Mostrando entradas con la etiqueta Dickens. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dickens. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de mayo de 2020

Dickens, y 4


Aparte de sus cuentos, el más famoso de los cuales es Canción de Navidad, las últimas cuatro novelas de Dickens fueron Historia de dos ciudades, Grandes esperanzas, Nuestro amigo común y El misterio de Edwin Drood, todas escritas entre 1859 y 1870, fecha de su muerte.
Historia de dos ciudades es su segunda novela histórica (la otra fue Barnaby Rudge) y desde luego una de las mejores novelas históricas que se hayan escrito jamás. Divertida, apasionante, bien documentada, pero que sobre todo consigue el primer objetivo de una novela histórica: recrear el ambiente, hacerte vivir en el mundo que describe.
Los acontecimientos suceden durante la Revolución Francesa, desde que los nobles llenaban La Bastilla de inocentes condenados a muerte, pasando por la toma de La Bastilla y el estallido de la Revolución Francesa, hasta la nueva época de terror y guillotina que siguió al triunfo de la Revolución. Es decir, Dickens urdió una trama gracias a la que se explica todo el proceso revolucionario, a partir del doctor Manett, preso en La Bastilla y condenado a muerte por la familia noble de los Saint Evremont, y su hija, Lucía, quien tuvo un antiguo pretendiente, el abogado Carlton, uno de los héroes más impresionantes que uno pueda imaginar. Este abogado ha caído en una vida crápula, de borracho y pendenciero, y por supuesto perdió el favor de Lucía, quien se casa con Charles Darnay, un noble francés acusado de espionaje.


Tras muchas idas y venidas, asaltos, espionajes, liberaciones y todo tipo de aventuras, el final, que no voy a desvelaros, es de una emoción y una belleza inigualables, y el verdadero protagonista, el abogado Carlton, uno de los grandes mitos de la literatura moderna, modelo de infinidad de relatos de aventuras y detectivescos del siglo XX, y sin el que toda la tradición del western y del llamado cine negro no sería como es.
Grandes esperanzas cuenta la historia de Pip, y vuelve al estilo de novela que inició Dickens con Oliver Twist y perfeccionó con David Copperfield, es decir, el muchacho que va pasando de casa en casa e intenta convertirse en caballero. Son célebres los personajes de la señorita Havisham, quien educa a Pip de un modo bastante peculiar, y Estella, su gran amor, a quien, como el las clásicas novelas griegas, pierde para reencontrarla en el final de la novela. La sombra del gran Carlton puede encontrarse en algunos personajes, pero esta novela está más centrada en la aventura, el peligro y la lucha del protagonista por progresar en la escala social, algo bastante común en las novelas europeas desde Stendhal.


Nuestro amigo común fue la última novela que Dickens pudo terminar. La novela parte de un episodio inicial en el que John Harmon heredará la fortuna de su familia si se casa con Bella Wilfer. Sin embargo, la policía saca un cadáver del Támesis y lo identifica como John Harmon, con lo que su herencia pasa a manos de Boffin, un tipo sin cultura que contrata a Silas Weg para que lo eduque. De manera que Harmon pasa casi toda la novela oficialmente muerto y viendo cómo los demás han reaccionado a su desaparición, y Bella Wilfer, que pierde su herencia al morir Harmon, tiene que emprender una nueva vida. Los tres personajes son quizá de los más complejos, cambiantes (y en el fondo pesimistas) de toda la obra de Dickens. La novela es panorámica en el sentido de que una anécdota inicial da para describir la sociedad londinense en sus distintas clases sociales, la hipocresía, la obsesión por el dinero, las traiciones a sí mismos de los personajes, y una visión bastante sombría del ser humano. A pesar de no ser una de las más populares, la crítica nunca dudó en considerarla una obra maestra absoluta.


