domingo, 8 de enero de 2023

Poemas petrarquistas castellanos



Garcilaso de la Vega (¿1501?-1536)

Cuando me paro a contemplar mi ’stado

y a ver los pasos por do m’han traído,

hallo, según por do anduve perdido,

que a mayor mal pudiera haber llegado;

mas cuando del camino ’stó olvidado,

a tanto mal no sé por do he venido;

sé que me acabo, y más he yo sentido

ver acabar comigo mi cuidado.

Yo acabaré, que me entregué sin arte

a quien sabrá perderme y acabarme

si quisiere, y aún sabrá querello;

que pues mi voluntad puede matarme,

la suya, que no es tanto de mi parte,

pudiendo, ¿qué hará sino hacello?


Gutierre de Cetina (1510-1554)

Por vos ardí, señora, y por vos ardo,

y arder por vos mientras viviere espero,

o contraste el deseo el hado fiero,

o sea favorable al bien que aguardo.

Tan a lo vivo a penetrado el dardo

de Amor, que cuando menos bien os quiero,

por vos deseo morir, y por vos muero,

y por vos sola de morir me guardo.

Vos el primer ardor fuisteis al alma,

vos último seréis en la última hora;

y creed a mi fe lo que os promete.

Bien podrá de mi muerte haber la palma,

más después se verá, cual es ahora,

pasar el fuego mío de allá de Lete.


Garcilaso de la Vega

En tanto que de rosa y azucena

se muestra la color en vuestro gesto,

y que vuestro mirar ardiente, honesto,

enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena

del oro se escogió, con vuelo presto,

por el hermoso cuello blanco, enhiesto,

el viento mueve, esparce y desordena;

coged de vuestra alegre primavera

el dulce fruto, antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,

todo lo mudará la edad ligera,

por no hacer mudanza en su costumbre.


Luis de Góngora (1561-1627)

De pura honestidad templo sagrado,

cuyo bello cimiento y gentil muro,

de blanco nácar y alabastro duro

fue por divina mano fabricado;

pequeña puerta de coral preciado,

claras lumbreras de mirar seguro,

que a la esmeralda fina el verde puro

habéis para viriles usurpado;

soberbio techo, cuyas cimbrias de oro

al claro Sol, en cuanto en torno gira,

ornan de luz, coronan de belleza;

ídolo bello, a quien humilde adoro,

oye piadoso al que por ti suspira,

tus himnos canta, y tus virtudes reza.



Francisco de Aldana (1537-1578)

De sus hermosos ojos dulcemente
un tierno llanto Filis despedía,
que por el rostro amado parecía
claro y precioso aljófar transparente.
 
En brazos de Damón, con baja frente,
triste, rendida, muerta, helada y fría,
estas palabras breves le decía,
creciendo a su llorar nueva corriente:
 
«¡Oh, pecho duro!, ¡oh, alma dura y llena
de mil durezas!, ¿dónde vas huyendo?,
¿do vas con ala tan ligera y presta?».
 
Y él, soltando de llanto amarga vena,
de ella las dulces lágrimas bebiendo,
la besó… y sólo un ay fue su respuesta.


Garcilaso de la Vega

A Dafne ya los brazos le crecían,
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que al oro oscurecían.
De áspera corteza se cubría
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
el árbol que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado, oh mal tamaño!
Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!


Garcilaso de la Vega

Hermosas ninfas, que en el río metidas,

contentas habitáis en las moradas

de relucientes piedras fabricadas

y en columnas de vidrio sostenidas,

agora estéis labrando embebecidas

o tejiendo las telas delicadas,

agora unas con otras apartadas

contándoos los amores y las vidas:

dejad un rato la labor, alzando

vuestras rubias cabezas a mirarme,

y no os detendréis mucho según ando,

que o no podréis de lástima escucharme,

o convertido en agua aquí llorando,

podréis allá despacio consolarme.


Francisco de la Torre (siglo XVI)

¡Cuántas veces te me has engalanado,

clara y amiga Noche! ¡Cuántas llena

de oscuridad y espanto la serena

mansedumbre del cielo me has turbado!

Estrellas hay que saben mi cuidado,

y que se han regalado con mi pena;

que entre tanta beldad, la más ajena

de amor, tiene su pecho enamorado.

Ellas saben amar, y saben ellas

que he contado su mal llorando el mío,

envuelto en los dobleces de tu manto.

Tú, con mil ojos, Noche, mis querellas

oye, y esconde; pues mi amargo llanto

es fruto inútil que al amor envío.

Cuatro sonetos de Petrarca


Bendito sea el día, el mes y el año,
y la estación, la hora y el instante,
y el país, y el lugar donde fui preso
de los dos bellos ojos que me ataron;
y bendito el afán dulce primero
que al ser unido con Amor obtuve,
y el arco y las saetas que me hirieron,
y las llagas que van hasta mi pecho.
Benditas cuantas voces esparciera
al pronunciar el nombre de mi dueño,
y el llanto, y los suspiros, y el deseo;
y sean benditos los escritos todos
con que fama le doy, y el pesar mío,
que pertenece a ella, y no a otra alguna.

2. En la muerte de Laura

Sus ojos que canté amorosamente,
su cuerpo hermoso que adoré constante,
y que vivir me hiciera tan distante
de mí mismo, y huyendo de la gente.

