miércoles, 21 de diciembre de 2011

Epidemia de amor

1595 es, según la cronología aproximada de sus obras, un gran año para William Shakespeare. De la misma fecha datan la comedia El sueño de una noche de verano, la obra histórica Ricardo II y la tragedia Romeo y Julieta. Las tres comparten, dentro de su divergencia, algunos rasgos comunes: la fábula de Píramo y Tisbe sirvió como punto de partida para la comedia y la tragedia (matizada por la tradición cortés del Tristán e incluso un poema de Arthur Brooke, de 1562, donde ya aparece el Ama); el mito del héroe trágico que se deja caer por los abismos de la desgracia, frecuente luego en tragedias como Antonio y Cleopatra, queda encarnado en Romeo y el rey Ricardo; y las tres abordan, de una u otra manera, el mundo de la fantasía: el de los cuentos de hadas, el de la poesía vibrante y colorida, el del lirismo creciente en mitad de la caída, el del veneno equivocado.
                Todavía falta tiempo para la impresionante serie de tragedias que encadenó entre 1601 y 1606, entre ellas Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth o Antonio y Cleopatra, la cima de su producción, y quizá por ello suela hablarse de Romeo y Julieta con la condescendencia y el prejuicio con se piensa en las obras primerizas. Es verdad que Romeo y Julieta no utiliza tramas secundarias y que su estructura dramática se apoya en giros argumentales de controvertida justificación. Romeo podía haber huido con Julieta sin atender a los consejos de fray Lorenzo, y no deja de ser una desgracia, más que una fatalidad, que no le llegue a Romeo una carta en el momento preciso. Se diría que estas soluciones dramáticas fuerzan la acción, pero también puede verse desde el lado contrario.
                Romeo y Julieta es la tragedia de la pasión irrefrenable. Excepto las escenas de amor, todo sucede tumultuosa, vertiginosamente. Es como si una epidemia de amor los atacase sin posibilidad de defenderse. Desde que Romeo, por bienintencionado consejo de su amigo Benvolio, se olvida de Rosalina y se precipita en el amor hacia Julieta, todo está envuelto en una urgencia de los sentimientos que tampoco puede llevarse muy bien con la paciencia o la premeditación. Dicho de otro modo, es lógico que el amor sea un desastre incontrolable desde todos los puntos de vista, y casi sería menos verosímil que Romeo hubiera sabido actuar o que la carta de fray Lorenzo le hubiese llegado a tiempo. La propia desmesura del amor justifica cualquier recurso argumental, como si el autor hubiera compuesto la obra con la misma intensidad, con la misma prisa que reclama la pasión.
                Pero esta desmesura tan solo da sensación de grandiosidad, de riqueza de matices y significados, de atmósfera poseída por el sentimiento. No hay enamoramiento en Romeo. Hay amor, pleno, profundo, irreversible desde el primer instante, desde que no solo los amantes saben que están enamorados sino que son, para siempre, el uno del otro: mi Romeo, mi Julieta, repiten los amantes, sin dar nunca sensación de propiedad sino de unión.
                La tragedia conserva intacta su frescura, y pese al mito en que se ha convertido, a su condición de antonomasia del amor, más de cuatro siglos de ininterrumpida representación no han conseguido petrificarla. Su capacidad emotiva se mantiene como el primer día, y eso ha dado lugar a toda clase de interpretaciones. Las más altisonantes quizá sean las que hablan del conflicto entre idealismo y realismo, y las todavía más solemnes que ven un sacrificio expiatorio en la inmolación de los amantes. Ambas tienen sus razones.
                Romeo y Julieta es, sorprendentemente, una de las obras más realistas de Shakespeare. En ninguna aparecen tantos personajes de las clases populares: Pedro, Sansón, Gregorio, Abrahán, Baltasar, el Ama, el Boticario, los músicos… En pocas son tan importantes los objetos, un frasco, un balcón, una tumba, una daga, unos huesos, unos pantalones, un botón incluso. El atrezzo normalmente es una apoyatura secundaria, pero aquí son realidades cercanas, resúmenes de sentimientos, escenarios perfectos. Más que servir para la acción, la condensan, la simbolizan. La historia está en esos objetos, de modo que el espacio de la palabra se amplía, y con él su extrema libertad. Y así vemos que personajes tan importantes y tan bien retratados como Mercuccio hacen arte de lo mismo que los va a matar. Su intervención más importante no es cuando muere a manos de Tebaldo: cualesquiera otros dos jóvenes igual de impulsivos o de cínicos habrían servido para la acción, pero ninguno habría recitado como Mercuccio el fabuloso poema de la reina Mab, una especie de pompa irisada de jabón, una belleza tan límpida y tan frágil como la propia vida de Mercuccio. Entendemos a Mercuccio gracias a su alarde verbal, no a la forma gratuita que tiene de ganarse la vida.
