperes:
marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,
¡serás su amante siempre, y ella por siempre bella!

¡Dichosas, ah, dichosas ramas de hojas perennes
que no despedirán jamás la primavera!
Y tú, dichoso músico, que infatigable
modulas incesantes tus cantos siempre nuevos.
¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aun más dichoso!
Por siempre ardiente y jamás saciado,
anhelante por siempre y para siempre joven;
cuán superior a la pasión del hombre
que en pena deja el corazón hastiado,
la garganta y la frente abrasadas de ardores.

¿Éstos, quiénes serán que al sacrificio acuden?
¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,
llevas esa ternera que hacia los cielos muge,
los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?
¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar,
alzada en la montaña su clama ciudadela
vacía está de gentes esta sacra mañana?
Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas
tus calles quedarán, y ni un alma que sepa
por qué estás desolado podrá nunca volver.

¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe
de hombres y de doncellas cincelada,
con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!
¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede
como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!
Cuando a nuestra generación destruya el tiempo
tú permanecerás, entre penas distintas
de las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
«La belleza es verdad y la verdad belleza»...
Nada más se sabe en esta tierra y no más hace falta.

63. Oda a un ruiseñor


John Keats, Oda a un ruiseñor

Me duele el corazón y aqueja un soñoliento
torpor a mis sentidos, cual si hubiera bebido
cicuta o apurado algún fuerte narcótico
ahora mismo, y me hundiese en el Leteo:
no porque sienta envidia de tu sino feliz,
sino por excesiva ventura en tu ventura,
tú que, Dríada alada de los árboles,
en alguna maraña melodiosa
de los verdes hayales y las sombras sin cuento,
a plena voz le cantas al estío.

¡Oh! ¡Quién me diera un sorbo de vino, largo tiempo
refrescado en la tierra profunda,
sabiendo a Flora y a los campos verdes,
a danza y canción provenzal y a soleada alegría!
¡Quién un vaso me diera del Sur cálido,
colmado de hipocrás rosado y verdadero,
con bullir en su borde de enlazadas burbujas
y mi boca de púrpura teñida;
beber y, sin ser visto, abandonar el mundo
y perderme contigo en las sombras del bosque!

A lo lejos perderme, disiparme, olvidar
lo que entre ramas no supiste nunca:
la fatiga, la fiebre y el enojo de donde,
uno a otro, los hombres, en su gemir, se escuchan,
y sacude el temblor postreras canas tristes;
donde la juventud, flaca y pálida, muere;
donde, sólo al pensar, nos llenan la tristeza
y esas desesperanzas con párpados de plomo;
donde sus ojos claros no guarda la hermosura
sin que, ya al otro día, los nuble un amor nuevo.

¡Perderme lejos, lejos! Pues volaré contigo,
no en el carro de Baco y con sus leopardos,
sino en las invisibles alas de la Poesía,
aunque la mente obtusa vacile y se detenga.
¡Contigo ya! Tierna es la noche
y tal vez en su trono esté la Luna Reina
y, en torno, aquel enjambre de estrellas, de sus Hadas;
pero aquí no hay más luces
que las que exhala el cielo con sus brisas, por ramas
sombrías y senderos serpenteantes, musgosos.

Entre sombras escucho; y si yo tantas veces
casi me enamoré de la apacible Muerte
y le di dulces nombres en versos pensativos,
para que se llevara por los aires mi aliento
tranquilo; más que nunca morir parece amable,
extinguirse sin pena, a medianoche,
en tanto tú derramas toda el alma
en ese arrobamiento.
Cantarías aún, mas ya no te oiría:
para tu canto fúnebre sería tierra y hierba.

Pero tú no naciste para la muerte, ¡oh, pájaro inmortal!
No habrá gentes hambrientas que te humillen;
la voz que oigo esta noche pasajera, fue oída
por el emperador, antaño, y por el rústico;
tal vez el mismo canto llegó al corazón triste
de Ruth, cuando, sintiendo nostalgia de su tierra,
por las extrañas mieses se detuvo, llorando;
el mismo que hechizara a menudo los mágicos
ventanales, abiertos sobre espumas de mares
azarosos, en tierras de hadas y de olvido.