Su cabellera de oro reluciente,
la risa de su angélico semblante
que hizo la tierra al cielo semejante,
¡poco polvo son ya que nada siente!

¡Y sin embargo vivo todavía!
A ciegas, sin la lumbre que amé tanto,
surca mi nave la extensión vacía…

Aquí termine mi amoroso canto:
seca la fuente está de mi alegría,
mi lira yace convertida en llanto.



3.

Fue el día en que del sol palidecieron
los rayos, de su autor compadecido,
cuando, hallándome yo desprevenido,
vuestros ojos, señora, me prendieron.

En tal tiempo, los míos no entendieron
defenderse de Amor: que protegido
me juzgaba; y mi pena y mi gemido
principio en el común dolor tuvieron.

Amor me halló del todo desarmado
y abierto al corazón encontró el paso
de mis ojos, del llanto puerta y barco:

pero, a mi parecer, no quedó honrado
hiriéndome de flecha en aquel caso
y a vos, armada, no mostrando el arco.


4.


Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,

y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra,
ni me retiene ni me suelta el lazo;
y no me mata Amor ni me deshierra,
ni me quiere ni quita mi embarazo.

Veo sin ojos y sin lengua grito;
y pido ayuda y parecer anhelo;
a otros amo y por mí me siento odiado.

Llorando grito y el dolor transito;
muerte y vida me dan igual desvelo;
por vos estoy, Señora, en este estado.





domingo, 27 de noviembre de 2022

El caballero de la carreta

El caballero sin ningún respiro se va armado a través del bosque. Y mi señor Galván detrás lo sigue y le da caza con ahínco cuando ya había traspasado una colina. Después de avanzar gran trecho encontró muerto el corcel que había regalado al caballero, y vio muchos rastros de caballos y restos de escudos y de lanzas en torno. Se figuró que había habido gran pelea de varios caballeros, y mucho le apenó y disgustó no haber llegado a tiempo. No se paró allí largo rato, sino que avanza con raudo paso. Hasta que adivinó que volvía a ver al caballero: muy solo, a pie, con toda su armadura, el yelmo lazado, el escudo al cuello, ceñida la espada, había llegado junto a una carreta. Por aquel entonces las carretas servían como los cadalsos de ahora; y en cualquier buena villa, donde ahora se hallan más de tres mil no había más que una en aquel tiempo. Y aquélla era de común uso, como ahora el cadalso, para los asesinos y traidores, para los condenados en justicia, y para los ladrones que se apoderaron del haber ajeno con engaños o lo arrebataron por la fuerza en un camino. El que era cogido en delito era puesto sobre la carreta y llevado por todas las calles. De tal modo quedaba con el honor perdido, y ya no era más escuchado en cortes, ni honrado ni saludado. Por dicha razón, tales y tan crueles eran las carretas en aquel tiempo, que vino a decirse por vez primera lo de: «Cuando veas una carreta y te salga al paso, santíguate y acuérdate de Dios, para que no te ocurra un mal.»

El caballero a pie, sin lanza, avanza hacia la carreta, y ve a un enano sobre el pescante, que tenía, como carretero, una larga fusta en la mano; y dice el caballero al enano: «Enano, ¡por Dios!, dime si tú has visto por aquí pasar a mi señora la reina.» El enano, asqueroso engendro, no le quiso dar noticias, sino que le contesta: «Si quieres montar en la carreta que conduzco, mañana podrás saber lo que le ha pasado a la reina.» Mientras aquél reanuda su camino, el caballero se ha detenido por momentos, sin montar. ¡Por su desdicha lo hizo y por su desdicha le retuvo la vergüenza de saltar al instante a bordo! ¡Luego lo sentirá! Pero Razón, que de Amor disiente, le dice que se guarde de montar, le aconseja y advierte no hacer algo de lo que obtenga vergüenza o reproche. No habita el corazón, sino la boca, Razón, que tal decir arriesga. Pero Amor fija en su corazón y le amonesta y ordena subir en seguida a la carreta. Amor lo quiere, y él salta; sin cuidarse de la vergüenza, puesto que Amor lo manda y quiere. A su vez mi señor Galván acercábase hacia la carreta; y cuando encuentra sentado encima al caballero, se asombra y dice: «Enano, infórmame sobre la reina, si algo sabes.» Contesta el enano: «Si tanto te importa, como a este caballero que aquí se sienta, sube a su lado, si te parece bien y yo te llevaré junto con él.» Apenas le oyó mi señor Galván, lo consideró como una gran locura, y contestó que no subiría de ningún modo; pues haría desde luego un vil cambio si trocara su caballo por la carreta. «Pero ve adonde quieras, que por doquier vayas, allí iré yo.» Así se ponen en marcha; él cabalga, aquellos dos van en carreta, y juntos mantenían un mismo camino.