                O vemos cómo la cercanísima Ama es una mujer que habla con su presencia, y que con su divertida corriente de conciencia (no en vano el Ulises de Joyce termina igual que uno de los más celebrados monólogos del Ama) plasma la realidad de un tipo de mujer intemporal, la que se expresa con absoluta claridad en su incapacidad para hablar con coherencia. La simpatía que transmite se debe a que nos gusta lo que dice sin importarnos mucho; nos gusta, más que sus palabras, su presencia hablando, en un alarde lingüístico, por otra parte, que tampoco tiene mucho que envidiar al de Mercuccio.
                Incluso es real el fraile, tan fantasioso en el fondo, tan cobarde en los momentos importantes, tan honesto al final. Es débil y lucha sin fuerzas contra su propia bondad. Las mejores intenciones le llevan al desastre. Y lo mismo podríamos decir de los padres de Julieta: son débiles, incapaces. El padre tiene salidas de tono improcedentes, de una agresividad estúpida, o bien una voluntad pacificadora inoperante. La madre es mala madre, descuidada, antipática, lejana, a pesar de que en una ocasión hable frente a frente con Julieta. Ni la entiende ni saca provecho de no entenderla. Es una pobre mujer, y eso siempre resulta muy realista.
                Todos ellos componen una sociedad enferma, carcomida por el odio sin sentido de Montescos y Capuletos, por el delirio del honor y el desprecio de la vida. Romeo y Julieta son los únicos que, en la súbita maduración que les provoca el amor, son capaces, con su desgracia, con su sacrificio, de redimir la ciudad y sanarla de una morbosa ausencia de sentimientos verdaderos. Ellos serían el ideal del amor, y todos los desgraciados que los rodean la realidad de la vida. Amor omnia vincit, pero al precio de la muerte.
                Aunque tampoco habría que ir tan lejos para encontrar tanta riqueza. Julieta tiene catorce años. Romeo, pocos más. El amor los atrapa y les hace ser hombre y mujer, les abre una verdad a la que ni pueden ni quieren resistirse. No necesitan querer ni fingir. No necesitan buena voluntad para quererse. El amor en ellos es una necesidad trágica, un ciclón que se los lleva. Todo podía haber sido de otra manera y los amantes, con un poco más de temple, con algo de astucia, podrían, además de vencer, haber seguido vivos. Pero en Antonio y Cleopatra Shakespeare volvería a insistir en la fatalidad del verdadero amor, sobre todo con la muerte de Cleopatra, que surge, otro vínculo con la realidad, de una cesta de higos.
                Ni hay cálculo en sus sentimientos ni podía haberlo en la desatada poesía que brilla en cada página. Alguien ha contado 175 juegos de palabras con intención graciosa en medio de semejante drama. La incontinencia paronomásica de Shakespeare no se toma un respiro. Hasta en una intimidad tan poco dada a la filigrana especulativa de Romeo y Julieta se practica el nominalismo filosófico, como en el célebre episodio de la rosa. Mercuccio no solo hace brotar poemas de su boca sino que da lecciones de literatura, desde el pin of my heart de la mitología clásica al pink of courtesy de sus aficiones literarias. Fray Lorenzo es como un monje escolástico que se lía un poco al hablar y cree en los curanderos. Bajo sus alambicados parlamentos, salvo el último, no suele haber mucha sustancia, pero él, otra vez, es intensamente real.
                Pero esta afición de Shakespeare a jugar con las palabras por puro placer musical tiene otro efecto en la obra. Los poemas son tan cristalinos, puros e incontaminados como el amor de Romeo y Julieta. Son belleza no premeditada, libre de la carga de profundidad de su significado. Las mismas palabras sin sentido que sirven para condenarlos son las que llenan de color y de emoción todos sus pasos. Dicho sea con la licencia propia del caso, las palabras pintan de música las escenas. La misma obra, en su presunta imperfección, tiene la tersura, la pureza de los amantes atolondrados. Hablan en serio, aman en serio. Nadie alrededor es capaz de hacer lo mismo. Se los ha comido la incapacidad de entregarse a sus sentimientos, de tenerlos siquiera. Mercuccio es el esteta despegado, el Óscar Wilde irónico y distante. Los mejores personajes son prudentes o directamente cobardes. Los peores, individuos defectuosos, arruinados por las impurezas de su corazón. Romeo y Julieta no son compatibles con nada que limite su pasión, pero la vida está llena de limitaciones y la plenitud encaja mejor en el escenario de la muerte. La tragedia es que solo se conserva la pureza el tiempo que duran las flores, hasta que se acaba la canción de amor, y los músicos, pobres, se quedan sin cobrar.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Labios ardientes