¡De olvido! Esa palabra, como campana, dobla
y me aleja de ti, hacia mis soledades.
¡Adiós! La fantasía no alucina tan bien
como la fama reza, elfo de engaño.
¡Adiós, adiós! Doliente, ya tu himno se apaga
más allá de esos prados, sobre el callado arroyo,
por encima del monte, y luego se sepulta
entre avenidas del vecino valle.
¿Era visión o sueño?
Se fue ya aquella música. ¿Despierto? ¿Estoy dormido?

Versión de Juan González-Blanco de Luaces

62. Kubla khan


Samuel Coleridge, Kubla khan

En Xanadú, Kubla Khan
mandó que levantaran su cúpula señera:
allí donde discurre Alfa, el río sagrado,
por cavernas que nunca ha sondeado el hombre,
hacia un mar que el sol no alcanza nunca.
Dos veces cinco millas de tierra muy feraz
ciñeron de altas torres y murallas:
y había allí jardines con brillo de arroyuelos,
donde, abundoso, el árbol de incienso florecía,
y bosques viejos como las colinas
cercando los rincones de verde soleado.
             
¡Oh sima de misterio, que se abría
bajo la verde loma, cruzando entre los cedros!
Era un lugar salvaje, tan sacro y hechizado
como el que frecuentara, bajo menguante luna,
una mujer, gimiendo de amor por un espíritu.
Y del abismo hirviente y con fragores
sin fin, cual si la tierra jadeara,
hízose que brotara un agua caudalosa,
entre cuyo manar veloz e intermitente
se enlazaban fragmentos enormes, a manera
de granizo o de mieses que el trillador separa:
y en medio de las rocas danzantes, para siempre,
lanzóse el sacro río.
Cinco millas de sierpe, como en un laberinto,
siguió el sagrado río por valles y collados,
hacia aquellas cavernas que no ha medido el hombre,
y hundióse con fragor en una mar sin vida:
y en medio del estruendo, oyó Kubla, lejanas,
las voces de otros tiempos, augurio de la guerra.
             
La sombra de la cúpula deliciosa flotaba
encima de las ondas,
y allí se oía aquel rumor mezclado
del agua y las cavernas.
¡Oh, singular, maravillosa fábrica:
sobre heladas cavernas la cúpula de sol!
             
Un día, en mis ensueños,
una joven con un salterio aparecía
llegaba de Abisinia esa doncella
y pulsaba el salterio;
cantando las montañas de Aboré.
Si revivir lograra en mis entrañas
su música y su canto,
tal fuera mi delicia,
que con la melodía potente y sostenida
alzaría en el aire aquella cúpula,
la cúpula de sol y las cuevas de hielo.
Y cuantos me escucharan las verían
y todos clamarían: «¡Deteneos!
¡Ved sus ojos de llama y su cabello loco!
Tres círculos trazad en torno suyo
y los ojos cerrad con miedo sacro,
pues se nutrió con néctar de las flores
y la leche probó del Paraíso».