Al caer la tarde llegaron a un castillo. Sabed bien que el castillo era muy espléndido y de arrogante aspecto. Los tres entran por una puerta. Del caballero, traído en la carreta, se asombran las gentes. Pero no lo animan desde luego; sino que lo abuchean grandes y pequeños, viejos y niños, a través de las calles, con gran vocerío. El caballero oyó decir de él muchas vilezas y befas. Todos preguntan: «¿A qué suplicio destinarán al caballero? ¿Va a ser despellejado, ahorcado, ahogado, o quemado sobre una hoguera de espino? ¿Di, enano, di, tú que lo acarreas, en qué delito fue aprehendido? ¿Está convicto de robo? ¿Es un asesino, o condenado en pleito?» El enano mantiene obstinado silencio, y no responde ni esto ni aquello. Conduce al caballero a su albergue -y Galván sigue tenazmente al enano- hacia un torreón que se alzaba en un extremo de la villa sobre el mismo plano. Pero por el otro lado se extendían los prados y por allí la torre se alzaba sobre una roca escarpada, alta y cortada a pico. Tras la carreta, a caballo entra Galván en la torre. En la sala se han encontrado una doncella de seductora elegancia. No había otra tan hermosa en el país, y la ven acudir acompañada por dos doncellas, bellas y gentiles. Tan pronto como vieron a mi señor Galván, le demostraron gran alegría y le saludaron. También preguntaron por el caballero: «Enano, ¿qué delito cometió este caballero que llevas apresado?» Tampoco a ellas les quiso dar explicaciones el enano. Sino que hizo descender al caballero de la carreta, y se fue, sin que supieran adonde iba. Entonces descabalga mi señor Galván, y al momento se adelantan unos criados que los desvistieron a ambos de su armadura. La doncella del castillo hizo que les trajeran dos mantas forradas de piel para que se pusieran encima. Cuando fue la hora de cenar, estuvo bien dispuesto la cena. La doncella se sienta en la mesa al lado de mi señor Galván. Por nada hubieran querido cambiar su alojamiento, en busca de otro mejor; ¡a tal punto fue grande honor y compañía buena y hermosa la que les ofreció durante toda la noche la doncella! Cuando hubieron bien comido, encontraron preparados dos lechos, altos y largos, en una sala.

Allí había también otro, más bello y espléndido que los anteriores. Pues, según lo relata el cuento, aquél ofrecía todo el deleite que puede imaginarse en un lecho. En cuanto fue tiempo y lugar de acostarse la doncella acompaña a tal aposento a los dos huéspedes que albergaba, les muestra los dos lechos hermosos y amplios y les dice: «Para vosotros están dispuestos aquellas dos camas de allá. En cuanto a esta de aquí, en ella no puede echarse más que aquel que lo merezca. Ésta no está hecha para vosotros.» Entonces le responde el caballero, el que llegó sobre la carreta, que considera como desdén y baldón la prohibición de la doncella. «Decidme pues el motivo por el que nos está prohibido este lecho.» Respondió ella, sin pararse a pensar, pues la respuesta estaba ya meditada. «A vos no os toca en absoluto ni siquiera preguntar. Deshonrado está en la tierra un caballero después de haber montado en la carreta. No es razón que inquiera sobre ese don que me habéis preguntado, ni mucho menos que aquí se acueste. ¡En seguida podría tener que arrepentirse! Ni os lo he hecho preparar tan ricamente para que vos os acostéis en él. Lo pagaríais muy caro, si se os ocurriese tal pensamiento. -¿Lo veré? -¡En verdad! -¡Dejádmelo ver! No sé a quién le dolerá -dijo el caballero-, ¡por mi cabeza! Aunque se enoje o se apene quien sea, quiero acostarme en este lecho y reposar en él a placer.» Con que, tras haberse quitado las calzas, se echa en el lecho largo y elevado más de medio codo sobre los otros, con un cobertor de brocado amarillo, tachonado de estrellas de oro. No estaba forrado de piel vulgar, sino de marta cibelina. Por sí misma habría honrado a un rey el cobertor que sobre sí tenía. Desde luego que el lecho no era de paja ni hojas secas ni viejas esteras. A media noche del entablado del techo surgió una lanza, como un rayo, de punta de hierro y lanzóse a ensartar al caballero, a través de sus costados, al cobertor y las blancas sábanas, al lecho donde yacía.

La lanza llevaba un pendón que era una pura llama. En el cobertor prendió el fuego, y en las sábanas y en la cama de lleno. Y el hierro de la lanza pasa al lado del caballero, tan cerca que le ha rasgado un poco la piel, pero no le ha herido apenas. Entonces el caballero se ha levantado; apaga el fuego y empuña la lanza y la arroja en medio de la sala. No abandona por tal incidente su lecho, sino que se vuelve a acostar y a dormir con tanta seguridad como antes. Al día siguiente por la mañana, al salir el sol, la doncella del castillo encargó la celebración de una misa, y envió a despertar y levantar a sus huéspedes. Después de cantada la misa, el caballero que se había sentado en la carreta se acodó pensativo en la ventana ante la pradera y contempló a sus pies el valle herboso. En la otra ventana de al lado estaba la doncella; allí algo le murmuraba al oído mi señor Galván. No sé yo qué, ni siquiera el tema de su charla. Pero mientras estaban en la ventana, en la pradera del valle, cerca del río, vieron acarrear un ataúd. Dentro yacía un caballero y a sus costados un llanto grande y fiero hacían tres doncellas. Detrás del ataúd ven venir una escolta. Delante avanzaba un gran caballero que conducía a su izquierda a una hermosa dama. El caballero de la ventana reconoció que era la reina. Y no dejaba de contemplarla con plena atención, y se embelesaba en la larga contemplación. Cuando dejó de verla, estuvo a punto de dejarse caer por la ventana y despeñar su cuerpo por el valle. Ya estaba con medio cuerpo fuera, cuando mi señor Galván lo vio y la sujetó atrás, diciéndole: «Por favor, calmaos. ¡Por Dios, no pretendáis ya cometer tal desvarío! ¡Gran locura es que odiéis vuestra vida! -Con razón, sin embargo, lo hace -dijo la doncella-. ¿Adonde irá que no sepan la noticia de su deshonor, por haber estado en la carreta? Bien debe querer estar muerto, que más valdría muerto que vivo. La vida será desde ahora vergonzosa, triste y desdichada.»