Su última novela, inacabada, es El misterio de Edwin Drood. Dickens solo llegó a desarrollar el planteamiento inicial, la unión por testamento de Edwin y Rosa Bud. La trama va complicándose hasta que Edwin y Rosa deciden no casarse pero entonces Edwin desaparece… y Dickens murió. Como novela policiaca, ha generado una ingente cantidad de posibles soluciones sobre el paradero de Edwin. Casi se ha convertido en un género particular, el género de cómo continuar con la novela, que, como todas en Dickens, tenía suficientes elementos para crear toda la intriga posible.
Os dejo, en fin, con el principio de Historia de dos ciudades, una, insisto, verdadera obra maestra, cuyo texto íntegro tenéis en el siguiente enlace: 


Capítulo I La época
Charles Dickens
Historia de dos ciudades
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.
En el trono de Inglaterra había un rey de mandíbula muy desarrollada y una reina de cara corriente; en el trono de Francia había un rey también de gran quijada y una reina de hermoso rostro. En ambos países era más claro que el cristal para los señores del Estado, que las cosas, en general, estaban aseguradas para siempre. Era el año de Nuestro Señor, mil setecientos setenta y cinco. En período tan favorecido como aquél,
habían sido concedidas a Inglaterra las revelaciones espirituales. Recientemente la señora Southcott había cumplido el vigésimo quinto aniversario de su aparición sublime en el mundo, que fue anunciada con la antelación debida por un guardia de corps, pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a Westminster.
Incluso el fantasma de la Callejuela del Gallo había sido definitivamente desterrado, después de rondar por el mundo por espacio de doce años y de revelar sus mensajes a los mortales de la misma forma que los espíritus del año anterior, que acusaron una pobreza extraordinaria de originalidad al revelar los suyos. Los únicos mensajes de orden terrenal que recibieron la corona y el pueblo ingleses, procedían de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes que, por raro que parezca, han resultado de mayor importancia para la raza humana que cuantos se recibieran por la mediación de cualquiera de los duendes de la Callejuela del Gallo.
Francia, menos favorecida en asuntos de orden espiritual que su hermana, la del escudo y del tridente, rodaba con extraordinaria suavidad pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastándoselo. Bajo la dirección de sus pastores cristianos, se entretenía, además, con distracciones tan humanitarias como sentenciar a un joven a que se le cortaran las manos, se le arrancara la lengua con tenazas y lo quemaran vivo, por el horrendo delito de no haberse arrodillado en el fango un día lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesión de frailes que pasó ante su vista, aunque a la distancia de cincuenta o sesenta metros. Es muy probable que cuando aquel infeliz fue llevado al suplicio, el leñador Destino hubiera marcado ya, en los bosques de Francia y de Noruega, los añosos árboles que la sierra había de convertir en tablas para construir aquella plataforma movible, provista de su cesta y de su cuchilla, que tan terrible fama había de alcanzar en la Historia. Es también, muy posible que en los rústicos cobertizos de algunos labradores de las tierras inmediatas a París, estuvieran aquel día, resguardadas del mal tiempo, groseras carretas llenas de fango, husmeadas por los cerdos y sirviendo de percha a las aves de corral, que el labriego Muerte había elegido ya para que fueran las carretas de la Revolución. Bien es verdad que si el Leñador y el Labriego trabajaban incesantemente, su labor era silenciosa y ningún oído humano percibía sus quedos pasos, tanto más cuanto que abrigar el temor de que aquellos estuvieran despiertos, habría equivalido a confesarse ateo y traidor.
Apenas si había en Inglaterra un átomo de orden y de protección que justificara la jactancia nacional. La misma capital era, por las noches, teatro de robos a mano armada y de osados crímenes. Públicamente se avisaba a las familias que no salieran de la ciudad sin llevar antes sus mobiliarios a los guardamuebles, únicos sitios donde estaban seguros.
El que por la noche ejercía de bandolero, actuaba de día de honrado mercader en la City, y si alguna vez era reconocido por uno de los comerciantes a quienes asaltaba en su carácter de capitán, le disparaba atrevidamente un tiro en la cabeza para huir luego; la diligencia correo fue atacada por siete bandoleros, de los cuales mató tres el guarda, que luego, a su vez, murió a manos de los otros cuatro, a consecuencia de haber fallado sus municiones, y así la diligencia pudo ser robada tranquilamente; el magnífico alcalde mayor de Londres fue atracado en Turnham Green por un bandido que despojó al ilustre prócer a las barbas de su numerosa escolta. En las cárceles de Londres se libraban fieras batallas entre los presos y sus carceleros y la majestad de la Ley los arcabuceaba convenientemente. Los ladrones arrebataban las cruces de diamantes de los cuellos de los nobles señores en los mismos salones de la Corte; los mosqueteros penetraron en San Gil en busca de géneros de contrabando, pero la multitud hizo fuego contra los soldados, los cuales replicaron del mismo modo contra el populacho, sin que a nadie se le ocurriese pensar que semejante suceso no era uno de los más corrientes y triviales. A
todo esto el verdugo estaba siempre ocupadísimo, aunque sin ninguna utilidad. Tan pronto dejaba colgados grandes racimos de criminales, como ahorcaba el sábado a un ladrón que el jueves anterior fue sorprendido al entrar en casa de un vecino, o bien quemaba en Newgate docenas de personas o, a la mañana siguiente, centenares de folletos en la puerta de Westminter-Hall; y que mataba hoy a un asesino atroz y mañana a un desgraciado ratero que quitó seis peniques al hijo de un agricultor.
Todas estas cosas y otras mil por el estilo ocurrían en el bendito año de mil setecientos setenta y cinco. Rodeados por ellas, mientras el Leñador y el Labriego proseguían su lenta labor, los dos personajes de grandes quijadas y las dos mujeres, una hermosa y la otra insignificante, vivían complacidos y llevaban a punta de lanza sus divinos derechos. Así el año mil setecientos setenta y cinco conducía a sus grandezas y a las miríadas de insignificantes seres, entre los cuales se hallan los que han de figurar en esta crónica, a lo largo de los caminos que se abrían ante sus pasos.