martes, 1 de noviembre de 2011

49. La Eneida


Libro I: Eolo, instigado por la iracunda Juno, desencadena contra los troyanos, errantes durante siete años, una tempestad que los arroja a las costas libias, donde la reina Dido está levantando Cartago. La reina acoge benévolamente a los troyanos, y más aún a Eneas, al que su madre, Venus, ha hecho aparecer de improviso en la mansión real. Dido invita a Eneas y a los troyanos a un banquete.
Libro II: En el banquete Eneas relata la destrucción de Troya: el engaño del caballo de madere, la muerte de Laocoonte y de Príamo, su fuga con su hijo Julo (también llamado Ascanio) y su viejo padre Anquises y la muerte de su mujer Creúsa.
Libro III: Prosigue el relato de Eneas: habiéndose embarcado con los supervivientes, sobre quienes tomó el mando, llega a Delfos, donde el oráculo de Apolo le promete una nueva patria en la “antigua madre”; cree que se trata de Creta, pero un sueño le revela que la tierra buscada es Hesperia. Tras reemprender el viaje por mar, después de haberse encontrado en Epiro con Andrómaca y su nuevo esposo, el troyano Heleno, llega con los suyos a Trinacria (Sicilia): allí, en Drépano, muere Anquises. Eneas da por concluido aquí su relato.
Libro IV: Para entonces Dido ama ya a Eneas y lo confía a su hermana Ana. Venus y Juno conjuran juntas, por opuestos motivos, para favorecer su amor. Durante una sesión de caza, Eneas y Dido se ven obligados a refugiarse en una gruta por un temporal, y se hacen amantes. Mas Júpiter, conmovido por las súplicas de Yarbas, pretendiente de Dido, envía a Mercurio para recordarle a Eneas el destino que le fue vaticinado. Eneas abandona por este motivo a Dido: mientras las naves troyanas se alejan, la reina se suicida.
Libro V: En Érice, Sicilia, Eneas manda celebrar los juegos fúnebres en honor a Anquises. Durante las competiciones las mujeres troyanas, instigadas por Juno, intentan prender fuego a las naves. Anquises invita en un sueño a Eneas a descender al Averno, donde le será revelado el futuro. Durante la navegación hacia Cumas, próxima al Averno, muere el piloto Palinuro.
Libro VI: En Cumas Eneas consulta a la Sibila. Para conducirlo a los infiernos, esta le pide a Eneas tres cosas: coger para Proserpina un ramo de oro en el lugar por ella indicado, dar sepultura al troyano Miseno, que yace insepulto, sin que sus compañeros los sepan, sobre la playa, y ofrecer sacrificios a los dioses del infierno. Eneas se adentra con la Sibila en el Averno, cruzando los campos del llanto, donde encuentra, entre los muertos por amor, a la despechada Dido, para llegar a los campos Elíseos, donde la sombra de Anquises le hace una relación de las futuras grandezas de Roma.
Libro VII: Tras las exequias de la nodriza Cayeta, Eneas remonta la desembocadura del Tíber: habiendo desembarcado para un descanso, reconoce por las descripciones hechas en los vaticinios que aquella es la tierra que le fue destinada. Ilioneo es enviado como embajador al rey del lugar, latino, que lo recibe amistosamente gracias también a recientes presagios. Juno, encolerizada, manda a la furia Alecto a sembrar la ira en Amasta, mujer de latino, en el futuro yerno de ambos, Turno, rey de los rútulos, y en los latinos. Una cierva muerta por Ascanio es la causa del primer chispazo de guerra entre troyanos y latinos. Sigue una relación de los aliados de los latinos, entre los que figuran Turno y Camilo, caudillo de los volscos.
Libro VIII: Eneas, por consejo del dios del Tíber, remonta este río en busca de aliados. Encuentra a Palante, hijo del rey de los arcadios, Evandro; recibido en el palacio real, obtiene la ayuda de Evandro, quien le muestra los lugares notables de su reino, que será el corazón mismo de Roma (el Palatino, el Aventino, etc.). Venus hace forjar a Vulcano las armas para Eneas.
Libro IX: Turno intenta incendiar la flota troyana: las naves ese transforman en ninfas marinas. Se inicia el asedio de Turno al campamento troyano. Euríalo y Niso, dos jovencitos troyanos enviados a avisar a Eneas, se entretienen en causar estragos entre los enemigos dormidos, y son encontrados y asesinados. Se reanuda el asalto de Turno al campamento troyano.
Libro X: Los dioses discuten la suerte de los troyanos: Júpiter decide confiarse al Hado. Mientras tanto, Eneas ha alcanzado con los aliados arcados a los suyos: en el combate Turno da muerte a Palante y le arrebata las armas. Eneas persigue en vano al asesino de su amigo, pero da muerte al arrogante Mesencio y a su cólera no escapa siquiera el hijo de este, Lauso.
Libro XI: Celebradas las exequias de Palante, su cuerpo es llevado ante su padre. Latino trata de convencer a Turno para que establezca una tregua, pero también Eneas desea ahora la lucha. Turno se aposta en los montes con el propósito de tender una emboscada a Eneas, mientras Camila, que le hace frente con la caballería, cae muerta. Rútulos y volscos son puestos en fuga.
Libro XII: Turno desafía a Eneas, que acepta el duelo. Pero Juturna, hermana de Turno, teme que su hermano sea inferior al guerrero troyano y, por consejo de Juno, hace que la tregua anunciada para el duelo se rompa. Amata, la reina de los latinos, se quita la vida, mientras Eneas toma al asalto la ciudad. Turno decide encontrarse con Eneas, desafiando a una suerte que presiente contraria. En el duelo Eneas lleva la mejor suerte: con Turno en el suelo, suplicándole perdón, Eneas vacila. Pero al reconocer sobre él las armas de Palante, le da muerte.