Julieta. (Despertando). ¡Ah, padre, consuelo mío! ¿Dónde está mi señor? Recuerdo muy bien dónde debía estar yo, y aquí estoy: ¿dónde está mi Romeo?
Ruido dentro.
Fray Lorenzo. Oigo ruido. Señora, salid de ese nido de muerte, peste y sueño antinatural: un poder más grande de lo que podemos resistir ha malogrado nuestros intentos: venid, vámonos: tu esposo yace muerto en tu regazo, y también París: ven, te pondré en un convento de santas monjas. No te pares a preguntar, porque viene la guardia: vamos, ven, buena Julieta: no me atrevo a quedarme más. (Se va.)
Julieta. Vete, vete, porque yo no me quiero ir. ¿Qué hay aquí? ¿Una copa apretada en la mano de mi fiel amor? Ya veo; el veneno ha sido su fin prematuro: ¡ah cruel! ¡Lo has bebido todo, sin dejarme una gota propicia que me sirviera después! Besaré tus labios: quizá quede en ellos un poco de veneno, para hacerme morir con un cordial. (Le besa.) ¡Tus labios están calientes!

Veneno


Romeo. Si  puedo fiarme de la lisonjera sinceridad del sueño, mis sueños presagian que se aproximan algunas gozosas noticias: el soberano de mi pecho está alegremente sentado en su trono, y durante todo el día, un espíritu desacostumbrado me eleva por encima del suelo con pensamientos animosos. Soñé que llegaba mi amada y me encontraba muerto -¡extraño sueño, que permite pensar a un muerto!- y con sus besos infundía en mis labios tal vida, que yo revivía y era emperador. ¡Ay de mí! ¡Qué dulce debe ser el amor poseído, cuando sólo las sombras del amor son tan ricas en gozo!
Entra Baltasar, con botas
¡Noticias de Verona! ¿Qué hay, Baltasar? ¿Me traes cartas del fraile? ¿Cómo está mi señora? ¿Está bien mi padre? ¿Cómo le va a mi Julieta? Esto te lo repito, pues nada puede estar mal si ella está bien.
Baltasar. Entonces, ella está bien, y nada puede estar mal: su cuerpo duerme en el panteón de los Capuletos, y su parte inmortal vive con los ángeles. Vi cómo la depositaban en la bóveda de su familia, y me puse enseguida en camino para decíroslo: perdonadme por traer estas malas noticias, puesto que me lo habíais dejado encargado, señor.
Romeo. ¿Así es? ¡Entonces, estrellas, os desafío! Sabes dónde vivo: tráeme tinta y papel, y alquila caballos de posta: me voy de aquí esta noche.
Baltasar. Señor, os lo ruego, tened paciencia: vuestro rostro está pálido y agitado, y hace temer alguna desgracia.
Romeo. Calla, te engañas: déjame y haz lo que te mando. ¿No tienes cartas del fraile para mí?
Baltasar. No, mi buen señor.
Romeo. No importa: vete de aquí, y alquila esos caballos: enseguida estaré contigo. (Se va Baltasar.) Bien, Julieta, esta noche yaceré contigo. Vamos a ver cómo: ¡ah desgracia, qué rápida eres para entrar en los ánimos de los hombres desesperados! Recuerdo un boticario… vive por aquí, y le vi hace poco en harapos destrozados, con frente ceñuda, reuniendo hierbas medicinales: su aspecto era mísero, y la cruel miseria le había consumido hasta los huesos. En su pobre botica, colgaba una tortuga, un caimán disecado y otras pieles de deformes peces; en sus estanterías, una miserable cantidad de botes vacíos, tarros verdes de barro, vejigas y semillas mohosas, restos de guita de envolver y viejos panes de rosa, estaban dispersados a trechos para hacer impresión. Al notar esta penuria, me dije: Si alguien necesita ahora un veneno, cuya venta está condenada a muerte inmediata en Mantua, aquí vive un desgraciado pícaro que se lo vendería. Ah, este pensamiento no hizo sino adelantarse a mi necesidad, y ese mismo hombre necesitado ha de vendérmelo. Según recuerdo, esta ha de ser la casa: por ser fiesta, la botica del pobre está cerrada. ¡Eh, a ver, boticario!