miércoles, 6 de mayo de 2020

Dickens, 3


Ya vimos que Tiempos difíciles es una de las mejores novelas de Dickens, y una de las que más específicamente trata el problema de la educación y sus consecuencias. Su argumento es de una inusual perfección, teniendo en cuenta que a Dickens le atraía el enrevesamiento de los folletines, pero aquí todo está más medido que de costumbre. También es cierto que se trata de una de sus novelas más breves, sin dejar por ello de ser larga.
La trama empieza en la escuela de Gradgind, un maestro, por así llamarlo, que solo cree en la memorización de datos y en el rigor disciplinario. La novela es de mediados del XIX, pero esa obsesión poco edificante ha permanecido como sistema educativo durante mucho tiempo. Incluso ahora se le da a la memoria de usar y tirar más importancia de la debida. Gradgind tiene dos hijos, Thomas y Louisa, que encarnan los dos tipos de malas consecuencias que tiene ese sistema educativo. Thomas es esquinado y egoísta, y Louisa una muchacha excesivamente sumisa. A ellos se suma Ceci, una chiquilla que vivía en un circo y cuyo padre la abandona. Gradgind la acoge en su casa y Ceci sufre para adaptarse a su nueva vida.
Todos viven en Coketown, literalmente ciudad del carbón, en concreto del carbón de coque, un símbolo de la Revolución Industrial en Inglaterra, usado, por ejemplo, en los primeros trenes. Ese carbón era muy contaminante, y las ciudades dedicadas a su fabricación eran lugares oscuros e irrespirables. En este ambiente obrero aparecen otros dos personajes, Stephen Blackpool y Bounderby.
Stephen es un obrero al que todo le ha ido mal. Se casó con una mujer borracha y malvada de la que no puede divorciarse porque no tiene dinero, y está enamorado de Raquel, quien le pide que no forme parte de los movimientos sindicales. El resultado es que Stephen, muy buena persona, sufre el desprecio y el ninguneo de sus compañeros. Por su parte, Bounderby es el cacique de la ciudad, dueño del banco y de la fábrica donde trabaja Stephen. Cuando crecen los hijos de Gradging, el banquero Bounderby se casa con Luisa, que no lo ama en absoluto, pero accede al matrimonio para que su hermano Thomas tenga un medio de subsistencia.
La acción se desata cuando Thomas planea robar el banco de Gradging y se las arregla para echar la culpa al obrero Stephen, que, acosado por sus compañeros y despedido de la fábrica, tiene que huir de Coketown. Pero también hay un efecto beneficioso, y es que Luisa se da cuenta de la maldad de su hermano, se harta de su insoportable marido rico y vuelve a casa de su padre, quien, finalmente, se da cuenta de que la culpa de todo es suya, por haberlos educado así de mal.
El final invita un poco a la esperanza. Raquel, la verdadera mujer de Stephen, con quien no puede casarse, logra desenmascarar a Thomas, que pone tierra de por medio y huye a América. Como curiosidad, hay que decir que una de las series de televisión más famosas de los últimos tiempos, Downton Abbey, utiliza la historia de Thomas y Raquel en una de sus tramas principales, con la diferencia de que, en vez del desaprensivo Bounderby, el jefe de Thomas es todo un caballero. Menos mal.


