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miércoles, 18 de noviembre de 2020

Beowulf


Beowulf es el poema anglosajón más largo y más grande que ha sobrevivido. El escenario de la épica es el siglo VI en lo que ahora se conoce como Dinamarca y el suroeste de Suecia. El poema comienza con una breve genealogía de la dinastía real Scylding (danés), llamada así por un héroe mítico, Scyld Scefing, que llegó a las costas de la tribu como un bebé náufrago en un barco cargado de tesoros. 

El relato pronto cambia al reinado de su bisnieto, Hrothgar. Durante 12 años, un enorme ogro llamado Grendel, un descendiente del asesino bíblico Cain, ha amenazado al anciano Hrothgar, atacando a Heorot y matando a los tanes del rey (guerreros). 

Beowulf, un joven guerrero en Geatland (suroeste de Suecia), acude a la ayuda de los scyldings, trayendo consigo a 14 de sus mejores hombres. Hrothgar una vez resguardó al padre de Beowulf durante una pelea mortal, y el poderoso Geat espera devolverle el favor al tiempo que mejora su propia reputación y gana tesoros para su rey, Hygelac. En una fiesta antes del anochecer del primer día de la visita, un desagradable y borracho scylding llamado Unferth insulta a Beowulf y afirma que el visitante de Geat perdió una vergonzosa competencia de natación ante un conocido de la infancia llamado Breca y no es rival para Grendel. Beowulf responde con dignidad mientras coloca a Unferth en su lugar. De hecho, los dos nadadores fueron separados por una tormenta en la quinta noche del concurso, y Beowulf había matado a nueve monstruos marinos antes de regresar a la orilla.

Mientras los daneses se retiran a lugares más seguros para dormir, Beowulf y los Geats se acuestan en Heorot, conscientes de que Grendel los visitará. Lo hace. Enojado por la alegría de los hombres en la sala de hidromiel, el ogro irrumpe furiosamente sobre los Geats, matando a uno y luego buscando a Beowulf. Con la fuerza de 30 hombres en su mano, Beowulf coge la garra del ogro y no la suelta. La batalla subsiguiente casi destruye el gran salón, pero Beowulf sale victorioso mientras rasga la garra de Grendel de su hombro, y la bestia, herida mortalmente, huye a su mero (piscina). El trofeo de garra cuelga alto bajo el techo de Heorot.

Los daneses celebran el día siguiente con una gran fiesta, un bardo profesional que se acompaña con un arpa y canta o canta cantos tradicionales como un relato de la victoria de los daneses en Finnsburh. Esta bardo también improvisa una canción sobre la victoria de Beowulf. La esposa de Hrothgar, la reina Wealhtheow, demuestra ser una anfitriona perfecta, ofreciendo a Beowulf un collar dorado y su gratitud. Lleno de

hidromiel, vino y buena comida, toda la fiesta se retira para lo que esperan sea la primera noche tranquila en años.

Pero la madre de Grendel -no tan poderosa como su hijo pero muy motivada- asciende a Heorot esa noche, recupera la garra de su hijo y secuestra asesinamente a uno de los scyldings (Aeschere) mientras Beowulf duerme en otro lugar. A la mañana siguiente, Hrothgar, Beowulf y un séquito de scyldings y geats siguen las huellas de la madre en un pantano oscuro y amenazador y al borde de su mero. La cabeza asesinada de Aeschere se encuentra en un acantilado junto al lago, que oculta la cueva subterránea de los ogros. Llevando una espada llamada Hrunting, un regalo del castigado Unferth, Beowulf se zambulle en el lato para buscar a la madre.

Cerca del fondo del lago, la madre de Grendel ataca y arrastra al guerrero Geat hacia su cueva débilmente iluminada. Beowulf lucha una vez dentro de la caverna seca, pero la espada de regalo, Hrunting, fuerte como es, no logra penetrar la piel del ogro. La madre se mueve para matar a Beowulf con su cuchillo, pero su armadura, hecha por el legendario herrero Weland, lo protege. De repente, Beowulf ve una espada mágica y gigante y la usa para atravesar la espina dorsal de la madre y matarla. Una luz bendita ilumina inexplicablemente la caverna, revelando el cadáver de Grendel y una gran cantidad de tesoros. Beowulf decapita el cadáver. La espada mágica se derrite hasta su empuñadura. Beowulf regresa a la superficie del lago llevando la cabeza y la empuñadura pero dejando el tesoro.

Después de más celebraciones y obsequios y un sermón de Hrothgar que advierte sobre los peligros del orgullo y la mutabilidad del tiempo, Beowulf y sus hombres regresan a Geatland. Allí sirve bien a su rey hasta que Hygelac muere en la batalla y su hijo muere en una pelea. Beowulf es nombrado rey y gobierna con éxito durante 50 años. Al igual que Hrothgar, sin embargo, su paz se hace añicos en sus años de decadencia. Beowulf debe luchar contra un demonio más.

Un dragón ardiente se enfureció porque un fugitivo solitario descubrió inadvertidamente el tesoro del dragón y robó una valiosa copa. El dragón aterroriza el campo por la noche y quema varias casas, incluida la de Beowulf. Guiados por el fugitivo, Beowulf y once de sus hombres buscan el túmulo del dragón. Beowulf insiste en enfrentarse al dragón solo, pero su propia espada, Naegling, no puede competir con el monstruo. Al ver a su rey en problemas, uno de los thane, Wiglaf, acude en su ayuda. Los otros huyen al bosque. Juntos, Wiglaf y Beowulf matan al dragón, pero el poderoso rey está mortalmente herido. Muriendo, Beowulf deja su reino a Wiglaf y solicita que su cuerpo sea cremado en una pira funeraria y enterrado en lo alto de un acantilado junto al mar, donde los marineros que pasan podrían ver el túmulo. El tesoro del dragón está enterrado con él. Se dice que aún permanece allí.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Orgullo y prejuicio, 4