miércoles, 16 de junio de 2021

Raymond Carver, 'Cuidado'

 


    Tras mucho discutir —lo que su mujer, Inez, llamaba considerar la situación—, Lloyd se marchó de casa y se fue a vivir solo. Tenía dos habitaciones con baño en el último piso de una casa de tres plantas. En las habitaciones los techos eran abuhardillados. Al andar, tenía que agachar la cabeza. Debía inclinarse para mirar por la ventana y tener cuidado al acostarse y levantarse de la cama. Había dos llaves. Con una entraba en la casa. Luego subía un tramo de escaleras hasta un rellano. Subía otro tramo hasta su habitación y abría la puerta con la otra llave.

       Una tarde que volvía a casa con una bolsa que contenía tres botellas de champán André y un poco de carne, se detuvo en el descansillo y miró al cuarto de estar de su patrona. Vio a la anciana tumbada de espaldas en la alfombra. Parecía dormida. Entonces se le ocurrió que podía estar muerta. Pero la televisión estaba puesta y prefirió pensar que estaba dormida. No sabía qué hacer. Se pasó la bolsa al otro brazo. Entonces fue cuando la mujer tosió débilmente, puso la mano junto a su costado, se calló y quedó inmóvil de nuevo. Lloyd siguió subiendo las escaleras y abrió su puerta. Más tarde, hacia el anochecer, miró por la ventana de la cocina y vio a la anciana en el jardín, con un sombrero de paja y el brazo pegado al costado. Regaba los pensamientos con una regadera pequeña.

       En la cocina, tenía un mueble con nevera y fogón. Era una cosa diminuta, empotrada en un hueco entre la pila y la pared. Para sacar algo del frigorífico tenía que agacharse, arrodillarse casi. Pero no importaba, porque de todos modos no guardaba muchas cosas en ella, salvo zumo de frutas, carne y champán. La cocina tenía dos fuegos. De cuando en cuando calentaba agua en un cazo y se hacía café instantáneo. Pero algunos días no tomaba café. Se olvidaba o, simplemente, no le apetecía. Una mañana se despertó y en seguida se puso a comer rosquillas desmigajadas y a beber champán. Había habido una época, años atrás, en que un desayuno así le habría hecho reír. Ahora no le parecía nada fuera de lo corriente. En realidad, no había reparado en ello hasta que se acostó y trató de recordar lo que había hecho durante el día, empezando por el momento en que se levantó por la mañana. Al principio no se acordaba de nada digno de atención. Luego recordó el desayuno de rosquillas y champán. En otro tiempo le habría parecido una insensatez, algo que contar a los amigos. Ahora, cuanto más pensaba en ello mejor comprendía que no tenía importancia, ni en un sentido ni en otro. Había desayunado rosquillas con champán. ¿Y qué?

       En su pisito amueblado, también tenía un comedor pequeño, sillas, un sofá, una butaca vieja y un aparato de televisión colocado sobre una mesita. No pagaba la luz y la televisión no era suya, de modo que a veces la dejaba funcionando día y noche. Pero quitaba el sonido a menos que hubiese algo que le interesara ver. No tenía teléfono, cosa que le convenía. No lo quería. Tenía una habitación con cama de matrimonio, mesilla de noche, cómoda y cuarto de baño.

       La única vez que Inez fue a visitarle, eran las once de la mañana. Hacía quince días que se había mudado, y se preguntaba si pasaría a verle. Pero intentaba remediar un poco su afición a la bebida, de manera que se alegraba de estar solo. Eso se lo había dejado claro: estar solo era lo que más necesitaba. El día en que apareció su mujer, él estaba en el sofá, en pijama, dándose puñetazos en el lado derecho de la cabeza. Justo antes de que pudiera golpearse otra vez, oyó voces abajo, en el rellano. Le pareció el murmullo de una multitud lejana, pero estaba seguro de que era Inez y de que se trataba de una visita importante. Se dio otro puñetazo en la cabeza y se levantó.

       Al despertarse por la mañana descubrió que tenía un tapón de cera en el oído. No oía nada con claridad, y le parecía haber perdido el sentido del equilibrio. Estaba en el sofá desde hacía una hora, tratando inútilmente de destaparse el oído, golpeándose la cabeza de cuando en cuando. A veces se daba masaje en la parte cartilaginosa de debajo de la oreja, o se tiraba del lóbulo. Luego se escarbaba furiosamente con el dedo meñique al tiempo que abría la boca, como si bostezara. Pero había intentado todo lo que se le había venido a la cabeza y ya no sabía qué hacer. Oyó que el murmullo de voces se interrumpía abajo. Se dio un buen puñetazo en la cabeza y apuró la copa de champán. Apagó la televisión y llevó la copa al fregadero. Cogió la botella de champán abierta del escurridero de los platos y se la llevó al cuarto de baño, colocándola detrás de la taza. Luego fue a abrir la puerta.

