jueves, 7 de mayo de 2020

Dickens, y 4


Aparte de sus cuentos, el más famoso de los cuales es Canción de Navidad, las últimas cuatro novelas de Dickens fueron Historia de dos ciudades, Grandes esperanzas, Nuestro amigo común y El misterio de Edwin Drood, todas escritas entre 1859 y 1870, fecha de su muerte.
Historia de dos ciudades es su segunda novela histórica (la otra fue Barnaby Rudge) y desde luego una de las mejores novelas históricas que se hayan escrito jamás. Divertida, apasionante, bien documentada, pero que sobre todo consigue el primer objetivo de una novela histórica: recrear el ambiente, hacerte vivir en el mundo que describe.
Los acontecimientos suceden durante la Revolución Francesa, desde que los nobles llenaban La Bastilla de inocentes condenados a muerte, pasando por la toma de La Bastilla y el estallido de la Revolución Francesa, hasta la nueva época de terror y guillotina que siguió al triunfo de la Revolución. Es decir, Dickens urdió una trama gracias a la que se explica todo el proceso revolucionario, a partir del doctor Manett, preso en La Bastilla y condenado a muerte por la familia noble de los Saint Evremont, y su hija, Lucía, quien tuvo un antiguo pretendiente, el abogado Carlton, uno de los héroes más impresionantes que uno pueda imaginar. Este abogado ha caído en una vida crápula, de borracho y pendenciero, y por supuesto perdió el favor de Lucía, quien se casa con Charles Darnay, un noble francés acusado de espionaje.


Tras muchas idas y venidas, asaltos, espionajes, liberaciones y todo tipo de aventuras, el final, que no voy a desvelaros, es de una emoción y una belleza inigualables, y el verdadero protagonista, el abogado Carlton, uno de los grandes mitos de la literatura moderna, modelo de infinidad de relatos de aventuras y detectivescos del siglo XX, y sin el que toda la tradición del western y del llamado cine negro no sería como es.
Grandes esperanzas cuenta la historia de Pip, y vuelve al estilo de novela que inició Dickens con Oliver Twist y perfeccionó con David Copperfield, es decir, el muchacho que va pasando de casa en casa e intenta convertirse en caballero. Son célebres los personajes de la señorita Havisham, quien educa a Pip de un modo bastante peculiar, y Estella, su gran amor, a quien, como el las clásicas novelas griegas, pierde para reencontrarla en el final de la novela. La sombra del gran Carlton puede encontrarse en algunos personajes, pero esta novela está más centrada en la aventura, el peligro y la lucha del protagonista por progresar en la escala social, algo bastante común en las novelas europeas desde Stendhal.


Nuestro amigo común fue la última novela que Dickens pudo terminar. La novela parte de un episodio inicial en el que John Harmon heredará la fortuna de su familia si se casa con Bella Wilfer. Sin embargo, la policía saca un cadáver del Támesis y lo identifica como John Harmon, con lo que su herencia pasa a manos de Boffin, un tipo sin cultura que contrata a Silas Weg para que lo eduque. De manera que Harmon pasa casi toda la novela oficialmente muerto y viendo cómo los demás han reaccionado a su desaparición, y Bella Wilfer, que pierde su herencia al morir Harmon, tiene que emprender una nueva vida. Los tres personajes son quizá de los más complejos, cambiantes (y en el fondo pesimistas) de toda la obra de Dickens. La novela es panorámica en el sentido de que una anécdota inicial da para describir la sociedad londinense en sus distintas clases sociales, la hipocresía, la obsesión por el dinero, las traiciones a sí mismos de los personajes, y una visión bastante sombría del ser humano. A pesar de no ser una de las más populares, la crítica nunca dudó en considerarla una obra maestra absoluta.


Su última novela, inacabada, es El misterio de Edwin Drood. Dickens solo llegó a desarrollar el planteamiento inicial, la unión por testamento de Edwin y Rosa Bud. La trama va complicándose hasta que Edwin y Rosa deciden no casarse pero entonces Edwin desaparece… y Dickens murió. Como novela policiaca, ha generado una ingente cantidad de posibles soluciones sobre el paradero de Edwin. Casi se ha convertido en un género particular, el género de cómo continuar con la novela, que, como todas en Dickens, tenía suficientes elementos para crear toda la intriga posible.
Os dejo, en fin, con el principio de Historia de dos ciudades, una, insisto, verdadera obra maestra, cuyo texto íntegro tenéis en el siguiente enlace: 


