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domingo, 9 de octubre de 2011

37. Tragedias de Esquilo

Los Persas (472 a.C.). La escena tiene lugar en Susa, Persia, junto a la tumba de Darío. Ante los ancianos del consejo del Gran Rey, inquietos por la falta de noticias sobre la expedición de Jerjes contra la Hélade, se presenta la reina madre Atosa, viuda de Darío, para comunicarles dos funestos presagios. Llega, en esto, un mensajero para anunciar que el ejército persa ha sido aniquilado en Salamina, y que Jerjes se halla de camino de regreso. Atosa y los consejeros invocan a la sombra de Darío. Darío, después de aparecer explica que se han hecho oráculos que le son conocidos, y, lanzando una admonición contra las intenciones de conquistar Europa, vaticina la derrota de Platea. Su hijo ha presumido demasiado, deben exhortarlo a la cordura. Mientras el coro llora la gloria del imperio bajo el prudente Darío, llega Jerjes harapiento y sombrío.
Los siete contra Tebas (467 a.C.). Etéocles, hijo de Edipo, reina en Tebas, la de las siete puertas. anuncia a su pueblo que, de acuerdo con una profecía del adivino Tiresias, Tebas será asaltada esa misma noche. Entre tanto, un emisario que ha asistido en el campamento enemigo al juramento de los siete guerreros que encabezarán el asalto a las puertas de la ciudad, ha reconocido entre ellos a Polinices, el hermano del rey. Será el propio Etéocles quien defienda, durante la batalla, la séptima puerta contra Polinices: Tebas es salvada, pero los hermanos se han dado muerte recíprocamente. Los nuevos señores de Tebas prohíben que el traidor Polinices sea sepultado, pero Antígona, hermana de los muertos, convence con apasionadas palabras a su más débil hermana Ismene, y a una parte de los presentes, para que honren con ella el cadáver de Polinices.
Prometeo encadenado. En las montañas de Escitia, Hefesto, con la ayuda de Cratos y Bía, personificaciones del Poder y de la Fuerza, ha encadenado al titán Prometeo a una roca, siguiendo las órdenes de Zeus. Junto a Prometeo, que ha sido dejado solo, llegan divinidades amigas: en primer lugar, las Oceánidas, hijas de Océano y de Tetis, luego el propio Océano. También la mortal Ío, hija de Ínaco, detiene el eterno errar al que le sometió Hera para interrogar a Prometeo. Éste, negándose a dejar de maldecir contra Zeus, refiere el motivo de su rebelión: osó defender a los hombres del odio de Zeus, y les dio el fuego para que aliviaran con él su mísera vida. Cuando profetiza la futura caída de Zeus, acude Hermes, y en medio de un inmenso cataclismo Prometeo es precipitado en un barranco.
La Orestíada (458).
Agamenón. Troya ha caído y Agamenón regresa victorioso a su palacio de Argos. Sale a recibirlo su esposa Clitemnestra, que simula sentirse contenta con su llegada, pero que en realidad ha dispuesto desde antes vengar atrozmente la muerte de su hija Ifigenia, sacrificada por su esposo a los dioses la víspera de la expedición contra Troya. Entre los prisioneros se encuentra la profetisa Casandra, hija del rey Príamo: adivinando (sin ser creída por los presentes) las maquinaciones de Clitemnestra, entra reluctante en palacio. De allí a poco, en efecto, con la ayuda de su amante Egisto, la reina mata a Casandra y Agamenón. Pero el coro de ancianos, sobrecogido, anuncia a Clitemnestra la inminente venganza de su hijo, Orestes.
Las Coéforas. Orestes, hijo de Agamenón, ha llegado secretamente a Argos, junto con su amigo Pílades. Se da a conocer, junto a la tumba de su padre, a su hermana Electra, que ha ido hasta allí con sus esclavas las Coéforas, al objeto de celebrar los ritos funerarios para calmar la ira de la sombra de Agamenón. Conjuntamente traman venganza contra su madre. Con la complicidad de las Coéforas, Orestes se introduce en el palacio disfrazado y mata a Egisto: acto seguido, después de revelarle su verdadera identidad a Clitemnestra, ésta cae bajo sus golpes. Consumado el matricidio, Orestes es presa del horror y se siente perseguido por las erinias. Entonces decide acercarse al santuario de Apolo, en Delfos, para reclamar ayuda al dios.
Las Euménides. En Delfos, delante del templo, Orestes se ve rodeado por las doce implacables Erinias, pero a su lado tiene a Hermes y a Apolo. En un momento en que se han adormecido, Apolo aconseja a Orestes dirigirse a Atenas. Mas del Hades surge la sombra de Clitemnestra para despertar a las Furias, que persiguen a Orestes hasta la Acrópolis. Él suplica a Atenea, prometiéndole que Argos será aliada de atenas, y la diosa confía el juicio de la disputa entre Orestes y las Erinias a un consejo de sabios (Areópago). El número de votos obtenido por ambas partes es el mismo, pero Orestes es absuelto gracias al voto de Atenea, que viene a sumarse a los que son favorables. La diosa convence a las Erinias para que acepten el veredicto: una vez éstas se han convertido en seres benévolos (Euménides), son acompañadas en cortejo a una nueva mansión que el pueblo ateniense les ha destinado para que puedan ser veneradas en ella.

