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domingo, 27 de noviembre de 2022

El caballero de la carreta

El caballero sin ningún respiro se va armado a través del bosque. Y mi señor Galván detrás lo sigue y le da caza con ahínco cuando ya había traspasado una colina. Después de avanzar gran trecho encontró muerto el corcel que había regalado al caballero, y vio muchos rastros de caballos y restos de escudos y de lanzas en torno. Se figuró que había habido gran pelea de varios caballeros, y mucho le apenó y disgustó no haber llegado a tiempo. No se paró allí largo rato, sino que avanza con raudo paso. Hasta que adivinó que volvía a ver al caballero: muy solo, a pie, con toda su armadura, el yelmo lazado, el escudo al cuello, ceñida la espada, había llegado junto a una carreta. Por aquel entonces las carretas servían como los cadalsos de ahora; y en cualquier buena villa, donde ahora se hallan más de tres mil no había más que una en aquel tiempo. Y aquélla era de común uso, como ahora el cadalso, para los asesinos y traidores, para los condenados en justicia, y para los ladrones que se apoderaron del haber ajeno con engaños o lo arrebataron por la fuerza en un camino. El que era cogido en delito era puesto sobre la carreta y llevado por todas las calles. De tal modo quedaba con el honor perdido, y ya no era más escuchado en cortes, ni honrado ni saludado. Por dicha razón, tales y tan crueles eran las carretas en aquel tiempo, que vino a decirse por vez primera lo de: «Cuando veas una carreta y te salga al paso, santíguate y acuérdate de Dios, para que no te ocurra un mal.»

El caballero a pie, sin lanza, avanza hacia la carreta, y ve a un enano sobre el pescante, que tenía, como carretero, una larga fusta en la mano; y dice el caballero al enano: «Enano, ¡por Dios!, dime si tú has visto por aquí pasar a mi señora la reina.» El enano, asqueroso engendro, no le quiso dar noticias, sino que le contesta: «Si quieres montar en la carreta que conduzco, mañana podrás saber lo que le ha pasado a la reina.» Mientras aquél reanuda su camino, el caballero se ha detenido por momentos, sin montar. ¡Por su desdicha lo hizo y por su desdicha le retuvo la vergüenza de saltar al instante a bordo! ¡Luego lo sentirá! Pero Razón, que de Amor disiente, le dice que se guarde de montar, le aconseja y advierte no hacer algo de lo que obtenga vergüenza o reproche. No habita el corazón, sino la boca, Razón, que tal decir arriesga. Pero Amor fija en su corazón y le amonesta y ordena subir en seguida a la carreta. Amor lo quiere, y él salta; sin cuidarse de la vergüenza, puesto que Amor lo manda y quiere. A su vez mi señor Galván acercábase hacia la carreta; y cuando encuentra sentado encima al caballero, se asombra y dice: «Enano, infórmame sobre la reina, si algo sabes.» Contesta el enano: «Si tanto te importa, como a este caballero que aquí se sienta, sube a su lado, si te parece bien y yo te llevaré junto con él.» Apenas le oyó mi señor Galván, lo consideró como una gran locura, y contestó que no subiría de ningún modo; pues haría desde luego un vil cambio si trocara su caballo por la carreta. «Pero ve adonde quieras, que por doquier vayas, allí iré yo.» Así se ponen en marcha; él cabalga, aquellos dos van en carreta, y juntos mantenían un mismo camino.

Al caer la tarde llegaron a un castillo. Sabed bien que el castillo era muy espléndido y de arrogante aspecto. Los tres entran por una puerta. Del caballero, traído en la carreta, se asombran las gentes. Pero no lo animan desde luego; sino que lo abuchean grandes y pequeños, viejos y niños, a través de las calles, con gran vocerío. El caballero oyó decir de él muchas vilezas y befas. Todos preguntan: «¿A qué suplicio destinarán al caballero? ¿Va a ser despellejado, ahorcado, ahogado, o quemado sobre una hoguera de espino? ¿Di, enano, di, tú que lo acarreas, en qué delito fue aprehendido? ¿Está convicto de robo? ¿Es un asesino, o condenado en pleito?» El enano mantiene obstinado silencio, y no responde ni esto ni aquello. Conduce al caballero a su albergue -y Galván sigue tenazmente al enano- hacia un torreón que se alzaba en un extremo de la villa sobre el mismo plano. Pero por el otro lado se extendían los prados y por allí la torre se alzaba sobre una roca escarpada, alta y cortada a pico. Tras la carreta, a caballo entra Galván en la torre. En la sala se han encontrado una doncella de seductora elegancia. No había otra tan hermosa en el país, y la ven acudir acompañada por dos doncellas, bellas y gentiles. Tan pronto como vieron a mi señor Galván, le demostraron gran alegría y le saludaron. También preguntaron por el caballero: «Enano, ¿qué delito cometió este caballero que llevas apresado?» Tampoco a ellas les quiso dar explicaciones el enano. Sino que hizo descender al caballero de la carreta, y se fue, sin que supieran adonde iba. Entonces descabalga mi señor Galván, y al momento se adelantan unos criados que los desvistieron a ambos de su armadura. La doncella del castillo hizo que les trajeran dos mantas forradas de piel para que se pusieran encima. Cuando fue la hora de cenar, estuvo bien dispuesto la cena. La doncella se sienta en la mesa al lado de mi señor Galván. Por nada hubieran querido cambiar su alojamiento, en busca de otro mejor; ¡a tal punto fue grande honor y compañía buena y hermosa la que les ofreció durante toda la noche la doncella! Cuando hubieron bien comido, encontraron preparados dos lechos, altos y largos, en una sala.

Allí había también otro, más bello y espléndido que los anteriores. Pues, según lo relata el cuento, aquél ofrecía todo el deleite que puede imaginarse en un lecho. En cuanto fue tiempo y lugar de acostarse la doncella acompaña a tal aposento a los dos huéspedes que albergaba, les muestra los dos lechos hermosos y amplios y les dice: «Para vosotros están dispuestos aquellas dos camas de allá. En cuanto a esta de aquí, en ella no puede echarse más que aquel que lo merezca. Ésta no está hecha para vosotros.» Entonces le responde el caballero, el que llegó sobre la carreta, que considera como desdén y baldón la prohibición de la doncella. «Decidme pues el motivo por el que nos está prohibido este lecho.» Respondió ella, sin pararse a pensar, pues la respuesta estaba ya meditada. «A vos no os toca en absoluto ni siquiera preguntar. Deshonrado está en la tierra un caballero después de haber montado en la carreta. No es razón que inquiera sobre ese don que me habéis preguntado, ni mucho menos que aquí se acueste. ¡En seguida podría tener que arrepentirse! Ni os lo he hecho preparar tan ricamente para que vos os acostéis en él. Lo pagaríais muy caro, si se os ocurriese tal pensamiento. -¿Lo veré? -¡En verdad! -¡Dejádmelo ver! No sé a quién le dolerá -dijo el caballero-, ¡por mi cabeza! Aunque se enoje o se apene quien sea, quiero acostarme en este lecho y reposar en él a placer.» Con que, tras haberse quitado las calzas, se echa en el lecho largo y elevado más de medio codo sobre los otros, con un cobertor de brocado amarillo, tachonado de estrellas de oro. No estaba forrado de piel vulgar, sino de marta cibelina. Por sí misma habría honrado a un rey el cobertor que sobre sí tenía. Desde luego que el lecho no era de paja ni hojas secas ni viejas esteras. A media noche del entablado del techo surgió una lanza, como un rayo, de punta de hierro y lanzóse a ensartar al caballero, a través de sus costados, al cobertor y las blancas sábanas, al lecho donde yacía.

