jueves, 26 de abril de 2012

Caín y Abel



POZZO: ¡Piedad! ¡Piedad!
ESTRAGON (sobresaltado): ¿Qué? ¿Qué ocurre?
VLADIMIR: ¿Dormías?
ESTRAGON: Creo que sí.
VLADIMIR: ¡Otra vez ese cerdo de Pozzo!
ESTRAGON: ¡Dile que cierre el pico! ¡Pártele la boca!
VLADIMIR (Pega a Pozzo): ¿Has terminado? ¿Quieres callarte? ¡Gusano! (Pozzo se libera lanzando gritos de dolor y se aleja arrastrándose. De vez en cuando se detiene, tantea en el aire con gestos de ciego, llamando a Lucky. Vladimir, apoyado en un codo, le sigue con la mirada) ¡Se ha escapado! (Pozzo se desploma. Silencio) ¡Se ha caído!
ESTRAGON: ¿Se había levantado?
VLADIMIR: No.
ESTRAGON: Y, sin embargo, dices que se ha caído.
VLADIMIR: Andaba a gatas. (Silencio) Quizá nos hayamos excedido.
ESTRAGON: Situaciones como ésta no se nos presentan con frecuencia.
VLADIMIR: Ha pedido ayuda. Nos hemos hecho el sordo. Lo hemos maltratado.
ESTRAGON: Es cierto.
VLADIMIR: No se mueve. Quizá haya muerto.
ESTRAGON: Por haber querido ayudarle estamos ahora en este atolladero.
VLADIMIR: Es cierto.
ESTRAGON: ¿No le habrás dado demasiado fuerte?
VLADIMIR: Le he arreado unos cuantos golpes.
ESTRAGON: No debiste hacerlo.
VLADIMIR: Tú lo quisiste.
ESTRAGON: Es cierto. (Pausa) ¿Y ahora, qué hacemos?
VLADIMIR: Si pudiera arrastrarme hasta él.
ESTRAGON: ¡No me abandones!
VLADIMIR: ¿Y si le llamase?
ESTRAGON: Eso, llámale.
VLADIMIR: ¡Pozzo! (Pausa) ¡Pozzo! (Pausa) Ya no contesta.
ESTRAGON: Ahora, los dos a la vez.
VLADIMIR, ESTRAGON: ¡POZZO! ¡POZZO!
VLADIMIR: Se ha movido.
ESTRAGON: ¿Estás seguro de que se llama Pozzo?
VLADIMIR (angustiado): ¡Señor Pozzo! ¡Vuelva! ¡No le haremos daño!

(Silencio)

ESTRAGON: ¿Y si probásemos con otros nombres?
VLADIMIR: Temo haberle herido de verdad.
ESTRAGON: Sería divertido.
VLADIMIR: ¿Qué sería divertido?
ESTRAGON: Probar con otros nombres, uno tras otro. Así mataríamos el tiempo. Terminaríamos por acertar el auténtico.
VLADIMIR: Te digo que se llama Pozzo.
ESTRAGON: Vamos a verlo. Veamos. (Reflexiona) ¡Abel! ¡Abel!
POZZO: ¡A mí!
ESTRAGON: ¡Ya ves!
VLADIMIR: Este asunto ya me está hartando.
ESTRAGON: Tal vez el otro se llama Caín. (Llama) ¡Caín! ¡Caín!
POZZO: ¡A mí!
ESTRAGON: Es toda la humanidad. (Silencio) Mira esa nubecilla.
VLADIMIR (Levanta la mirada): ¿Dónde?
ESTRAGON: Allí, en el cenit.
VLADIMIR: ¿Y? (Pausa) ¿Qué tiene de extraordinario?

miércoles, 25 de abril de 2012

La cuerda, el árbol, el zapato



MUCHACHO: ¿Qué debo decirle al señor Godot, señor?
VLADIMIR: Dile... (Duda) Dile que nos has visto. (Pausa) Nos has visto bien, ¿verdad?
MUCHACHO: Sí señor. (Retrocede, vacila, se vuelve y sale corriendo)

(La luz se extingue bruscamente. La noche cae de pronto. Sale la luna, al fondo, aparece en el cielo, se inmoviliza, baña el escenario con luz plateada)