Por Alexandra Vuscan

XIII

Mr. Bennet le da una noticia inesperada a su familia, su joven primo viene a hacerles una visita y piensa quedarse unos días con ellos. La presencia de Mr. Collins, que es así como se llama el joven, no resulta alentadora para Mrs. Bennet y sus hijas, puesto que ese hombre es la única persona que puede arrebatarles la propiedad de su padre tras el fallecimiento de este, todo recopilado en el testamento.
Las deja protestar, sobre todo a Mrs. Bennet, ya que es su especialidad, y finalmente les enseña la carta que ha recibido de su parte. En ella el joven se muestra tremendamente
educado y manifiesta su tristeza hacia las condiciones del testamento. Lo más llamativo es que deja en claro que pretende compartir algunas cosas con sus primas y de ninguna manera las dejaría sin herencia, aunque en ningún momento dice cómo lo hará. A Lizzy esto le resulta extraño y sospecha de sus intenciones ocultas, su lenguaje le resulta
excesivo y le parece absurdo que se disculpe por ser el dueño de la propiedad. Su padre está de acuerdo con ella. Mrs. Bennet, sin embargo, había cambiado de parecer y a su
llegada se muestra deseosa por conversar, las mujeres son las que comienzan con el parloteo y él responde felizmente a sus preguntas. Mrs. Bennet le agradece lo que va a hacer por sus hijas y su interlocutor le resta importancia, destaca su amabilidad y por el momento resulta agradable.

XIV

La cena continúa y Mr. Bennet toma la palabra preguntándole al forastero acerca de la dama que lo tiene en tan alta estima y que tanto lo había ayudado, lady Catherine (de quien Lizzy no había oído hablar hasta entonces). Él se muestra aún más solemne si es posible y la elogia diciendo que es una mujer extremadamente encantadora y nada orgullosa (que es lo que se decía de ella). Tiene una hija, ambas son inseparables, y a pesar de ser viuda, posee una gran cantidad de propiedades que la ayudan a salir adelante.
Más tarde, le dan a Mr. Collins un libro para que lea, pero se muestra raro y se excusa diciendo que no lee la clase de libros que se le había ofrecido. Cuando le traen el que él considera adecuado, Lydia se va de la lengua y deja de prestar atención, lo que su primo toma como una ofensa y, mientras, el resto de la familia se disculpa por ella.

XV

En este capítulo averiguamos las intenciones de Mr. Collins de casarse lo antes posible, en su plan estaba la idea de escoger a alguna de sus primas y se decanta por Jane, la mayor y más hermosa; pero más tarde se percata de que ella ya ha elegido a alguien más y centra su atención en Lizzy, la siguiente que destaca por esas cualidades a sus ojos y la segunda más mayor. Las más pequeñas sólo estaban interesadas en aquellos hombres de uniforme.
Salen todas a dar un paseo con él excepto Mary, ya que Lydia tenía pendiente un asunto en Meryton. Por el camino se encuentran con un oficial que Lydia conoce, Mr. Denny, quien insiste en presentarles a su amigo (también oficial) Mr. Wickham. Este les resulta inmediatamente atractivo. Pero después de esto sucede algo muy extraño, se cruzan con
Mr. Bingley y Mr. Darcy, y este último saluda fríamente a Mr. Wickham, lo que sorprende notablemente a Lizzy. Mr. Collins se sigue mostrando respetuoso en casa de Mrs. Philips, a quien habían ido a visitar.

XVI

A su llegada a Meryton, Collins se siente ignorado por sus primas (sobre todo por Elizabeth) y se dedica a charlar animadamente con Mrs. Philips. Lizzy por su parte, se encuentra a sí misma en una conversación sobre el tiempo con el mismísimo Mr. Wickham. Ella desea saber más acerca de esa enemistad que tiene con Mr. Darcy, pero no se atreve a preguntar; aunque no es necesario ya que él mismo decide abordar el tema. Le cuenta que el difunto Mr. Darcy (el padre) siempre le había apreciado como a un hijo y a Darcy eso no le había agradado demasiado. Se conocían de pequeños, pero Wickham sabía que Darcy tenía un carácter y orgullo aparte. De hecho es por lo que se le conoce, además de su riqueza y posesión de numerosas propiedades. Luego cambian de tema para hablar de la hermana de Darcy y finalmente de lady Catherine y su hija, a quienes Wickham considera vanidosas y orgullosas.
Para cuando tuvieron que volver a casa, Lizzy estaba completamente fascinada con Mr. Wickham, pero no pudo tratar el tema ya que Lydia y su primo no paraban de parlotear de otras cosas insignificantes.

lunes, 18 de mayo de 2020

Orgullo y prejuicio, 3


Por Viviana Perdomo

Capítulo IX

Elizabeth sigue preocupada por el estado en que se encuentra su hermana, y por esta razón pide que se llame a su madre. La Sr. Bennet recibe el llamado y llega inmediatamente. Se alegra de que Jane vaya mejorando, aunque no puede dejar Netherfield aún porque no está del todo recuperada. El médico recomienda que se quede un poco más, a lo que la Sra. Bennet no se opone, ya que sus intenciones son que Jane se quede en Netherfield el tiempo que sea necesario, eso sí, solo para estar cerca de Bingley, y sobre todo que este decida de una vez pedir la mano de su hija. Vemos cierta tensión entre la Sra. Bennet y Darcy, debido a que los dos pensaban diferente. Aunque Darcy no es bien visto por la Sra. Bennet, ya que piensa que es orgulloso por el dinero que tiene. Elizabeth se disculpa en nombre de su madre por lo acontecido, se sentía avergonzada. Mientras, Lydia, una de las hijas pequeñas de la Sra. Bennet, se atreve a recordarle a Bingley la promesa que hizo de organizar un gran baile. Por estas razones, los Bingley pensaban que la familia Bennet no tenía una buena educación, llegándoles a tildar de ordinarios. Y, claro está, después de marcharse estas no dudaron en empezar a criticarlos por su comportamiento. Creo que pensaban que tenían el derecho de hacerlo solo por venir de una ciudad.