viernes, 30 de septiembre de 2011

28. Prometeo encadenado

EL PODER: Estamos ya en el último confín de la Tierra, en el camino del
país escita, en la soledad nunca hollada. Hefestos, ha llegado la
hora de que cumplas lo que el padre te ordenó y ates a ese forajido
con cadenas de hierro irrompible en la cima de estos abruptos
peñascos. Hurtó tu preciado don, el brillante fuego, padre de todas
las artes, y lo entregó a los mortales. Justo es, pues, que pague a
los dioses la pena merecida. Tal vez así aprenda a resignarse a la
dominación de Zeus y a cesar en su oficio de favorecedor de los
hombres
HEFESTOS: Poder y Fuerza, cumplida está por vuestra parte la misión que
Zeus os encomendó y nada os retiene ya aquí. En cuanto a mí,
siento que me falten las fuerzas para encadenar contra su voluntad
a un dios, y a un dios de mi propia sangre, en esta cima azotada
por las tempestades. No obstante, es preciso que encuentre el
valor para hacerlo, pues el desobedecer las órdenes del padre
acarrea siempre graves males.(A PROMETEO.)  Hijo de la
consejera Temis, que nutres siempre en tu alma tan osados
pensamientos, fuerza es que, a pesar mío y tuyo, te sujete a esta
roca desolada por medio de indisolubles lazos de hierro. No llegará
ya a ti ni voz ni rostro humanos, sino que, abrasado por los
ardientes rayos del Sol, verás destruirse tu piel y cambiar de color;
con alegría mirarás a la noche ocultar la luz, bajo su manto
estrellado, y con alegría también verás al Sol, a su vez, secar el
rocío de la Aurora; pero el dolor de tus desdichas no cesará de
atormentarte un momento, porque aquel que te ha de liberar no
ha venido todavía. ¡He aquí lo que has conseguido con tu afición
a favorecer a los hombres! Dios a quien no asusta la cólera divina,
librando a los mortales, lo que era un honor entre nosotros, has
pasado los límite de lo permitido. En castigo por ello permanecerás
desde ahora sobre esta roca, en guardia dolorosa, siempre de pie,
sin dormir ni doblar las rodillas. En vano lanzarás entonces
incesantemente tus gemidos, en vano clamarás: el corazón de Zeus
es inflexible, pues nunca señor nuevo se mostró inclinado a la
piedad.
EL PODER: ¡Vamos ya! ¿Por qué te detienes y te lamentas en vano? ¿No
abominas de un dios, maldito de los dioses, que ha osado entregar
a los hombres lo que constituía tu privilegio?
HEFESTOS: ¡Son tan fuertes los lazos de la sangre cuando se junta a ellos el
trato!
EL PODER: Bien. Pero ¿es posible desobedecer la orden del padre, y sería
ello menos terrible para ti?
HEFESTOS: En ti el cinismo corrió siempre a parejas con la crueldad.
EL PODER: Con lamentarte por su desgracia no has de mejorar su suerte;
mejor es, pues, que no te fatigues en balde.
HEFESTOS: ¡Oh, oficio mil veces maldito!
EL PODER: ¿Por qué maldecir de tu oficio? Nada tiene que ver él con su
desgracia.
HEFESTOS: Pluguiera al Cielo, a pesar de todo, que hubiese tocado a otro en
suerte.
EL PODER: Todas las atribuciones quedaron ya establecidas, excepto para el
rey de los dioses; sólo Zeus es libre.
HEFESTOS: Cierto que es así y nada puedo objetar a lo que dices.
EL PODER: Apresúrate, pues, a sujetarle con cadenas; que el padre no te vea
inactivo.
HEFESTOS: Tengo ya las esposas en mi mano.
EL PODER: Rodea, pues, con ellas sus brazos; golpea luego con el martillo
con toda tu fuerza y clávale en la roca.
HEFESTOS:
-La obra está terminada, y sin falla alguna.
EL PODER: Golpea más fuerte, aprieta, haz que no pueda moverse, pues es
tanta su destreza, que encuentra salida hasta en lo imposible.
HEFESTOS: Ya está; este brazo no lo desatará, por más que se esfuerce.
EL PODER: Ahora este otro; encadénale sólidamente. Que sepa que su malicia
no es nada comparada con la de Zeus.