VLADIMIR: ¡Por fin! (Estragon se levanta y se dirige hacia Vladimir, con los zapatos en la mano. Los deja cerca de la rampa, se yergue y mira la luna) ¿Qué haces?
ESTRAGON: Contemplo la luna como tú.
VLADIMIR: Me refiero a tus zapatos.
ESTRAGON: Los he dejado allí. (Pausa) Otro vendrá, tal... tal... como yo, pero calzará un número menor, y harán su felicidad.
VLADIMIR: Pero no puedes ir descalzo.
ESTRAGON: Jesús lo hizo.
VLADIMIR: ¡Jesús! ¿A qué viene esto? No pretenderás compararte con Él.
ESTRAGON: Lo he hecho durante toda mi vida.
VLADIMIR: ¡Pero si allí hacía calor! ¡Hacía buen tiempo!
ESTRAGON: Sí. Pero te crucificaban enseguida.

(Silencio)

VLADIMIR: Aquí ya no tenemos nada que hacer.
ESTRAGON: Ni en ningún otro sitio.
VLADIMIR: Vamos, Gogo, no seas así. Mañana todo irá mejor.
ESTRAGON: ¿Por qué?
VLADIMIR: ¿No oíste lo que dijo el chaval?
ESTRAGON: No.
VLADIMIR: Dijo que seguramente Godot vendrá mañana. (Pausa) ¿No te dice nada eso?
ESTRAGON: Entonces, no hay más remedio que esperar aquí.
VLADIMIR: ¡Estás loco! ¡Hay que cobijarse! (Coge a Estragon por el brazo) Ven. (Tira de él. Estragon primero cede, luego se resiste. Se detienen)
ESTRAGON (Mira al árbol): Qué pena no tener un trozo de cuerda.
VLADIMIR: Ven. Empieza a hacer frío. (Tira de él. Repiten los mismos movimientos)
ESTRAGON: Recuerda que mañana traiga una cuerda.
VLADIMIR: Sí. Ven. (Tira de él. Repiten los mismos movimientos)
ESTRAGON: ¿Cuánto tiempo llevamos juntos?
VLADIMIR: No sé. Quizá cincuenta años.
ESTRAGON: ¿Recuerdas el día en que me arrojé al río Durance?
VLADIMIR: Trabajábamos en la vendimia.
ESTRAGON: Me rescataste.
VLADIMIR: Todo está muerto y enterrado.
ESTRAGON: Mis ropas se secaron al sol.
VLADIMIR: No pienses más, venga, vamos. (Repiten los mismos movimientos)
ESTRAGON: Espera.
VLADIMIR: Tengo frío.
ESTRAGON: Me pregunto si no hubiese sido mejor que cada cual hubiera emprendido, solo, su camino. (Pausa) No estábamos hechos para vivir juntos.
VLADIMIR (sin enfadarse): Vete a saber.
ESTRAGON: Nunca se sabe.
VLADIMIR: Todavía podemos separarnos, se crees que es lo mejor.
ESTRAGON: Ahora ya no vale la pena.

(Silencio)

VLADIMIR: Es cierto, ahora ya no vale la pena.

(Silencio)

ESTRAGON: ¿Vamos, pues?
VLADIMIR: Vayamos.

(No se mueven)