Capítulo X

En este capítulo vemos cómo las señoritas Hurts y Bingley se preocupan por Jane. Desde un principio hemos visto que es la única de la familia que les agrada, y que les parece la más guapa y la más educada. Dirigiéndose después al salón, tanto la Sr. Hurts como la Sr. Bingley empiezan a jugar a las cartas. Por otro lado, Elizabeth, que se interesa por otras cosas, prefiere hacer algunas manualidades con la aguja. El Sr. Darcy también se encuentra presente en la estancia, escribiendo algunas cartas para su hermana. Mientras, Caroline intenta por todos los medios mandarle mensajes coquetos, los cuales el Sr. Darcy ignora. Por otro lado, Elizabeth, que en todo momento está viendo lo que sucede entre Caroline y Darcy, no parece mostrar ningún interés. Pero sabemos que en el fondo se interesa por Darcy desde el primer día, siendo algo reciproco. Un poco más tarde, las hermanas Bingley empiezan a cantar y a bailar. Darcy, mientras tanto, empieza a mirar a Elizabeth, la cual se da cuenta, ella piensa que Darcy lo hace como para mostrar su desaprobación hacia ella, aunque sabemos que él lo que busca es demostrarle el interés que el siente. Acto seguido, la invita a bailar, pero esta lo rechaza. Después de lo ocurrido, la Sr. Caroline se burla de él por querer unirse a los Bennet, a los cuales ella considera ordinarios.

Capítulo XI

En este capítulo, Jane Bennet ya se encuentra mucho mejor, cuando entró en el salón todos le dieron la bienvenida. A Elizabeth, por otra parte, le parecía extraño el comportamiento de las hermanas Bingley. Aunque desde el principio de la obra sabemos quién es la que les agrada más. También Caroline seguía con la intención de acercarse más a Darcy. Vemos que a Caroline no le ha quedado claro que a Darcy no le interesa ella sino Elizabeth. Aunque tampoco se da por vencida tan fácilmente, llegando a fingir que le encanta leer. Aun con todo esto, Darcy sigue ignorándola.  Cansada de estar intentando captar la atención de Darcy, el cual no cede, sale con Elizabeth. Mientras las dos dan un paseo, revisan el libro de Darcy, en el cual expone su carácter resentido. Elizabeth, por su parte, le reclama por esto, y el admite que será así siempre. Puede que lo haga para protegerse así mismo, ya que es un hombre un poco difícil.

Capítulo XII


Cuando Jane Bennet se encuentra recuperada del todo, tanto ella como Lizzy deciden marcharse de Netherfield. Aunque Mamá Bennet no permitirá que Jane se aleje tan rápido del Joven Bingley. Hace todo lo que esta en sus manos para que ninguna regrese a casa, llegando incluso a no mandarles el carruaje. Pero las hermanas están decididas a ir, y recurren a Bingley, el cual, con mucha amabilidad y tristeza, les deja un carruaje. Vemos que es el único que se encuentra triste por la marcha de las hermanas, ya que Darcy y la Sr. Bingley se mostraron contentos antes esta idea.

viernes, 15 de mayo de 2020

Orgullo y prejuicio, 2


Por Sara Jarque

CAPÍTULO V

Como hemos visto hasta ahora en el libro, el diálogo sirve para conocer los pensamientos e impresiones de los personajes. Sin embargo, se empieza con una narración en la que se describe a la familia Lucas, que tendrá gran importancia en la obra en cuanto a confidentes de los Bennet.
El señor Bennet supo aprovechar las oportunidades y las relaciones para alcanzar una buena categoría social y llegó a formar parte de la cámara de los lores, pero prefirió instalarse, más tranquilamente, en una casa próxima a la de nuestros protagonistas. El padre tiene un carácter muy agradable y sociable, la madre tampoco parece muy inteligente, en la línea de la señora Bennet. Tienen varios hijos y la mayor, Charlotte, es íntima amiga de Elizabeth, lo que indica
que es lista como ella.
Ambas familias siempre comentan minuciosamente los bailes (se nota que no tenían mucho trabajo las mujeres en aquella época) y en esta ocasión se presenta a una señora Bennet orgullosísima y pavoneándose porque el señor Bingley había escogido a su hija Jane como su favorita, y se lo restriega a las Lucas: Charlotte sólo bailó una vez con él y Jane dos. Esto demuestra la mediocridad de esta mujer y lo presuntuosa que es, ya que piensa que por
haber bailado con su hija un día, ya se va a casar.
Lo que más se destaca en esta conversación es el orgullo del señor Darcy, el amigo de Bingley. Éste, aunque con motivos para tener un alto concepto de sí mismo, ya que es guapo, rico y de buena familia, parece que se pasa un poco, y a partir de ese momento va a ser considerado una persona desagradable en ese ambiente, como comenta Mary, que es la hija pedante de los Bennet, la cual se cree muy lista por el mero hecho de estar siempre estudiando.
Este orgullo de Darcy va a marcar el curso de la obra y en ese día a la que más afecta es a Elizabeth, ya que le hiere el suyo al verse menospreciada por tal caballero.