Tiempos difíciles es de 1854, y de ese mismo año es Norte y sur, de Elysabeth Gaskell, otra gran novelista inglesa, amiga de Dickens. Es interesante porque Norte y sur es otra magnífica novela, muy recomendable, que aborda un tema parecido, el de las ciudades del norte de Inglaterra durante la revolución industrial. 

La siguiente novela, La pequeña Dorrit, también tiene un fuerte contenido crítico contra las tremendas desigualdades sociales y el corrupto sistema burocrático de la administración inglesa. Además, parte de una amarga experiencia que vivió el propio Dickens, cuyo padre, como vimos, pagó con la cárcel por sus deudas. En esa cárcel para deudores vive William Dorrit, un caballero venido a menos, y sus hijos, Fanny (que no acepta su nueva situación), el vago Tip y Emy, La pequeña Dorrit. Los hijos, al contrario que el padre, pueden salir de la cárcel, y Emy, la única que tiene sentido común, trabaja de criada para la señora Clennam, cuyo hijo, Arthur, es un comerciante que ha pasado muchos años en China sin conseguir hacerse rico y regresa a Inglaterra. 


A partir de aquí la trama se desliza por lo folletinesco. Arthur trata de ayudar a Emy, y descubre que el padre de Emy es en realidad el heredero de una gran fortuna. Pero el padre, al salir de la cárcel, decide gastarse el dinero en viajar con sus hijos. Por su parte, Arthur invierte mal su dinero en una estafa piramidal, algo frecuente incluso hoy en día. Como dato curioso, la hija del escritor Mariano José de Larra, Baldomera, fue la primera que perpetró en España ese tipo de estafa. El caso es que Arthur, después de haber sacado a Clennam de la cárcel, acaba él mismo entre rejas.
El resto es una sucesión un poco inverosímil, y muy folletinesca, de herencias secretas, hijos ilegítimos y demás tópicos que acaban, cómo no, con el matrimonio de Arthur y Amy, los dos, por fin, fuera de la cárcel y sin apuros económicos.

Os dejo con un fragmento de Tiempos difíciles, un diálogo entre Ceci, la niña rescatada del circo, y Luisa, la hija de Gradgind, que da idea del tipo de educación del que habla la novela.