domingo, 15 de abril de 2012

El despertar



Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto. Se hallaba echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.
—¿Qué me ha sucedido?
No soñaba, no. Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente reducida, aparecía como de ordinario entre sus cuatro harto conocidas paredes. Presidiendo la mesa, sobre la cual estaba esparcido un muestrario de paños –Samsa era viajante de comercio–, colgaba una estampa ha poco recortada de una revista ilustrada y puesta en un lindo marco dorado. Representaba esta estampa una señora tocada con un gorro de pieles, envuelta en un boa también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía contra el espectador un amplio manguito, asimismo de piel, dentro del cual desaparecía todo su antebrazo.
Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana; el tiempo nublado (se sentía repiquetear en el cinc del alféizar las gotas de lluvia) le infundió una gran melancolía.
—Bueno –pensó–; ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías? Mas era esto algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esta postura. Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente volvía a caer de espaldas. Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta que un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta aquel momento, comenzó a aquejarle en el costado.
—¡Ay, Dios! –se dijo entonces–. ¡Qué cansada es la profesión que he elegido! Un día sí y otro también de viaje. La preocupación de los negocios es mucho mayor cuando se trabaja fuera que cuando se trabaja en el mismo almacén, y no hablemos de esta plaga de los viajes: cuidarse de los enlaces de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones que cambian de continuo, que no duran nunca, que no llegan nunca a ser verdaderamente cordiales, y en que el corazón nunca puede tener parte. ¡Al diablo con todo!
Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda, alargándose en dirección a la cabecera, a fin de poder alzar mejor la cabeza. Vio que el sitio que le escocía estaba cubierto de unos puntitos blancos, que no supo explicarse. Quiso
aliviarse tocando el lugar del escozor con una pierna; pero hubo de retirar esta inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.
—Estos madrugones –se dijo– le entontecen a uno por completo. El hombre necesita dormir lo justo. Hay viajantes que se dan una vida de odaliscas. Cuando a media mañana regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro muy sentados, tomándose el desayuno. Si yo, con el jefe que tengo, quisiese hacer lo mismo, me vería en el acto de patitas en la calle. Y ¿quién sabe si esto no sería para mí lo más conveniente? Si no fuese por mis
padres, ya hace tiempo que me hubiese despedido. Me hubiera presentado ante el jefe y, con toda mi alma, le habría manifestado mi modo de pensar. ¡Se cae del pupitre! Que también tiene lo suyo eso de sentarse encima del pupitre para, desde aquella altura, hablar a los empleados, que, como él es sordo, han de acercársele mucho. Pero, lo que es la esperanza, todavía no la he perdido del todo. En cuanto tenga reunida la cantidad necesaria para pagarle la deuda de mis padres –unos cinco o seis años todavía–, ¡vaya si lo hago! Y entonces, sí que me redondeo. Bueno; pero, por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren sale a las cinco.
Volvió los ojos hacia el despertador, que hacía su tictac encima del baúl.
—¡Santo Dios! –exclamó para sus adentros.
Eran las seis y media, y las manecillas seguían avanzando tranquilamente. Es decir, ya era más. Las manecillas estaban casi en menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador? Desde la cama podía verse que estaba puesto efectivamente en las cuatro; por tanto, tenía que haber sonado. Mas ¿era posible seguir durmiendo impertérrito, a pesar de aquel sonido que conmovía hasta a los mismos muebles? Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por lo mismo, probablemente tanto más profundo. Y ¿qué se hacía él ahora? El tren siguiente salía a las siete; para cogerlo era preciso darse una prisa loca. El muestrario no estaba aún empaquetado, y, por último, él mismo no se sentía nada dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren, no por ello evitaría la filípica del dueño, pues el mozo del almacén, que habría bajado al tren de las cinco, debía de haber dado ya cuenta de su falta. Era el tal mozo una hechura del amo, sin dignidad ni consideración. Y si dijese que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero esto, además de ser muy penoso, infundiría sospechas, pues Gregorio, en los cinco años que llevaba empleado, no había estado malo ni una sola vez. Vendría de seguro el encargado con el médico del Montepío. Se desataría en reproches, delante de los padres, respecto a la holgazanería del hijo, y cortaría todas las objeciones alegando el dictamen del galeno, para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en este caso, su opinión no habría carecido completamente de fundamento.
Salvo cierta somnolencia, desde luego superflua después de tan prolongado sueño, Gregorio se sentía admirablemente, con un hambre particularmente fuerte. Mientras pensaba y meditaba atropelladamente, sin poderse decidir a abandonar el lecho, y justo en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron quedo a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.