CAPÍTULO VI

En la primera parte del capítulo Elizabeth y Charlotte comentan la actitud de Jane hacia Bingley y ofrecen diferentes puntos de vista: a Lizza le parece bien que, aunque su hermana esté interesada en el joven, sea discreta y no lo manifieste; su amiga, por el contrario, opina que es mejor que dé a entender que le gusta para que no haya dudas y pueda retenerlo. Como veremos más adelante, esta cuestión es crucial para el desarrollo de la novela.
Paralelamente, se observa un cambio en el comportamiento de Darcy hacia Elizabeth: si bien al principio no le gustó y la despreció públicamente, ahora le empieza a resultar atractiva, especialmente sus ojos, y sobre todo su carácter natural, espontáneo y desenvuelto.
Siente curiosidad por ella y por sus conversaciones y disfruta observándola; ella, por su parte, no se deja achicar y no va a permitir que la considere inferior y la pisotee. Por ejemplo, por mediación del señor Lucas, que es un señor conciliador, Darcy está dispuesto a bailar con ella; sin embargo, ella lo rechaza con coquetería. Se empieza a vislumbrar que a Darcy, acostumbrado a ser adulado por todo el mundo, le resulta atractiva la rebeldía y autenticidad de la joven.
La joven hermana de Darcy es una de esas personas guiadas por el interés que siempre le hace la corte y, cuando le comenta que estaba pensando en Lizza, le resulta extraño y empieza a ver en ella a una enemiga capaz de arrebatarle lo que ella está intentando conseguir, es decir, al joven guapo y rico que es el amigo de su hermano. Esta mujer es del grupo de las falsas y acepta también a Jane porque a su hermano le gusta, pero en realidad toda esa gente le resulta muy inferior y poco interesante y piensa que a Darcy le tiene que suceder lo mismo.

CAPÍTULO VII

Este capítulo empieza hablando de la situación económica de los Bennet: aunque aún estaban bien situados había un problema que va a dar mucho que hablar a lo largo de la obra, y es que, como no había herederos masculinos, la herencia del padre iría a parar a manos de un familiar varón, no la podrían disfrutar sus hijas. Esto me parece una terrible injusticia y es otro dato más de la discriminación y desigualdad que sufrían las mujeres en esa época. De ahí viene también el interés de la señora Bennet por casar bien a sus hijas, ya que, si no es así, vivirían en situación de precariedad.
La señora Bennet tiene dos hermanos: un hermano en Londres y una hermana que estaba casada en Meryton, y allí acudían con frecuencia las hijas menores en busca de cotilleos y tras los soldados que estaban pasando el invierno en la ciudad. Conocemos, pues, el interés de estas señoritas, se puede decir que no tienen altas miras, de hecho hasta su padre les llama tontas en su cara. Aunque también se puede concluir que su padre es un poco brusco y, en vez de tanto criticar, más le valía tomar alguna medida al respecto.
La señora Bennet sigue con su empeño de casar a Janne con Bingley, e inventa un plan para que se quede unos días con él en su casa, aun a costa de la salud de la joven. Se constipa por haberse mojado y tiene que permanecer en cama al cuidado de toda la familia Bingley; sin embargo, las mujeres no están realmente preocupadas por su enfermedad. Su hermana Elizabeth, que la quiere de verdad, irá a visitarle a pesar del esfuerzo que supone caminar por el barro. Al llegar a la casa, Lizzy es criticada por las señoras (bastante superficiales ellas) por su lamentable aspecto, pero Jane y el amigo de ésta la reciben con cariño y se alegran. Darcy parece que no se inmuta, pero, como se verá más adelante, la determinación de la joven y el cariño que siente por su hermana calan muy hondo dentro de él.
Finalmente, Lizzy se queda para cuidar a Jane, que se encuentra bastante grave y no puede abandonarla la finca. La situación promete...

CAPÍTULO VIII

Durante la estancia de Elizabeth en la casa de los Bingley, ésta sigue siendo muy criticada. El señor Hurst no puede entender que prefiera una comida sencilla a un buen guiso de carne o que prefiera la lectura al juego: no parece tampoco una persona muy inteligente.
Las mujeres la siguen criticando por la falta de finura en sus modales y por su aspecto físico al llegar tras la caminata, sin tener en cuenta el noble motivo que la llevó a su acción. También están en desacuerdo con su familia, a la que consideran vulgar. Siguen en su línea de alabar descaradamente a Darcy y todo lo que le rodea, como es su hermana y su finca Pemberley. Luego, aún tienen el valor de criticar a las que actúan con astucia para conseguir a un hombre, que es precisamente lo que hacen ellas a todas horas. Con este fin, cuentan maravillas de la hermana de Darcy, a la que consideran el ideal personificado en todos los aspectos. Ellas y el propio Darcy piensan que las jóvenes tienen que tener muchos conocimientos sobre música, idiomas, baile dibujo…, ante lo cual Elizabeth se revela y da su opinión, argumentando que es muy exigente en su concepto de mujer perfecta. Vemos, pues, que continúa siendo ella misma, sin máscaras ni dobles intenciones y, curiosamente, Darcy cada vez encuentra sus ojos más brillantes. Igual, en el fondo, concede más importancia a la inteligencia y a la naturalidad de una muchacha que no a todos esos saberes tan estudiados.

Por otra parte, todos excepto Bingley y Lizzy dejan de lado a la enferma, aunque de cara al público fingen estar muy preocupadas.

viernes, 8 de mayo de 2020

Orgullo y prejuicio, 1


CAPÍTULO I

Es posible que el éxito que tanto en su tiempo como ahora tiene esta novela se debe a que la autora no se regodea en introducciones retóricas ni descripciones lentificadoras. Así, en las primeras líneas se nos revela el fondo de la cuestión: un joven rico llega a Hertfordshire y la señora Bennet se apresta a ofrecerle a sus hijas para que elija con cuál casarse. Desde el principio Austen deja claro el refinado sarcasmo que acompañará a la novela entera, y, sobre todo, qué es lo que quiere contar.
El otro aspecto que hace tan atractiva esta novela es que Austen utiliza recursos teatrales. Está cimentada sobre el diálogo, de tal forma que en la conversación van saliendo los detalles que hasta entonces se dejaban para largas reflexiones del autor. Sorprende, sin embargo, que termine el capítulo apostillando lo que el lector ya ha deducido del diálogo: que el señor Bennet es «ocurrente, sarcástico, reservado y caprichoso», y que la señora Bennet es, en líneas generales, tonta.
Pero hay otro detalle más que la autora no espera a introducir: que Lizzi, la protagonista, es la favorita de su padre por su inteligencia, y la menos apreciada por su madre debido a una supuesta deficiencia de belleza. Con eso habría bastado para saber que el marido es un buen tipo y la mujer un poco merluza. Y con eso basta para que Lizzy, antes de conocerla, ya nos caiga bien.


