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domingo, 18 de mayo de 2014

Samuel Beckett (1906-1989)

Samuel Beckett en 1920
La meta de Samuel Beckett en toda su carrera de escritor siempre fue la misma: nombrar lo innombrable, describir el caos con precisión, contar la oscuridad del mundo con sobria claridad. “Sí, no está mal, pero aún no es eso”, decía para referirse a su propia obra. Su lucha con el lenguaje para arrancar de él la más extrema nitidez era un esfuerzo inacabable para un irlandés que escribía en francés, lo que le exigía mayor disciplina y le brindaba menos posibilidades. Beckett fue de carácter huidizo, alérgico a hablar de su obra, parco en palabras, sobrio, ascético, solitario. Al mismo tiempo, entre sus muchos amigos siempre tuvo fama de hombre bueno y generoso. Cuando, en 1969, se le concedió el premio Nobel, no lo rechazó pero entregó el dinero a aquellos que lo necesitaban más que él.
            Su aspecto físico ha sido comparado con frecuencia al de un águila inclemente, que traspasa las cosas, las desnuda de engaños, las deja en su esencia ridícula. La leyenda le acompaña. Vivió en París entre 1928 y 1931, a pesar de lo cual Joyce siguió siendo su maestro y amigo. El gusto por la brillantez, por el juego de palabras y por la experimentación con el lenguaje que aún podemos ver en Esperando a Godot tienen esa misma procedencia. Pero, tras su regreso a Dublín en 1931, y hasta su regreso a París en 1937, la vida de Beckett fue la de un escritor errante, sobre todo en Londres, siempre por los círculos más alejados de la cultura oficial. Durante esos años Beckett ahondó en la búsqueda de un lenguaje más puro, más transparente y exacto, una ambición que en la literatura europea había ya cristalizado en el gran Kafka.
            Hacia 1946 Beckett, según contaron sus amigos, pasaba todo el tiempo como poseído por la inquietud y por la urgencia. Una noche de tormenta, mientras deambulaba junto al mar, Beckett experimenta la visión de lo que será su obra posterior: discurso desnudo, sin concesiones, sin nada que enmascare el tuétano descarnado de la realidad. Desde entonces se empeñará en un esfuerzo de precisión al servicio de la estética del fracaso. Entre 1951 y 1945, llevado por este ascetismo despiadado, escribe cuatro obras fundamentales en su carrera y en la literatura europea: Las novelas Molloy, Malone muere y El innombrable y la pieza teatral Esperando a Godot.
            Este triunfo deparó a Beckett el título de “padre del teatro del absurdo”, una distinción que al propio Beckett le parecía absurda. Beckett prefería calificarse como realista y vanguardista. Y es cierto que en su obra encontramos elementos expresionistas, surrealistas, dadaístas e incluso alguna sombra futurista, si bien tratada, como todo, con un sentido crítico, escéptico, crudo y desesperanzado. Pero por otra parte es evidente lo que Beckett constata. Vladimir y Estragon están mucho más cerca de nosotros de lo que parecen sugerir sus movimientos circenses. Se tomó por absurdo lo que era una exhibición de técnica teatral. Los montajes de Esperando a Godot que eligen esa estética circense, de payasos tristes, aciertan con la forma más realista de entender a sus personajes: amos y esclavos, optimistas y agoreros, sombreros y zapatos, cuerdas y huesos, el látigo y el árbol. La maquinaria dramática se sustenta sobre el atrezzo, que adquiere una carga simbólica muy cercana a la realidad de cualquier época, pero quizá todavía más tormentosa en la época que le tocó vivir, y que hace que su literatura, más que en el absurdo, valga la pena encuadrarla en el existencialismo.
            Entre teatro, novela, poesía, piezas para radio y cine, etc., Beckett escribió alrededor de cincuenta obras. Su obra se inclinó cada vez más por una acumulación de palabras sostenidas por sí mismas, por el espectáculo de su sobriedad. Reduce el lenguaje a su mínima (e inagotable) expresión, casi a la enumeración, a la letanía, una voz que habla porque no puede dejar de hablar “Para evitar la muerte hay que contar historias”, dice Malone.
            Beckett escribe sobre el fracaso, la desolación y la impotencia. Sus personajes son estrafalarios, mendigos, enfermos, despojos que van de un lado a otro sin nada que esperar, que viajan sin rumbo como en Molloy, y acaban matando a alguien sin que se sepa por qué o para qué, que se embarcan en monólogos desde la cama de un psiquiátrico y nos van describiendo personajes extraños que se comportan muchas veces con la lógica de las pesadillas. Su obra es una permanente paradoja entre la necesidad y la inutilidad. El final de Esperando a Godot es muy revelador.
A pesar de que esas cuatro obras fueron, según él, lo mejor de su carrera, el resto consistió en el desarrollo de un lenguaje literario para describir la nada, la miseria, el fracaso, la piedra de Sísifo que los personajes suben sin saber por qué y sin poder dejar de subirla. Como experimento extremo, Beckett es desde entonces un punto de referencia para cualquier estética de la crudeza y de la lucha con el lenguaje. Su estilo es la forma más coherente de representar el nihilismo, esa mirada fría sobre un mundo sin objeto.