HEFESTOS: Nadie, con razón, podría quejarse de mi obra sino él.
EL PODER: Y ahora no vaciles: húndele con fuerza en medio del pecho el
duro diente de esta cuña de hierro.
HEFESTOS: ¡Ah, Prometeo! ¡Cómo en mi alma gimo por tus males!
EL PODER: ¡Todavía vacilas y gimes ante el enemigo de Zeus! ¡Cuida de que
no te toque un día gemir por ti mismo!
HEFESTOS: Estoy viendo lo que ningún ojo debía haber visto jamás.
EL PODER: Estoy viendo a uno que paga la pena que merece. ¡Ea, pásale la
férrea cadena en torno de la cintura!
HEFESTOS: Fuerza es que lo haga; no me des más órdenes.
EL PODER: Quiero dártelas, quiero que te apresures. Desciende ahora y átale
los pies.
HEFESTOS: Hecho está, y con rapidez.
EL PODER: Ahora, golpea con todas tus fuerzas y que los grillos se hundan
en la carne. Duro es el que ha de vigilar esta tarea.
HEFESTOS: Como tu rostro, así son tus palabras.
EL PODER: Sé blando cuanto quieras, pero no me reproches que mi naturaleza
sea obstinada y dura.
HEFESTOS: Partamos ya; ha quedado sujeto por todos los miembros.
EL PODER: Ahora muestra aquí a tu gusto tu insolencia, y roba a los dioses
sus privilegios para librarlos a los efímeros. ¿Qué podrán los
mortales para aliviar tus penas? En verdad que yerran los dioses
en llamarte Prometeo; un Prometeo necesitarías tú para deshacerte
de estos hábiles nudos. (Salen los dos. Un largo silencio.)
PROMETEO: ¡Eter divino, vientos de rápidas alas, aguas de los ríos, sonrisa
innombrable de las olas marinas! Tierra, madre común, y tú, Sol,
ojo al que nada se oculta, yo os invoco en este lugar: ved lo que
un dios se ve obligado a sufrir por obra de los dioses.
«Contemplad el oprobio con que se me aflige y que habré de
padecer durante días incontables. ¡Estos son los lazos de infamia
que ha imaginado para mí el nuevo señor de los bienaventurados!
¡Ay de mí, ay!, que lloro por los males presentes y por los que me
esperan. ¿Después de qué pruebas brillará para mí el día de la
liberación?
«Mas ¿qué digo? ¿Acaso no sé ya de antemano todo lo que me
espera? Ningún infortunio me vendrá que no haya previsto. Es
preciso aceptar nuestra suerte con ánimo sereno y comprender
que no puede lucharse contra la fuerza del Destino. Y, no obstante,
ni puedo hablar de mis desdichas ni puedo callarlas. Grande es mi
desventura, pues por haber favorecido a los mortales gimo ahora
abrumado bajo este suplicio. Un día, en el hueco de una caña, me
llevé mi botín, la chispa madre del fuego, robada por mí, y que se
ha revelado entre los hombres como el maestro de todas las artes,
un tesoro de inestimable valor. Esta ha sido mi culpa y por esto
me veo castigado así, clavado en esta roca bajo la inclemencia del
Cielo.
«¡Ah! ¡Ah!, ¿qué rumor, qué aroma divino ha llegado hasta aquí?
¿Procede de un dios o de un hombre, o de uno que participa de
ambos? ¿Vendrá acaso hasta esta roca, límite del mundo, a
contemplar mis sufrimientos, o a qué vendrá? ¡Ah! Mirad a un
dios encadenado y sujeto a todas las miserias. Soy el enemigo de
Zeus, el que se ha atraído el odio de cuantos frecuentan su mansión,
por haber amado demasiado a los hombres.
«¡Ah! ¡Ah! ¿Qué rumor de aves oigo cerca de mí? Un suave batir
de alas hace vibrar la brisa. Todo lo que se acerca me produce
espanto.
(Un carro alado aparece en la cumbre más próxima a aquella en que está
sujeto Prometeo. En él vienen las OCEÁNIDAS.)
EL CORO: Nada temas: amiga es la bandada, cuyas alas en rápido batir han
traído a esta cumbre. Con gran trabajo lograron mis palabras
vencer la oposición del padre, y las auras veloces me han traído.
El recio y terrible resonar del hierro, penetrando hasta el fondo
de mi ser, desterró de mí la vergüenza de tímida mirada, y, descalza,
levanté el vuelo en este carro alado.

Esquilo, Prometeo encadenado