La lanza llevaba un pendón que era una pura llama. En el cobertor prendió el fuego, y en las sábanas y en la cama de lleno. Y el hierro de la lanza pasa al lado del caballero, tan cerca que le ha rasgado un poco la piel, pero no le ha herido apenas. Entonces el caballero se ha levantado; apaga el fuego y empuña la lanza y la arroja en medio de la sala. No abandona por tal incidente su lecho, sino que se vuelve a acostar y a dormir con tanta seguridad como antes. Al día siguiente por la mañana, al salir el sol, la doncella del castillo encargó la celebración de una misa, y envió a despertar y levantar a sus huéspedes. Después de cantada la misa, el caballero que se había sentado en la carreta se acodó pensativo en la ventana ante la pradera y contempló a sus pies el valle herboso. En la otra ventana de al lado estaba la doncella; allí algo le murmuraba al oído mi señor Galván. No sé yo qué, ni siquiera el tema de su charla. Pero mientras estaban en la ventana, en la pradera del valle, cerca del río, vieron acarrear un ataúd. Dentro yacía un caballero y a sus costados un llanto grande y fiero hacían tres doncellas. Detrás del ataúd ven venir una escolta. Delante avanzaba un gran caballero que conducía a su izquierda a una hermosa dama. El caballero de la ventana reconoció que era la reina. Y no dejaba de contemplarla con plena atención, y se embelesaba en la larga contemplación. Cuando dejó de verla, estuvo a punto de dejarse caer por la ventana y despeñar su cuerpo por el valle. Ya estaba con medio cuerpo fuera, cuando mi señor Galván lo vio y la sujetó atrás, diciéndole: «Por favor, calmaos. ¡Por Dios, no pretendáis ya cometer tal desvarío! ¡Gran locura es que odiéis vuestra vida! -Con razón, sin embargo, lo hace -dijo la doncella-. ¿Adonde irá que no sepan la noticia de su deshonor, por haber estado en la carreta? Bien debe querer estar muerto, que más valdría muerto que vivo. La vida será desde ahora vergonzosa, triste y desdichada.»

lunes, 30 de noviembre de 2020

Los trovadores


 https://www.youtube.com/watch?v=4XC-cCioWNE

Ampr de terra lonhdana                                      Amor de tierra lejana
per vos totz lo cors mi dol;                                 por vos me duele todo el cuerpo;
e non puesc trobar mezina                                 y no puedo encontrar remedio
si non au vostre reclam                                      si no oigo vuestra llamada
ab atraich d’amor doussana                             con reclamo de dulce amor
dinz vergier o sots cortina                                 en un jardín o tras una cortina
ab dezirada companha.                                     con la compañera deseada.
 
 
Ma voluntazt s’en vai lo cors,                           Mi voluntad me lleva hacia ella,
la nueit et dia esclarzitz                                      la noche y el amanecer sufriendo
laintz per talant de son cors;                            por deseo de su cuerpo;
mas tart mi ve e tart mi ditz:                            pero viene despacio y despacio me dice:
“Amicx, fa s’elha, gilos brau                             “Amigo, dice, celosos y malvados
an comensat tal batestau                                  han armado tal jaleo
que sera greus a departir,                                 que será difícil resolverlo
tro qu’abdui en siam jauzen”                             y que ambos tengamos placer
 


 
Be la volgra sola trobar                                              Bien quisiera encontrarla sola
que dormis, o’n fezes semblan,                                y que durmiera, o lo fingiese,
per qu’e’lh embles un doutz baizar,                         para robarle un dulce beso
pus no valh tan qu’eu lo’lh deman.                          porque no valgo tanto para pedírselo.
Per Deu, domna, pauc espechan d’amor               Por Dios, señora, ¡que poco disfrutamos del amor!
vai s’en lo temps, e perdem lo melhor!                   ¡el tiempo pasa y nos perdemos lo mejor!
Parlar degram ab cubertz entresens,                     Deberíamos hablar con palabras de doble sentido
e, pus nons val arditz,                                               y puesto que de nada nos sirve este atrevimiento,
valgues non gens!                                                       ¡ojalá  nos valiera el ingenio!
 
 
En agradar et en voler                                               En gozarse y quererse el uno al otro
es l’amors de dos fis amans                                     está el amor de los verdaderos amantes.
Nulla res no i pot pro tener                                       Nada puede salir bien
s’lh voluntatz no es egaus.                                       si los dos no quieren lo mismo.
E cel es ben fols naturaus                                         Y está loco de nacimiento
qui de so que vo la repren                                         el que no hace lo que ella le pide
e’lh lauza so que no’lh es gen.                                  o alaba lo que no le gusta.

jueves, 26 de noviembre de 2020

Romance de doña Alda

 


En París está doña Alda,

la esposa de don Roldán.

trescientas damas con ella

para la acompañar:

todas visten un vestido, 5

todas calzan un calzar,

todas comen a una mesa,

todas comían de un pan,

si no era sola doña Alda

que era la mayoral; 10

las ciento hilaban oro,

las ciento tejen cendal,

las ciento instrumentos tañen

para doña Alda holgar.

Al son de los instrumentos 15

doña Alda adormido se ha,

ensoñado había un sueño,

un sueño de gran pesar.

Recordó despavorida

y con un pavor muy grande, 20

los gritos daba tan grandes

que se oían en la ciudad.

Allí hablaron sus doncellas,

bien oiréis lo que dirán:

-¿Qué es aquesto, mi señora? 25

¿quién es el que os hizo mal?

-Un sueño soñé, doncellas,

que me ha dado gran pesar:

que me veía en un monte

en un desierto lugar; 30

bajo los montes muy altos

un azor vide volar;

tras dél viene una aguililla

que lo afincaba muy mal.

El azor, con grande cuita, 35

metióse so mi brial,

el aguililla, con grande ira,

de allí lo iba a sacar;

con las uñas lo despluma,

con el pico lo deshace. 40

Allí habló su camarera,

bien oiréis lo que dirá:

-Aquese sueño, señora,

bien os lo entiendo soltar:

el azor es vuestro esposo 45

que viene de allende el mar,

el águila sedes vos,

con la cual ha de casar,

y aquel monte es la iglesia

donde os han de velar. 50

-Si así es, mi camarera,

bien te lo entiendo pagar.

Otro día de mañana

cartas de fuera le traen;

tintas venían de dentro, 55

de fuera escritas con sangre,

que su Roldán era muerto

en la caza de Roncesvalles.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Beowulf


Beowulf es el poema anglosajón más largo y más grande que ha sobrevivido. El escenario de la épica es el siglo VI en lo que ahora se conoce como Dinamarca y el suroeste de Suecia. El poema comienza con una breve genealogía de la dinastía real Scylding (danés), llamada así por un héroe mítico, Scyld Scefing, que llegó a las costas de la tribu como un bebé náufrago en un barco cargado de tesoros. 

El relato pronto cambia al reinado de su bisnieto, Hrothgar. Durante 12 años, un enorme ogro llamado Grendel, un descendiente del asesino bíblico Cain, ha amenazado al anciano Hrothgar, atacando a Heorot y matando a los tanes del rey (guerreros). 

Beowulf, un joven guerrero en Geatland (suroeste de Suecia), acude a la ayuda de los scyldings, trayendo consigo a 14 de sus mejores hombres. Hrothgar una vez resguardó al padre de Beowulf durante una pelea mortal, y el poderoso Geat espera devolverle el favor al tiempo que mejora su propia reputación y gana tesoros para su rey, Hygelac. En una fiesta antes del anochecer del primer día de la visita, un desagradable y borracho scylding llamado Unferth insulta a Beowulf y afirma que el visitante de Geat perdió una vergonzosa competencia de natación ante un conocido de la infancia llamado Breca y no es rival para Grendel. Beowulf responde con dignidad mientras coloca a Unferth en su lugar. De hecho, los dos nadadores fueron separados por una tormenta en la quinta noche del concurso, y Beowulf había matado a nueve monstruos marinos antes de regresar a la orilla.