jueves, 26 de abril de 2012

Caín y Abel



POZZO: ¡Piedad! ¡Piedad!
ESTRAGON (sobresaltado): ¿Qué? ¿Qué ocurre?
VLADIMIR: ¿Dormías?
ESTRAGON: Creo que sí.
VLADIMIR: ¡Otra vez ese cerdo de Pozzo!
ESTRAGON: ¡Dile que cierre el pico! ¡Pártele la boca!
VLADIMIR (Pega a Pozzo): ¿Has terminado? ¿Quieres callarte? ¡Gusano! (Pozzo se libera lanzando gritos de dolor y se aleja arrastrándose. De vez en cuando se detiene, tantea en el aire con gestos de ciego, llamando a Lucky. Vladimir, apoyado en un codo, le sigue con la mirada) ¡Se ha escapado! (Pozzo se desploma. Silencio) ¡Se ha caído!
ESTRAGON: ¿Se había levantado?
VLADIMIR: No.
ESTRAGON: Y, sin embargo, dices que se ha caído.
VLADIMIR: Andaba a gatas. (Silencio) Quizá nos hayamos excedido.
ESTRAGON: Situaciones como ésta no se nos presentan con frecuencia.
VLADIMIR: Ha pedido ayuda. Nos hemos hecho el sordo. Lo hemos maltratado.
ESTRAGON: Es cierto.
VLADIMIR: No se mueve. Quizá haya muerto.
ESTRAGON: Por haber querido ayudarle estamos ahora en este atolladero.
VLADIMIR: Es cierto.
ESTRAGON: ¿No le habrás dado demasiado fuerte?
VLADIMIR: Le he arreado unos cuantos golpes.
ESTRAGON: No debiste hacerlo.
VLADIMIR: Tú lo quisiste.
ESTRAGON: Es cierto. (Pausa) ¿Y ahora, qué hacemos?
VLADIMIR: Si pudiera arrastrarme hasta él.
ESTRAGON: ¡No me abandones!
VLADIMIR: ¿Y si le llamase?
ESTRAGON: Eso, llámale.
VLADIMIR: ¡Pozzo! (Pausa) ¡Pozzo! (Pausa) Ya no contesta.
ESTRAGON: Ahora, los dos a la vez.
VLADIMIR, ESTRAGON: ¡POZZO! ¡POZZO!
VLADIMIR: Se ha movido.
ESTRAGON: ¿Estás seguro de que se llama Pozzo?
VLADIMIR (angustiado): ¡Señor Pozzo! ¡Vuelva! ¡No le haremos daño!

(Silencio)

ESTRAGON: ¿Y si probásemos con otros nombres?
VLADIMIR: Temo haberle herido de verdad.
ESTRAGON: Sería divertido.
VLADIMIR: ¿Qué sería divertido?
ESTRAGON: Probar con otros nombres, uno tras otro. Así mataríamos el tiempo. Terminaríamos por acertar el auténtico.
VLADIMIR: Te digo que se llama Pozzo.
ESTRAGON: Vamos a verlo. Veamos. (Reflexiona) ¡Abel! ¡Abel!
POZZO: ¡A mí!
ESTRAGON: ¡Ya ves!
VLADIMIR: Este asunto ya me está hartando.
ESTRAGON: Tal vez el otro se llama Caín. (Llama) ¡Caín! ¡Caín!
POZZO: ¡A mí!
ESTRAGON: Es toda la humanidad. (Silencio) Mira esa nubecilla.
VLADIMIR (Levanta la mirada): ¿Dónde?
ESTRAGON: Allí, en el cenit.
VLADIMIR: ¿Y? (Pausa) ¿Qué tiene de extraordinario?