Franz Kafka, La metamorfosis.
Fotografía de Dámaso Aguilar

martes, 10 de abril de 2012

Cuestionario Proust


1)      ¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?
2)      ¿Cuál es su miedo más grande?
3)      ¿Cuál es el rasgo que más deplora de usted mismo?
4)      ¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?
5)      ¿Cuál considera que es actualmente la virtud más sobrevalorada?
6)      ¿Qué es lo que más le disgusta de su apariencia?
7)      ¿Cuáles son las palabras que más usa?
8)      ¿Qué es de lo que más se arrepiente?
9)      ¿Cuál considera que es su estado actual de ánimo?
10)   ¿Cuál es su posesión más preciada?
11)   ¿Cuál considera que es la peor miseria?
12)   ¿Con qué personaje histórico se identifica?
13)   ¿Cuál es la cualidad que más le gusta de una mujer?
14)   ¿Y en un hombre?
15)   ¿Quién es su héroe de ficción?
16)   ¿Cómo le gustaría morir?
17)   ¿Qué apodos tiene?
18)   ¿Dónde y cuándo es feliz?
19)   ¿Cuál es el rasgo de personalidad que menos le gusta de un hombre?
20)   ¿Qué o quién es el más grande amor de su vida?
21)   ¿Cuándo miente?
22)   ¿Cuál es su idea de la muerte?
23)   ¿Qué no perdonaría?
24)   ¿Qué le hace reír?
25)   ¿Qué te hace llorar?
26)   ¿Cuál considera que ha sido su mayor logro?
27)   ¿Para usted qué es un buen insulto?
28)   ¿Cuál es su idea de la fidelidad?

La magdalena



Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije que no; pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo. Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en, mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí. El brebaje la despertó, pero no sabe cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese testimonio que no sé interpretar y que quiero volver a pedirle dentro de un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a una aclaración decisiva. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre ésta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que busca, es juntamente el país oscuro por donde ha de buscar, sin que le sirva para nada su bagaje. ¿Buscar? No sólo buscar, crear. Se encuentra ante una cosa que todavía no existe y a la que ella sola puede dar realidad, y entrarla en el campo de su visión. Y otra vez me pregunto: ¿Cuál puede ser ese desconocido estado que no trae consigo ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su felicidad, y de su realidad junto a la que se desvanecen todas las restantes realidades? Intento hacerlo aparecer de nuevo. Vuelvo con el pensamiento al instante en que tome la primera cucharada de té. Y me encuentro con el mismo estado, sin ninguna claridad nueva. Pido a mi alma un esfuerzo más; que me traiga otra vez la sensación fugitiva. Y para que nada la estorbe en ese arranque con que va a probar captarla, aparta de mí todo obstáculo, toda idea extraña, y protejo mis oídos y mi atención contra los ruidos de la habitación vecina. Pero como siento que se me cansa el alma sin lograr nada, ahora la fuerzo, por el contrario, a esa distracción que antes le negaba, a pensar en otra cosa, a reponerse antes de la tentativa suprema. Y luego, por segunda vez, hago el vacío frente a ella, vuelvo a ponerla cara a cara con el sabor reciente del primer trago de té, y siento estremecerse en mí algo que se agita, que quiere elevarse; algo que acaba de perder ancla a una gran profundidad, no sé qué, pero que va ascendiendo lentamente; percibo la resistencia y oigo el rumor de las distancias que va atravesando. Indudablemente, lo que así palpita dentro de mi ser será la imagen y el recuerdo visual que, enlazado al sabor aquel, intenta seguirlo hasta llegar a mí. Pero lucha muy lejos, y muy confusamente; apenas si distingo el reflejo neutro en que se confunde el inaprensible torbellino de los colores que se agitan; pero no puedo discernir la forma, y pedirle, como a único intérprete posible, que me traduzca el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero el sabor, y que me enseñe de qué circunstancia particular y de qué época del pasado se trata. ¿Llegará hasta la superficie de mi conciencia clara ese recuerdo, ese instante antiguo que la atracción de un instante idéntico ha ido a solicitar tan lejos, a conmover y alzar en el fondo de mi ser? No sé. Ya no siento nada, se ha parado, quizá desciende otra vez, quién sabe si tornará a subir desde lo hondo de su noche. Hay que volver a empezar una y diez veces, hay que inclinarse en su busca. Y a cada vez esa cobardía que nos aparta de todo trabajo dificultoso y de toda obra importante, me aconseja que deje eso y que me beba el té pensando sencillamente en mis preocupaciones de hoy y en mis deseos de mañana, que se dejan rumiar sin esfuerzo. Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tilo, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria no sobrevive nada y todo se va desagregando!; las formas externas también aquella tan grasamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos., adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que las empujaba hasta la conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más, persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo. En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tilo que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar porqué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina, y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando había buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.