Mientras los daneses se retiran a lugares más seguros para dormir, Beowulf y los Geats se acuestan en Heorot, conscientes de que Grendel los visitará. Lo hace. Enojado por la alegría de los hombres en la sala de hidromiel, el ogro irrumpe furiosamente sobre los Geats, matando a uno y luego buscando a Beowulf. Con la fuerza de 30 hombres en su mano, Beowulf coge la garra del ogro y no la suelta. La batalla subsiguiente casi destruye el gran salón, pero Beowulf sale victorioso mientras rasga la garra de Grendel de su hombro, y la bestia, herida mortalmente, huye a su mero (piscina). El trofeo de garra cuelga alto bajo el techo de Heorot.

Los daneses celebran el día siguiente con una gran fiesta, un bardo profesional que se acompaña con un arpa y canta o canta cantos tradicionales como un relato de la victoria de los daneses en Finnsburh. Esta bardo también improvisa una canción sobre la victoria de Beowulf. La esposa de Hrothgar, la reina Wealhtheow, demuestra ser una anfitriona perfecta, ofreciendo a Beowulf un collar dorado y su gratitud. Lleno de

hidromiel, vino y buena comida, toda la fiesta se retira para lo que esperan sea la primera noche tranquila en años.

Pero la madre de Grendel -no tan poderosa como su hijo pero muy motivada- asciende a Heorot esa noche, recupera la garra de su hijo y secuestra asesinamente a uno de los scyldings (Aeschere) mientras Beowulf duerme en otro lugar. A la mañana siguiente, Hrothgar, Beowulf y un séquito de scyldings y geats siguen las huellas de la madre en un pantano oscuro y amenazador y al borde de su mero. La cabeza asesinada de Aeschere se encuentra en un acantilado junto al lago, que oculta la cueva subterránea de los ogros. Llevando una espada llamada Hrunting, un regalo del castigado Unferth, Beowulf se zambulle en el lato para buscar a la madre.

Cerca del fondo del lago, la madre de Grendel ataca y arrastra al guerrero Geat hacia su cueva débilmente iluminada. Beowulf lucha una vez dentro de la caverna seca, pero la espada de regalo, Hrunting, fuerte como es, no logra penetrar la piel del ogro. La madre se mueve para matar a Beowulf con su cuchillo, pero su armadura, hecha por el legendario herrero Weland, lo protege. De repente, Beowulf ve una espada mágica y gigante y la usa para atravesar la espina dorsal de la madre y matarla. Una luz bendita ilumina inexplicablemente la caverna, revelando el cadáver de Grendel y una gran cantidad de tesoros. Beowulf decapita el cadáver. La espada mágica se derrite hasta su empuñadura. Beowulf regresa a la superficie del lago llevando la cabeza y la empuñadura pero dejando el tesoro.

Después de más celebraciones y obsequios y un sermón de Hrothgar que advierte sobre los peligros del orgullo y la mutabilidad del tiempo, Beowulf y sus hombres regresan a Geatland. Allí sirve bien a su rey hasta que Hygelac muere en la batalla y su hijo muere en una pelea. Beowulf es nombrado rey y gobierna con éxito durante 50 años. Al igual que Hrothgar, sin embargo, su paz se hace añicos en sus años de decadencia. Beowulf debe luchar contra un demonio más.

Un dragón ardiente se enfureció porque un fugitivo solitario descubrió inadvertidamente el tesoro del dragón y robó una valiosa copa. El dragón aterroriza el campo por la noche y quema varias casas, incluida la de Beowulf. Guiados por el fugitivo, Beowulf y once de sus hombres buscan el túmulo del dragón. Beowulf insiste en enfrentarse al dragón solo, pero su propia espada, Naegling, no puede competir con el monstruo. Al ver a su rey en problemas, uno de los thane, Wiglaf, acude en su ayuda. Los otros huyen al bosque. Juntos, Wiglaf y Beowulf matan al dragón, pero el poderoso rey está mortalmente herido. Muriendo, Beowulf deja su reino a Wiglaf y solicita que su cuerpo sea cremado en una pira funeraria y enterrado en lo alto de un acantilado junto al mar, donde los marineros que pasan podrían ver el túmulo. El tesoro del dragón está enterrado con él. Se dice que aún permanece allí.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Poema de Fernán González



Elogio de España


Por eso vos los digo    que bien lo entendades:
mejor es que otras tierras    en la que voz morades,
de todo es bien conplida    en la que vos estades,
dezir vos e agora    quantas ha de bondades.

Tierra es muy temprada    sin grandes calenturas,
no fazen en ivierno    destempladas friuras;
no es tierra en el mundo    que aya tales pasturas,
arboles pora fruta    siquier de mil naturas.

Sobre todas las tierras    mejor es la montaña,
de vacas e ovejas    non ha tierra tamaña,
tanto ha de puercos    que es fiera fazaña,
sirven se muchas tierras    de las cosas d'España.

Es de lino e de lana    tierra mucho abastada,
de çera sobre todas    buenta tierra provada,
non seria d'azeite    en mundo tal fallada,
Inglatierra nin Francia    d'esto es abondada.

Buena tierra de caça    e buena de venados,
de rio e de mar    muchos buenos pescados,
quien los quiere rezientes, quien los quiere salados,
son d'estas cosas tales    pueblos muy abastados.

De panes e de vinos    tierra muy comunal,
non fallarien en mundo    otra mejor nin tal,
muchas de buenas fuentes,    mucho rio cabdal,
otras muchas mineras    de que fazen la sal.

Ha y venas de oro,    son de mejor barata,
muchas de buenas venas    de fierro e de plata;
ha en sierras e valles    mucha de buena mata,
todas llenas de grana    proa fer escarlata.

Por lo que ella mas val    aun non lo dixemos:
es mucho mejor tierra    de las que nunca viemos,
de los buenoc caveros     aun mençión non fiziemos,
nunca tales caveros     en el mundo non viemos.

Dexar vos quiero d'esto,    assaz vos he contado,
non quiero mas dezir,    que podrie ser errado,
pero no olvidemos    al apostol honrado,
fijo de Zebedeo,    Santiago llamado.

Fuerte mient quiso Dios    a España honrar,
quando al santo apostol    quiso y enbiar;
d'Inglatierra e Françia    quiso la mejorar,
sabet, non yaz apostol    en todo aquel logar.

Onro le otra guisa    el preçioso Señor,
fueron y muchos santos    muertos por el su amor,
de morir a cochillo    non ovieron temor,
muchas virgenes santas,    mucho buen confessor.

Commo ella es mejor    de las sus vezindades,
assi sodes mejores    los que España morades,
omens sodes sesudos,    mesura heredades,
d'esto por todo el mundo    muy grand preçio ganades.