jueves, 27 de octubre de 2011

48. Granjero busca esposa


El canto de Polifemo

Teócrito, Idilios, XI

Ninguna medicina cura el mal de amores,
Nicias, ningún ungüento, creo yo, ningún emplasto;
Las Piérides tan solo: hay una dulce y suave
que a todos da remedio, no fácil de encontrar.
Yo sé que la conoces, tú que eres buen médico
amén de favorito entre las nueve Musas.
Así al menos halló alivio nuestro Cíclope,
el viejo Polifemo, cuando por las mejillas
y el mentón la barba apenas le apuntaba
y se enamoró de la bella Galatea.
Su amor no era cosa de manzanas ni de rosas
ni rizos del cabello, sino ataques de furia.
Nada le importaba. Muchas veces al redil
solas del verde prado volvieron sus ovejas.
Y él se consumía cantando a Galatea
desde el amanecer por la ribera algosa,
con la más cruel herida dentro de su corazón,
el dardo de Afrodita clavado en las entrañas.
Mas encontró el remedio, y en una alta piedra
mirando el mar sentado esta canción cantaba:
“Oh blanca Galatea, ¿por qué rechazas mi amor,
tú que eres más blanca que la leche cuajada,
más tierna que un cordero, más fresca que un eral,
más lustrosa que las uvas antes de madurar?
Te presentas cuando el dulce sueño me toma,
te marchas cuando el dulce sueño me abandona,
huyes como la oveja que ha visto un lobo cano.
Me enamoré de ti, muchacha, el mismo día
que aquí con mi madre viniste a recoger
del monte unos jacintos, y yo fui vuestro guía.
Desde entonces no puedo dejar de contemplarte,
pero de nada sirve, oh Zeus, de nada sirve.
Yo sé, bella zagala, por qué huyes de mí;
la causa es esta ceja que me llena la frente,
larga y puntiaguda, de oreja a oreja,
y el ojo que hay debajo, y la chata nariz
encima de la boca. Pero siendo así
un millar de ovejas apaciento, y me bebo,
cuando las ordeño, la mejor leche que dan.
No me falta el queso en verano ni en otoño
ni en el crudo invierno: siempre los zarzos llenos.
Y toco la zampoña mejor que ningún Cíclope:
cuántas veces te canto en la noche oscura,
dulce manzana mía, y a mí mismo me canto.
Y once cervatillos con collar te estoy criando
y dos pares de oseznos. Ea, ven junto a mí,
no te haré ningún daño, deja que rompa el mar
verde en la playa; tú pasarás más a gusto
la noche en mi gruta, que hay allí laureles,
hay esbeltos cipreses, hay la yedra sombría
y frutos dulces da una parra, y agua fresca,
bebida de los dioses que a mí el Etna frondoso
me envía de su blanca nieve. ¿Quién querría
en vez de todo esto pedir las olas del mar?
Si acaso te parezco muy peludo, en cambio
de encina tengo leña y bajo las cenizas
inextinguible fuego: quemar me dejaría
el alma por tus manos y este solo ojo
que es lo que más quiero. ¿Por qué no con agallas
me parió, ay, mi madre, que hasta ti pudiera
llegar bajo las aguas y besarte la mano,
si no quieres los labios, llevarte lirios blancos
y tersas amapolas de encarnados pétalos?
Aprenderé a nadar, muchacha, ahora mismo;
si a bordo de un navío un extranjero arriba
sabré por qué al fondo del mar vivir prefieres.
Sal, Galatea, y olvídate cuando estés fuera,
como yo aquí sentado, de volver a tu casa.
¡Si quisieras conmigo venirte de pastora
y ordeñar la leche y el acerbo cuajo
repartirlo a modo y encellar el queso!
Mi madre es la única que me hace daño
nunca jamás te dijo algo amable de mí,
y eso que un día tras otro ve cómo adelgazo.
Le diré que va a estallarme la cabeza,
que siento en los pies punzadas. Que se aflija
como yo me aflijo. ¡Ay, Cíclope, Cíclope!,
¿por dónde tu cabeza vuela? Demostrarías
mucho conocimiento si a urdir cestos te fueses,
si ramón de olivo a las ovejas dieras.
Ordeña a la que tienes a tu lado; ¿por qué persigues
a la que intenta huir? Otra encontrarás
igual que Galatea y aun más guapa que ella.
Mozas muchas me invitan por las noches a jugar
y todas se sonríen cuando les hago caso.
En tierra está claro que aparento ser quien soy”.
Guardaba Polifemo cantando así a su amada
y mejor que gastando el dinero lo pasaba.


