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domingo, 27 de abril de 2014

Kafka


Cuando Franz Kafka murió en 1924, con 41 años, tan solo había publicado, entre 1912 y 1919, las colecciones de cuentos Contemplación y Un médico rural, y los relatos La condena, El fogonero, La metamorfosis y En la colonia penitenciaria. Quedaron inéditas, e inacabadas, sus tres novelas largas, El proceso, El castillo y América, así como sus Diarios, su Carta al padre y algunos relatos, textos de carácter ensayístico y un copioso epistolario. Kafka dejó instucciones para que fuesen destruidas, pero su amigo Max Brod las publicó después de su muerte.
               Así como su fama en vida fue bastante exigua, tras su muerte la influencia de Kafka no dejó de crecer. Joyce, Proust o Faulkner habían ensayado una nueva forma de ver la realidad, desde el lenguaje, desde la sensorialidad y la memoria, o desde la épica, pero Kafka planteó un modo de no entender la realidad, de considerarla extraña, plagada de situaciones absurdas, cuando no siniestras o angustiosas. Solo podemos hablar en términos literarios de lo joyceano, lo proustiano, lo faulkneriano, pero cualquier situación incomprensible de la vida cotidiana, cualquier circunstancia que introduce al ser humano en un laberinto ciego puede considerarse kafkiana. Es kafkiano todo aquello cuya más clara y precisa descripción no tiene sentido, o más bien tiene un sentido perverso, como vuelto contra sí mismo. Es kafkiana aquella situación de la vida real que tiene la lógica de las pesadillas, de las convenciones que escapan al sentido común, y sin embargo forman parte del comportamiento del ser humano.
               Kafka consiguió esta perspectiva prescindiendo de cualquier manierismo. Su lenguaje es pulcro, neutro, muchas veces con el aire frío de los documentos oficiales o de los manuales de instrucciones, pero siempre de la manera más clara posible, más breve y más sencilla. Se ha dicho que es ausencia de estilo lo que en realidad es un estilo muy riguroso, el de quien describe las cosas sin dar nada por supuesto, nombrando lo que realmente son, tal como se manifiestan por primera vez. A sus protagonistas les superan las situaciones en que viven, no logran entender su funcionamiento, pero en vez de juzgarlas las constatan, y son víctimas de ellas.
               En El proceso, el protagonista es K., un empleado de banca acusado de un delito que desconoce. Lo procesan sin que llegue a entender las normas que rigen el proceso y la sentencia, y es ejecutado sin haber sabido nunca por qué. Detrás del mundo que lo condena hay una gran organización que se dedica a detener a personas inocentes e instruirles procesos absurdos. El abogado de K. le recomienda que se adapte a las circunstancias, que no las critique. K. lo despide. Un cura lo sermonea y le habla de la grandeza oculta del sistema, y le aconseja no seguir buscando la verdad. K. muere pensando que han convertido la mentira en principio universal.
               En este argumento se aprecia el esquema simbólico que aplicó Kafka en su nuevo modo de ver. El protagonista es capaz de ver cómo funciona todo, pero no de entender por qué no puede vivir al margen. El mismo esquema explica cualquier forma de rebeldía contra la injusticia, pero también contra las convenciones más asentadas. K. sufre un creciente sentimiento de culpa a medida que avanza el proceso, que termina sometiéndolo cuando lo ejecutan y K. no opone ninguna resistencia: “Fue como si la vergüenza debiera sobrevivirlo”.
               En El castillo, K, llega a un castillo para cumplir con su trabajo de agrimensor. No quiere privilegios, pero sí determinados derechos. Aspira a ser un vecino más del pueblo y rechaza integrarse con la élite. Esta actitud asusta a los aldeanos, a los que les asombra que K. quiera ser tan solo uno de ellos. K. queda fuera: no es ni amo ni siervo, ni jefe del castillo ni aldeano. K. se empeña en reclamar sus derechos, en no plegarse a lo inevitable del sistema. Los aldeanos, esclavos supersticiosos, temen que sobre K. recaiga una terrible catástrofe, y sin embargo morirá de forma natural, y no sobrevivirá como vergüenza sino como recuerdo.
               Esta simplicidad argumental se nos aparece tan desnuda que resulta irreal, y al mismo tiempo muy absorbente. Las escenas se nos cuentan en sus líneas más abstractas, sin encarnadura, son metáforas descritas en su más estricta literalidad. Cualquiera ha sentido que estorbaba, o se ha sentido culpable de cuestionar la actitud de los demás. Cualquiera ha sentido que lo miraban como a un bicho raro. Kafka construye una metáfora a medio camino entre la frialdad y el regodeo, y elabora un idioma para describir aquella realidad que rechazamos por convencional o por absurda.
               Su simplicidad de trazos gruesos ha hecho que a Kafka se le vincule con el expresionismo. Un argumento parecido al de El proceso dio origen a El extranjero, de Albert Camus, una de las novelas clave del existencialismo. Pero su hallazgo fue mucho más allá. Kafka es un modelo de prosa sobria, distanciada, de situación abstracta, de lógica perversa. En contra de la tradición realista del XIX, Kafka, más que construir mundos, construye maquetas. No es casual que haya influido, tantos años después, en la novela contemporánea, en las artes plásticas, en el cine y en el cómic. La gran virtud de Kafka es que no cuesta reconocer el estilo kafkiano, y puede aplicarse a casi todo. Novelistas actuales como el norteamericano Paul Auster siguen reconociendo su influencia, el gran dibujante Robert Crumb le dedicó un álbum entero. Casi todo el hieratismo y la congelación de gestos de la pintura contemporánea tiene un regusto kafkiano. La fotografía sigue buscando el máximo contraste en las escenas que representa, un vacío inquietante que nos llena de preguntas. Es posible que las principales estrategias del arte contemporáneo, la desproporción y la descontextualización, tengan su gen kafkiano. Mirar las cosas fríamente, con Kafka, ya no es hacer un esfuerzo para comprenderlas, sino para comprender que no tienen sentido. No hay en el siglo XX una mirada que se haya extendido tanto.

