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domingo, 2 de octubre de 2011

36. La peste de Atenas

No hacía aún muchos días que estaban allí cuando comenzó a declararse la epidemia entre los atenienses; se dice que había atacado ya antes muchos lugares, Lemnos entre otros, pero una plaga tan terrible y una tal mortandad de gente no se recordaba en ninguna parte. Los médicos, que no la conocían y la trataban por primera vez, no podían hacer nada contra ella, sino que ellos mismos eran sus primeras víctimas, pues eran los que más se acercaban a los enfermos, y tampoco valía otra ciencia humana. Hicieron plegarias en los templos, consultaron oráculos y recurrieron a prácticas semejantes, pero todo fue inútil y acabaron por renunciar, vencidos por el daño. El mal comenzó primero, según dicen, en Etiopía, más arriba de Egipto; descendió después a Egipto, a Libia y a la mayor parte del imperio del Rey. En Atenas cayó de improviso y primero atacó a la población del Pireo; por esto corrió el rumor de que los peloponenses habían tirado veneno en los pozos, ya que allí aún no habían fuentes. En seguido llegó a la ciudad alta y entonces la mortandad fue mucho mayor. Sobre esta epidemia, cada cual, médico o profano, diga según su parecer, cuál fue el origen probable y cuáles las causas que cree de fuerzas suficientes para provocar perturbación tan grande. Yo, por mi parte, diré sus características y mostraré sus síntomas a vista de los cuales, si volviese a sobrevenir, teniendo una idea previa, mejor se podría diagnosticar.
Porque yo mismo padecí la enfermedad y vi a otras personas afectadas por ella. Aquel año, según reconocía todo el mundo, fue un año exento de las enfermedades ordinarias, y si había algunos casos todos se resolvieron en esto. Pero en general sin ninguna causa manifiesta, sino de repente, los que estaban buenos, de buenas a primeras les venían unos fuertes fiebres de cabeza, rojez e inflamación en los ojos, y, por dentro, la garganta y la lengua inmediatamente se inyectaban de sangre, la respiración era irregular y el aliento, fétido. Después de estos síntomas sobrevenían estornudos y ronquera y en no mucho tiempo el mal bajaba al pecho y luego producía una fuerte tos.
Cuando se fijaba en el estómago lo revolvía y seguían todos los vómitos de bilis que han especificado los médicos, acompañados de un gran malestar. A la mayor parte de los enfermos les vino también dolencia sin vómitos, que producía violentos espasmos, que en unos cesaban inmediatamente y en otros mucho después. Por fuera, el cuerpo no era muy caliente al tacto ni tampoco estaba pálido, sino rojizo, lívido y lleno de pequeñas úlceras; pero por dentro escocía tanto que los enfermizos no podían soportar el contacto con los vestidos y sábanas más ligeras, ni estar de otro modo sino desnudos, y con gran anhelo se hubieran sumergido en agua fría. Y así lo hicieron tirándose en los pozos, muchos que no estaban vigilados, acometidos por una sed inextinguible; pero era igual beber mucho que poco. Además la falta de reposo les daba una angustia continua. El cuerpo, mientras duraba la enfermedad, no se marchitaba sino que resistía desesperadamente el malestar; de manera que, o bien la mayoría morían a los nueve o siete días consumidos por el fuego interno cuando aún tenían fuerzas, o bien escapaban a este término el mal bajaba hacia el vientre y producía una laceración violenta acompañada de una diarrea rebelde a consecuencia de la cual la mayoría sucumbían de debilidad. El mal, fijado primero en la cabeza, comenzando por arriba, recorría todo el cuerpo, y los que sobrevivían a sus más graves ataques quedaban con señales de ello en las extremidades, porque atacan los órganos genitales, las puntas de las manos y pies, y muchos salieron del trance perdiendo estos miembros y algunos hasta los ojos. A otros, cuando se restablecían, les sorprendía un olvido de todo y no se conocían a sí mismos ni a sus amigos.
El carácter general de la enfermedad es imposible de describir, y sus ataques eran de una violencia que la naturaleza no resiste, pero sobre todo lo siguiente demostró que todo esto era diferente a todas las afecciones ordinarias: los pájaros y cuadrúpedos que se alimentan de carne humana, entonces cuando había muchos cuerpos sin enterrar, o no se acercaban, o si los probaban, morían. Y la prueba: la desaparición de estas aves de rapiña fue manifiesta, y no se les veía junto a los cadáveres, ni en ninguna otra parte. Los perros, que conviven con el hombre, permitían mejor la observación de los efectos. Dejando aparte otras muchas particularidades, ya que cada una era diferente de la otra, tales fueron en conjunto, las características de la enfermedad. Y durante aquel tiempo no se hizo sentir otra enfermedad habitual; y la que se presentaba acababa en ésta. Unos morían por abandono y otros, a pesar de todas las atenciones. No se encontró casi ni un solo remedio que se pudiese aplicar con segura eficacia, pues lo que iba bien a uno perjudicaba al otro.
