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miércoles, 2 de noviembre de 2011

50. Oh labradores


Geórgicas, II, 458-474
Dichosos los labriegos que saben lo que tienen,
sobre quienes la tierra justísima derrama
del propio suelo fácil alimento, muy lejos
de discordias armadas. Si un alto palacio
de soberbia fachada no arroja una ola
por todas las entradas de clientes que saludan
desde por la mañana y contemplan pasmados
las jambas incrustadas de conchas suntuosas,
las telas con brocados, los bronces efireos,
y no tiñe veneno asirio blanca lana
ni al aceite de oliva corrompe la canela;
sí hay, en cambio, paz segura y una vida
sobrada de recursos y libre de mentiras,
y ratos de descanso en fincas anchurosas,
lagos de agua viva y espeluncas, mugidos
de los bueyes y frescos valles y dulces sueños
debajo de los árboles; allí están las selvas
los nidos de las fieras, la juventud sufrida,
de costumbres austeras, los misterios divinos
y los padres virtuosos; en ellos la Justicia
grabó al dejar la tierra sus últimas pisadas. 

martes, 1 de noviembre de 2011

49. La Eneida


Libro I: Eolo, instigado por la iracunda Juno, desencadena contra los troyanos, errantes durante siete años, una tempestad que los arroja a las costas libias, donde la reina Dido está levantando Cartago. La reina acoge benévolamente a los troyanos, y más aún a Eneas, al que su madre, Venus, ha hecho aparecer de improviso en la mansión real. Dido invita a Eneas y a los troyanos a un banquete.
Libro II: En el banquete Eneas relata la destrucción de Troya: el engaño del caballo de madere, la muerte de Laocoonte y de Príamo, su fuga con su hijo Julo (también llamado Ascanio) y su viejo padre Anquises y la muerte de su mujer Creúsa.
Libro III: Prosigue el relato de Eneas: habiéndose embarcado con los supervivientes, sobre quienes tomó el mando, llega a Delfos, donde el oráculo de Apolo le promete una nueva patria en la “antigua madre”; cree que se trata de Creta, pero un sueño le revela que la tierra buscada es Hesperia. Tras reemprender el viaje por mar, después de haberse encontrado en Epiro con Andrómaca y su nuevo esposo, el troyano Heleno, llega con los suyos a Trinacria (Sicilia): allí, en Drépano, muere Anquises. Eneas da por concluido aquí su relato.
Libro IV: Para entonces Dido ama ya a Eneas y lo confía a su hermana Ana. Venus y Juno conjuran juntas, por opuestos motivos, para favorecer su amor. Durante una sesión de caza, Eneas y Dido se ven obligados a refugiarse en una gruta por un temporal, y se hacen amantes. Mas Júpiter, conmovido por las súplicas de Yarbas, pretendiente de Dido, envía a Mercurio para recordarle a Eneas el destino que le fue vaticinado. Eneas abandona por este motivo a Dido: mientras las naves troyanas se alejan, la reina se suicida.
Libro V: En Érice, Sicilia, Eneas manda celebrar los juegos fúnebres en honor a Anquises. Durante las competiciones las mujeres troyanas, instigadas por Juno, intentan prender fuego a las naves. Anquises invita en un sueño a Eneas a descender al Averno, donde le será revelado el futuro. Durante la navegación hacia Cumas, próxima al Averno, muere el piloto Palinuro.
Libro VI: En Cumas Eneas consulta a la Sibila. Para conducirlo a los infiernos, esta le pide a Eneas tres cosas: coger para Proserpina un ramo de oro en el lugar por ella indicado, dar sepultura al troyano Miseno, que yace insepulto, sin que sus compañeros los sepan, sobre la playa, y ofrecer sacrificios a los dioses del infierno. Eneas se adentra con la Sibila en el Averno, cruzando los campos del llanto, donde encuentra, entre los muertos por amor, a la despechada Dido, para llegar a los campos Elíseos, donde la sombra de Anquises le hace una relación de las futuras grandezas de Roma.
Libro VII: Tras las exequias de la nodriza Cayeta, Eneas remonta la desembocadura del Tíber: habiendo desembarcado para un descanso, reconoce por las descripciones hechas en los vaticinios que aquella es la tierra que le fue destinada. Ilioneo es enviado como embajador al rey del lugar, latino, que lo recibe amistosamente gracias también a recientes presagios. Juno, encolerizada, manda a la furia Alecto a sembrar la ira en Amasta, mujer de latino, en el futuro yerno de ambos, Turno, rey de los rútulos, y en los latinos. Una cierva muerta por Ascanio es la causa del primer chispazo de guerra entre troyanos y latinos. Sigue una relación de los aliados de los latinos, entre los que figuran Turno y Camilo, caudillo de los volscos.
Libro VIII: Eneas, por consejo del dios del Tíber, remonta este río en busca de aliados. Encuentra a Palante, hijo del rey de los arcadios, Evandro; recibido en el palacio real, obtiene la ayuda de Evandro, quien le muestra los lugares notables de su reino, que será el corazón mismo de Roma (el Palatino, el Aventino, etc.). Venus hace forjar a Vulcano las armas para Eneas.
Libro IX: Turno intenta incendiar la flota troyana: las naves ese transforman en ninfas marinas. Se inicia el asedio de Turno al campamento troyano. Euríalo y Niso, dos jovencitos troyanos enviados a avisar a Eneas, se entretienen en causar estragos entre los enemigos dormidos, y son encontrados y asesinados. Se reanuda el asalto de Turno al campamento troyano.
Libro X: Los dioses discuten la suerte de los troyanos: Júpiter decide confiarse al Hado. Mientras tanto, Eneas ha alcanzado con los aliados arcados a los suyos: en el combate Turno da muerte a Palante y le arrebata las armas. Eneas persigue en vano al asesino de su amigo, pero da muerte al arrogante Mesencio y a su cólera no escapa siquiera el hijo de este, Lauso.
Libro XI: Celebradas las exequias de Palante, su cuerpo es llevado ante su padre. Latino trata de convencer a Turno para que establezca una tregua, pero también Eneas desea ahora la lucha. Turno se aposta en los montes con el propósito de tender una emboscada a Eneas, mientras Camila, que le hace frente con la caballería, cae muerta. Rútulos y volscos son puestos en fuga.
Libro XII: Turno desafía a Eneas, que acepta el duelo. Pero Juturna, hermana de Turno, teme que su hermano sea inferior al guerrero troyano y, por consejo de Juno, hace que la tregua anunciada para el duelo se rompa. Amata, la reina de los latinos, se quita la vida, mientras Eneas toma al asalto la ciudad. Turno decide encontrarse con Eneas, desafiando a una suerte que presiente contraria. En el duelo Eneas lleva la mejor suerte: con Turno en el suelo, suplicándole perdón, Eneas vacila. Pero al reconocer sobre él las armas de Palante, le da muerte.