lunes, 9 de abril de 2012

Treatro de finales del siglo XIX y principios del XX

1.     LA RENOVACIÓN DEL TEATRO EUROPEO A FINES DEL SIGLO XIX
1.1.    La superación del drama romántico: Con Ibsen a la cabeza, el nuevo teatro es realista, de lenguaje natural y situaciones creíbles.
1.2.    Teatro de evasión frente a teatro de compromiso, dos tendencias que conviven.
1.2.1. Teatro de evasión, alta comedia. Entretenimiento para la burguesía, lejos de la denuncia social y de las cuestiones morales (en España, Benavente)
1.3.   Dramaturgos realistas renovadores
1.3.1. Henrik Ibsen: prototipo del nuevo drama realista, natural, cercano y creíble, con el tema, sobre todo, del individuo que se enfrenta a una sociedad que no lo comprende. Ibsen trató el drama histórico, pero es con Casa de muñecas (obra considerada pionera del feminismo) y Un enemigo del pueblo (1879–1882) cuando llega a la cima de su teatro.
1.3.1.1. Casa de muñecas: Para curar a su marido, el abogado Helmer, Nora contrajo en secreto un préstamo, y para ello falsificó la firma de su padre. Nora ha trabajado durante años para pagar la deuda, pero no pudo. Su marido accede a director de banco, pero en ese mismo banco trabaja el prestamista, que empieza a chantajear a Nora para obtener un ascenso. Cuando el marido se entera, teme por su buen nombre y carga contra su mujer. Esta lo abandona por ingratitud, a él y a sus hijos.
1.3.1.2. Un enemigo del pueblo: El Doctor Stockmann denuncia que las aguas del balneario, principal fuente de ingresos del pueblo, están contaminadas y son un peligro para la salud. El alcalde y demás fuerzas del pueblo tratan de acallarlo y divulgar la noticia de que los hallazgos de Stockmann son falsos. El doctor queda finalmente solo con su verdad, y debe marcharse del pueblo.
1.3.2. August Strindberg: del naturalismo al expresionismo: precursor del teatro de la crueldad y del absurdo. Sus temas principales son la crítica social, la crítica del matrimonio, las relaciones torturadoras, los personajes muy complejos. Sencillez escenográfica, a merced tan solo del diálogo, que ya no puede ser una sucesión de preguntas y respuestas sino algo vivo y tenso.
1.3.2.1. La señorita Julia: durante la noche de San Juan, Julia, en ausencia de su marido, se entrega a su criado Jean. Éste trata de aprovecharse de la situación, sugiriéndole que robe en la caja fuerte de su padre para luego huir juntos. Julia no sabe oponerse. Pero cuando Jean mata a un jilguero que ella quería llevarse consigo, reacciona duramente. Al regreso del marido el drama se consuma, y Julia se mata con una navaja que el propio Jean le ha proporcionado.
1.4.    Teatro de la Inglaterra posvictoriana.
1.4.1. Coincide con el llamado renacimiento irlandés.
1.4.2. Oscar Wilde: es el prototipo de dandy en el sentido de Baudelaire. Refinado, exquisito y cruel con las convenciones de la moral victoriana. Brillante dialoguista, fabricante de frases célebres, casi todas humorísticas contradicciones que revelan la verdad más despiadada. Escribió El retrato de Dorian Gray, joya del decadentismo. En teatro, practicó la comedia burguesa, sobre todo, más algún drama bíblico como Salomé.

2.     LA TRANSFORMACIÓN DEL TEATRO DURANTE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XX
2.1.    Innovaciones en los aspectos teóricos del teatro. El teatro pasa a ser un espectáculo distanciado, es decir, por una parte incorpora recursos escénicos que contribuyen a dotarlo de fuerte carga simbólica, y por otra parte rehuye la relajada charla cotidiana de la comedia burguesa.
2.1.1. El teatro libre de André Antoine: Destruir la cuarta pared.
2.1.2. El método Stanislavski: cada actor debe ser, no actuar.
2.1.3. Teatro simbolista, teatro desnudo: la fantasía poética, o bien la austeridad escénica total, como en el caso de Unamuno.
2.1.4. Las grandes innovaciones de la escenografía: a veces con recursos muy antiguos (el escenario giratorio) pero sobre todo aprovechando los efectos del sonido y de la luz y jugando con el doble propósito de crear cada vez más distanciamiento poético y al tiempo romper barreras con el espectador.
2.2.   Tendencias teatrales de la primera mitad del siglo XX
2.2.1. Teatro tradicional. Bernard Shaw, My fair lady
2.2.2. Teatro del absurdo. Alfred Jarry, Ubú rey: deformación abstracta, humor.
2.2.3. Teatro expresionista. Explora los aspectos más violentos y grotescos de la realidad. Distorsión de personajes y escenario. Feísmo tenebroso.
2.2.4. Teatro de la crueldad. Antonin Artaud. El teatro como espectáculo total de valor catártico, destructor.
2.2.5. Teatro épico. Bertold Brech. Madre coraje y sus hijos. Distanciamiento, alejado de las emociones del espectador. El tema del poder, la guerra y la justicia. Teatro didáctico.