Ninguna constitución, fuese robusta o débil, se mostró capaz de resistir el mal, sino que a todas indistintamente las arrebataba cualquiera que fuese el régimen seguido. Pero lo más terrible de toda la enfermedad era el desánimo de quien se sentía enfermo, porque abandonándose a la desesperación mucho más fácilmente y no intentaba resistir, y también el hecho de que, contagiándose los unos atendiendo a los otros, morían como ovejas. Esto causaba más mortandad. Ya que, si por miedo no se querían visitar unos a otros, los enfermos morían abandonados, y muchas casas quedaron vacías porque nadie se preocupaba de ellas. Sucumbían los que presumían de sentimientos humanitarios. Por pundonor no se quejaban, entrando de los amigo, cuando hasta los familiares, vencidos por el exceso del mal, acababan por cansarse de los lamentos de los moribundos. No obstante, los que se habían salvado de la enfermedad eran los que más se apiadaban del moribundo y del enfermo, porque tenían experiencia y se sentían ya seguros; y es que el mismo hombre no era atacado dos veces por el mismo mal. Y recibiendo las felicitaciones de los demás, ellos mismos, en el exceso de la alegría del momento, tenían para el porvenir la vana esperanza de que ya no morirían nunca más de otra enfermedad. Acentuó la angustia para los atenienses, en medio de la calamidad presente, la evacuación de los campos a la ciudad, sobre todo para los refugiados. Pues como no habían casas para ellos y Vivían, en pleno verano, en barracas hacinadas, la mortandad se producía se producía en medio de la confusión; mientras iban muriendo quedaban, ya cadáveres, unos sobre otros, y se arrastraban medios muertos por las calles y junto a todas las fuentes por anhelo de agua. Los templos estaban llenos de cadáveres de los que allí mismo morían, porque la violencia del azote era tal que los hombres no sabiendo que sería de ellos, tendían a no hacer caso de la religión ni de la decencia.
Todas las costumbres que antes se observaban en los entierros fueron trastornadas y enterraban a cada cual como podían. Muchos, por falta de lo necesario, pues habían tenido ya muchos muertos, recurrían a modos de enterrar indecorosos. Unos depositaban sus muertos sobre piras que no eran suyas, anticipándose a los que las habían construido, y les prendían fuego; otros tiraban al muerto que llevaban sobre otro, que ya ardía, y se iban. La plaga introdujo también en la ciudad otros desórdenes más graves. La gente buscaba, con especial osadía, placeres que antes se ocultaba, porque veían tan bruscos los cambios en los ricos, que morían súbitamente, y de los que antes no tenían nada y que de repente adquirían los bienes de los muertos. Y así, considerando igualmente efímeras la vida y la riqueza, creían que se habían de aprovechar rápidamente y con afán. Nadie tenía el ánimo para preservar en un nombre propósito por la incertidumbre de si moriría antes de poder alcanzarlo. El placer inmediato y todos los medios que a él conducen, se constituyó en lo bello y en útil. Ni el temor a los dioses, ni a la ley humana les retenía, porque al ver que todos morían indistintamente, creían que era igual honrar a los dioses como no hacerlo, y por otra parte nadie esperaba vivir hasta que se hiciese justicia y recibir el castigo de sus delitos. Más grave era la sentencia dictada que pendía ya sobre sus cabezas, y antes que cayese, era natural que sacasen algún provecho de la vida.
Tal era la pesadumbrante calamidad que había caído sobre los atenienses: dentro de la ciudad la gente moría, y fuera, se devastaba el territorio. En medio de la desgracia, como es natural, entre otras cosas se acordaron de este verso, que los más viejos debían haber oído cantar hace tiempo: Vendrá la guerra dórica y con ella la peste Es verdad que surgió una discusión sobre si no era loimós (peste) la palabra usada en el antiguo verso, sino limós (hambre), pero dadas las circunstancias, prevaleció la opinión que era peste, pues la gente conformaba el recuerdo a los males que sufría. Pero si jamás vuelve a estallar una nueva guerra dórica después de ésta y acontece una plaga de hambre, probablemente recitarán el verso en este segundo sentido. Los que lo conocían trajeron también a colación el oráculo dado a los lacedemonios cuando al preguntar al dios si habían de ir a la guerra, les respondió que la victoria sería de ellos si combatían con todas sus fuerzas y les dijo que él, el dios, se pondría de su lado. Se imaginaban pues que los acontecimientos correspondían al oráculo, porque la epidemia se declaró acto seguido que los peloponenses hubieran invadido el Ática, y no penetró en el Peloponeso, al menos en forma digna de mención, sino que produjo sus mayores estragos en Atenas y después en las otras localidades más pobladas. Esta es la historia referente a la epidemia.

Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso.

35. Historia de Rampsinito

Cuentan que este rey poseyó tanta riqueza en plata que ninguno de los reyes que le sucedieron llegó a sobrepasarle, ni siquiera a acercársele. Queriendo guardar en seguro sus tesoros, mandó labrar un aposento de piedra, una de cuyas paredes daba a la fachada del palacio. El constructor, con aviesa intención, discurrió lo que sigue: aparejó una de las piedras de modo que pudieran retirarla fácilmente del muro dos hombres o uno solo. Acabado el aposento, el rey guardó en él sus riquezas. Andando el tiempo, y hallándose el arquitecto al fin de sus días, llamó a sus hijos (pues tenía dos) y les refirió cómo había mirado por ellos, y cómo al construir el tesoro del rey había discurrido para que pudieran vivir en opulencia; y después de explicarles claramente lo relativo al modo de sacar la piedra, les dio sus medidas, y les dijo que si seguían su aviso serían ellos los tesoreros del rey. Cuando murió, sus hijos no tardaron muchos en poner manos a la obra. Fueron al palacio de noche, hallaron en el edificio la piedra, la retiraron fácilmente y se llevaron gran cantidad de dinero. Al abrir el rey el aposento, se asombró de ver que faltaba dinero en las tinajas y no tenía a quien culpar, pues estaban enteros los sellos y cerrado el aposento. Como al abrir por segunda y tercera vez el aposento siempre veía mermar el tesoro, porque los ladrones no cesaban e saquear, hizo lo siguiente: mandó hacer unos lazos y armarlos alrededor de las tinajas donde estaba el dinero. Los ladrones volvieron como antes, y así que entró uno y se acercó a una tinaja, quedó al punto cogido en el lazo. Cuando advirtió en qué difícil trance estaba, llamó en seguida a su hermano, le mostró su situación y le pidió que entrase al instante y que le cortase la cabeza, no fuese que, al ser visto y reconocido, hiciese perecer también a aquél. Al otro le pareció que decía bien, le obedeció y así lo hizo; y después de ajustar la piedra, se fue a su casa llevándose la cabeza de su hermano. Apenas rayó el día, el rey entró en el aposento y quedó pasmado al ver que en el lazo estaba el cuerpo descabezado del ladrón , el edificio intacto, sin entrada ni salida alguna. Lleno de confusión hizo esto: mandó colgar del muro el cadáver del ladrón y poner centinelas con orden de prender y presentarle aquél a quien vieran llorar o mostrar compasión. La madre del ladrón llevó muy a mal que el cadáver pendiese, y dirigiéndose al hijo que le quedaba, le mandó que se ingeniase de cualquier modo para desatar el cuerpo de su hermano y traerlo; y si no se preocupaba en hacerlo, le amenazó con presentarse ella misma al rey y denunciar que él tenía el dinero. El hijo, vivamente apenado por su madre, y no pudiendo convencerla por mucho que dijese, trazó lo que sigue: aparejó unos borricos, llenó odres de vino, los cargó sobre ellos y los fue arreando. Cuando estuvo cerca de los que guardaban el cadáver colgado, él mismo tiró las bocas de dos o tres odres, deshaciendo las ataduras; y al correr el vino empezó a golpearse la cabeza y a dar grandes voces como no sabiendo a qué borrico acudir primero. A la vista de tanto vino, los guardas del muerto corrieron al camino con sus vasijas, teniendo a ganancia recoger el vino que se derramaba. Al principio fingió enojo y les llenó de improperios; pero como los guardas le consolaban, poco a poco simuló calmarse y dejar el enojo, y a l fin sacó los borricos del camino y ajustó sus pellejos. Entraron en pláticas y uno de los guardas chanceándose con él le hizo reír y el arriero les regaló uno de sus odres. Ellos se tendieron allí mismo, tal como estaban, no pensando más que en beber, y le convidaron para que les hiciese compañía y se quedase a beber con ellos.
Él se quedó sin hacerse de rogar, y como mientras bebían le agasajaban muy cordialmente, les regaló otro de los odres. Bebiendo a discreción, los guardas quedaron completamente borrachos y vencidos del sueño, y se durmieron en el mismo lugar en que habían bebido. Entrada ya la noche, el ladrón desató el cuerpo de su hermano, y por mofa, rapó a todos los guardias la mejilla derecha, colocó el cadáver sobre los borricos y se marchó a su casa, cumplidas ya las órdenes de su madre. Al dársele parte al rey de que había sido robado el cadáver del ladrón, lo tomó muy a mal; pero deseando encontrar a toda costa quién era el que tales trazas imaginaba, hizo lo que sigue, cosa para mí increíble: puso a su propia hija en el lupanar, encargándole que acogiese igualmente a todos, pero que antes de unirse con ellos les obligara a contarle la acción más sutil y más criminal que hubiesen cometido en su vida; y que si alguno le refería lo que había pasado con el ladrón, le prendiese y no le dejase salir. La hija puso por obra las órdenes de su padre y, entendiendo el ladrón la mira con que ello se hacía, quiso sobrepasar al rey en astucia e imaginó esto: cortó el brazo, desde el hombro, a un hombre recién muerto, y se fue llevándoselo bajo el manto; cuando visitó a la hija del rey y ésta hizo la misma pregunta que a los demás, contestó que su acción más criminal había sido cortar la cabeza a su mismo hermano, cogido en el lazo del tesoro del rey, y su acción más sutil la de emborrachar a los guardias y descolgar el cadáver de su hermano. Al oír esto, la princesa asió de él, pero el ladrón le tendió en la oscuridad el brazo del muerto. Ella lo apretó creyendo tener cogido al ladrón por la mano, mientras éste, dejándole el brazo muerto, salió huyendo por la puerta. Cuando se comunicó esta nueva al rey, quedó pasmado de la sagacidad y audacia del hombre. Finalmente, envió un bando a todas las ciudades para anunciar que le ofrecía impunidad y le prometía grandes dádivas si comparecía ante su presencia. El ladrón tuvo confianza y se presentó. Rampsinito quedó tan maravillado que le dio su misma hija por esposa como al hombre más entendido del mundo, pues los egipcios eran superiores a los demás hombres, y él, superior a los egipcios.