jueves, 27 de octubre de 2011

47. Égloga I


MEL. Tú, Títiro, a la sombra descansando
desta tendida haya, con la avena
el verso pastoril vas acordando.

Nosotros, desterrados; tú, sin pena,
cantas de tu pastora, alegre, ocioso,
y tu pastora el valle y monte suena.

TÍT. Pastor, este descanso tan dichoso
dios me le concedió, que reputado
será de mí por dios aquel piadoso,

y bañará con sangre su sagrado
altar muy muchas veces el cordero
tierno, de mis ganados degollado.

Que por su beneficio soy vaquero,
y canto, como ves, pastorilmente
lo que me da contento y lo que quiero.

MEL. No te envidio tu bien; mas grandemente
me maravillo haberte sucedido
en tanta turbación tan felizmente.

Todos de nuestro patrio y dulce nido
andamos alanzados; vesme agora
aquí cuál voy enfermo y dolorido,

y guío mis cabrillas. Y esta que hora
en medio aquellos árboles parida,
¡ay!, con lo que el rebaño se mejora,

dejó dos cabritillos, dolorida,
encima de una losa, fatigado,
de mí sobre los hombros es traída.

¡Ay triste!, que este mal y crudo hado,
a nuestro entendimiento no estar ciego,
mil veces nos estaba denunciado.

Los robles lo decían ya con fuego
tocados celestial, y lo decía
la siniestra corneja desde luego.

Mas tú, si no te ofende mi porfía,
declárame, pastor, abiertamente
quién es aqueste dios de tu alegría.

TÍT. Pensaba, Melibeo, neciamente,
pensaba yo que aquella que es llamada
Roma no era en nada diferente

de aquesta villa nuestra acostumbrada,
adonde las más veces los pastores
llevamos ya la cría destetada.

Así con los perrillos los mayores,
así con las ovejas los corderos,
y con las cosas grandes las menores

solía comparar; mas los primeros
lugares, con aquella comparados,
son como dos extremos verdaderos,

Que son de Roma ansí sobrepujados,
cual suelen del ciprés, alto y subido,
los bajos romerales ser sobrados.