       —Hola, Lloyd —dijo Inez.

       No sonrió. Se quedó en la puerta con un vistoso vestido de entretiempo. El no le conocía aquella ropa. Llevaba un bolso de lona con girasoles cosidos a los lados. Tampoco lo había visto antes.

       —Me pareció que no me habías oído —le dijo—. Creí que habías salido o algo así. Pero la mujer de abajo, ¿cómo se llama?, la señora Matthews, pensaba que estabas en casa.

       —Te he oído. Pero por muy poco —contestó Lloyd, subiéndose el pijama y pasándose la mano por el pelo—. En realidad, me encuentro fatal. Pasa.

       —Son las once —dijo Inez.

       Entró y cerró la puerta al pasar. Se comportaba como si no le hubiera oído. Y quizá fuese así.

       —Sé qué hora es —dijo él—. Hace mucho que estoy levantado. Desde las ocho. He visto parte de la emisión de Today. Pero ahora mismo estoy a punto de volverme loco. Tengo taponado un oído. ¿Recuerdas la otra vez que me pasó? Vivíamos en aquel sitio cerca del restaurante chino. Donde los niños encontraron aquel bulldog arrastrando la cadena. Tuve que ir al médico a que me limpiara los oídos. Claro que te acuerdas. Me llevaste en coche y tuvimos que esperar mucho tiempo. Pues ahora es lo mismo. Quiero decir que estoy igual de mal. Sólo que esta mañana no puedo ir al médico. En primer lugar, no tengo médico. Estoy a punto de volverme majareta, Inez. Me dan ganas de cortarme la cabeza o algo así.

       El se sentó en un extremo del sofá y ella en el otro. Pero el sofá era pequeño, y a pesar de todo estaban cerca el uno del otro. Tanto, que con alargar la mano hubiera podido tocar la rodilla de Inez. Pero no lo hizo. Ella echó un vistazo a la habitación y luego volvió a mirarle con fijeza. El se dio cuenta de que no se había afeitado y tenía el pelo alborotado. Pero era su mujer, y sabía todo lo que había que saber acerca de él.

       —¿Qué has hecho? —le preguntó ella, buscando en el bolso y sacando un cigarrillo—. Me refiero a qué has intentado para quitártelo.

       Volvió hacia ella la cabeza por el lado izquierdo.

       —No exagero, Inez, te lo juro. Esto me está volviendo loco. Cuando digo algo, me da la impresión de hablar dentro de un tonel. Me retumba la cabeza. Y tampoco oigo bien. Tu voz parece salir de una tubería de plomo.

       —¿Tienes bastoncillos de algodón o aceite Wesson? —le preguntó Inez.

       —Esto es serio, cariño. No tengo bastoncillos de algodón ni aceite Wesson. ¿Estás de broma?

       —Si tuviéramos aceite Wesson, lo calentaría y te lo pondría en la oreja. Mi madre solía hacerlo. Eso reblandecería el tapón.

       El lo dudaba. Le parecía tener la cabeza hinchada, como llena de agua. Era como cuando buceaba por el fondo de la piscina municipal y salía a la superficie con las orejas llenas de agua. Pero entonces era fácil sacarla. Lo único que tenía que hacer era llenar de aire los pulmones, cerrar la boca y apretarse la nariz. Luego inflaba los carrillos y hacía que el aire le subiera a la cabeza. Se le desatascaban las orejas y por unos segundos tenía la agradable sensación de que le salía agua de la cabeza y le escurría por los hombros. Luego salía izándose por el borde de la piscina.

       Inez terminó el cigarrillo y lo apagó.

       —Lloyd, tenemos que hablar. Pero cada cosa a su tiempo. Siéntate en la silla. ¡En esa no, en la de la cocina! Para arrojar un poco de luz sobre la situación.

       Se golpeó la cabeza una vez más. Luego fue a sentarse en una silla de la cocina. Ella se acercó y se quedó detrás de él. Le tocó el pelo con los dedos. Le retiró unos mechones de las orejas. El quiso cogerle la mano, pero ella la retiró.

       —¿Qué oreja has dicho que era?

       —El oído derecho —contestó él—. El derecho.

       —Primero tienes que quedarte sentado sin moverte. Voy a buscar una horquilla y papel de seda. Intentaré deshacer el tapón con eso. A lo mejor da resultado.

       El se inquietó ante la idea de que le introdujera una horquilla en la oreja. Dijo algo en ese sentido.

       —¿Qué? —preguntó ella—. ¡Por Dios, yo tampoco te oigo! A lo mejor es contagioso.

       —De niño tenía una profesora de higiene en el colegio. Era como una enfermera. Decía que en la oreja nunca deberíamos meternos nada más pequeño que el codo.

       Recordó vagamente un mural con un enorme diagrama de la oreja que mostraba una compleja red de conductos, pasajes y tabiques.

       —Pues tu enfermera nunca se enfrentó con este problema concreto —dijo Inez—. De todos modos, necesitamos intentar algo. Primero probaremos con esto. Si no da resultado, haremos otra cosa. Es la vida, ¿no?