Heródoto de Halicarnaso, Historias

34. Los amigos de los animales

Aunque Egipto confina con Libia, no abunda mucho en animales; pero los que hay, sean domésticos o no lo sean, son todos tenidos por sagrados. Si dijera por qué motivo son sagrados, llegaría a hablar de materias divinas, cosa que sobre todas evito tratar, pues lo que de ellos he dicho por encima, lo hice necesariamente obligado. La regla sobre los animales es así: como guardianes del alimento de cada especie por separado están designados en Egipto hombres y mujeres, que transmiten su cargo de padres a hijos. Cada uno de los moradores de las ciudades cumple ante ellos de este modo los votos que hace al dios a quien corresponde el animal: rapa la cabeza de sus hijos, o toda o la mitad o la tercera parte; coloca el pelo en una balanza, lo equilibra con plata, y entrega su peso a la guardiana de los animales; a cambio de la plata, ella corta pescado y da de comer a los animales, pues éste es el alimento que les está asignado. Quien mata una de estas bestias, si voluntariamente, sufre pena de muerte; si involuntariamente, paga la multa que fijan los sacerdotes. Quien mata un ibis o un gavilán, voluntaria o involuntariamente, muere sin falta. Grande es la abundancia de animales domésticos y sería mucho mayor si los gatos no sufrieran este percance: las hembras después de parir no se allegan ya a los machos, y éstos, por más que tratan de juntarse con ellas, no lo logran, acuden pues a esta astucia: quitan, por fuerza o por maña, a las hembras sus cachorros y los matan, pero no los comen. Las hembras, despojadas de sus cachorros y deseosas de otros, se allegan de este modo a los machos, porque este animal es amante de su cría. Cuando hay un incendio, pasa con los gatos un hecho extraordinario. Porque los egipcios se colocan de trecho en trecho guardando a los gatos, sin ocuparse de extinguir el fuego; pero los gatos cruzan por entre los hombres a saltos por encima de ellos y se lanzan al fuego. Cuando tal sucede, gran pesar se apodera de los egipcios. En las casas en que un gato muere de muerte natural, todos los moradores se rapan las cejas solamente; pero al morir un perro, se rapan la cabeza y todo el cuerpo. Los gatos son llevados después de muertos a locales sagrados, y allí son embalsamados y sepultados, en la ciudad de Bubastis. Cada cual entierra las perras en ataúdes sagrados en su respectiva ciudad, y del mismo modo se sepulta a los icneumones. Llevan las musarañas y gavilanes a la ciudad de Buto; los ibis a la de Hermópolis; pero a los osos, que escasean y a los lobos, que no son mucho mayores que zorros, los entierran allí donde los encuentren tendidos.

Heródoto de Halicarnaso, Historias.