3.     TENDENCIAS TEATRALES A PARTIR DE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX
3.1.    Teatro existencialista. Expresión de la angustia y la ausencia de sentido.
3.1.1. Sartre. Dramas filosóficos, repletos de símbolos: Las moscas.
3.1.2. Camus. Calígula. Sinsentido de la condición humana. Crítica del autoritarismo.
3.2.    Teatro del absurdo. Caricatura, ausencia de significado, desproporción argumental, humor.
3.2.1.  Un precursor había sido Luigi Pirandello. En Seis personajes en busca de autor (1921) plantea lo que ocho años antes ya había tratado Unamuno en Niebla: la eliminación de las barreras entre realidad y ficción.
3.2.2. Eugene Ionesco. La lección: un profesor y una alumna desquiciados, entregados a la literalidad de sus diálogos sin sentido.
3.2.3. Samuel Beckett. Esquematismo, simplicidad, humor corrosivo.
3.2.3.1. Esperando a Godot (1953): En un camino desierto, cerca de un árbol seco, dos vagabundos, Vladimir y Estragón, esperan a un misterioso personaje, Godot; pero no saben ni la hora ni el lugar de la cita y lo que sobre todo no saben es qué hacer durante la espera. Al rato se presenta un viejo, Lucky, sobrecargado de maletas y atado a una cuerda de la que tira Pozzo, su amo, que va a venderlo al mercado. Más tarde llega un muchacho para anunciar que el señor Godot no vendrá aquella tarde sino al día siguiente. En el segundo acto, un día después, reaparecen Vladimir y Estragón y, posteriormente, también Pozzo y Lucky: Pozzo se ha vuelto ciego, Lucky mudo. Pozzo quiere saber qué hora es y dónde está; pero no obtiene respuesta. Va oscureciendo. Reaparece el muchacho. Godot no vendrá tampoco esa noche, sino al día siguiente sin faltar. Cae el telón sobre Vladimir y Estragón, que, inmóviles, esperan aún. Pero se advierte que su espera será inútil al día siguiente y siempre.
3.3.    Realismo crítico de los jóvenes airados. Regreso, en la Inglaterra de los años 50, al teatro no como esparcimiento de clases acomodadas sino como arma intelectual. Vuelve sobre las clases desfavorecidas. En Italia coincide con el neorrealismo. John Osborne. Harold Pinter
3.4.    Teatro norteamericano. También trató cuestiones sociales del momento.
3.4.1. Tenessee Williams. Ambiente sureño, personajes fracasados, mujeres que luchan contra la locura. Un tranvía llamado deseo (1947).
3.4.2. Arthur Miller. Aborda la Norteamérica contemporánea. El fracaso del sueño americano (Muerte de un viajante), la inmigración (Panorama desde el puente), la intolerancia (Las brujas de Salem).  
3.5.    Teatro experimental. Años 60. La vuelta de Aristófanes, el happenning y el teatro sin texto, puro espectáculo. Living Theater, el teatro como modo de vida.

4.     TEATRO EN LOS ÚLTIMOS AÑOS: PANORAMA GENERAL Y PERSPECTIVAS
4.1.    Dario Fo. Heredero del teatro juglaresco, callejero, lleno de humor descabellado y escenas de mimo, siempre con un claro compromiso social. Muerte accidental de un anarquista (1970)
4.2.    David Mamet. Escritor de referencia en los 90. Glengarry Glenn Rose, sobre la vida de depredadores de unos agentes de ventas, hiperrealismo duro.
4.3.    Yasmina Reza. Muy exitosa. Arte era una comedia simpática, humor blanco.