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jueves, 9 de abril de 2015
domingo, 27 de abril de 2014
Kafka
Cuando Franz Kafka murió en 1924, con 41 años, tan solo
había publicado, entre 1912 y 1919, las colecciones de cuentos Contemplación y Un médico rural, y los relatos La
condena, El fogonero, La metamorfosis y En la colonia penitenciaria. Quedaron inéditas, e inacabadas, sus
tres novelas largas, El proceso, El castillo y América, así como sus Diarios,
su Carta al padre y algunos relatos,
textos de carácter ensayístico y un copioso epistolario. Kafka dejó
instucciones para que fuesen destruidas, pero su amigo Max Brod las publicó
después de su muerte.
Así como
su fama en vida fue bastante exigua, tras su muerte la influencia de Kafka no
dejó de crecer. Joyce, Proust o Faulkner habían ensayado una nueva forma de ver
la realidad, desde el lenguaje, desde la sensorialidad y la memoria, o desde la
épica, pero Kafka planteó un modo de no entender la realidad, de considerarla
extraña, plagada de situaciones absurdas, cuando no siniestras o angustiosas.
Solo podemos hablar en términos literarios de lo joyceano, lo proustiano, lo
faulkneriano, pero cualquier situación incomprensible de la vida cotidiana,
cualquier circunstancia que introduce al ser humano en un laberinto ciego puede
considerarse kafkiana. Es kafkiano todo aquello cuya más clara y precisa
descripción no tiene sentido, o más bien tiene un sentido perverso, como vuelto
contra sí mismo. Es kafkiana aquella situación de la vida real que tiene la
lógica de las pesadillas, de las convenciones que escapan al sentido común, y
sin embargo forman parte del comportamiento del ser humano.
Kafka
consiguió esta perspectiva prescindiendo de cualquier manierismo. Su lenguaje
es pulcro, neutro, muchas veces con el aire frío de los documentos oficiales o
de los manuales de instrucciones, pero siempre de la manera más clara posible,
más breve y más sencilla. Se ha dicho que es ausencia de estilo lo que en
realidad es un estilo muy riguroso, el de quien describe las cosas sin dar nada
por supuesto, nombrando lo que realmente son, tal como se manifiestan por
primera vez. A sus protagonistas les superan las situaciones en que viven, no
logran entender su funcionamiento, pero en vez de juzgarlas las constatan, y
son víctimas de ellas.
En El
proceso, el protagonista es K., un empleado de banca acusado de un
delito que desconoce. Lo procesan sin que llegue a entender las normas que
rigen el proceso y la sentencia, y es ejecutado sin haber sabido nunca por qué.
Detrás del mundo que lo condena hay una gran organización que se dedica a
detener a personas inocentes e instruirles procesos absurdos. El abogado de K.
le recomienda que se adapte a las circunstancias, que no las critique. K. lo
despide. Un cura lo sermonea y le habla de la grandeza oculta del sistema, y le
aconseja no seguir buscando la verdad. K. muere pensando que han convertido la
mentira en principio universal.
En este
argumento se aprecia el esquema simbólico que aplicó Kafka en su nuevo modo de
ver. El protagonista es capaz de ver cómo funciona todo, pero no de entender
por qué no puede vivir al margen. El mismo esquema explica cualquier forma de
rebeldía contra la injusticia, pero también contra las convenciones más
asentadas. K. sufre un creciente sentimiento de culpa a medida que avanza el
proceso, que termina sometiéndolo cuando lo ejecutan y K. no opone ninguna resistencia:
“Fue como si la vergüenza debiera sobrevivirlo”.
En El
castillo, K, llega a un castillo para cumplir con su trabajo de
agrimensor. No quiere privilegios, pero sí determinados derechos. Aspira a ser
un vecino más del pueblo y rechaza integrarse con la élite. Esta actitud asusta
a los aldeanos, a los que les asombra que K. quiera ser tan solo uno de ellos.