33. La primera voz

Antes del reinado de Psamético, creían los egipcios que eran los hombres más antiguos. Pero desde que Psamético comenzó a reinar y quiso saber quiénes eran los más antiguos, desde entonces piensan que los frigios son más antiguos que ellos, y ellos más que todos los demás. Psamético, como en sus averiguaciones no pudo dar con ningún medio de saber cuáles eran los hombres más antiguos, discurrió de esta traza. Entregó a un pastor dos niños recién nacidos, de padres vulgares, para que los criase en sus apriscos de la manera siguiente: mandóle que nadie delante de ellos pronunciase palabra alguna, que yaciesen solos en una cabaña solitaria, que a su hora les llevase unas cabras, y después de hartarles de leche les diese los demás cuidados. Esto hacía y encargaba Psamético, deseoso de oír la primera palabra en que los dos niños prorrumpían, al cesar en sus gritos inarticulados. Y así sucedió. Hacía dos años que el pastor procedía de tal modo, cuando al abrir la puerta y entrar, cayeron a sus pies los dos niños, y tendiéndole las manos, pronunciaron las palabras becos. La primera vez que lo oyó el pastor, guardó silencia, pero como muchas veces al irlos a ver y cuidar, repetían esta palabra dio aviso a su amo, por cuya orden condujo a los niños a su presencia. Al oírlos a su vez el mismo Psamético, indagó qué hombres usan el nombre becos, e indagando halló que así llamaban al pan los frigios. De tal modo, y razonando por tal experiencia, admitieron los egipcios que los frigios eran más antiguos que ellos.

Heródoto de Halicarnaso, Historias.

32. Antropología

Sé que los persas observan los siguientes usos: no acostumbran erigir estatuas, ni templos, ni altares y tienen por insensatos a los que lo hacen; porque, a mi juicio, no piensan como los griegos que los dioses tengan figura humana. Acostumbran hacer sacrificios a Zeus, llamando así a todo el ámbito del cielo; subidos a los montes más altos sacrifican también al sol, a la luna, a la tierra, al agua y a los vientos, éstos son los únicos dioses a los que sacrifican desde un comienzo; pero después han aprendido de los asirios y de los árabes a sacrificar a Afrodita Urania; a Afrodita los asirios la llaman Milita, los árabes Alilat y los persas Mitra.
Sacrifican los persas a los dioses indicados del modo siguiente; no levantan altares ni encienden fuego cuando se disponen a sacrificar, ni emplean libaciones, ni flautas, ni coronas, ni granos de cebada. Cuando alguien quiere sacrificar a cualquiera de estos dioses, conduce la res a un lugar puro, y llevando la tiara ceñida las más veces con mirto, invoca al dios; no le está permitido al que sacrifica implorar bienes en particular para sí mismo; se ruega por la dicha de todos los persas y del rey, porque en el número de los persas está comprendido él mismo. Después de cortar la carne, hace un lecho de la hierba más suave, y especialmente de trébol, y pone sobre él todas las carnes. Una vez que las ha colocado, un mago entona allí una teogonía ­tal, según dicen, es el canto­ pues su usanza es no hacer sacrificios si no hay un mago. Después de unos instantes, se lleva el sacrificante la carne, y hace de ella lo que le agrada. Acostumbran a celebrar de preferencia a todos el día del nacimiento. En ese día creen justo servir una comida más abundante que en los otros; los ricos sirven un buey, un caballo, un camello y un asno enteros asados en el horno, y los pobres sirven reses menores. Usan pocos platos fuertes, pero sí muchos postres, y no juntos. Por eso dicen los persas que los griegos, cuando están comiendo se levantan con hambre, puesto que, después de la comida nada se sirve que merezca la pena, pero si se sirviera no dejarían de comer. Son muy aficionados al vino. No está permitido vomitar ni orinar delante de otro.