       —¿Va eso con segundas, o algo así? —inquirió Lloyd.

       —Es sólo lo que he dicho. Pero eres libre de pensar lo que quieras. Quiero decir que éste es un país libre. Y ahora, déjame buscar lo que necesito. Tú no te muevas.

       Buscó en el bolso, pero no encontró lo que le hacía falta. Finalmente, vació el bolso encima del sofá.

       —¡Vaya, no tengo horquillas!

       Pero era como si hablase desde la otra habitación. En cierto modo, sus palabras le parecían una ilusión. Hubo una época, muy lejana, en que creían tener percepción extrasensorial respecto a los pensamientos del otro. Solían acabar frases que el otro había empezado.

       Ella cogió unas tijeritas de las uñas, las manipuló durante un momento y él vio cómo dividía el objeto, y de una de una de las partes surgía una lima de uñas. Le pareció como si su mujer tuviera en las manos una pequeña daga.

       —¿Vas a meterme eso en la oreja? —preguntó.

       —Tal vez se te ocurra algo mejor. O esto, o nada. ¿Quizá con un lápiz? ¿Quieres que utilice un lapicero? ¿O tienes un destornillador por ahí? —dijo, riéndose—. No te apures. Escucha, Lloyd. No voy a hacerte daño. He dicho que tendré cuidado. Pondré papel en la punta. Saldrá bien. Te repito que tendré cuidado. Tú no te muevas, voy a buscar papel de seda. Haré una escobilla.

       Fue al baño. Tardó bastante. El se quedó donde estaba, en la silla de la cocina. Se puso a pensar en las cosas que tenía que decirle. Quería decirle que se limitaba al champán, a champán y nada más. Quería decirle que también disminuía el champán. Ahora sólo era cuestión de tiempo. Pero cuando volvió, no pudo decirle nada. No sabía por dónde empezar. En cualquier caso, ella no le miró. Inez cogió un cigarrillo de entre el montón de cosas que había volcado sobre el sofá. Lo encendió con el mechero y se acercó a la ventana que daba a la calle. Dijo algo, pero él no distinguió las palabras. Cuando dejó de hablar, no le preguntó qué había dicho. Fuera lo que fuese, no quería que lo repitiera. Ella apagó el cigarrillo. Pero siguió de pie junto a la ventana, agachada, con la inclinación del techo a unos centímetros de su cabeza.

       —Inez.

       Se volvió y se acercó a él. Lloyd vio papel de seda en la punta de la lima de uñas.

       —Inclina la cabeza hacia un lado y no te muevas —dijo ella—. Eso es. Quédate sentado, sin moverte.

       —Ten cuidado —dijo él—. Por amor de Dios.

       Ella no contestó.

       —Por favor, por favor —insistió él.

       Luego ya no dijo nada. Tenía miedo. Cerró los ojos y contuvo el aliento al sentir que la lima de uñas pasaba por la parte interior de la oreja y empezaba a sondear. Estaba convencido de que su corazón dejaría de latir. Luego ella empujó un poco más y empezó a mover la lima de atrás hacia adelante, hurgando en lo que tenía allá adentro. En el conducto auditivo oyó una especie de chirrido.

       —¡Ay!

       —¿Te he hecho daño?

       Le sacó la lima de la oreja y retrocedió un paso.

       —¿Sientes alguna mejora, Lloyd?

       El se llevó las manos a los oídos y bajó la cabeza.

       —Es lo mismo.

       Ella le miró y se mordió los labios.

       —Déjame ir al baño —dijo él—. Antes de seguir adelante, tengo que ir al baño.

       —Ve —contestó Inez—. Me parece que voy a bajar a ver si tu patrona tiene aceite Wesson o algo parecido. Quizá tenga incluso bastoncillos de algodón. No sé por qué no se lo he preguntado antes. No se me ha ocurrido.

       —Buena idea —dijo él—. Voy al baño.

       Ella se detuvo en la puerta, le miró, abrió y salió. El cruzó el cuarto de estar, entró en su habitación y abrió la puerta del cuarto de baño. Se agachó, metió la mano detrás de la taza y sacó la botella de champán. Bebió un trago largo. Estaba caliente, pero le entraba bien. Bebió más. Al principio, creyó verdaderamente que podría seguir bebiendo si se limitaba a champán. Pero en seguida descubrió que se bebía tres o cuatro botellas al día. Sabía que muy pronto tendría que enfrentarse con eso. Pero antes tenía que recobrar el oído. Cada cosa a su tiempo, como había dicho ella. Terminó el champán y dejó la botella vacía en el mismo sitio, detrás de la taza. Luego abrió el grifo y se lavó los dientes. Después de secarse volvió a la otra habitación.

       Inez había vuelto y estaba en el fogón, calentando algo en un cacillo. Echó una mirada en su dirección, pero al principio no dijo nada. El miró por encima del hombro de Inez, hacia la ventana. Un pájaro voló de un árbol a otro y se limpió las plumas. Pero si pió de algún modo, él no lo oyó.

       Ella dijo algo que él no captó.

       —Repítelo —dijo.