Libro de Apolonio



En Antioquía, el rey Antioco vive incestuosamente con su hija. Para no perderla propone una fácil adivinanza a los que la pretenden; si no la resuelven serán decapitados. Apolonio, rey de Tiro, se ha enamorado de ella por las noticias que circulaban de su extrema belleza; llega a Antioquía y de solución al enigma, que alude precisamente al pecado de Antioco, aunque éste lo niegue y le dé treinta días de plazo para resolverlo. Vuelve Apolonio a Tiro, pero, apesadumbrado por su fracaso, marcha a correr aventuras.
               Llega con sus acompañantes a Tarso; entre tanto Antioco trama contra él asechanzas. De ellas se entera por Elánico, pero sigue en la ciudad hasta que su amigo Estrángilo le aconseja, por su propio bien y por el de Tarso, que huya a Pentápolis. Primera tempestad y naufragio. Solo se salva Apolonio.
               Un pescador de Pentápolis, a quien relata sus cuitas, comparte con él mesa y vestido y le señala el camino de la ciudad. En una interesante escena del juego de la pelota Apolonio muestra su destreza y es invitado, por ello, a comer en el palacio del rey Architrastres. Nuevo pasaje célebre en que Luciana, la hija del rey, toca la vihuela, y, después, lo hace Apolonio. Comienza el delicioso enamoramiento de Luciana hacia el náufrago vihuelista, logrando de su padre que le nombre su maestro de música. El enamoramiento culmina con las bodas de Luciana y Apolonio. Cuando Luciana está preñada de siete meses llega una nave de Tiro y se enteran de la trágica muerte de Antioco y su hija, y de que en Antioquía esperan a Apolonio, que resolvió el enigma, como nuevo rey. Embarca con su esposa, a quien acompaña su aya Licórides, camino de Antioquía. En la nave tiene lugar el parto de Luciana: una niña, Tarsiana. A la madre la creen muerta y, como es de mal agüero llevar un cadáver a bordo, es arrojada al mar en un rico ataúd.
               El relato continúa con la historia de Luciana. El ataúd llega a Éfeso donde un médico joven y sabio la devuelve a la vida. Queda Luciana como abadesa de un monasterio consagrado a Diana.
               Retoma el poeta las andanzas del rey de Tiro, que desembarca, desesperado de tristeza, en Tarso. Acude a casa de Estrángilo, donde deja a su hija, con el aya Licórides, mientras él, jurando no cortarse el pelo ni las uñas hasta procurar un buen matrimonio a su hija, se embarca entristecido hacia Egipto. Estrángilo y su mujer Dionisa dan una esmerada educación a Tarsiana, pero no le confiesan de quién es hija; lo hace Licórides en trance de muerte. La belleza de Tarsiana ciega de envidia a Dionisa, que acaba por contratar a Teófilo para que le dé muerte cuando por la mañana acuda, como suele, al sepulcro de su aya. En ese preciso momento aparecen unos ladrones en una galera, piratas por lo tanto, que hacen huir a Teófilo y raptan a Tarsiana; sin embargo, Teófilo dice a Dionisa que ha llevado a cabo su encargo.
               Los ladrones llegan a Mitilene y allí sacan a Tarsiana a subasta. El príncipe de la ciudad, Antinágoras, puja por ella, pero acaba llevándosela un rufián que pone su virginidad a precio. El primero en acudir es Antinágoras, y Tarsiana, con sus ruegos, consigue que el príncipe la respete. Lo mismo sucede con cuantos allí acudieron. La niña, además, logra convencer al leno de que conseguiría más dinero para él si la dejara salir al mercado a tocar la vihuela. Comienza aquí otro de los episodios más célebres del libro: Tarsiana juglaresa.
               La narración vuelve a Apolonio. Pasados todos estos años torna de Egipto, en busca de su hija, a Tarso, y el matrimonio le informa de su muerte. Acude a su presunto sepulcro, pero no puede verter una lágrima por lo que intuye que Tarsiana no yace allí. Se embarca con intención de ir a Tiro y una nueva tempestad los desvía a Mitilene.
               Es tanta la desesperación de Apolonio que prohíbe a sus hombres que le hablen: yace recostado en el fondo de la nave, surta en Mitilene. Antinágoras pasa por allí, ve la nave y se empeña en conocer a Apolonio, sin lograr consolarlo. Se le ocurre entonces enviar por Tarsiana para que lo alegre. Ya tenemos juntos a padre e hija, pero no se conocen. Tarsiana, una y otra vez, acude a todos sus recursos para consolar al que ignora que es su padre; en su frustración acaba echándole los brazos al cuello a lo que responde Apolonio abofeteándola; llora la niña y en sus quejas relata su historia. Primera anagnórisis: reconocimiento de padre e hija y explosión de alegría del padre. Antinágoras pide la mano de Tarsiana y la obtiene. Gran contento en Mitilene, donde levantan una estatua a Apolonio con su hija y condenan a muerte al rufián.
               Camino de Tiro el padre y los esposos, una aparición le aconseja a Apolonio dirigirse a Éfeso, al templo de Diana. El rey de Tiro cumple todo lo que la visión le ordena y se produce el segundo reconocimiento: Apolonio y su mujer Luciana. Todos se dirigen a Tarso.
               Alegría en Tarso. Castigo de Estrángilo y Dionisa, mientras que es indultado Teófilo. Por fin marcha Apolonio a Antioquía a hacerse cargo del imperio, que cede a su yerno Antinágoras. Todos visitan Pentápolis, donde Luciana tiene un nuevo hijo, ahora varón. El fin del relato se apresura, muere el rey Architrastres y su yerno Apolonio hereda el reino, aunque acabará dejándolo a su hijo, pequeño pero bien aconsejado. No se olvida de premiar al pescador que le atendió cuando llegó desvalido. Arreglados todos los asuntos que le conciernen, Apolonio regresa a su tierra natal con su mujer Luciana, y allí vive feliz hasta su muerte. Reflexiones finales sobre la caducidad de lo mundano.

(Resumen de Carmen Monedero)

lunes, 26 de noviembre de 2012

Afrenta de Corpes


Entrados son los ifantes al robredo de Corpes,
Los montes son altos, las ramas pujan con las nubes,
Y las bestias fieras, que andan aderredor.
Fallaron un vergel con una limpia fuente;
Mandan fincar la tienda ifantes de Carrion,
Con quantos que ellos traen hy yazen esa noche,
Con sus mugieres en braços de muestranles amor.
¡Mal se lo cumplieron, quando salie el sol!
Mandaron cargar las azemilas con grandes haberes,
Cogida han la tienda do albergaron de noche,
Adelante eran idos los de criazon,
Asi lo mandaron los ifantes de Carrion,
Que no hy fincase ninguno, mugier ni varon,
Sino amas sus mugieres doña Elvira y doña Sol:
Deportarse quieren con ellas a todo su sabor.
Todos eran idos, ellos quatro solos son;
Tanto mal comidieron los ifantes de Carrion.
Bien lo creades, doña Elvira y doña Sol,
Aqui seredes escarnidas en estos fieros montes.
Hoy nos partiremos y dexadas seredes de nos.
No habredes parte en tierras de Carrion,
Iran aquestos mandados al Çid Campeador;
Nos vengaremos: ¡aquesta por la del leon!
Alli les tuellen los mantos y los pelliçones,
Paranlas en cuerpos y en camisas y en çiclatones;
Espuelas tienen calçadas los malos traidores,
En mano prenden las çinchas fuertes y duradores.
Quando esto vieron las dueñas, fablaba doña Sol.
¡Por Dios vos rogamos, don Diego y don Fernando!
Dos espadas tenedes fuertes y tajadores,
A la una dizen Colada y al otra Tizon;
Cortadnos las cabeças, martires seremos nos,
Moros y cristianos departiran d’esta razon,
Que por lo que nos mereçemos no lo prendemos nos;
Atan malos ensiemplos no fagades sobre nos;
Si nos fueremos majadas, abiltaredes a vos,
Retraer vos lo han en vistas o en cortes.
Lo que ruegan las dueñas no les ha ningun pro.
Esora les compieçan a dar los ifantes de Carrion,
Con las çinchas corredizas majanlas tan sin sabor,
Con las espuelas agudas, donde ellas han mal sabor;
Rompien las camisas y las carnes a ellas amas a dos.
Limpia salie la sangre sobre los çiclatones,
Ya lo sienten ellas en los sus coraçones,
¡Qual ventura serie esta, si ploguiese al Criador
Que asomase esora el Çid Campeador!
Tanto las majaron que sin cosimente son,
Sangrientas en las camisas y todos los çiclatones.
Cansados son de ferir ellos amos a dos,
Ensayandose amos qual dara los mejores colpes.
Ya no pueden fablar doña Elvira y doña Sol,
Por muertas las dexaron en el robredro de Corpes.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Argumento del Cantar de Mío Cid