Ésas, pues, son las normas que observan. Acostumbran deliberar sobre los negocios más grandes cuando están borrachos. Lo que entonces les parece bien lo proponen al día siguiente, cuando están sobrios, al amo de la casa en que están deliberando, y si lo acordado también les parece bien cuando sobrios, lo ponen en ejecución; y si no, lo desechan. Y lo que hubieran resuelto estando sobrios, lo deciden de nuevo hallándose borrachos. Cuando se encuentran dos por los caminos, puede conocerse si son de una misma clase los que se encuentran por esto: en lugar de saludarse de palabra, se besan en la boca; si el uno de ellos fuese de condición algo inferior, se besan en la mejilla; pero si el uno fuese mucho menos noble, se postra y referencia al otro. Estiman entre todos, después de ellos mismos, a los que viven más cerca; en segundo lugar, a los que siguen a éstos; y después proporcionalmente a medida que se alejan, y tienen en el más bajo concepto a los que viven más lejos de ellos; creen ser ellos mismos, con mucho, los hombres más excelentes del mundo en todo sentido, y que los demás participan de virtud en la proporción dicha, siendo los peores los que viven más lejos de ellos. Cuando dominaban los medos, unos pueblos mandaban a los otros; y los medos mandaban sobre todos y sobre los que vivían más cerca; éstos a su vez sobre los limítrofes; éstos sobre sus vecinos inmediatos, en la misma proporción que observan los persas; pues así cada pueblo a medida que se alejaba, dependía del uno y mandaba al otro. De todos los hombres los persas son los que más adoptaron las costumbres extranjeras. En efecto, llevan el traje medo, teniéndolo por más hermoso que el suyo, y para la guerra el peto egipcio; se entregan a toda clase de deleites que llegan a su noticia; y así de los griegos aprendieron a tener amores con muchachos. Cada cual toma muchas esposas legítimas y mantiene muchas más concubinas. El mérito de un persa, después del valor militar, consiste en tener muchos hijos; y todos los años el rey envía regalos al que presenta más, porque consideran que la continuidad hace fuerza. Enseñan a sus hijos, desde los cinco hasta los veinte años, sólo tres cosas: montar a caballo, tirar al arco y decir la verdad. El niño no se presenta a la vista de su padre entes de tener cinco años, vive entre las mujeres de la casa; y esto se hace con la mira de que, si el niño muriese durante su crianza, ningún disgusto cause a su padre. Alabo, en verdad, esa costumbre, y alabo también, en verdad, esta otra: por una sola falta, ni el mismo rey impone la pena de muerte, ni otro alguno de los persas castiga a sus familiares con pena irreparable por una sola falta, sino que, si después de calcular halla que los delitos son más y mayores que los servicios, cede a su cólera. Dicen que nadie hasta ahora ha dado muerte a su padre ni a su2
madre, y que cuantas veces sucedió tal cosa si se la hubiese investigado resultaría de toda necesidad que los hijos eran supuestos o adulterinos; porque, afirman, no es verosímil que los verdaderos padres mueran a manos de su propio hijo. Lo que entre ellos no es lícito hacer, tampoco es lícito decirlo. Tienen por la mayor infamia el mentir; y en segundo término, contraer deudas, por muchas razones, y principalmente porque dicen que necesariamente ha de ser mentiroso el que esté adeudado. El ciudadano que tuviese lepra o albarazos, no se acerca a la ciudad ni tiene comunicación con los otros persas, y dicen que tiene ese mal por haber pecado contra el sol. A todo extranjero que lo padece le echan del país, y también a las palomas blancas, alegando el mismo motivo. En los ríos ni orinan ni escupen, ni se lavan las manos en ellos, ni permiten que nadie lo haga, antes los veneran en extremo. Otra cosa les acontece que se les ha escapado a los persas, pero no a mí: los nombres corresponden a las personas y sus nobles prendas, y terminan todos con una misma letra, que es la que los dorios llaman san y los jonios sigma. Si lo averiguas, hallarás que todos los nombres de los persas y no unos sí y otros no, acaban de la misma manera. 