47. Égloga I


MEL. Tú, Títiro, a la sombra descansando
desta tendida haya, con la avena
el verso pastoril vas acordando.

Nosotros, desterrados; tú, sin pena,
cantas de tu pastora, alegre, ocioso,
y tu pastora el valle y monte suena.

TÍT. Pastor, este descanso tan dichoso
dios me le concedió, que reputado
será de mí por dios aquel piadoso,

y bañará con sangre su sagrado
altar muy muchas veces el cordero
tierno, de mis ganados degollado.

Que por su beneficio soy vaquero,
y canto, como ves, pastorilmente
lo que me da contento y lo que quiero.

MEL. No te envidio tu bien; mas grandemente
me maravillo haberte sucedido
en tanta turbación tan felizmente.

Todos de nuestro patrio y dulce nido
andamos alanzados; vesme agora
aquí cuál voy enfermo y dolorido,

y guío mis cabrillas. Y esta que hora
en medio aquellos árboles parida,
¡ay!, con lo que el rebaño se mejora,

dejó dos cabritillos, dolorida,
encima de una losa, fatigado,
de mí sobre los hombros es traída.

¡Ay triste!, que este mal y crudo hado,
a nuestro entendimiento no estar ciego,
mil veces nos estaba denunciado.

Los robles lo decían ya con fuego
tocados celestial, y lo decía
la siniestra corneja desde luego.

Mas tú, si no te ofende mi porfía,
declárame, pastor, abiertamente
quién es aqueste dios de tu alegría.

TÍT. Pensaba, Melibeo, neciamente,
pensaba yo que aquella que es llamada
Roma no era en nada diferente

de aquesta villa nuestra acostumbrada,
adonde las más veces los pastores
llevamos ya la cría destetada.

Así con los perrillos los mayores,
así con las ovejas los corderos,
y con las cosas grandes las menores

solía comparar; mas los primeros
lugares, con aquella comparados,
son como dos extremos verdaderos,

Que son de Roma ansí sobrepujados,
cual suelen del ciprés, alto y subido,
los bajos romerales ser sobrados.

MEL. Pues di: ¿cuál fue la causa que, movido,
a Roma te llevó? TÍT. Fue libertarme;
lo cual, aunque algo tarde, he conseguido.

Que, al fin, la libertad quiso mirarme
después de luengo tiempo, y, ya sembrado
de canas la cabeza, pudo hallarme;

Después que Galatea me ha dejado,
y soy de la Amarilis prisionero,
y vivo a su querer todo entregado.

Que en cuanto duró aquel imperio fiero
en mí de Galatea, yo confieso
que ni curé de mí ni del dinero.

Llevaba yo a la villa mucho queso;
vendía al sacrificio algún cordero,
mas no volvía rico yo por eso.

MEL. Y esto fue aquel semblante lastimero
que tanto en Galatea me espantaba;
esto por qué llamaba al cielo fiero.