 —Pero, por favor, señorita Luisa —dijo Ceci, excusándose—. ¡Soy..., soy tan ignorante! 
Luisa dejó escapar una risa más alegre de lo que era habitual en ella, y le dijo que poco a poco se iría haciendo más instruida. 
—Es que no sabéis lo tonta que soy —exclamó Ceci, casi llorando—. En la escuela no hago más que equivocarme. El señor y la señora M'Choakumchild me hacen poner una y otra vez en pie, nada más que para que cometa errores. No lo puedo remediar. Parece que me brotan espontáneamente. 
—Supongo que el señor y la señora M'Choakumchild no se equivocarán nunca, ¿verdad, Ceci? 
—¡Jamás! —contestó Ceci, con mucha seriedad—. Ellos lo saben todo. 
—Cuéntame algunas de tus equivocaciones. 
—Me da casi vergüenza —contestó la muchacha con cierta repugnancia—. Hoy, por ejemplo, nos explicaba el señor M'Choakumchild la teoría de la Prosperidad natural. 
—Supongo que quieres decir la Prosperidad nacional —apuntó Luisa. 
—Sí..., eso... Pero ¿no es lo mismo? —interrogó Ceci tímidamente. 
—Puesto que él dijo nacional, es mejor que tú también lo digas así —contestó Luisa con sequedad reservada. 
—La Prosperidad nacional. Y nos dijo: «Mirad: suponed que esta escuela es la nación y que en esta nación hay cincuenta millones en dinero. ¿Es o no una nación próspera? Niña número veinte, ¿es o no una nación próspera esta, y estáis o no estáis vos nadando en prosperidad?» 
—¿Y qué contestaste? —le preguntó Luisa. 
—Señorita Luisa, le contesté que no lo sabía. Me pareció que no estaba en condiciones de afirmar si la nación era o no era próspera y si yo estaba nadando en prosperidad, mientras no supiese en qué manos estaba el dinero y si me correspondía a mí una parte. Pero esto era salirse de la cuestión. No podía representarse con números —dijo Ceci, enjugándose las lágrimas. 
—Cometiste un gran error —sentenció Luisa. 
—Ahora ya lo sé, señorita Luisa; ahora ya lo sé. El señor M'Choakumchild me dijo a continuación que me lo presentaría de otra manera, y se expresó de este modo: «La sala de esta escuela es una ciudad inmensa en la que vive un millón de habitantes, y de ese millón de habitantes, solamente se mueren de hambre en la calle, al año, veinticinco. ¿Qué os parece esta prosperidad?» Lo mejor que se me ocurrió contestarle fue que para los que se morían de hambre era lo mismo que la ciudad tuviese un millón que un millón de millones de habitantes. Y también en esto me equivoqué. 
—¡Naturalmente que sí!
—El señor M'Choakumchild dijo que iba a probarme otra vez, y empezó: «Tengo aquí un cuaderno de asmatísticas...» 
—Estadísticas —corrigió Luisa. 
—Eso es, señorita Luisa...; siempre me hacen pensar en los pobres asmáticos... De estadísticas de accidentes marítimos. «Según ellas (dijo el señor M'Choakumchild), cien mil personas se embarcaron en un año para travesías marítimas largas, y tan sólo quinientas se ahogaron o perecieron entre llamas. ¿Qué tanto por ciento resulta?» Y yo le contesté... que ninguno... —y al decir esto, Ceci sollozó, como si aquel error, el mayor de los suyos, le inspirase viva contrición. 
—¿Cómo que ninguno, Ceci? 
—Ningún tanto por ciento representa para los parientes y amigos de los que perecieron. No acabaré jamás de aprender —dijo Ceci—, y lo peor de todo es que, si bien mi padre deseaba tan ardientemente que yo aprendiese, y yo deseo muy de veras aprender, precisamente porque él lo deseaba, sospecho mucho que el aprender no es cosa de mi gusto. 

Luisa se quedó mirando aquella cabeza tan modesta, cuando Ceci la inclinó avergonzada. 

domingo, 3 de mayo de 2020

Dickens, 2


Después de La tienda de antigüedades, Dickens escribió tres novelas que no tuvieron tan buena aceptación. Una es Barnaby Rudge, la primera vez, y penúltima, que Dickens escribió una novela histórica. Está ambientada a finales del siglo XVIII, y cuenta la historia de un joven enloquecido, y encarcelado, con un argumento bastante complejo. La novela es famosa porque Edgar Alan Poe adivinó el final antes de que Dickens lo publicase, y también porque se inspiró en un cuervo parlante que aparece en la novela para escribir su famosísimo poema El cuervo. 