Heródoto de Halicarnaso, Historias

31. La batalla de las Termópilas


Los espartanos enviaron primeramente estas fuerzas al mando de Leónidas para que, al verla, los demás aliados saliesen a campaña y no se pasasen a los medos si oían que los espartanos se demoraban, pero más tarde, después de celebrar la festividad y de dejar guardias en Esparta, habían de acudir en masa a toda prisa. Los demás aliados pensaban también hacer otro tanto, pues había coincidido con estos sucesos la olimpiada. No creyendo, pues, que la guerra se decidiría tan aprisa en las Termópilas, enviaron sus vanguardias. Así pensaban proceder. Los griegos, acampados en las Termópilas, cuando el persa estuvo cerca del paso se llenaron de temor y deliberaron sobre la retirada. Los demás peloponesios se inclinaban a ir al Peloponeso y custodiar el Istmo; pero Leónidas, viendo a los locrios y foceos indignados contra ese parecer, votó que se permaneciera allí mismo y se despacharan mensajeros a las ciudades exhortándolas a ayudarles, pues eran pocos para rechazar el ejército de los medos. Mientras así deliberaban, Jerjes envió de espía a un jinete para que viese cuántos eran y qué hacían [...]. Cuando se hubo acercado al campamento, el jinete no lo contempló y observó todo , pero observó a los que estaban fuera, y cuyas armas yacían delante del muro. A esa sazón eran casualmente los lacedemonios quienes estaban alineados delante. Vio, pues, que unos hacían ejercicios, y otros se peinaban la cabellera. Maravillado al verles, tomó nota de su número y después de observarlo todo exactamente, cabalgó de vuelta sin ser molestado, pues nadie le siguió ni le hizo caso. A su regreso, contó a Jerjes cuanto había visto. Al oírlo, Jerjes no podía acertar con lo que pasaba, esto es, que se preparaban los lacedemonios para morir y matar con todas sus fuerzas. Y como le pareció que se conducían absurdamente, hizo llamar al griego Demarato, hijo de Aristón, que estaba en el campamento. Llegado Demarato, le interrogó Jerjes por cada una de estas cosas, con deseo de comprender lo que los lacedemonios hacían. Y él replicó: “Me oíste hablar ya de estos hombres cuando partíamos para Grecia; y cuando me oíste te echaste a reír porque decía lo que veía que iba a suceder. El mayor afán para mí, Rey, es decir la verdad ante ti. Óyeme también ahora. Estos hombres han venido para combatir contra nosotros por el pasaje, y para ello se preparan. Pues tienen esta usanza: siempre que se disponen a arriesgar la vida, se peinan la cabellera. Y sabe, Rey, que si sometes a éstos y a los que han quedado en Esparta, no hay ningún otro pueblo de la tierra que ose levantar las manos contra ti. Ahora, en efecto, te lanzas contra el reino y ciudad más noble de Grecia y contra sus más valientes varones.” Muy increíbles parecieron semejantes palabras a Jerjes, y preguntó por segunda vez de qué modo siendo tan escaso número combatirían contra su ejército. Demarato respondió: “Rey, trátame como embustero si esto no sale tal como te digo”. Con semejantes palabras no logró persuadir a Jerjes, quien dejó pasar cuatro días esperando siempre que los griegos huirían. Pero al quinto, como no se retiraban, le pareció que se quedaban llevados de su insolencia y poco seso, e irritado envió contra ellos a medos y cisios, con orden de cogerles vivos y traerles a su presencia. Cuando los medos se lanzaron a la carga contra los griegos, muchos cayeron, pero otros les remplazaron, y no fueron rechazados aunque sufrían grandes pérdidas. Fue evidente para cualquiera y mucho más para el Rey, que eran muchos los hombres, pero pocos los soldados. El combate duró todo el día. Como los medos recibían gran daño, se retiraron de allí poco a poco; y les atacaron, a su vez los persas que el Rey llama los “Inmortales”, a quienes acaudillaba Hidarnes, y se creía que éstos, a lo menos, ejecutarían fácilmente la faena. Pero cuando vinieron a las manos con los griegos no llevaron mejor parte que el ejército medo, sino la misma, como que luchaban en un paraje estrecho, usaban lanzas más cortas que los griegos y no podían sacar partido de su número. Los lacedemonios combatieron en forma memorable, demostrando a gente que no sabía combatir que ellos sí lo sabían. Por ejemplo: cada vez que volvían la espalda, fingían huir en masa; los bárbaros, viéndoles huir, se lanzaban con clamor y estrépito, pero al irles a los alcances se volvían para hacer frente a los bárbaros, y al volverse derribaban infinito número de persas. También cayeron allí unos pocos espartanos. Los persas, puesto que no podían en absoluto apoderarse de la entrada, aunque lo intentaban atacando por batallones y en toda forma, volvieron grupas. Dícese que mientras el Rey contemplaba estos encuentros, por tres veces saltó del trono, lleno de temor por su ejército. Por entonces combatieron así; al día siguiente no les fue a los bárbaros nada mejor. Como los griegos eran pocos, les atacaban esperando que se llenasen de heridas y no pudieran ya llevar armas. Pero los griegos estaban ordenados según su formación y pueblo, y combatían cada cual a su vez, salvo los foceos que habían sido destacados en el monte para guardar la senda. Los persas, como hallaron idéntica resistencia que la que habían visto el día anterior, se retiraron. No sabía el Rey qué partido tomar en la situación en que se hallaba, cuando vino a tratar con él