CAPÍTULO II

El señor Bennet se dedica a tomar el pelo a su mujer, y de paso a mostrar, como sucede con la tos de Kitty, que es bastante más comprensivo que ella. Su ironía se muestra también en esa defensa que hace de los formalismos, rematada con un toque de resignación hacia su hija Mary, a quien está visto que no le basta con leer libros «y resumirlos» para tener más luces.
El juego de Austen, gracias al señor Bennet, es que vayamos intuyendo que solo Lizzy puede ser la protagonista. En el fondo de tontería que componen sus hermanas y su madre, ella aguarda su turno, pero ya la esperamos.

CAPÍTULO III

La llegada del caballero Bingley al baile convierte la narración misma en un baile de salón en el que, muy refinadamente, el caballero va buscando la pareja que más le gusta. El recuento que hace de ello la señora Bennet es bastante elocuente. Sin embargo, en medio de tanto formalismo y sonrisa postiza, aparece otro tipo interesante, Darcy, que empieza con mal pie, despreciando a Lizzy, «no es lo bastante guapa para tentarme», pero un mal pie que no hace que lo despreciemos como la señora Bennet, sino que consideremos que la confunde por una más de aquellas muchachas tontas que se ofrecen al recién llegado como mercancía sentimental. Hay un detalle que no podemos pasar por alto. Cuando Lizzy y Darcy cruzan la mirada, «él apartó inmediatamente la suya». ¿Alguien que desprecia a una chica como Lizzy aparta tan rápidamente la mirada? ¿No es esa actitud de Darcy lo que nos sugiere que es un hombre tímido que se esconde en su repelente desdén?
Elisabeth sale de la escena con «sentimientos no my cordiales» hacia Darcy, pero, como no es estúpida, le quita importancia enseguida, y ese es un rasgo importante de su carácter, porque Lizzy «tenía cierta disposición a hacer divertidas las cosas ridículas». Si hubiese sido como sus hermanas, o como su madre, se habría echado a llorar. Así, no le da mayor importancia.
La ironía de Austen continúa. Catherine y Lydia «habían tenido la suerte de no quedarse nunca sin pareja, que, como les habían enseñado, era de lo único que debían preocuparse en los bailes». No olvidéis que esta novela se publicó en 1913 (anónima) y que las cosas entonces debían ser así: muchachas cuya única aspiración era que un joven rico las pusiese en su casa como adorno. Ellas lo aceptaban, formaba parte de su educación, pero por encima de eso están el temperamento y la inteligencia, los de Lizzy y los de Jane Austen. Y así debió de ser educada la señora Bennet, que no puede soportar la «escandalosa rudeza» de Darcy. Pero Darcy, Elisabeth y nosotros hemos visto algo más interesante que la señora Bennet sería incapaz de descifrar, que a Darcy tampoco le gusta esa especie de comercio, y que considera que en los bailes no hay más que niñas estúpidas y serviles.
¿También Lizzy? En su manera de girar la cara, cualquiera diría que no.

CAPÍTULO IV


Dos conversaciones nos aclaran el carácter de sus protagonistas, la de Lizzy y su hermana Jane, y la de Bingley y su amigo Darcy. A Jane, Lizzy le reprocha que sea tan ingenua (y Darcy le critica que sonría tanto), pero tanto Jane como Bingley son ese tipo de individuos que en el fondo han entendido el mundo y no padecen por la permanente hipocresía que conlleva. Los dos son guapos y elegantes, los dos son simpáticos y cariñosos. Ninguno es mala gente, sino más bien el tipo de personas que entienden y aceptan el mundo que les ha tocado vivir. Por contra, Darcy, que es «mucho más inteligente» que su amigo, emplea esa inteligencia, como suele suceder, en ver lo absurdo y ridículo de las convenciones sociales. No es un estúpido arrogante, sino que su hosquedad es producto de que va buscando, quizás, a alguien tan inteligente como él. Con Lizzy ocurre algo parecido. La inteligencia la hace más crítica, pero también le permite sufrir menos. Que no la sacaran a bailar no parece afectarla demasiado. A su hermana, sin embargo, la habría dejado hecha polvo. Por otra parte, cabe preguntarse por qué Lizzy y Bingley no pegan demasiado, y por qué Jane y Darcy son absolutamente incompatible. Jane, además, juega con un defecto que hasta cierto punto tenemos todos, en especial las personas perspicaces: lo fácil (Bingley) no es tan atractivo como lo difícil (Darcy). A Darcy casi es de esperar que le ocurra lo mismo.

jueves, 7 de mayo de 2020

Dickens, y 4


Aparte de sus cuentos, el más famoso de los cuales es Canción de Navidad, las últimas cuatro novelas de Dickens fueron Historia de dos ciudades, Grandes esperanzas, Nuestro amigo común y El misterio de Edwin Drood, todas escritas entre 1859 y 1870, fecha de su muerte.
Historia de dos ciudades es su segunda novela histórica (la otra fue Barnaby Rudge) y desde luego una de las mejores novelas históricas que se hayan escrito jamás. Divertida, apasionante, bien documentada, pero que sobre todo consigue el primer objetivo de una novela histórica: recrear el ambiente, hacerte vivir en el mundo que describe.
Los acontecimientos suceden durante la Revolución Francesa, desde que los nobles llenaban La Bastilla de inocentes condenados a muerte, pasando por la toma de La Bastilla y el estallido de la Revolución Francesa, hasta la nueva época de terror y guillotina que siguió al triunfo de la Revolución. Es decir, Dickens urdió una trama gracias a la que se explica todo el proceso revolucionario, a partir del doctor Manett, preso en La Bastilla y condenado a muerte por la familia noble de los Saint Evremont, y su hija, Lucía, quien tuvo un antiguo pretendiente, el abogado Carlton, uno de los héroes más impresionantes que uno pueda imaginar. Este abogado ha caído en una vida crápula, de borracho y pendenciero, y por supuesto perdió el favor de Lucía, quien se casa con Charles Darnay, un noble francés acusado de espionaje.