miércoles, 25 de abril de 2012

La cuerda, el árbol, el zapato



MUCHACHO: ¿Qué debo decirle al señor Godot, señor?
VLADIMIR: Dile... (Duda) Dile que nos has visto. (Pausa) Nos has visto bien, ¿verdad?
MUCHACHO: Sí señor. (Retrocede, vacila, se vuelve y sale corriendo)

(La luz se extingue bruscamente. La noche cae de pronto. Sale la luna, al fondo, aparece en el cielo, se inmoviliza, baña el escenario con luz plateada)

VLADIMIR: ¡Por fin! (Estragon se levanta y se dirige hacia Vladimir, con los zapatos en la mano. Los deja cerca de la rampa, se yergue y mira la luna) ¿Qué haces?
ESTRAGON: Contemplo la luna como tú.
VLADIMIR: Me refiero a tus zapatos.
ESTRAGON: Los he dejado allí. (Pausa) Otro vendrá, tal... tal... como yo, pero calzará un número menor, y harán su felicidad.
VLADIMIR: Pero no puedes ir descalzo.
ESTRAGON: Jesús lo hizo.
VLADIMIR: ¡Jesús! ¿A qué viene esto? No pretenderás compararte con Él.
ESTRAGON: Lo he hecho durante toda mi vida.
VLADIMIR: ¡Pero si allí hacía calor! ¡Hacía buen tiempo!
ESTRAGON: Sí. Pero te crucificaban enseguida.

(Silencio)

VLADIMIR: Aquí ya no tenemos nada que hacer.
ESTRAGON: Ni en ningún otro sitio.
VLADIMIR: Vamos, Gogo, no seas así. Mañana todo irá mejor.
ESTRAGON: ¿Por qué?
VLADIMIR: ¿No oíste lo que dijo el chaval?
ESTRAGON: No.
VLADIMIR: Dijo que seguramente Godot vendrá mañana. (Pausa) ¿No te dice nada eso?
ESTRAGON: Entonces, no hay más remedio que esperar aquí.
VLADIMIR: ¡Estás loco! ¡Hay que cobijarse! (Coge a Estragon por el brazo) Ven. (Tira de él. Estragon primero cede, luego se resiste. Se detienen)
ESTRAGON (Mira al árbol): Qué pena no tener un trozo de cuerda.
VLADIMIR: Ven. Empieza a hacer frío. (Tira de él. Repiten los mismos movimientos)
ESTRAGON: Recuerda que mañana traiga una cuerda.
VLADIMIR: Sí. Ven. (Tira de él. Repiten los mismos movimientos)
ESTRAGON: ¿Cuánto tiempo llevamos juntos?
VLADIMIR: No sé. Quizá cincuenta años.
ESTRAGON: ¿Recuerdas el día en que me arrojé al río Durance?
VLADIMIR: Trabajábamos en la vendimia.
ESTRAGON: Me rescataste.
VLADIMIR: Todo está muerto y enterrado.
ESTRAGON: Mis ropas se secaron al sol.
VLADIMIR: No pienses más, venga, vamos. (Repiten los mismos movimientos)
ESTRAGON: Espera.
VLADIMIR: Tengo frío.
ESTRAGON: Me pregunto si no hubiese sido mejor que cada cual hubiera emprendido, solo, su camino. (Pausa) No estábamos hechos para vivir juntos.
VLADIMIR (sin enfadarse): Vete a saber.
ESTRAGON: Nunca se sabe.
VLADIMIR: Todavía podemos separarnos, se crees que es lo mejor.
ESTRAGON: Ahora ya no vale la pena.

(Silencio)

VLADIMIR: Es cierto, ahora ya no vale la pena.

(Silencio)

ESTRAGON: ¿Vamos, pues?
VLADIMIR: Vayamos.

(No se mueven)