CANTAR PRIMERO
1-14 El texto conservado comienza con un pasaje cuya cuidada composición e innegable eficacia emotiva han hecho pensar a algunos autores que se trataba del auténtico inicio del Cantar y que la hoja perdida estaba en blanco (aunque esto es muy improbable). El Cid se aleja de Vivar camino de Burgos y, antes de decidirse por completo a partir, contempla entristecido la casa que abandona en total desolación, enumerando los objetos de los que queda vacía, lo que acentúa el dolor de la partida y atrae sobre el héroe la simpatía del público. Después, pasando de la contemplación a la acción, el Campeador y los suyos se apresuran en dirección a Burgos, y en el trayecto observan los augurios contrapuestos de las cornejas. Es el momento sin retorno de su marcha hacia el destierro.
15-64 El mal augurio de los versos anteriores se cumple en Burgos, cuyos habitantes, pese al afecto que sienten por el Cid, no son capaces de contravenir el mandato real que les prohíbe hospedar o vender alimentos al desterrado. Se narra primeramente la llegada del Cid a Burgos, con la llorosa acogida y buenos deseos de sus ciudadanos. En contraste con este recibimiento, se refieren a continuación la prohibición del rey Alfonso, que había llegado la noche anterior, y la tensa escena en la que el Cid y sus tropas están a punto de entrar por la fuerza en su posada. La violencia sólo es interrumpida por la aparición de la niña de nueve años, que informa al Cid de la disposición real. Conocida ésta, el Campeador decide acampar a la orilla del río, pasando la noche fuera de la ciudad, como un marginado.
65-233 El Cid, acampado a orillas del río, recibe la ayuda de un vasallo suyo burgalés, Martín Antolínez, quien le provee de alimentos. Sin embargo, esto no basta para cubrir las necesidades del Campeador, que ha de dejar dinero a su familia y pagar a sus hombres. Por ello, el Cid se ve obligado a recurrir a un ardid: llenar unas pesadas arcas de arena y empeñárselas a dos prestamistas burgaleses, Raquel y Vidas, haciéndoles creer que están llenas de riquezas y que le resulta peligroso llevarlas consigo. Martín Antolínez pondrá en práctica el engaño con gran habilidad, consiguiendo seiscientos marcos para el Cid y treinta para sí mismo, en concepto de comisión. Después, Martín Antolínez regresa a Burgos, para dejar arreglados sus asuntos, y el Campeador, tras encomendarse a la protección de la Virgen, parte hacia San Pedro de Cardeña, donde se reunirá con su familia.
235-411 El Cid y sus hombres llegan a Cardeña, donde son muy bien recibidos por el abad, a quien el Campeador da instrucciones sobre el cuidado de su familia, que quedará acogida al monasterio durante el destierro. Después se reúnen el Cid, su esposa y sus hijas, en una escena marcada por el dolor de la separación y la incertidumbre de su futuro. Sin embargo, no todo es motivo de tristeza, pues el Cid recibe la adhesión de nuevos caballeros, que vienen conducidos por Martín Antolínez. Como el plazo vence muy pronto, se prepara la partida, ante la cual doña Jimena ruega a Dios por su marido. La despedida es descrita en términos de un enorme dolor, que provoca el único y momentáneo desfallecimiento del Cid en el Cantar. En la marcha hacia al destierro se le unen al Campeador nuevos hombres. Cuando llegan a la frontera, en su última noche en Castilla, el Cid recibe la respuesta a sus oraciones y las de su esposa en forma de una visión, en la que el arcángel Gabriel le profetiza un futuro mejor.
412-546 El Cid y sus hombres cruzan la frontera de Castilla con los territorios musulmanes y comienzan lo que será su actividad durante la primera parte del destierro: la obtención de botín de guerra y el cobro de tributos (parias) a los musulmanes. La primera campaña del Campeador tiene lugar en el valle del Henares, mediante una doble acción: la toma de Castejón por parte del Cid y la expedición de saqueo (algara) Henares abajo, capitaneada por Álvar Fáñez. Ambos ataques ocurren de modo simultáneo, pero se narran sucesivamente. Al regresar las tropas expedicionarias, se reúne todo el botín y se distribuye según las leyes de la época. Por último, temiendo que el rey Alfonso acuda en ayuda de este territorio, que está bajo su protectorado, el Cid abandona Castejón en dirección noreste.
547-624 Continuando con su actividad guerrera, el Cid realiza la campaña del Jalón. Tras descender por el valle de este río, saqueándolo, se establece en un fuerte campamento para dominar la zona. Después de obtener el pago de tributos por parte de las principales localidades del valle, el Cid, valiéndose de una huida fingida, ocupa el castillo de Alcocer, que es presentado en el Cantar como un enclave esencial para dominar la comarca. Además, esta conquista le proporciona un rico botín.
625-861 La conquista de Alcocer, clave estratégica de la zona, según el Cantar, provoca el temor en las localidades musulmanas circundantes, que piden ayuda al rey Tamín de Valencia. Éste, viendo una seria amenaza en el Cid, envía a dos de sus generales, Fáriz y Galve, al frente de tres mil hombres, a recuperar la plaza. El ejército musulmán, incrementado por tropas de la frontera, pone cerco al Cid y a sus hombres en Alcocer. El asedio se prolonga durante tres semanas, al cabo de las cuales el Cid, con el consejo de Álvar Fáñez (que suele actuar de estratega del Campeador), decide atacar por sorpresa al amanecer a los sitiadores. Se produce así la primera lid campal del Cantar, que comienza con la carga en solitario de Pero Vermúez, que atrae tras sí a la mesnada del Campeador. La batalla, pese a algunas dificultades ocasionales, como las sufridas por Álvar Fáñez, es vencida por los hombres del Cid, que obtienen un gran botín, aunque no se consigue dar muerte a Fáriz ni a Galve. Gracias a las riquezas conseguidas, el Campeador puede encargar a Minaya que vuelva a Castilla a pagar su voto en Santa María de Burgos, a entregar dinero a su familia y a hacer su primer regalo al rey Alfonso. Tras la partida de Álvar Fáñez, el Cid, por razones estratégicas, decide abandonar Alcocer, que es vendido a los moros. Repartidas las ganancias, y entre las bendiciones de los alcocereños, el Campeador y sus hombres parten Jalón abajo.
862-953 La tercera campaña del Cid se desarrolla en el Bajo Aragón. En primer lugar, desde El Poyo, somete la cabecera del valle del Jiloca y su entorno, los valles de los ríos Martín y Aguasvivas. Posteriormente se desplaza hacia el este, acampando en Tévar, desde donde ataca Alcañiz, aunque vuelve por un momento hacia el oeste, en la incursión a Huesca y Montalbán, realizada desde el campamento de Alucant, de donde regresa a Tévar. Como en las dos campañas anteriores (la del Henares y la del Jalón), el fin primordial de estas acciones es la obtención de parias y botín, no la conquista de un lugar de asentamiento. La narración de estas acciones se alterna con el relato de la embajada de Álvar Fáñez a Castilla, cuyo objetivo primordial es la entrega al rey del regalo del Cid. Aunque esta misión no cumple aún su fin último (la obtención del perdón real), sirve para dar a conocer a don Alfonso las hazañas del Campeador y predisponerlo a su favor.
954-1086 La actuación del Cid, que anteriormente le había hecho oponerse al rey musulmán de Valencia, representado por Fáriz y Galve, le lleva ahora a enfrentarse al conde don Remont de Barcelona, un príncipe cristiano, si bien éste actúa en defensa de un reino musulmán y cuenta con moros entre sus tropas. Esto provocará la segunda lid campal del Cantar, en el pinar de Tévar. Sin embargo, en esta ocasión el poeta no presta tanta atención al aspecto heroico del combate como a su resultado, la prisión del conde (hábilmente contrapuesto al Campeador) y el rico botín obtenido. Todo el episodio está construido con una evidente ironía, en la que se revela un claro deseo de criticar (y aun de ridiculizar) a la alta nobleza cortesana que, pese a su elevada posición y a su refinamiento, es incapaz de vencer al Campeador y a sus hombres, inferiores socialmente, pero mejores caballeros.
CANTAR SEGUNDO
1085-1169 El Cid abandona definitivamente las tierras del interior para iniciar la campaña de Levante, que le conducirá a su mayor hazaña, la conquista de Valencia. Pero antes de acometerla, el Campeador, como buen estratega, la deja aislada, ocupando las principales poblaciones de su entorno. Cuando el Cid ha tomado Murviedro (plaza de gran importancia estratégica), los moros valencianos intentan detener el avance del Cid, asediándolo allí. Sin embargo, las tropas del Campeador, mediante un plan propuesto por Álvar Fáñez, los derrotan por completo. Impulsado por esta victoria, el Cid incrementa sus actividades, y en el plazo de tres años controla totalmente el territorio levantino y deja aislada a Valencia .
1170-1220 Tras sojuzgar toda la zona y estrechar el cerco en torno a Valencia, la situación en su interior se hace insostenible. Los valencianos piden ayuda al rey de Marruecos, pero éste no puede proporcionársela. Sabido esto, el Cid se dispone a tomar la ciudad, para lo cual envía pregones por los reinos cristianos, a fin de reclutar tropas suficientes para ello. Cuando las ha reunido, el Cid asedia Valencia por completo y, pasados nueve meses sin ser ayunados, los valencianos entregan la ciudad. El Campeador y sus tropas se instalan en ella, consiguiendo un enorme botín. Tras esta importante conquista, el Cid ya no deberá continuar sus campañas de pillaje, sino que podrá establecerse se modo definitivo.