Tras muchas idas y venidas, asaltos, espionajes, liberaciones y todo tipo de aventuras, el final, que no voy a desvelaros, es de una emoción y una belleza inigualables, y el verdadero protagonista, el abogado Carlton, uno de los grandes mitos de la literatura moderna, modelo de infinidad de relatos de aventuras y detectivescos del siglo XX, y sin el que toda la tradición del western y del llamado cine negro no sería como es.
Grandes esperanzas cuenta la historia de Pip, y vuelve al estilo de novela que inició Dickens con Oliver Twist y perfeccionó con David Copperfield, es decir, el muchacho que va pasando de casa en casa e intenta convertirse en caballero. Son célebres los personajes de la señorita Havisham, quien educa a Pip de un modo bastante peculiar, y Estella, su gran amor, a quien, como el las clásicas novelas griegas, pierde para reencontrarla en el final de la novela. La sombra del gran Carlton puede encontrarse en algunos personajes, pero esta novela está más centrada en la aventura, el peligro y la lucha del protagonista por progresar en la escala social, algo bastante común en las novelas europeas desde Stendhal.


Nuestro amigo común fue la última novela que Dickens pudo terminar. La novela parte de un episodio inicial en el que John Harmon heredará la fortuna de su familia si se casa con Bella Wilfer. Sin embargo, la policía saca un cadáver del Támesis y lo identifica como John Harmon, con lo que su herencia pasa a manos de Boffin, un tipo sin cultura que contrata a Silas Weg para que lo eduque. De manera que Harmon pasa casi toda la novela oficialmente muerto y viendo cómo los demás han reaccionado a su desaparición, y Bella Wilfer, que pierde su herencia al morir Harmon, tiene que emprender una nueva vida. Los tres personajes son quizá de los más complejos, cambiantes (y en el fondo pesimistas) de toda la obra de Dickens. La novela es panorámica en el sentido de que una anécdota inicial da para describir la sociedad londinense en sus distintas clases sociales, la hipocresía, la obsesión por el dinero, las traiciones a sí mismos de los personajes, y una visión bastante sombría del ser humano. A pesar de no ser una de las más populares, la crítica nunca dudó en considerarla una obra maestra absoluta.


Su última novela, inacabada, es El misterio de Edwin Drood. Dickens solo llegó a desarrollar el planteamiento inicial, la unión por testamento de Edwin y Rosa Bud. La trama va complicándose hasta que Edwin y Rosa deciden no casarse pero entonces Edwin desaparece… y Dickens murió. Como novela policiaca, ha generado una ingente cantidad de posibles soluciones sobre el paradero de Edwin. Casi se ha convertido en un género particular, el género de cómo continuar con la novela, que, como todas en Dickens, tenía suficientes elementos para crear toda la intriga posible.
Os dejo, en fin, con el principio de Historia de dos ciudades, una, insisto, verdadera obra maestra, cuyo texto íntegro tenéis en el siguiente enlace: 


Capítulo I La época
Charles Dickens
Historia de dos ciudades
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.
En el trono de Inglaterra había un rey de mandíbula muy desarrollada y una reina de cara corriente; en el trono de Francia había un rey también de gran quijada y una reina de hermoso rostro. En ambos países era más claro que el cristal para los señores del Estado, que las cosas, en general, estaban aseguradas para siempre. Era el año de Nuestro Señor, mil setecientos setenta y cinco. En período tan favorecido como aquél,
habían sido concedidas a Inglaterra las revelaciones espirituales. Recientemente la señora Southcott había cumplido el vigésimo quinto aniversario de su aparición sublime en el mundo, que fue anunciada con la antelación debida por un guardia de corps, pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a Westminster.
Incluso el fantasma de la Callejuela del Gallo había sido definitivamente desterrado, después de rondar por el mundo por espacio de doce años y de revelar sus mensajes a los mortales de la misma forma que los espíritus del año anterior, que acusaron una pobreza extraordinaria de originalidad al revelar los suyos. Los únicos mensajes de orden terrenal que recibieron la corona y el pueblo ingleses, procedían de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes que, por raro que parezca, han resultado de mayor importancia para la raza humana que cuantos se recibieran por la mediación de cualquiera de los duendes de la Callejuela del Gallo.
Francia, menos favorecida en asuntos de orden espiritual que su hermana, la del escudo y del tridente, rodaba con extraordinaria suavidad pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastándoselo. Bajo la dirección de sus pastores cristianos, se entretenía, además, con distracciones tan humanitarias como sentenciar a un joven a que se le cortaran las manos, se le arrancara la lengua con tenazas y lo quemaran vivo, por el horrendo delito de no haberse arrodillado en el fango un día lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesión de frailes que pasó ante su vista, aunque a la distancia de cincuenta o sesenta metros. Es muy probable que cuando aquel infeliz fue llevado al suplicio, el leñador Destino hubiera marcado ya, en los bosques de Francia y de Noruega, los añosos árboles que la sierra había de convertir en tablas para construir aquella plataforma movible, provista de su cesta y de su cuchilla, que tan terrible fama había de alcanzar en la Historia. Es también, muy posible que en los rústicos cobertizos de algunos labradores de las tierras inmediatas a París, estuvieran aquel día, resguardadas del mal tiempo, groseras carretas llenas de fango, husmeadas por los cerdos y sirviendo de percha a las aves de corral, que el labriego Muerte había elegido ya para que fueran las carretas de la Revolución. Bien es verdad que si el Leñador y el Labriego trabajaban incesantemente, su labor era silenciosa y ningún oído humano percibía sus quedos pasos, tanto más cuanto que abrigar el temor de que aquellos estuvieran despiertos, habría equivalido a confesarse ateo y traidor.
Apenas si había en Inglaterra un átomo de orden y de protección que justificara la jactancia nacional. La misma capital era, por las noches, teatro de robos a mano armada y de osados crímenes. Públicamente se avisaba a las familias que no salieran de la ciudad sin llevar antes sus mobiliarios a los guardamuebles, únicos sitios donde estaban seguros.
El que por la noche ejercía de bandolero, actuaba de día de honrado mercader en la City, y si alguna vez era reconocido por uno de los comerciantes a quienes asaltaba en su carácter de capitán, le disparaba atrevidamente un tiro en la cabeza para huir luego; la diligencia correo fue atacada por siete bandoleros, de los cuales mató tres el guarda, que luego, a su vez, murió a manos de los otros cuatro, a consecuencia de haber fallado sus municiones, y así la diligencia pudo ser robada tranquilamente; el magnífico alcalde mayor de Londres fue atracado en Turnham Green por un bandido que despojó al ilustre prócer a las barbas de su numerosa escolta. En las cárceles de Londres se libraban fieras batallas entre los presos y sus carceleros y la majestad de la Ley los arcabuceaba convenientemente. Los ladrones arrebataban las cruces de diamantes de los cuellos de los nobles señores en los mismos salones de la Corte; los mosqueteros penetraron en San Gil en busca de géneros de contrabando, pero la multitud hizo fuego contra los soldados, los cuales replicaron del mismo modo contra el populacho, sin que a nadie se le ocurriese pensar que semejante suceso no era uno de los más corrientes y triviales. A
todo esto el verdugo estaba siempre ocupadísimo, aunque sin ninguna utilidad. Tan pronto dejaba colgados grandes racimos de criminales, como ahorcaba el sábado a un ladrón que el jueves anterior fue sorprendido al entrar en casa de un vecino, o bien quemaba en Newgate docenas de personas o, a la mañana siguiente, centenares de folletos en la puerta de Westminter-Hall; y que mataba hoy a un asesino atroz y mañana a un desgraciado ratero que quitó seis peniques al hijo de un agricultor.
Todas estas cosas y otras mil por el estilo ocurrían en el bendito año de mil setecientos setenta y cinco. Rodeados por ellas, mientras el Leñador y el Labriego proseguían su lenta labor, los dos personajes de grandes quijadas y las dos mujeres, una hermosa y la otra insignificante, vivían complacidos y llevaban a punta de lanza sus divinos derechos. Así el año mil setecientos setenta y cinco conducía a sus grandezas y a las miríadas de insignificantes seres, entre los cuales se hallan los que han de figurar en esta crónica, a lo largo de los caminos que se abrían ante sus pasos.