K. queda fuera: no es ni amo ni siervo, ni jefe del castillo ni aldeano. K. se
empeña en reclamar sus derechos, en no plegarse a lo inevitable del sistema.
Los aldeanos, esclavos supersticiosos, temen que sobre K. recaiga una terrible
catástrofe, y sin embargo morirá de forma natural, y no sobrevivirá como
vergüenza sino como recuerdo.
Esta
simplicidad argumental se nos aparece tan desnuda que resulta irreal, y al
mismo tiempo muy absorbente. Las escenas se nos cuentan en sus líneas más
abstractas, sin encarnadura, son metáforas descritas en su más estricta
literalidad. Cualquiera ha sentido que estorbaba, o se ha sentido culpable de
cuestionar la actitud de los demás. Cualquiera ha sentido que lo miraban como a
un bicho raro. Kafka construye una metáfora a medio camino entre la frialdad y
el regodeo, y elabora un idioma para describir aquella realidad que rechazamos
por convencional o por absurda.
Su
simplicidad de trazos gruesos ha hecho que a Kafka se le vincule con el
expresionismo. Un argumento parecido al de El proceso dio origen a El extranjero, de Albert Camus, una
de las novelas clave del existencialismo. Pero su hallazgo fue mucho más allá.
Kafka es un modelo de prosa sobria, distanciada, de situación abstracta, de
lógica perversa. En contra de la tradición realista del XIX, Kafka, más que
construir mundos, construye maquetas. No es casual que haya influido, tantos
años después, en la novela contemporánea, en las artes plásticas, en el cine y
en el cómic. La gran virtud de Kafka es que no cuesta reconocer el estilo
kafkiano, y puede aplicarse a casi todo. Novelistas actuales como el
norteamericano Paul Auster siguen reconociendo su influencia, el gran dibujante
Robert Crumb le dedicó un álbum entero. Casi todo el hieratismo y la
congelación de gestos de la pintura contemporánea tiene un regusto kafkiano. La
fotografía sigue buscando el máximo contraste en las escenas que representa, un
vacío inquietante que nos llena de preguntas. Es posible que las principales
estrategias del arte contemporáneo, la desproporción y la descontextualización,
tengan su gen kafkiano. Mirar las cosas fríamente, con Kafka, ya no es hacer un
esfuerzo para comprenderlas, sino para comprender que no tienen sentido. No hay
en el siglo XX una mirada que se haya extendido tanto.
domingo, 15 de abril de 2012
El despertar
Al despertar Gregorio Samsa una
mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un
monstruoso insecto. Se hallaba echado sobre el duro caparazón de su espalda, y,
al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado
por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha,
que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables
patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus
piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.
—¿Qué me ha sucedido?
No soñaba, no. Su habitación, una
habitación de verdad, aunque excesivamente reducida, aparecía como de ordinario
entre sus cuatro harto conocidas paredes. Presidiendo la mesa, sobre la cual
estaba esparcido un muestrario de paños –Samsa era viajante de comercio–,
colgaba una estampa ha poco recortada de una revista ilustrada y puesta en un
lindo marco dorado. Representaba esta estampa una señora tocada con un gorro de
pieles, envuelta en un boa también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía
contra el espectador un amplio manguito, asimismo de piel, dentro del cual desaparecía
todo su antebrazo.
Gregorio dirigió luego la vista
hacia la ventana; el tiempo nublado (se sentía repiquetear en el cinc del
alféizar las gotas de lluvia) le infundió una gran melancolía.
—Bueno –pensó–; ¿qué pasaría si
yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías? Mas era
esto algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de
dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esta
postura. Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente
volvía a caer de espaldas. Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los
ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta
que un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta
aquel momento, comenzó a aquejarle en el costado.
—¡Ay, Dios! –se dijo entonces–.
¡Qué cansada es la profesión que he elegido! Un día sí y otro también de viaje.