1221-1235 Tras la conquista de Valencia, la posesión de la plaza aún no está asegurada, pues el rey de Sevilla, informado de la conquista, intenta recuperarla. El resultado es una nueva e impresionante derrota musulmana, aunque el rey sevillano logra escapar del propio Campeador. Esto todavía proporciona más riquezas a los cristianos  y más fama a su caudillo. Con esta batalla se concluye de momento la campaña levantina, cuyo botín permitirá al Cid enviar una nueva embajada al rey Alfonso.
1236-1307 Frente a sus campañas anteriores, en las que el Cid no buscaba establecerse en ninguna de sus conquistas o campamentos, la toma de Valencia le proporciona a él y a sus hombres un nuevo lugar de asentamiento, una morada permanente, a la que el Campeador intentará traer a su familia. Por ello, lo primero que hace el caudillo castellano es organizar la vida en el interior de la ciudad conquistada, para que aquélla se normalice con rapidez. En consecuencia, les reparte a sus hombres casas y tierras donde establecerse. Para evitar deserciones, hace un censo de los repobladores cristianos y establece medidas contra los que intenten irse sin su permiso. Además, prepara un nuevo regalo para el rey Alfonso, que llevará Álvar Fáñez con la petición de que deje a la familia del Cid reunirse con éste. Por último, el Campeador instaura la sede episcopal valenciana, en la persona de don Jerónimo, un venerable clérigo francés animado por ideas de cruzada, lo que también contribuye a asentar la conquista cristiana.
1308-1390 Al salir de Valencia, Minaya se dirige a un lugar sin especificar, probablemente Burgos, en busca del rey. Se le informa entonces (seguramente por boca de los oficiales reales) que el monarca se encuentra en Carrión, de acuerdo con el carácter itinerante propio de la corte altomedieval. En consecuencia, Minaya se dirige hacia allí. Al llegar, ofrece a don Alfonso el regalo del Campeador y le refiere la conquista de Valencia, así como la petición del Cid sobre su familia. El rey, complacido, accede a que ésta parta para Valencia y además permite a cualquier vasallo que se una al Cid. Los favores del rey ocasionan en la corte reacciones contrapuestas. Por una parte, el despecho despectivo de Garcí Ordóñez; por otra, la codiciosa admiración de los infantes de Carrrión, que se plantean la posibilidad de casar con las hijas del Cid, pese a la notable diferencia de linaje, y, sin decir aún nada, envían un saludo al Campeador a través de Minaya.
1391-1617 Concluida la embajada ante el rey, Álvar Fáñez se encamina a Cardeña, donde se realizan los alegres preparativos para la partida hacia Valencia. Mientras Minaya compra en Burgos todo lo necesario, se produce la segunda aparición de Rachel y Vidas, que reclaman, al parecer infructuosamente, el dinero prestado. Por fin, la familia del Cid se despide del abad don Sancho y, con una nutrida comitiva de nuevos caballeros, comienza el viaje hacia Valencia y llega hasta Medinaceli, el extremo de la frontera castellana. La narración pasa entonces a ocuparse de Valencia: allí el Cid ha sido avisado por los emisarios de Minaya y envía una escolta a buscar a su familia a Medinaceli. Esta parte del relato ocurre simultáneamente a lo referido entre los versos 1405 y 1452. A partir del verso 1494, con la llegada de las tropas valencianas a Medinaceli, se recupera el orden lineal de la narración. Se describe entonces el viaje hasta Valencia  y, especialmente, el recibimiento, a la vez alegre y solemne, del que es objeto la familia del Cid. El episodio concluye con una escena culminante: desde lo más alto del alcázar el Campeador les muestra a doña Jimena y a sus hijas la gran heredad que, con su esfuerzo, ha obtenido para ellas.
1618-1802 El bienestar y la holganza de las huestes cristianas se van a ver interrumpidos por la llegada de la primavera. Con ella, los ejércitos se movilizan y, en este caso, el rey de Marruecos se dispone a recuperar Valencia por mar. La llegada del enemigo suscita la alegría del Cid, quien ve en ella un nuevo motivo para enriquecerse y, además, para que él y sus caballeros se luzcan ante las damas hace poco llegadas. Al atacar los almorávides, se produce una nueva batalla en las huertas que rodean Valencia, de las que los caballeros del Cid hacen retirarse a los musulmanes, si bien Álvar Salvadórez queda preso, caso único en el Cantar. El Campeador decide hacer la salida definitiva para el día siguiente y se acuerda que Álvar Fáñez comandará un flanco móvil, mientras el Cid capitanea el grueso de la hueste. A la mañana siguiente, tras haber oído misa, con la absolución general, los sitiados se lanzan al ataque, que es iniciado por el obispo guerrero don Jerónimo. El empleo de la táctica acordada les permite conseguir una nueva y rotunda victoria, en la que obtienen un botín superior a cualquier otro. Tras la batalla, el Campeador se presenta ante su mujer, hijas y damas para cumplimentarlas y prometer a estas últimas ricas dotes para sus matrimonios. Mientras tanto, se recuenta el enorme botín, del que el Cid piensa enviar un nuevo regalo al rey Alfonso, además de entregar el diezmo al obispo don Jerónimo. Tras este nuevo y lucrativo triunfo, el ambiente en Valencia es de enormes satisfacción y alegría.
1803-1958 Gracias al importante botín obtenido con la derrota de Yúcef, el Cid puede enviar su tercera dádiva al rey Alfonso. Tras un viaje hasta Valladolid, rápidamente narrado, Minaya y Pero Vermúez le entregan al rey los doscientos caballos que le regala el Campeador, lo que complace mucho a don Alfonso y, por el contrario, provoca la ira de los contrarios al Cid, encabezados por Garcí Ordóñez. En cambio, el evidente ascenso del desterrado mueve a los infantes de Carrión a rogarle por fin al rey que los case con las hijas de aquél, a lo que el monarca, tras un momento de duda, accede. Convoca entonces a los embajadores del Cid y les comunica dos noticias: que va a perdonar al Campeador y que le solicita la mano de sus hijas para los infantes. Además, le concede el honor de decidir el lugar de las vistas o reunión solemne para la formalización del perdón regio. Minaya y Pero Vermúez acogen con poco entusiasmo la petición de mano, pero parten presurosos a comunicar las nuevas al Cid. La reacción de éste es de gran alegría por la concesión del favor real y de grave contrariedad por la propuesta matrimonial, que en absoluto es de su agrado, pero a la que se pliega por ser deseo del rey. Por último, se acuerda que las vistas se celebren junto al Tajo, lo que se comunica a don Alfonso.
1959-2167 Una vez que el rey acepta el lugar propuesto por el Cid y fija el plazo para la celebración de las vistas, por ambas partes comienzan los preparativos. Tanto el séquito real como la comitiva del Cid se aprestan con sus mejores galas, descritas en términos muy similares para ambas partes, lo que expresa la grandeza alcanzada por el Campeador. Reunidos ambos cortejos, las vistas se desarrollan a lo largo de tres días. En el primero, don Alfonso, que ha llegado con antelación, recibe al Cid, quien se le humilla, recibe el perdón regio y se hace de nuevo vasallo de Alfonso, besándole la mano. A continuación, el Cid y sus hombres son los huéspedes del rey, con quien pasan el resto del día. Al día siguiente, es el Campeador quien invita al rey a su séquito, a los que ofrece una suculenta comida. En el tercer día, y después de la misa matinal oficiada por don Jerónimo, se plantean las negociaciones matrimoniales. Don Alfonso solicita al Cid la mano de sus hijas para los infantes, a lo que aquél accede, no sin antes dejar claro que lo hace acatando la voluntad real, y no por deseo propio, lo que, en definitiva, convierte al monarca en el responsable último del matrimonio y de sus consecuencias. Se desarrollan después los esponsales, mediante el besamanos de los infantes al Cid, el intercambio de espadas entre ellos (en señal de alianza) y la entrega simbólica por parte del rey de las novias a sus futuros maridos. A continuación se prepara la despedida, en la que el Cid reparte nuevos y numerosos regalos al rey y a su séquito. La última parte del relato de las vistas consiste en una repetición amplificada de los sucesos del tercer día: las negociaciones nupciales  y la despedida del Campeador, al que muchos caballeros del rey acompañan a Valencia para la celebración de las bodas.
2168-2277 El segundo Cantar concluye con el relato de las bodas celebradas en Valencia. Tras la llegada y la acomodación de los infantes, el Cid se reúne con su familia, a la que comunica los matrimonios que ha concertado. Tanto doña Jimena como sus hijas los aceptan complacidas, si bien el Cid les comunica que no ha sido decisión suya sino del rey, lo cual es un honor, pero también una amenaza, dado que no ha sido el propio héroe quien ha tratado unos matrimonios a su gusto. Al día siguiente se hacen los preparativos para la boda, aderezando con lujo el palacio y reuniendo a los asistentes. La ceremonia se realiza según lo pactado con don Alfonso: Minaya entrega en su nombre a doña Elvira y a doña Sol a los infantes, con lo que el Cid se desvincula de la formalización del matrimonio. Tras el rito civil se realiza el religioso, oficiado por don Jerónimo en la catedral de Santa María y apenas descrito. Luego comienzan las fiestas que solemnizan las bodas, con deportes caballerescos, en los que los infantes demuestran su habilidad, para alegría del Cid, y con un rico banquete. Las bodas duran quince días, con similares festejos, y al cabo los invitados se despiden, recibiendo ricos regalos del Campeador y sus vasallos. Los yernos del Cid se quedan con él en Valencia y la convivencia es satisfactoria durante dos años. Dejando de este modo la acción en suspenso, el cantar se cierra con una admonición del narrador, que no presagia nada bueno para el futuro, y con una despedida al auditorio.