Esto por qué tristísima dejaba
la fruta sin coger en su cercado,
pues Títiro, su bien, ausente estaba.

Tú, Títiro, te habías ausentado,
los pinos y las fuentes te llamaban,
las yerbas y las flores de este prado.

TÍT. ¿Qué pude? Que mil males me cercaban,
y allí para salir de servidumbre
los cielos más dispuestos se mostraban.

Que allí vi, Melibeo, aquella cumbre,
aquel divino mozo por quien uno
mi altar en cada mes enciende lumbre.

Allí primero dél que de otro alguno
oí: «Paced, vaqueros, libremente,
paced como solía cada uno».

MEL. Por manera que a ti perpetuamente
te queda tu heredad, ¡oh bienhadado!,
aunque pequeña, pero suficiente.

Bastante para ti demasiado,
aunque de pedregal y de pantano
lo más de toda ella está ocupado.

No dañará el vecino grey mal sano
con males pegadizos tu rebaño,
dejando tu esperanza rica en vano.

No causará dolencia el pasto extraño
en lo preñado dél, ni en lo parido
las nunca usadas yerbas harán daño.

Dichoso poseedor, aquí tendido
del fresco gozarás, junto a la fuente
a la margen del río do has nacido.

Las abejas aquí continamente,
deste cercado hartas de mil flores,
te adormirán sonando blandamente.

Debajo la alta peña sus amores
el leñador aquí, cantando al viento,
esparcirá, y la tórtola dolores.

La tórtola en el olmo haciendo asiento
repetirá su queja, y tus queridas
palomas sonarán con ronco acento.

TÍT. Primero los venados las tendidas
lagunas pacerán, y el mar primero
denegará a los peces sus manidas,

Y beberá el Germano y Parto fiero,
troncando sus lugares naturales,
el Albi aquéste, el Tigri aquél, ligero;

Primero, pues, que aquellas celestiales
figuras de aquel mozo, de mi pecho
borradas, desparezcan las señales.

MEL. Nosotros pero iremos con despecho,
unos, a los sedientos Africanos,
otros, a los de Scitia, campo estrecho,

Y otros a los montes y a los llanos
de la Creta, y del todo divididos
de nuestra redondez a los Britanos.

Después de muchos días ya corridos,
¡ay!, si avendrá que viendo mis majadas,
las pobres chozas, los paternos nidos;

Después de muchas mieses ya pasadas,
si viéndolas diré maravillado:
¡Ay, tierras, ay, dolor, mal empleadas!

¿Tan buenas posesiones un soldado
maldito, y tales mieses tendrá un fiero?
¡Ved para quién hubimos trabajado!

Ved a qué miserable y lastimero
estado a los cuitados ciudadanos
condujo el obstinado pecho entero.

Ve, pues, ¡oh Melibeo!, y con tus manos
en orden pon las vides, y curioso
enjiere los perales y manzanos.

Andad, ganado mío, ya dichoso;
dichosas ya en un tiempo, id, cabras mías,
que ya no cual solía, alegre, ocioso,

No estando ya tendido en las sombrías
cuevas, os veré lejos ir paciendo,
colgadas por las peñas altas, frías.

No cantaré; ni yéndoos yo paciendo,
vosotras ni del cítiso florido,
ni del amargo sauce iréis cogiendo.

TÍT. Podrías esta noche aquí tendido
en blanda y verde hoja dar reposo
al cuerpo flaco, al ánimo afligido.

Y cenaremos bien, que estoy copioso
de maduras manzanas, de castañas
enjertas, y de queso muy sabroso.

Y ya las sombras caen de las montañas
más largas, y convidan al sosiego;
y ya de las aldeas y cabañas

despide por los techos humo el fuego.