MEL. Pues di: ¿cuál fue la causa que, movido,
a Roma te llevó? TÍT. Fue libertarme;
lo cual, aunque algo tarde, he conseguido.

Que, al fin, la libertad quiso mirarme
después de luengo tiempo, y, ya sembrado
de canas la cabeza, pudo hallarme;

Después que Galatea me ha dejado,
y soy de la Amarilis prisionero,
y vivo a su querer todo entregado.

Que en cuanto duró aquel imperio fiero
en mí de Galatea, yo confieso
que ni curé de mí ni del dinero.

Llevaba yo a la villa mucho queso;
vendía al sacrificio algún cordero,
mas no volvía rico yo por eso.

MEL. Y esto fue aquel semblante lastimero
que tanto en Galatea me espantaba;
esto por qué llamaba al cielo fiero.

Esto por qué tristísima dejaba
la fruta sin coger en su cercado,
pues Títiro, su bien, ausente estaba.

Tú, Títiro, te habías ausentado,
los pinos y las fuentes te llamaban,
las yerbas y las flores de este prado.

TÍT. ¿Qué pude? Que mil males me cercaban,
y allí para salir de servidumbre
los cielos más dispuestos se mostraban.

Que allí vi, Melibeo, aquella cumbre,
aquel divino mozo por quien uno
mi altar en cada mes enciende lumbre.

Allí primero dél que de otro alguno
oí: «Paced, vaqueros, libremente,
paced como solía cada uno».

MEL. Por manera que a ti perpetuamente
te queda tu heredad, ¡oh bienhadado!,
aunque pequeña, pero suficiente.

Bastante para ti demasiado,
aunque de pedregal y de pantano
lo más de toda ella está ocupado.

No dañará el vecino grey mal sano
con males pegadizos tu rebaño,
dejando tu esperanza rica en vano.

No causará dolencia el pasto extraño
en lo preñado dél, ni en lo parido
las nunca usadas yerbas harán daño.

Dichoso poseedor, aquí tendido
del fresco gozarás, junto a la fuente
a la margen del río do has nacido.

Las abejas aquí continamente,
deste cercado hartas de mil flores,
te adormirán sonando blandamente.

Debajo la alta peña sus amores
el leñador aquí, cantando al viento,
esparcirá, y la tórtola dolores.

La tórtola en el olmo haciendo asiento
repetirá su queja, y tus queridas
palomas sonarán con ronco acento.

TÍT. Primero los venados las tendidas
lagunas pacerán, y el mar primero
denegará a los peces sus manidas,

Y beberá el Germano y Parto fiero,
troncando sus lugares naturales,
el Albi aquéste, el Tigri aquél, ligero;

Primero, pues, que aquellas celestiales
figuras de aquel mozo, de mi pecho
borradas, desparezcan las señales.

MEL. Nosotros pero iremos con despecho,
unos, a los sedientos Africanos,
otros, a los de Scitia, campo estrecho,

Y otros a los montes y a los llanos
de la Creta, y del todo divididos
de nuestra redondez a los Britanos.

Después de muchos días ya corridos,
¡ay!, si avendrá que viendo mis majadas,
las pobres chozas, los paternos nidos;

Después de muchas mieses ya pasadas,
si viéndolas diré maravillado:
¡Ay, tierras, ay, dolor, mal empleadas!

¿Tan buenas posesiones un soldado
maldito, y tales mieses tendrá un fiero?
¡Ved para quién hubimos trabajado!

Ved a qué miserable y lastimero
estado a los cuitados ciudadanos
condujo el obstinado pecho entero.

Ve, pues, ¡oh Melibeo!, y con tus manos
en orden pon las vides, y curioso
enjiere los perales y manzanos.

Andad, ganado mío, ya dichoso;
dichosas ya en un tiempo, id, cabras mías,
que ya no cual solía, alegre, ocioso,

No estando ya tendido en las sombrías
cuevas, os veré lejos ir paciendo,
colgadas por las peñas altas, frías.

No cantaré; ni yéndoos yo paciendo,
vosotras ni del cítiso florido,
ni del amargo sauce iréis cogiendo.

TÍT. Podrías esta noche aquí tendido
en blanda y verde hoja dar reposo
al cuerpo flaco, al ánimo afligido.

Y cenaremos bien, que estoy copioso
de maduras manzanas, de castañas
enjertas, y de queso muy sabroso.

Y ya las sombras caen de las montañas
más largas, y convidan al sosiego;
y ya de las aldeas y cabañas

despide por los techos humo el fuego.

Virgilio, Églogas. Traducción de fray Luis de León