CANTAR TERCERO
2278-2310 Un león propiedad del Cid se escapa por la corte, provocando gran terror. Como el Campeador está durmiendo, sus caballeros, desarmados, lo protegen con sus propios cuerpos, mientras que sus yernos huyen despavoridos y se refugian en lugares pocos convenientes. Al despertar el Cid con el tumulto, se dirige al león, que se humilla y se deja conducir de nuevo a su jaula, acto de reverencia y respeto que muestra las superiores cualidades del héroe y que maravilla a sus vasallos. Cuando, pasado todo, los infantes salen de sus escondites, sus ropas manchadas son señales ostensibles de su cobardía, lo que provoca las burlas en la corte valenciana, que son rápidamente atajadas por el Cid. Este incidente, en apariencia nimio, es el desencadenante de la acción del tercer cantar, tanto por mostrar el egoísmo de los infantes, que escapan sin ni siquiera avisar a su suegro dormido, como por la vergüenza que les acarrean las chanzas de la corte del Campeador. Desde la perspectiva de la época, esto constituía para ellos una afrenta, que exigía una venganza reparadora. El desarrollo de este asunto es la base argumental de la última parte del Cantar.
2311-2534 La acción del tercer cantar supone la paulina degradación de los infantes, que se manifiesta de nuevo en su única experiencia guerrera valenciana. Tras el episodio del león, y mientras los infantes mantienen sus resquemor por ello, se produce la llegada de las tropas expedicionarias del rey o general marroquí Búcar, en un tercer intento moro de recuperar Valencia, lo que ocasionará la última batalla del Cantar. Mientras los caballeros del Cid se alegran, con la perspectiva de una nueva ganancia, los infantes se atemorizan y se duelen de tener que entrar en batalla. Muño Gustioz los oye y se lo comunica al Cid, quien les dispensa de entrar en batalla. Aquí hay una laguna, por la falta de un folio en el manuscrito. Cuando se reanuda el texto, ya ha ocurrido la primera parte de la batalla, tras la que el Cid encarga a Pero Vermúez que cuide de los infantes, a lo que éste se niega, solicitando, en cambio mandar las tropas de vanguardia. Igual coraje muestra don Jerónimo, que, como ya había hecho frente a Yúcef, pide el honor de dar las primeras heridas. El Campeador se lo concede y da así comienzo la segunda parte de la batalla, en la que los moros resultan completamente derrotados y el propio Cid mata a Bucar, tras una reñida persecución. En los momento finales del combate, el Campeador se reúne en el campamento moro con sus yernos, que al parecer han luchado bien en esta ocasión, aunque se toman a mal el sincero elogio que les hace su suegro. Como siempre, la victoria se salda con la obtención de un importante botín, con el que todos se enriquecen, y en especial los infantes, aspecto esencial de esta batalla en relación con los acontecimientos posteriores. En este momento, el Cid se siente en la cumbre de su carrera y se alegra de que sus yernos, a quienes sinceramente cree buenos guerreros, se hallen a su lado. Sus elogios, en cambio, provocan una fría respuesta de Fernando, que, al vanagloriarse de su actuación bélica, da pie a nuevas murmuraciones y sarcasmos de los caballeros del Cid.
2535-2762 El recrudecimiento de las chanzas contra los infantes y el sentirse ricos y, por tanto, independientes de su suegro mueven a aquéllos a tomar una grave decisión: partir con las hijas del Cid y abandonarlas, después de infligirles un grave ultraje, que les vengue de tal afrenta. Con la excusa de enseñarles a sus esposas las propiedades carrionenses que tienen por arras, los infantes obtienen del Campeador el permiso para irse. Los preparativos para la partida se realizan entre la confianza general, sólo turbada por el dolor de la separación de la familia del Cid. Sin embargo, en el momento mismo de la despedida, el Campeador advierte agüeros contrarios, y decide enviar a su sobrino Félez Muñoz para que esté al tanto de lo que pueda suceder. Pate, por fin, la comitiva de los infantes, que hace alto en Molina, donde los hospeda Avengalvón. Éste les escolta hasta la frontera de Castilla, en Medinaceli. Al ir a despedirse, el alcaide moro les hace grandes regalos, lo que despierta la codicia de los infantes, quienes planean asesinarlo para robarle. Uno de los componentes del séquito de Avengalvón descubre sus planes y avisa a su señor, quien hace fuertes reproches a los infantes y se marcha. Se establece así un marcado contraste entre la lealtad y categoría humana del gobernador musulmán y la creciente vileza de los infantes de Carrión. Ya en Castilla, la comitiva avanza hasta llegar a un bosque solitario, el robledo de Corpes. Allí acampan en un hermoso claro, donde, de acuerdo con una asentada tradición literaria, se produce una escena de amor entre los infantes y sus esposas. Sin embargo, al amanecer, mientras la comitiva se adelanta, los dos hermanos maltratan cruelmente a las hijas del Cid y las abandonan a su suerte en medio del bosque. Con ello dan por cumplida su venganza, al devolverles al Campeador y a los suyos la afrenta que de ellos recibieron.
2763-2984 Un presentimiento de Félez Muñoz, el primo de doña Elvira y doña Sol, le hace apartarse de la comitiva y ocultarse a la espera de que lleguen los infantes con sus mujeres. Al verlos pasar solos y oír lo que dicen, se precipita hacia el robledo para rescatar a sus primas. Las encuentra desvanecidas y debe hacerlas reaccionar para salir del bosque antes de que caiga la noche y queden a merced de las alimañas. Lo consigue y las saca del robledal justo a tiempo. Después, con el auxilio de Diego Téllez, antiguo vasallo de Álvar Fáñez, las conduce a San Esteban de Gormaz, donde convalecerán una temporada. Mientras tanto, las noticias de la afrentan llegan tanto al rey Alfonso como al Cid y a su corte, a todos los cuales provoca gran aflicción. El Campeador reacciona con serenidad y se prepara a obtener reparación. Pero, antes que nada, envía a por sus hijas a mejores caballeros, quienes las traen de vuelta desde San Esteban. Al regreso, las muestras de emoción contenida del Cid y su familia se aúnan al deseo de venganza. Según la tradición épica, un ultraje de tal envergadura hubiera exigido una represalia sangrienta a título personal. Frente a ello, el Cantar muestra una reparación obtenida a través de una querella judicial. Así, cuando sus hijas ya están a salvo en Valencia, el Cid manda a Muño Gustioz a demandar a los infantes ante don Alfonso, de quien solicita una reunión judicial de la corte, el foro adecuado para enjuiciar a los nobles. Expuesto el caso, el rey, a quien también le afecta la deshonra en tanto que promotor y, en cierto modo, garante de estos matrimonios, acepta la demanda presentada por el Cid. Para entender en ella convoca cortes, el tipo de reunión judicial de mayor categoría, que se celebrarán en Toledo al cabo de siete semanas. Todos los vasallos del rey son conminados a asistir a ellas, bajo pena de incurrir en la ira regia y ser desterrados.