miércoles, 6 de mayo de 2020

Dickens, 3


Ya vimos que Tiempos difíciles es una de las mejores novelas de Dickens, y una de las que más específicamente trata el problema de la educación y sus consecuencias. Su argumento es de una inusual perfección, teniendo en cuenta que a Dickens le atraía el enrevesamiento de los folletines, pero aquí todo está más medido que de costumbre. También es cierto que se trata de una de sus novelas más breves, sin dejar por ello de ser larga.
La trama empieza en la escuela de Gradgind, un maestro, por así llamarlo, que solo cree en la memorización de datos y en el rigor disciplinario. La novela es de mediados del XIX, pero esa obsesión poco edificante ha permanecido como sistema educativo durante mucho tiempo. Incluso ahora se le da a la memoria de usar y tirar más importancia de la debida. Gradgind tiene dos hijos, Thomas y Louisa, que encarnan los dos tipos de malas consecuencias que tiene ese sistema educativo. Thomas es esquinado y egoísta, y Louisa una muchacha excesivamente sumisa. A ellos se suma Ceci, una chiquilla que vivía en un circo y cuyo padre la abandona. Gradgind la acoge en su casa y Ceci sufre para adaptarse a su nueva vida.
Todos viven en Coketown, literalmente ciudad del carbón, en concreto del carbón de coque, un símbolo de la Revolución Industrial en Inglaterra, usado, por ejemplo, en los primeros trenes. Ese carbón era muy contaminante, y las ciudades dedicadas a su fabricación eran lugares oscuros e irrespirables. En este ambiente obrero aparecen otros dos personajes, Stephen Blackpool y Bounderby.
Stephen es un obrero al que todo le ha ido mal. Se casó con una mujer borracha y malvada de la que no puede divorciarse porque no tiene dinero, y está enamorado de Raquel, quien le pide que no forme parte de los movimientos sindicales. El resultado es que Stephen, muy buena persona, sufre el desprecio y el ninguneo de sus compañeros. Por su parte, Bounderby es el cacique de la ciudad, dueño del banco y de la fábrica donde trabaja Stephen. Cuando crecen los hijos de Gradging, el banquero Bounderby se casa con Luisa, que no lo ama en absoluto, pero accede al matrimonio para que su hermano Thomas tenga un medio de subsistencia.
La acción se desata cuando Thomas planea robar el banco de Gradging y se las arregla para echar la culpa al obrero Stephen, que, acosado por sus compañeros y despedido de la fábrica, tiene que huir de Coketown. Pero también hay un efecto beneficioso, y es que Luisa se da cuenta de la maldad de su hermano, se harta de su insoportable marido rico y vuelve a casa de su padre, quien, finalmente, se da cuenta de que la culpa de todo es suya, por haberlos educado así de mal.
El final invita un poco a la esperanza. Raquel, la verdadera mujer de Stephen, con quien no puede casarse, logra desenmascarar a Thomas, que pone tierra de por medio y huye a América. Como curiosidad, hay que decir que una de las series de televisión más famosas de los últimos tiempos, Downton Abbey, utiliza la historia de Thomas y Raquel en una de sus tramas principales, con la diferencia de que, en vez del desaprensivo Bounderby, el jefe de Thomas es todo un caballero. Menos mal.


Tiempos difíciles es de 1854, y de ese mismo año es Norte y sur, de Elysabeth Gaskell, otra gran novelista inglesa, amiga de Dickens. Es interesante porque Norte y sur es otra magnífica novela, muy recomendable, que aborda un tema parecido, el de las ciudades del norte de Inglaterra durante la revolución industrial. 