Virgilio, Églogas. Traducción de fray Luis de León

lunes, 24 de octubre de 2011

44. Vivamos, amemos


Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum severiorum
omnes unius aestimemus assis.
soles occidere et redire possunt:
nobis, cum semel occidit brevis lux,
nox est perpetua una dormienda.
da mi basia mille, deinde centum,
dein mille altera, dein secunda centum,
deinde usque altera mille, deinde centum.
dein, cum milia multa fecerimus,
conturbabimus illa, ne sciamus,
aut nequis malus invidere possit,
cum tantum sciat esse basiorum


Vivamos, querida Lesbia, y amémonos,
y las habladurías de los viejos puritanos
nos importen todas un bledo.
Los soles pueden salir y ponerse;
nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera vida,
tendremos que vivir una noche sin fin.
Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta para ignorarla
y para que ningún malvado pueda dañarnos,
cuando se entere del total de nuestros besos.

43. El pájaro muerto


Lugete, o Veneres Cupidinesque
et quantumst hominum venustiorum!
passer mortuus est meae puellae,
passer, deliciae meae puellae,
quem plus illa oculis suis amabat:
nam mellitus erat suamque norat
ipsam tam bene quam puella matrem
nec sese a gremio illius movebat,
sed circumsiliens modo huc modo illuc
ad solam dominam usque pipiabat.
qui nunc it per iter tenebricosum
illuc, unde negant redire quemquam.
at vobis male sit, malae tenebrae
Orci, quae omnia bella devoratis:
tam bellum mihi passerem abstulistis.
o factum male, | o miselle passer,
tua nunc opera meae puellae
flendo turgiduli rubent ocelli.


Llorad, tanto Gracias y Cupidillos, 
como todos los hombres más sensibles. 
El gorrioncito de mi niña ha muerto, 
el gorrioncito, joya de mi niña, 
a quien amaba más que a sus ojitos; 
pues de miel era y conocía, como 
la hija conoce a su madre, a su dueña; 
nunca se apartaba de su regazo,  
sino que, saltando a su alrededor,  
piaba constantemente para su ama. 
Y ahora hace un camino de tinieblas, 
hacia un lugar de retorno prohibido. 
Sed malditas, malas sombras del Orco, 
que fagocitáis todo lo precioso; 
me arrancasteis este gorrión tan lindo. 
¡Oh, acción malévola!¡Oh, gorrión perdido! 
Ahora, por tu culpa, los ojitos 
hinchaditos de mi niña se encarnan.

42. Desgraciado Catulo


Miser Catulle. desinas ineptire
et quod vides perisse perditum ducas.
Fulsere quondam candidi tibi soles,
cum ventitabas quo puella ducebat
amata nobis quantum amabitur nulla.
Ibi illa multa cum iocosa fiebant,
quae tu volebas nec puella nolebat,
fulsere vere candidi tibi soles.
Nunc iam illa non vult; tu quoque impotens noli
nec quae fugit sectare nec miser vive,
sed obstinata mente perfer, obdura.
Vale puella, iam Catullus obdurat
nec te requiret nec rogabit invitam. 
At tu dolebis, cum rogaberis nulla,
scelesta, vae te, quae tibi manet vita?
quis nunc te adibit? cui videberis bella? 
quem nunc amabis? cuius esse diceris?
quem basiabis? cui labella mordebis?
At tu, Catulle, desinatus obdura.

Desgraciado Catulo, deja de hacer tonterías,
y lo que ves perdido, dalo por perdido.
Brillaron una vez para tí soles luminosos,
cuando ibas a donde te llevaba tu amada,
querida por ti como no lo será ninguna.
Entonces se sucedían escenas divertidas,
que tú buscabas y tu amada no rehusaba.
Brillaron de verdad para ti soles luminosos.
Ahora ella ya no quiere; tú, no seas débil, tampoco,
ni sigas sus pasos ni vivas desgraciado,
sino endurece tu corazón y mantente firme.
¡Adiós, amor! Ya Catulo se mantiene firme:
ya no te cortejará ni te buscará contra tu voluntad.
Pero tú lo sentirás, cuando nadie te corteje.
¡Malvada, ay de ti! ¡Qué vida te espera!
¿Quién se te acercará ahora? ¿Quién te verá hermosa?
¿De quién te enamorarás? ¿De quién se dirá que eres? 
¿A quién besarás? ¿Los labios de quién morderás?
Pero tú, Catulo, resuelto, mantente firme.