       Ella meneó la cabeza y se volvió hacia el fogón. Pero entonces se volvió de nuevo y, con voz lo suficientemente alta y lenta para que la pudiera oír, dijo: —He encontrado tu escondrijo en el cuarto de baño.

       —Estoy tratando de dejarlo.

       Inez dijo otra cosa.

       —¿Qué? —dijo él—. ¿Qué has dicho?

       Verdaderamente, no la había oído.

       —Hablaremos después —dijo ella—. Tenemos cosas que discutir, Lloyd. Dinero, ésa es una. Pero también hay otras. Primero tenemos que ver lo del oído.

       Metió el dedo en el cacillo, que retiró del fogón.

       —Lo dejaré enfriar un momento. Ahora está demasiado caliente. Siéntate. Ponte esta toalla por los hombros.

       Hizo lo que Inez le decía. Se sentó en una silla y se puso la toalla por el cuello y los hombros. Luego se dio un puñetazo en un lado de la cabeza.

       —¡Maldita sea! —exclamó.

       Ella no levantó la vista. Volvió a meter el dedo en el cazo, para probar. Luego vertió el líquido del cazo en un vaso de plástico. Lo cogió y se acercó a él.

       —No te asustes —dijo ella—. Sólo es aceite para niños que me ha dado tu patrona, nada más. Le he contado lo que pasaba, y piensa que esto te irá bien. No es seguro. Pero a lo mejor te reblandece el tapón. Me ha dicho que eso solía pasarle a su marido. Que un día vio caer un trozo de cera de la oreja de su marido, y que era como un enorme tapón de algo. Era cerumen, eso es lo que era. Me ha dicho que probara con esto. Y no tenía bastoncillos de algodón. Es algo que me sorprende mucho.

       —Muy bien —dijo él—. De acuerdo. Estoy dispuesto a probar lo que sea. Si tuviera que seguir así, Inez, creo que preferiría estar muerto. ¿Sabes? Y lo digo en serio.

       —Ahora tuerce la cabeza e inclínala hacia un lado —dijo ella—. No te muevas. Te verteré esto dentro hasta que se te llene la oreja, luego lo taponaré con este trapo de cocina. Y te quedarás quieto durante unos diez minutos. Luego veremos. Si esto no da resultado, pues no sé. No se me ocurre nada más que podamos hacer.

       —Dará resultado —afirmó él—. Si no, buscaré una pistola y me pegaré un tiro. Lo digo en serio. En todo caso, eso es lo que me dan ganas de hacer.

       Volvió la cabeza de lado y la inclinó. Desde esa perspectiva nueva miró las cosas de la habitación. Pero no era en absoluto diferente de la antigua, salvo que todo estaba de lado.

       —Más baja —dijo ella.

       El se sujetó a la silla para no perder el equilibrio e inclinó más la cabeza. Todos los objetos de su campo visual, todos los objetos de su vida, parecían estar al otro extremo de aquella habitación. Sintió cómo penetraba el líquido caliente por la oreja. Luego ella cogió el paño y se lo aplicó. Poco después empezó a darle masaje alrededor de la oreja. Le apretó en la parte blanda de la carne entre la mandíbula y el cráneo. Le puso los dedos por encima de la oreja y empezó a desplazarlos de atrás hacia adelante. Al cabo de poco, él ya no sabía cuánto tiempo llevaba allí sentado. Podrían ser diez minutos. O más. Seguía agarrado a la silla. De cuando en cuando, mientras los dedos de Inez le presionaban la cabeza, sentía que el aceite caliente se removía en los conductos interiores del oído. Cuando ella le apretaba de cierta manera, se figuraba oír, dentro de la cabeza, un ruido suave y silbante.

       —Ponte derecho —dijo Inez.

       Se incorporó en la silla y apretó la mano contra la cabeza mientras el líquido le salía del oído. Ella lo recogió en la toalla. Luego le limpió la oreja.

       Inez respiraba por la nariz. Lloyd la oía inspirar y expirar. Oyó pasar un coche por la calle delante de la casa y, por detrás, bajo la ventana de la cocina, el ruido metálico de una podadera.

       —¿Y bien? —inquirió Inez.

       Esperó con las manos en las caderas y el ceño fruncido.

       —Te oigo —dijo él—. ¡Estoy curado! Quiero decir que oigo. Ya no tengo la impresión de que hables debajo del agua. Ahora estoy bien. Estupendamente. ¡Dios mío, por un momento creí que iba a volverme loco! Pero ahora me encuentro perfectamente. Lo oigo todo. Oye, cariño, voy a hacer café. También hay algo de zumo.

       —Me tengo que ir —dijo ella—. Se me hace tarde. Pero volveré. Saldremos a comer algún día. Tenemos que hablar.

       —Sencillamente no puedo dormir sobre este lado, eso es todo —prosiguió él.

       La siguió al cuarto de estar. Ella encendió un cigarrillo.

       —Eso es lo que ha pasado. He dormido toda la noche sobre este lado y se me ha taponado el oído. Creo que todo irá bien si no lo olvido y duermo con la cabeza en la otra postura. Si tengo cuidado. ¿Sabes lo que quiero decir? Tengo que dormir de espaldas o sobre el lado izquierdo.

       Ella no le miró.

       —No para siempre, desde luego, ya lo sé. No podría. Sería imposible hacerlo durante toda la vida. Pero sí por una temporada, en todo caso. Sobre el lado izquierdo o, si no, de espaldas.