La segunda es Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, la última que escribió con estructura de novela picaresca. En ella mezcla una trama criminal con una sátira social. Martin viaja a Estados Unidos y allí no ve más que egoísmo, ese egoísmo propio del self made man que veíamos en Robinson Crusoe.
En la tercera, Dombey e hijo, Dickens trató el tema del mundo de las finanzas, las traiciones, las caídas en desgracia. Dombey tiene un hijo en quien deposita todas sus esperanzas como comerciante, pero el niño muere. Con su otra hija, Florence, tiene frecuentes y graves desencuentros, hasta el punto de que es ella la que conspira contra su padre. A pesar de la reconciliación final, la novela es muy pesimista, y muy crítica.


A partir de entonces, y hasta su muerte, Dickens no dejó de encadenar obras maestras y su popularidad no hizo sino crecer. En David Copperfield volvió al tema del niño huérfano que va de unos parientes a otros hasta que logra hacerse un hueco en la vida como escritor. Aparte de personajes inolvidables como la tía Peggoty o la extravagante familia Micawber, en David Copperfield Dickens volvió a su fórmula magistral: la crítica, el folletín y los buenos sentimientos. os transcribo el argumento de esta novela.

David, huérfano de padre, vive una breve infancia feliz con su madre, pero luego ella se casa con el señor Murdstone, un hombre cruel que no tarda en llevarla a la tumba. Privado de todo afecto, David sufre la experiencia en la escuela del tiránico maestro Creakle, siempre dispuesto a los castigos físicos. Entre sus compañeros, David hace amistad con Traddles y siente una admiración sin límites haca el fascinante Steerforth. Su padrastro le impone un trabajo degradante en un almacén de Londres donde David vive en la miseria. Su único consuelo lo constituyen el señor Micawber, un viajante de comercio sin suerte, y su familia. Sumido en la desesperación, David huye a pie a Dover, donde una pariente chiflada, su tía Betsi, acepta ocuparse de él. La primera preocupación de la anciana es atender a su educación, y por eso lo envía a Canterbury, a casa del abogado Wickfield, padre de Agnes, una joven dulce y bondadosa. David hace prácticas en un bufete de abogados y se reencuentra con Steerforth, su mito de la adolescencia, que actúa de un modo amoral antes de desaparecer trágicamente. Cuando David ya es cronista parlamentario (como lo fue el propio Dickens), se casa con Dora Splenlow y triunfa como escritor. Su mujer muere, y Dickens vuelve a Agnes, de quien descubre virtudes que antes no era capaz de valorar. Entretanto, Wickfield cae en las manos de Uriah Heep, su administrador, que lo arruina y pretende casarse con Agnaes. David, ayudado por Micawber y su antiguo compañero Traddles, desenmascara a Heep y termina casándose con Agnes.

Su siguiente obra maestra fue Casa desolada, la historia de Esther, huérfana, como tantos otros héroes de Dickens, que lucha por encontrar sus orígenes y salir adelante en la vida. Novela compleja (a veces narra Esther, a veces un narrador omnisciente), llena de personajes estrafalarios, unos medio lunáticos, otros condenados a malvivir por su buen corazón, no fue tan popular como David Copperfield pero desde luego es una de las mejores. A continuación os copio su famosísima primera página, una de las más célebres descripciones de Londres que se hayan escrito jamás.