domingo, 15 de abril de 2012

El despertar



Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto. Se hallaba echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.
—¿Qué me ha sucedido?
No soñaba, no. Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente reducida, aparecía como de ordinario entre sus cuatro harto conocidas paredes. Presidiendo la mesa, sobre la cual estaba esparcido un muestrario de paños –Samsa era viajante de comercio–, colgaba una estampa ha poco recortada de una revista ilustrada y puesta en un lindo marco dorado. Representaba esta estampa una señora tocada con un gorro de pieles, envuelta en un boa también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía contra el espectador un amplio manguito, asimismo de piel, dentro del cual desaparecía todo su antebrazo.
Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana; el tiempo nublado (se sentía repiquetear en el cinc del alféizar las gotas de lluvia) le infundió una gran melancolía.
—Bueno –pensó–; ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías? Mas era esto algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esta postura. Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente volvía a caer de espaldas. Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta que un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta aquel momento, comenzó a aquejarle en el costado.
—¡Ay, Dios! –se dijo entonces–. ¡Qué cansada es la profesión que he elegido! Un día sí y otro también de viaje. La preocupación de los negocios es mucho mayor cuando se trabaja fuera que cuando se trabaja en el mismo almacén, y no hablemos de esta plaga de los viajes: cuidarse de los enlaces de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones que cambian de continuo, que no duran nunca, que no llegan nunca a ser verdaderamente cordiales, y en que el corazón nunca puede tener parte. ¡Al diablo con todo!
Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda, alargándose en dirección a la cabecera, a fin de poder alzar mejor la cabeza. Vio que el sitio que le escocía estaba cubierto de unos puntitos blancos, que no supo explicarse. Quiso
aliviarse tocando el lugar del escozor con una pierna; pero hubo de retirar esta inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.
—Estos madrugones –se dijo– le entontecen a uno por completo. El hombre necesita dormir lo justo. Hay viajantes que se dan una vida de odaliscas. Cuando a media mañana regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro muy sentados, tomándose el desayuno. Si yo, con el jefe que tengo, quisiese hacer lo mismo, me vería en el acto de patitas en la calle. Y ¿quién sabe si esto no sería para mí lo más conveniente? Si no fuese por mis
padres, ya hace tiempo que me hubiese despedido. Me hubiera presentado ante el jefe y, con toda mi alma, le habría manifestado mi modo de pensar. ¡Se cae del pupitre! Que también tiene lo suyo eso de sentarse encima del pupitre para, desde aquella altura, hablar a los empleados, que, como él es sordo, han de acercársele mucho. Pero, lo que es la esperanza, todavía no la he perdido del todo. En cuanto tenga reunida la cantidad necesaria para pagarle la deuda de mis padres –unos cinco o seis años todavía–, ¡vaya si lo hago! Y entonces, sí que me redondeo. Bueno; pero, por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren sale a las cinco.