La preocupación de los negocios es mucho mayor cuando se trabaja fuera que
cuando se trabaja en el mismo almacén, y no hablemos de esta plaga de los viajes:
cuidarse de los enlaces de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones
que cambian de continuo, que no duran nunca, que no llegan nunca a ser
verdaderamente cordiales, y en que el corazón nunca puede tener parte. ¡Al
diablo con todo!
Sintió en el vientre una ligera
picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda, alargándose en dirección a la
cabecera, a fin de poder alzar mejor la cabeza. Vio que el sitio que le escocía
estaba cubierto de unos puntitos blancos, que no supo explicarse. Quiso
aliviarse tocando el lugar del escozor con una pierna; pero
hubo de retirar esta inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.
—Estos madrugones –se dijo– le
entontecen a uno por completo. El hombre necesita dormir lo justo. Hay
viajantes que se dan una vida de odaliscas. Cuando a media mañana regreso a la fonda
para anotar los pedidos, me los encuentro muy sentados, tomándose el desayuno.
Si yo, con el jefe que tengo, quisiese hacer lo mismo, me vería en el acto de
patitas en la calle. Y ¿quién sabe si esto no sería para mí lo más conveniente?
Si no fuese por mis
padres, ya hace tiempo que me hubiese despedido. Me hubiera presentado
ante el jefe y, con toda mi alma, le habría manifestado mi modo de pensar. ¡Se
cae del pupitre! Que también tiene lo suyo eso de sentarse encima del pupitre
para, desde aquella altura, hablar a los empleados, que, como él es sordo, han
de acercársele mucho. Pero, lo que es la esperanza, todavía no la he perdido
del todo. En cuanto tenga reunida la cantidad necesaria para pagarle la deuda
de mis padres –unos cinco o seis años todavía–, ¡vaya si lo hago! Y entonces,
sí que me redondeo. Bueno; pero, por ahora, lo que tengo que hacer es
levantarme, que el tren sale a las cinco.
Volvió los ojos hacia el
despertador, que hacía su tictac encima del baúl.
—¡Santo Dios! –exclamó para sus
adentros.
Eran las seis y media, y las
manecillas seguían avanzando tranquilamente. Es decir, ya era más. Las
manecillas estaban casi en menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador?
Desde la cama podía verse que estaba puesto efectivamente en las cuatro; por tanto,
tenía que haber sonado. Mas ¿era posible seguir durmiendo impertérrito, a pesar
de aquel sonido que conmovía hasta a los mismos muebles? Su sueño no había sido
tranquilo. Pero, por lo mismo, probablemente tanto más profundo. Y ¿qué se
hacía él ahora? El tren siguiente salía a las siete; para cogerlo era preciso darse
una prisa loca. El muestrario no estaba aún empaquetado, y, por último, él
mismo no se sentía nada dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren, no por
ello evitaría la filípica del dueño, pues el mozo del almacén, que habría
bajado al tren de las cinco, debía de haber dado ya cuenta de su falta. Era el
tal mozo una hechura del amo, sin dignidad ni consideración. Y si dijese que
estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero esto, además de ser muy penoso, infundiría
sospechas, pues Gregorio, en los cinco años que llevaba empleado, no había
estado malo ni una sola vez. Vendría de seguro el encargado con el médico del
Montepío. Se desataría en reproches, delante de los padres, respecto a la
holgazanería del hijo, y cortaría todas las objeciones alegando el dictamen del
galeno, para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de
horror al trabajo. Y la verdad es que, en este caso, su opinión no habría carecido
completamente de fundamento.
Salvo cierta somnolencia, desde
luego superflua después de tan prolongado sueño, Gregorio se sentía
admirablemente, con un hambre particularmente fuerte. Mientras pensaba y
meditaba atropelladamente, sin poderse decidir a abandonar el lecho, y justo en
el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron quedo a
la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.
Franz Kafka, La metamorfosis.
Fotografía de Dámaso Aguilar
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