Londres. Hace poco que ha terminado la temporada de San Miguel, y el Lord Canciller preside en su sala de Lincoln's Inn’s. Un tiempo implacable de noviembre. Tanto barro en las calles como si las aguas acabaran de retirarse de la faz de la Tierra y no fuera nada extraño encontrarse con un megalosaurio de unos 40 pies chapaleando como un lagarto gigantesco Colina de Holborn arriba. Humo que baja de los sombreretes de las chimeneas creando una llovizna negra y blanda con copos de hollín del tamaño de verdaderos copos de nieve, que cabría imaginar de luto por la muerte del sol. Perros, invisibles en el fango. Caballos, poco menos, enfangados hasta las anteojeras. Peatones que entrechocan sus paraguas, en una infección general de mal humor, que se resbalan en las esquinas, donde decenas de miles de otros peatones llevan resbalando y cayéndose desde que amaneció (si cupiera decir que ha amanecido) y añaden nuevos sedimentos a las costras superpuestas de barro, que en esos puntos se pega tenazmente al pavimento y se acumula a interés compuesto.
Niebla por todas partes. Niebla río arriba, por donde corre sucia entre las filas de barcos y las contaminaciones acuáticas de una ciudad enorme (y sucia). Niebla en los pantanos de Essex, niebla en los cerros de Kent. Niebla que se mete en las cabinas de los bergantines carboneros; niebla que cae sobre los astilleros y que se cierne sobre el aparejo de los grandes buques; niebla que cae sobre las bordas de las gabarras y los botes. Niebla en los ojos y las gargantas de ancianos retirados de Greenwich, que carraspean junto a las chimeneas en las salas de los hospitales; niebla en la boquilla y en la cazoleta de la pipa que se fuma por la tarde el patrón malhumorado, metido en su diminuto camarote; niebla que enfría cruelmente los dedos de los pies y de las manos del aprendiz que tirita en cubierta. Gentes que pasan por los puentes y miran por encima del parapeto el cielo bajo la niebla, todas rodeadas de niebla, como si estuvieran metidas en un globo, colgadas en medio de las nubes neblinosas.
Los faroles de gas crean confusas aureolas en medio de la niebla en diversas partes de. las ca- lles, como las que parecería crear el sol, visto desde los campos esponjosos, a ojos del pastor y el labrador. Casi todas las tiendas han encendido el alumbrado dos horas antes de lo normal, y el gas parece darse cuenta de ello, pues tiene un aspecto sombrío y renuente.
Donde más hosca está la tarde, y donde más densa está la niebla, y donde más embarradas están las calles, es junto a esa mole antigua y pesada, ornamento idóneo del umbral de una corporación antigua y pesada: Temple Bar. Y junto a Temple Bar, en Lincoln's Inn Hall, en el centro mismo de la niebla, está sentado el Lord Gran Canciller, en su Alto Tribunal de Cancillería.
Jamás podrá haber una niebla demasiado densa, jamás podrá haber un barro y un cieno tan espesos, como para concordar con la condición titubeante y dubitativa que ostenta hoy día este Alto Tribunal de Cancillería, el más pestilente de los pecadores empelucados que jamás hayan visto el Cielo y la Tierra.

jueves, 30 de abril de 2020

Dickens, 1


Después de Shakespeare, Charles Dickens es el escritor más importante de la literatura inglesa. En 34 años de carrera literaria, desde 1836 hasta 1870, sentó las bases de la novela contemporánea en Inglaterra, e influyó de manera extraordinaria en el posterior realismo europeo, e incluso en la política y la sociedad de su país.
Dickens, que se dedicaba de muy joven a escribir crónicas del Parlamento británico (y a pagar las deudas de su padre, que más de una vez ingresó en prisión por ese motivo), comenzó, como otros grandes escritores ingleses, siendo un gran admirador de Cervantes. A los 24 años publicó Los papeles póstumos del club Pickwick, que tuvo un éxito extraordinario. Allí narraba las aventuras del señor Pickwick y sus amigos a través de un viaje por Inglaterra. La novela, editada por entregas periódicas, tenía varios elementos que fueron constantes en la obra de Dickens.


El primero era el humor y la sátira social. Dickens siempre quiso divertir, pero también advertir de las injusticias sociales de su país. El segundo, y muy cervantino, era la presencia del criado Sam Weller, un Sancho Panza a la inglesa, que adoptaba un punto de vista sensato y daba pie a una de las grandes habilidades de Dickens, el diálogo. Y el tercero, el más importante quizá, fue la costumbre de publicar sus novelas por entregas. Cada quince días (en otras novelas fue una vez al mes), Dickens publicaba un capítulo que era leído por particulares, pero también en los pubs, donde alguien lo leía y los demás, gente común, escuchaba la narración. Este método implicaba, por encima de todo, no aburrir. Dickens sacaba sus historias de la misma gente que luego las leería o las escucharía. Tenía que escribir en el propio lenguaje de sus lectores, y hablar del mundo que era cercano a ellos. Si un capítulo había gustado menos, tenía que reconducir la narración. Si un personaje había caído en gracia a sus lectores, lo convertía en protagonista. Es decir, escribía para un público muy amplio según los gustos de ese mismo público. Es, exactamente, lo que ocurre ahora en las series de televisión más populares. 
Pero la que podríamos llamar típica novela dickensiana empezó cuatro años después con Oliver Twist. Para escribirla se inspiró en la novela picaresca, algo que ya habían hecho algunos de sus antecesores. Siempre insisto en que, mientras Inglaterra sacó un partido extraordinario de las dos grandes aportaciones españolas a la novela, el Quijote y la novela picaresca, en España, por esas mismas fechas, la novela se limitaba al cuadro de costumbres y a los novelones románticos, bastante pesados, y desde luego muy poco populares. La influencia francesa hizo que la novela en España, hasta que llegó Galdós, fuera considerada un género menor.