Volvió los ojos hacia el despertador, que hacía su tictac encima del baúl.
—¡Santo Dios! –exclamó para sus adentros.
Eran las seis y media, y las manecillas seguían avanzando tranquilamente. Es decir, ya era más. Las manecillas estaban casi en menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador? Desde la cama podía verse que estaba puesto efectivamente en las cuatro; por tanto, tenía que haber sonado. Mas ¿era posible seguir durmiendo impertérrito, a pesar de aquel sonido que conmovía hasta a los mismos muebles? Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por lo mismo, probablemente tanto más profundo. Y ¿qué se hacía él ahora? El tren siguiente salía a las siete; para cogerlo era preciso darse una prisa loca. El muestrario no estaba aún empaquetado, y, por último, él mismo no se sentía nada dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren, no por ello evitaría la filípica del dueño, pues el mozo del almacén, que habría bajado al tren de las cinco, debía de haber dado ya cuenta de su falta. Era el tal mozo una hechura del amo, sin dignidad ni consideración. Y si dijese que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero esto, además de ser muy penoso, infundiría sospechas, pues Gregorio, en los cinco años que llevaba empleado, no había estado malo ni una sola vez. Vendría de seguro el encargado con el médico del Montepío. Se desataría en reproches, delante de los padres, respecto a la holgazanería del hijo, y cortaría todas las objeciones alegando el dictamen del galeno, para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en este caso, su opinión no habría carecido completamente de fundamento.
Salvo cierta somnolencia, desde luego superflua después de tan prolongado sueño, Gregorio se sentía admirablemente, con un hambre particularmente fuerte. Mientras pensaba y meditaba atropelladamente, sin poderse decidir a abandonar el lecho, y justo en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron quedo a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.

Franz Kafka, La metamorfosis.
Fotografía de Dámaso Aguilar

martes, 10 de abril de 2012

Cuestionario Proust


1)      ¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?
2)      ¿Cuál es su miedo más grande?
3)      ¿Cuál es el rasgo que más deplora de usted mismo?
4)      ¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?
5)      ¿Cuál considera que es actualmente la virtud más sobrevalorada?
6)      ¿Qué es lo que más le disgusta de su apariencia?
7)      ¿Cuáles son las palabras que más usa?
8)      ¿Qué es de lo que más se arrepiente?
9)      ¿Cuál considera que es su estado actual de ánimo?
10)   ¿Cuál es su posesión más preciada?
11)   ¿Cuál considera que es la peor miseria?
12)   ¿Con qué personaje histórico se identifica?
13)   ¿Cuál es la cualidad que más le gusta de una mujer?
14)   ¿Y en un hombre?
15)   ¿Quién es su héroe de ficción?
16)   ¿Cómo le gustaría morir?
17)   ¿Qué apodos tiene?
18)   ¿Dónde y cuándo es feliz?
19)   ¿Cuál es el rasgo de personalidad que menos le gusta de un hombre?
20)   ¿Qué o quién es el más grande amor de su vida?
21)   ¿Cuándo miente?
22)   ¿Cuál es su idea de la muerte?
23)   ¿Qué no perdonaría?
24)   ¿Qué le hace reír?
25)   ¿Qué te hace llorar?
26)   ¿Cuál considera que ha sido su mayor logro?
27)   ¿Para usted qué es un buen insulto?
28)   ¿Cuál es su idea de la fidelidad?