Efialtes, hijo de Euridemo, ciudadano de Malis; quien, en la creencia de obtener del Rey una gran recompensa, le indicó la senda que a través del monte llevaba a las Termópilas, y causó la pérdida de los griegos que en ella estaban apostados. [...] Jerjes, después de probar lo que Efialtes prometía llevar a cabo, al punto lleno de alegría, envió a Hidarnes y los hombres al mando de Hidarnes. Partieron del campamento a la hora de prender las luces. Esa senda la habían hallado los naturales de Malis, y una vez hallada, habían guiado por ella a los tésalos contra los foceos en aquel tiempo en que los foceos por haber cerrado el paso con una muralla, se hallaban al abrigo de la guerra. Desde todo ese tiempo habían descubierto los de Malis que la senda no era buena. Por esa senda marcharon los persas toda la noche, después de pasar el río Asopo, teniendo a la derecha los montes de Eta y a la izquierda los tranquinios. Cuando rayaba la aurora se hallaron en la cumbre del monte. Montaban guardia en él, como queda dicho más arriba, mil hoplitas foceos que protegían su propio país y vigilaban la senda. El paso, por la parte inferior estaba guardado por quienes ya he dicho. Guardaban la senda que iba a través del monte los foceos, quienes de suyo se habían ofrecido a Leónidas. Los foceos cayeron en la cuenta de que los persas habían escalado el monte de esta manera: mientras lo escalaban pasaron inadvertidos, porque el monte estaba lleno de encinares. Era noche serena y, siendo grande el fragor­ como era lógico, con la hojarasca esparcida bajo los pies­, subieron corriendo, tomaron las armas, y en ese momento se presentaron los bárbaros. Al ver hombres en armas se quedaron maravillados, pues esperando que no se les apareciera ningún adversario, habían dado con todo un ejército. Entonces Hidarnes, temiendo que los foceos fuesen lacedemonios, preguntó a Efialtes de qué país era el ejército, y cuando lo hubo averiguado con exactitud, alineó a los persas en orden de batalla. Los foceos, heridos por muchos y espesos dardos, huyeron a la cima del monte creyendo que habían partido expresamente contra ellos, y se disponían a morir. Esto era lo que pensaban, pero los persas que seguían a Efialtes y a Hidarnes, no hicieron ningún caso de los foceos y bajaron del monte a toda prisa. A los griegos que estaban en las Termópilas, el agorero Megistias, observando las víctimas, fue el primero que les reveló la muerte que les esperaba a la aurora siguiente; después fueron unos desertores quienes les trajeron la noticia del rodeo de los persas (éstos trajeron la noticia todavía de noche), y en tercer lugar, los vigías que bajaron corriendo desde las cumbres, cuando ya rayaba el día. Entonces tomaron consejo los griegos, y sus pareceres estaban divididos: los unos no dejaban que se abandonase el puesto, y los otros se oponían. Separáronse después; unos se retiraron y dispersaron, volviéndose a cada cual a su ciudad, y los demás se dispusieron a quedarse ahí mismo con Leónidas. [...] Jerjes, después de hacer libaciones al salir el sol, se detuvo un tiempo, más o menos hasta la hora en que se llena el mercado, y comenzó a avanzar. En efecto, así lo había recomendado Efialtes, porque la bajada del monte era más rápida y el trecho mucho más corto que el rodeo y la subida. Los bárbaros, a las órdenes de Jerjes, atacaban, y los griegos, a las órdenes de Leónidas, saliendo como al encuentro de la muerte, se lanzaban, mucho más que al principio, a lo más ancho del desfiladero. En los días anteriores, como el muro estaba vigilado, salían cautelosamente y combatían en los trechos angostos; pero entonces trabaron combate fuera de las angosturas. Caían los bárbaros en gran número, porque por detrás los jefes de los batallones, látigo en mano, azotaban a cada soldado, aguijándoles a avanzar. Muchos cayeron al mar y murieron, y muchos más todavía fueron hallados vivos entre ellos mismos: no se hacía cuenta alguna del que perecía. Los griegos, como sabían que habían de recibir la muerte a manos de los que rodeaban el monte, hacían alarde del máximo de su esfuerzo contra los bárbaros, desdeñando el peligro y llenos de temeridad. Por entonces la mayor parte de ellos tenían ya quebradas las lanzas y mataban a los persas con sus espadas. En esta refriega cayó Leónidas, excelente varón, y con él muchos espartanos principales cuyos nombres he averiguado, por tratarse de varones de mérito, y he averiguado los de todos los trescientos. De los persas [...] cayeron luchando allí dos hermanos de Jerjes; y sobre el cadáver de Leónidas hubo terrible pugna hasta que con su arrojo los griegos lo arrancaron y por cuatro veces pusieron en fuga a sus adversarios. Duró el combate hasta que llegaron los hombres que conducía Efialtes. Cuando los griegos advirtieron que éstos habían llegado, cambió la contienda, pues volvieron a retroceder a lo estrecho del pasaje y, pasando la muralla, se apostaron sobre el cerro todos juntos, excepto los tebanos. El cerro está a la entrada, donde se levanta ahora el león de piedra en recuerdo de Leónidas. Se defendían en ese lugar con sus dagas, los que aún las conservaban, y a puñadas y bocados, cuando los bárbaros les sepultaron bajo sus flechas, unos hostigándoles por delante y desmoronando la fortificación del muro, y otros cercándoles por todas partes a su alrededor.

Heródoto de Halicarnaso, Historias