La siguiente novela, La pequeña Dorrit, también tiene un fuerte contenido crítico contra las tremendas desigualdades sociales y el corrupto sistema burocrático de la administración inglesa. Además, parte de una amarga experiencia que vivió el propio Dickens, cuyo padre, como vimos, pagó con la cárcel por sus deudas. En esa cárcel para deudores vive William Dorrit, un caballero venido a menos, y sus hijos, Fanny (que no acepta su nueva situación), el vago Tip y Emy, La pequeña Dorrit. Los hijos, al contrario que el padre, pueden salir de la cárcel, y Emy, la única que tiene sentido común, trabaja de criada para la señora Clennam, cuyo hijo, Arthur, es un comerciante que ha pasado muchos años en China sin conseguir hacerse rico y regresa a Inglaterra. 


A partir de aquí la trama se desliza por lo folletinesco. Arthur trata de ayudar a Emy, y descubre que el padre de Emy es en realidad el heredero de una gran fortuna. Pero el padre, al salir de la cárcel, decide gastarse el dinero en viajar con sus hijos. Por su parte, Arthur invierte mal su dinero en una estafa piramidal, algo frecuente incluso hoy en día. Como dato curioso, la hija del escritor Mariano José de Larra, Baldomera, fue la primera que perpetró en España ese tipo de estafa. El caso es que Arthur, después de haber sacado a Clennam de la cárcel, acaba él mismo entre rejas.
El resto es una sucesión un poco inverosímil, y muy folletinesca, de herencias secretas, hijos ilegítimos y demás tópicos que acaban, cómo no, con el matrimonio de Arthur y Amy, los dos, por fin, fuera de la cárcel y sin apuros económicos.

Os dejo con un fragmento de Tiempos difíciles, un diálogo entre Ceci, la niña rescatada del circo, y Luisa, la hija de Gradgind, que da idea del tipo de educación del que habla la novela.

 —Pero, por favor, señorita Luisa —dijo Ceci, excusándose—. ¡Soy..., soy tan ignorante! 
Luisa dejó escapar una risa más alegre de lo que era habitual en ella, y le dijo que poco a poco se iría haciendo más instruida. 
—Es que no sabéis lo tonta que soy —exclamó Ceci, casi llorando—. En la escuela no hago más que equivocarme. El señor y la señora M'Choakumchild me hacen poner una y otra vez en pie, nada más que para que cometa errores. No lo puedo remediar. Parece que me brotan espontáneamente. 
—Supongo que el señor y la señora M'Choakumchild no se equivocarán nunca, ¿verdad, Ceci? 
—¡Jamás! —contestó Ceci, con mucha seriedad—. Ellos lo saben todo. 
—Cuéntame algunas de tus equivocaciones. 
—Me da casi vergüenza —contestó la muchacha con cierta repugnancia—. Hoy, por ejemplo, nos explicaba el señor M'Choakumchild la teoría de la Prosperidad natural. 
—Supongo que quieres decir la Prosperidad nacional —apuntó Luisa. 
—Sí..., eso... Pero ¿no es lo mismo? —interrogó Ceci tímidamente. 
—Puesto que él dijo nacional, es mejor que tú también lo digas así —contestó Luisa con sequedad reservada. 
—La Prosperidad nacional. Y nos dijo: «Mirad: suponed que esta escuela es la nación y que en esta nación hay cincuenta millones en dinero. ¿Es o no una nación próspera? Niña número veinte, ¿es o no una nación próspera esta, y estáis o no estáis vos nadando en prosperidad?» 
—¿Y qué contestaste? —le preguntó Luisa. 
—Señorita Luisa, le contesté que no lo sabía. Me pareció que no estaba en condiciones de afirmar si la nación era o no era próspera y si yo estaba nadando en prosperidad, mientras no supiese en qué manos estaba el dinero y si me correspondía a mí una parte. Pero esto era salirse de la cuestión. No podía representarse con números —dijo Ceci, enjugándose las lágrimas. 
—Cometiste un gran error —sentenció Luisa. 
—Ahora ya lo sé, señorita Luisa; ahora ya lo sé. El señor M'Choakumchild me dijo a continuación que me lo presentaría de otra manera, y se expresó de este modo: «La sala de esta escuela es una ciudad inmensa en la que vive un millón de habitantes, y de ese millón de habitantes, solamente se mueren de hambre en la calle, al año, veinticinco. ¿Qué os parece esta prosperidad?» Lo mejor que se me ocurrió contestarle fue que para los que se morían de hambre era lo mismo que la ciudad tuviese un millón que un millón de millones de habitantes. Y también en esto me equivoqué. 
—¡Naturalmente que sí!
—El señor M'Choakumchild dijo que iba a probarme otra vez, y empezó: «Tengo aquí un cuaderno de asmatísticas...» 
—Estadísticas —corrigió Luisa. 
—Eso es, señorita Luisa...; siempre me hacen pensar en los pobres asmáticos... De estadísticas de accidentes marítimos. «Según ellas (dijo el señor M'Choakumchild), cien mil personas se embarcaron en un año para travesías marítimas largas, y tan sólo quinientas se ahogaron o perecieron entre llamas. ¿Qué tanto por ciento resulta?» Y yo le contesté... que ninguno... —y al decir esto, Ceci sollozó, como si aquel error, el mayor de los suyos, le inspirase viva contrición. 
—¿Cómo que ninguno, Ceci? 
—Ningún tanto por ciento representa para los parientes y amigos de los que perecieron. No acabaré jamás de aprender —dijo Ceci—, y lo peor de todo es que, si bien mi padre deseaba tan ardientemente que yo aprendiese, y yo deseo muy de veras aprender, precisamente porque él lo deseaba, sospecho mucho que el aprender no es cosa de mi gusto. 

Luisa se quedó mirando aquella cabeza tan modesta, cuando Ceci la inclinó avergonzada.