Capítulo I La época
Charles Dickens
Historia de dos ciudades
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.
En el trono de Inglaterra había un rey de mandíbula muy desarrollada y una reina de cara corriente; en el trono de Francia había un rey también de gran quijada y una reina de hermoso rostro. En ambos países era más claro que el cristal para los señores del Estado, que las cosas, en general, estaban aseguradas para siempre. Era el año de Nuestro Señor, mil setecientos setenta y cinco. En período tan favorecido como aquél,
habían sido concedidas a Inglaterra las revelaciones espirituales. Recientemente la señora Southcott había cumplido el vigésimo quinto aniversario de su aparición sublime en el mundo, que fue anunciada con la antelación debida por un guardia de corps, pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a Westminster.
Incluso el fantasma de la Callejuela del Gallo había sido definitivamente desterrado, después de rondar por el mundo por espacio de doce años y de revelar sus mensajes a los mortales de la misma forma que los espíritus del año anterior, que acusaron una pobreza extraordinaria de originalidad al revelar los suyos. Los únicos mensajes de orden terrenal que recibieron la corona y el pueblo ingleses, procedían de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes que, por raro que parezca, han resultado de mayor importancia para la raza humana que cuantos se recibieran por la mediación de cualquiera de los duendes de la Callejuela del Gallo.
Francia, menos favorecida en asuntos de orden espiritual que su hermana, la del escudo y del tridente, rodaba con extraordinaria suavidad pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastándoselo. Bajo la dirección de sus pastores cristianos, se entretenía, además, con distracciones tan humanitarias como sentenciar a un joven a que se le cortaran las manos, se le arrancara la lengua con tenazas y lo quemaran vivo, por el horrendo delito de no haberse arrodillado en el fango un día lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesión de frailes que pasó ante su vista, aunque a la distancia de cincuenta o sesenta metros. Es muy probable que cuando aquel infeliz fue llevado al suplicio, el leñador Destino hubiera marcado ya, en los bosques de Francia y de Noruega, los añosos árboles que la sierra había de convertir en tablas para construir aquella plataforma movible, provista de su cesta y de su cuchilla, que tan terrible fama había de alcanzar en la Historia. Es también, muy posible que en los rústicos cobertizos de algunos labradores de las tierras inmediatas a París, estuvieran aquel día, resguardadas del mal tiempo, groseras carretas llenas de fango, husmeadas por los cerdos y sirviendo de percha a las aves de corral, que el labriego Muerte había elegido ya para que fueran las carretas de la Revolución. Bien es verdad que si el Leñador y el Labriego trabajaban incesantemente, su labor era silenciosa y ningún oído humano percibía sus quedos pasos, tanto más cuanto que abrigar el temor de que aquellos estuvieran despiertos, habría equivalido a confesarse ateo y traidor.
Apenas si había en Inglaterra un átomo de orden y de protección que justificara la jactancia nacional. La misma capital era, por las noches, teatro de robos a mano armada y de osados crímenes. Públicamente se avisaba a las familias que no salieran de la ciudad sin llevar antes sus mobiliarios a los guardamuebles, únicos sitios donde estaban seguros.
El que por la noche ejercía de bandolero, actuaba de día de honrado mercader en la City, y si alguna vez era reconocido por uno de los comerciantes a quienes asaltaba en su carácter de capitán, le disparaba atrevidamente un tiro en la cabeza para huir luego; la diligencia correo fue atacada por siete bandoleros, de los cuales mató tres el guarda, que luego, a su vez, murió a manos de los otros cuatro, a consecuencia de haber fallado sus municiones, y así la diligencia pudo ser robada tranquilamente; el magnífico alcalde mayor de Londres fue atracado en Turnham Green por un bandido que despojó al ilustre prócer a las barbas de su numerosa escolta. En las cárceles de Londres se libraban fieras batallas entre los presos y sus carceleros y la majestad de la Ley los arcabuceaba convenientemente. Los ladrones arrebataban las cruces de diamantes de los cuellos de los nobles señores en los mismos salones de la Corte; los mosqueteros penetraron en San Gil en busca de géneros de contrabando, pero la multitud hizo fuego contra los soldados, los cuales replicaron del mismo modo contra el populacho, sin que a nadie se le ocurriese pensar que semejante suceso no era uno de los más corrientes y triviales. A
todo esto el verdugo estaba siempre ocupadísimo, aunque sin ninguna utilidad. Tan pronto dejaba colgados grandes racimos de criminales, como ahorcaba el sábado a un ladrón que el jueves anterior fue sorprendido al entrar en casa de un vecino, o bien quemaba en Newgate docenas de personas o, a la mañana siguiente, centenares de folletos en la puerta de Westminter-Hall; y que mataba hoy a un asesino atroz y mañana a un desgraciado ratero que quitó seis peniques al hijo de un agricultor.
Todas estas cosas y otras mil por el estilo ocurrían en el bendito año de mil setecientos setenta y cinco. Rodeados por ellas, mientras el Leñador y el Labriego proseguían su lenta labor, los dos personajes de grandes quijadas y las dos mujeres, una hermosa y la otra insignificante, vivían complacidos y llevaban a punta de lanza sus divinos derechos. Así el año mil setecientos setenta y cinco conducía a sus grandezas y a las miríadas de insignificantes seres, entre los cuales se hallan los que han de figurar en esta crónica, a lo largo de los caminos que se abrían ante sus pasos.