       Pero mientras hablaba, sintió miedo de la noche siguiente. Empezó a temer el momento en que se dispondría a acostarse y lo que podría pasar después. Aún quedaban horas para ello, pero ya lo temía. ¿Y si en plena noche se volvía accidentalmente del lado derecho y la presión de la cabeza sobre la almohada volvía a sellar la cera en los oscuros conductos de la oreja? ¿Y si se despertaba entonces, sin oír, con el techo a unos centímetros de la cabeza?

       —¡Santo Dios! —exclamó—. Esto es horrible, Inez, acabo de tener una especie de pesadilla horrorosa. ¿Adonde tienes que ir, Inez?

       —Te lo he dicho —contestó ella, volviendo a meterlo todo en el bolso y preparándose para marcharse. Miró el reloj—. Se me hace tarde.

       Fue a la puerta. Pero allí se volvió y le dijo algo. No la escuchó. No quería hacerlo. Se fijó en el movimiento de sus labios hasta que ella terminó lo que tenía que decir. Cuando acabó, dijo: —Adiós.

       Luego abrió la puerta y la cerró al salir.

       El fue a vestirse al cuarto de baño. Pero al cabo de un momento salió precipitadamente, sólo con el pantalón, y se dirigió a la puerta. La abrió y se quedó en el umbral, escuchando. En el descansillo de abajo, oyó a Inez dar las gracias a la señora Matthews por el aceite. Y a la anciana, que contestaba: —De nada.

       Luego la oyó hacer una comparación entre él y su difunto marido.

       —Déjeme su número. La llamaré si ocurre algo. Nunca se sabe.

       —Espero que no será necesario —repuso Inez—. Pero se lo daré de todos modos. ¿Tiene algo para escribirlo?

       Lloyd oyó a la señora Matthews abrir un cajón y hurgar en él. Luego, con su voz de anciana, dijo: —Ahí tiene.

       Inez le dio el número del teléfono de su domicilio.

       —Gracias —dijo.

       —Encantada de conocerla —repuso la señora Matthews.

       Escuchó cómo Inez bajaba las escaleras y abría el portal. Luego, lo cerró. Esperó hasta oír arrancar el coche y alejarse. Entonces cerró la puerta y volvió a la habitación para terminar de vestirse.

       Después de ponerse los zapatos y anudarlos, se tumbó en la cama y se tapó hasta la barbilla con las mantas. Puso los brazos junto a los costados, bajo las mantas. Cerró los ojos y, como si fuese de noche, simuló que iba a dormirse. Luego sacó los brazos y los cruzó sobre el pecho para ver si esa postura le iba bien. Mantuvo los ojos cerrados, para probar. Muy bien, pensó. De acuerdo. Si no quería que se le volviese a taponar el oído, tendría que dormir de espaldas, eso era todo. Sabía que lo lograría. Sencillamente no debía olvidarlo, ni siquiera dormido, y no volverse del lado malo. De todos modos, no necesitaba más de cuatro o cinco horas de sueño cada noche. Se las arreglaría. Podrían pasar cosas peores. En cierto modo, era un desafío. Pero él estaba a la altura de las circunstancias. Seguro. Al cabo de un momento, retiró las mantas y se levantó.

       Aún tenía por delante la mayor parte del día. Fue a la cocina, se agachó frente a la pequeña nevera y sacó otra botella de champán. Quitó el tapón de plástico con el mayor cuidado posible, pero de todos modos se oyó el festivo pop que siempre hace el champán al abrirse. Enjuagó el vaso para quitarle el aceite para niños y luego lo llenó de champán. Lo llevó al sofá y se sentó. Lo puso sobre la mesita. Alzó los pies y los colocó junto al vaso. Se recostó. Pero al cabo de un momento volvió a inquietarse por la noche que se acercaba. ¿Y si a pesar de todos sus esfuerzos la cera decidía taponarle el otro oído? Cerró los ojos y meneó la cabeza. Se levantó en seguida y fue al baño. Se desvistió y volvió a ponerse el pijama. Fue otra vez al cuarto de estar. Se sentó de nuevo en el sofá y puso los pies sobre la mesita. Alargó la mano y encendió el televisor. Reguló el sonido. Sabía que no podía dejar de preocuparse por lo que pudiera pasar cuando se acostase. Era algo a lo que tendría que acostumbrarse. En cierto modo, todo aquel asunto le recordaba lo de las rosquillas y el champán. No era nada tan extraordinario, pensándolo bien. Bebió un poco de champán. Pero no le supo bien. Se pasó la lengua por los labios y luego se limpió la boca con la manga. Miró el vaso y vio una película de aceite sobre el champán.

       Se levantó y llevó el vaso a la pila, donde lo vació. Volvió al cuarto de estar con la botella y se acomodó en el sofá. Bebió del gollete. No tenía costumbre de beber de la botella, pero no le pareció nada fuera de lo corriente. Decidió que, aunque se durmiera sentado en el sofá en plena tarde, no sería más raro que el tener que dormir de espaldas durante varias horas seguidas. Agachó la cabeza para mirar por la ventana. A juzgar por el ángulo de los rayos del sol y las sombras que entraban en el cuarto, calculó que serían alrededor de las tres de la tarde.