La magdalena



Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije que no; pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo. Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en, mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí. El brebaje la despertó, pero no sabe cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese testimonio que no sé interpretar y que quiero volver a pedirle dentro de un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a una aclaración decisiva. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre ésta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que busca, es juntamente el país oscuro por donde ha de buscar, sin que le sirva para nada su bagaje. ¿Buscar? No sólo buscar, crear. Se encuentra ante una cosa que todavía no existe y a la que ella sola puede dar realidad, y entrarla en el campo de su visión. Y otra vez me pregunto: ¿Cuál puede ser ese desconocido estado que no trae consigo ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su felicidad, y de su realidad junto a la que se desvanecen todas las restantes realidades? Intento hacerlo aparecer de nuevo. Vuelvo con el pensamiento al instante en que tome la primera cucharada de té. Y me encuentro con el mismo estado, sin ninguna claridad nueva. Pido a mi alma un esfuerzo más; que me traiga otra vez la sensación fugitiva. Y para que nada la estorbe en ese arranque con que va a probar captarla, aparta de mí todo obstáculo, toda idea extraña, y protejo mis oídos y mi atención contra los ruidos de la habitación vecina. Pero como siento que se me cansa el alma sin lograr nada, ahora la fuerzo, por el contrario, a esa distracción que antes le negaba, a pensar en otra cosa, a reponerse antes de la tentativa suprema. Y luego, por segunda vez, hago el vacío frente a ella, vuelvo a ponerla cara a cara con el sabor reciente del primer trago de té, y siento estremecerse en mí algo que se agita, que quiere elevarse; algo que acaba de perder ancla a una gran profundidad, no sé qué, pero que va ascendiendo lentamente; percibo la resistencia y oigo el rumor de las distancias que va atravesando. Indudablemente, lo que así palpita dentro de mi ser será la imagen y el recuerdo visual que, enlazado al sabor aquel, intenta seguirlo hasta llegar a mí. Pero lucha muy lejos, y muy confusamente; apenas si distingo el reflejo neutro en que se confunde el inaprensible torbellino de los colores que se agitan; pero no puedo discernir la forma, y pedirle, como a único intérprete posible, que me traduzca el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero el sabor, y que me enseñe de qué circunstancia particular y de qué época del pasado se trata. ¿Llegará hasta la superficie de mi conciencia clara ese recuerdo, ese instante antiguo que la atracción de un instante idéntico ha ido a solicitar tan lejos, a conmover y alzar en el fondo de mi ser? No sé. Ya no siento nada, se ha parado, quizá desciende otra vez, quién sabe si tornará a subir desde lo hondo de su noche. Hay que volver a empezar una y diez veces, hay que inclinarse en su busca. Y a cada vez esa cobardía que nos aparta de todo trabajo dificultoso y de toda obra importante, me aconseja que deje eso y que me beba el té pensando sencillamente en mis preocupaciones de hoy y en mis deseos de mañana, que se dejan rumiar sin esfuerzo. Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tilo, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria no sobrevive nada y todo se va desagregando!; las formas externas también aquella tan grasamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos., adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que las empujaba hasta la conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más, persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo. En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tilo que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar porqué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina, y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando había buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.