2985-3532 La convocatoria de cortes desagrada a los infantes, pero no logran que el rey les dispense de asistir. Ante esta situación, congregan a sus parientes, a los que se une Garcí Ordóñez, como enemigo del Campeador. Llegado el plazo, acuden a Toledo el rey y sus magnates, los mejores jurisperitos del reino y el bando de los infantes. Poco después llega el Cid con sus hombres. Al día siguiente, tras la entrada triunfal del Cid y sus mejores caballeros, lujosamente ataviados, comienza la sesión de cortes, con el nombramiento de los jueces y otras formalidades. A continuación, el rey da la palabra al Campeador, quien parece desentenderse de la parte criminal de la querella (a afrenta infligida a sus hijas) y sólo se ocupa de la civil, exigiendo la restitución de sus dos espadas, Colada y Tizón. Los infantes, creyendo que el Cid se limitará a eso, acceden a la petición. Sin embargo, el Campeador hace una nueva demanda: la devolución de los tres mil marcos de dote que dio a sus hijas, pues la disolución del matrimonio por culpa del marido obligaba a éste a reintegrar la dote a su mujer. Los de Carrión alegan defecto de forma, pero el rey admite la demanda. Los infantes se ven entonces en un gran apuro, pues han gastado todo ese dinero y han de pagarle en especie: caballos, mulas, armas, arneses. Por fin, cuando las demandas parecían concluidas, el Cid plantea la querella criminal: el abandono y las lesiones de sus hijas, por las cuales los acusa de menos valer. Le responde entonces Garcí Ordóñez, que actúa como portavoz o abogado de los infantes, y alega, como justificación, la enorme diferencia de linaje. El Cid le recuera que está deshonrado, por haberse dejado mesar las barbas por el Campeador sin exigir reparación, lo cual le incapacita para intervenir en la corte. Los infantes se ven obligados a abogar por sí mismos y repiten los argumentos de Garcí Ordóñez. Los caballeros del Cid les responden recordándoles su cobarde actuación en Valencia, que demuestra su menos valer. De este modo, Pero Verméz desafía a Fernando González, Martín Antolínez a su hermano Diego y Muño Gustioz al hermano mayor, Asur González. En ese momento, se presentan ante la corte los embajadores de los príncipes de Navarra y Aragón, solicitando la mano de las hijas del Cid para sus respectivos señores. El matrimonio se concierta, lo que agrada a casi todos los presentes. Tras esto continúa la sesión y Minaya reta de nuevo a los infantes y a su bando. Le responde Gómez Peláyet, pero el rey no concede más que las lides que ya se habían concertado, cuya realización se aplaza, dado que los infantes han entregado todo su equipo al Cid como pago de la deuda. Con esto se dan por finalizadas las cortes y el Cid se despide del rey, dejando bajo su protección a sus campeones, y regresa a Valencia.
3533-3707 Vencido el plazo, los lidiadores se reúnen en Carrión para celebrar los combates judiciales. El bando de los infantes planea un asalto a los caballeros del Cid, a pesar de que la tregua era obligatoria entre el reto y la lid. Sin embargo, el temor al rey Alfonso les impide efectuarlo. Todos se disponen, pues, a realizar las lides. Como era preceptivo, velan las armas la noche anterior y, venida la mañana, se reúnen bajo la presidencia del rey Alfonso, que garantiza la pureza del proceso. Los infantes, acobardados por el prestigio de las espadas del Campeador, intentan en ese momento que Colada y Tizón no sean empleadas en el combate, pero el rey rechaza la petición, por no haberse hecho en las cortes. El temor hace que los infantes se arrepientan por primera vez de su acción en Corpes. Los caballeros del Cid también se dirigen al rey, pero para pedirle seguridad contra el bando de los infantes, lo que don Alfonso les concede. Tras estas consultas previas, comienzan las lides, cuyo relato se ajusta con minuciosidad a lo previsto en las leyes. Los contrincantes se dirigen a la palestra, un terreno delimitado por mojones, y el rey nombra a los jueces del campo, que vigilarán el cumplimiento del reglamento de la lid y determinarán quién es el vencedor. Tras recordarles a los participantes que quien salga del terreno acotado pierde el combate, les parten el sol, es decir, los sitúan de forma que el sol no le dé frontalmente a ningún luchador. Tras estas formalidades, comienzan las lides. La carga de los seis combatientes se describe conjuntamente, pero el choque se presenta por separado, de modo que los tres combates simultáneos se narran sucesivamente, en el mismo orden en que se efectuaron los retos. Por lo tanto, se refiere en primer lugar la lucha entre Pero Vermúez y Fernando González. Cada uno de ellos golpea a su adversario, aunque el infante sale peor parado, pues cae del caballo. Cuando Pero Vermúez saca la espada para continuar el combate, Fernando reconoce a Tizón y se rinde antes de esperar el golpe. El segundo combate descrito es el de Martín Antolínez y Diego González, quienes rompen las lanzas y desenvainan inmediatamente las espadas. Un certero golpe dado con Colada hiere en la cabeza al infante y éste, aterrorizado como su hermano por la espada del Campeador, huye del campo, lo que implica su derrota. Por último, se narra el enfrentamiento de Muño Gustioz y Asur González, el más valiente de los hermanos, pero el que menos resiste. Del primer golpe de lanza, Gustioz lo derriba malherido y su padre, Gonzalo Ansúrez, lo declara vencido. Las lides se dan por concluidas y los del Campeador vuelven satisfechos a Valencia, dejando a los tres hermanos infamados a perpetuidad, pena que el narrador desea a cualquiera que maltrate a una dama.
3708-3730 Final del Cantar. El definitivo desagravio de los primeros matrimonios se une a la gran honra proporcionada al Cid y su familia por los nuevos casamientos concertados con los príncipes navarro y aragonés. El honor del Campeador se halla en su apogeo y no sólo es capaz de recibir honra por emparentar con reyes, sino que el mismo la transmite a sus parientes, debido a la altura de sus propios méritos. La referencia final a la muerte del Cid en la celebrada fiesta de Pentecostés cierra definitivamente la historia, pues, tras este punto culminante y meta de llegada de sus esfuerzos, nada queda por contar.