Oliver Twist cuenta la historia de un huérfano que abandona el orfanato y pasa por algún trabajo indeseable (ayudante de un enterrador, por ejemplo) hasta que, sin quererlo, se ve envuelto en una banda de chiquillos maleantes dirigidos por el malvado Fagin, quien también está compinchado con el criminal Sakes y su novia, la pobre Nancy. Oliver, un personaje incluso demasiado ingenuo, va de un sitio para otro, rebotando entre quienes quieren su perdición, Fagin y compañía, y quienes están dispuestos a salvarlo, Brownlow y Rose. En la entrada del blog correspondiente tenéis una explicación más amplia de todo esto. Ese ir y venir constante entre el bien y el mal era un método estupendo para mostrar las diferentes clases sociales, los señores acomodados y los delincuentes del arroyo, y tuvo una influencia larga y profunda. En España, Galdós se declaró ferviente admirador, y ya en el siglo XX las primeras obras de Pío Baroja no se entenderían sin esta novela. 
Con Oliver Twist Dickens introdujo otro gran personaje: Londres, sus calles, sus barrios miserables, sus grandes mansiones, hasta el punto de que el Londres de Dickens es el que los ingleses consideran como real. Algunas descripciones de la ciudad (el principio de Casa desolada, por ejemplo) han sustituido a cualquier reportaje verídico de la época, y han trascendido a la condición de mito. 
Pero en Oliver Twist hay otros dos elementos que a partir de entonces serán imprescindibles en las novelas de Dickens. Uno es el sentimentalismo, aquí representado, sobre todo, por Nancy, una pobre muchacha que se ve arrastrada por el malvado Sikes a una vida callejera, pero que conserva un gran corazón, y es ella la que finalmente consigue que Oliver salga del agujero y descubra, como en los grandes folletines, su verdadera identidad. Y el otro es que, a través de sus andanzas y aventuras, Dickens nos muestra el lado oscuro de la sociedad. Él sabía lo que es luchar contra el hambre, y desde el principio se mostró luchó muy decididamente en contra del abandono de los niños. De hecho, Inglaterra fue el primer país europeo que estableció lo que hoy podríamos llamar la Seguridad Social, y Dickens tuvo en ello una importancia decisiva.
El desenlace de Oliver Twist, con el triste final de Nancy y la espectacular muerte de Sykes, conjugaba la aventura, extraordinariamente bien narrada, con ese sentimentalismo lacrimógeno que hace que muy pocos lectores no sufran por la pobre muchacha.



Después de Nickolas Nickleby, con una estructura similar, Dickens publicó (siempre por entregas), La tienda de antigüedades, donde el personaje de Nelly reunía el sentimentalismo de Nancy y las fatigas de Oliver. Esta preciosa novela cuenta cómo la pequeña Nelly trata de ayudar a su abuelo, que se ve envuelto en deudas que no puede pagar y amenazado por sus desaprensivos acreedores. Es llamativo que en el último capítulo, donde se cuenta la muerte de la pequeña Nell, un largo y estremecedor relato, lleno de dolor y buenos sentimientos, conmovió a sus lectores hasta el punto de que las campanas de Londres tocaron a muertos, y la ciudad se llenó de lágrimas por un personaje de ficción que todos habían ya adoptado como un personaje real. Esto solo puede conseguirlo un genio de la literatura.