jueves, 15 de diciembre de 2011

¿Eres hombre?


FRAY LORENZO. Detén tu mano desesperada: ¿eres hombre? Tu aspecto clama que lo eres: tus lágrimas son mujeriles: tus actos locos indican la furia irracional de un animal: ¡mujer deforme en forma de hombre! ¡In forme bestia en forma de ambos! Me has sorprendido: por mis santas órdenes, creí que tu ánimo era mejor templado. ¿Has matado a Tebaldo? ¿Te vas a matar a ti mismo? ¿Y vas a matar a tu dama, que vive en tu vida, dejándote llevar del condenado odio contra ti mismo? ¿Por qué te burlas de tu nacimiento, del cielo y la tierra? Pues nacimiento, cielo y tierra, se reúnen los tres a la vez en ti, y tú a la vez quieres perderlos. ¡Vergüenza, vergüenza! Infamas tu aspecto, tu amor, tu ingenio; pues, como un usurero, abundas en todo, y no usas nada en ese uso verdadero que debía ser ornamento de tu aspecto, de tu amor, de tu ingenio: tu noble aspecto es sólo una forma de cera, muy lejana del valor de un hombre; tu ardiente amor jurado, es sólo vacío perjurio, que mata ese amor que juraste guardar; tu ingenio, el ornamento de aspecto y amor, se extravía en el gobierno de uno y otro, pues, como la pólvora en el frasco de un soldado inhábil, le pega fuego tu propia ignorancia, y tú te despedazas con tu propia defensa. ¡Vamos, levántate, hombre! Está viva tu Julieta, por cuyo dulce amor te morías ahora mismo: en eso eres feliz: Tebaldo iba a matarte, pero mataste tú a Tebaldo: en eso también eres feliz: la justicia que amenazaba darte muerte se hace tu amiga, y lo convierte en exilio: en eso eres feliz, un haz de bendiciones se posa en tu espalda; la felicidad te corteja en su mejor atavío; pero tú como una muchacha huraña y mal educada, frunces el ceño a tu fortuna y a tu amor: ten cuidado, ten cuidado, porque quien es así, muere de modo miserable. Vamos, ve a ver a tu amor, como estaba acordado, sube a tu cuarto y consuélala; pero mira que no te quedes hasta que salga la guardia, pues entonces no podrás pasar a Mantua; allí vivirás hasta que podamos encontrar el momento de revelar vuestro matrimonio, reconciliar a los vuestros, pedir perdón al Príncipe, y volverte a llamar con dos millones de veces más de alegría que el llanto con que partiste. Ve por delante, ama: saluda de mi parte a tu señora, y di que se dé prisa en hacer acostar a todos los de la casa, a lo cual estarán dispuestos por su grave tristeza: irá Romeo.

martes, 13 de diciembre de 2011

Como una rosa


Mercucio. ¡ay, pobre Romeo! ¡Ya está muerto! Apuñalado por los ojos negros de una blanca muchacha; traspasado de oído a oído por una canción de amor; con el corazón partido en su misma diana por la flecha del ciego niño arquero: ¿y va a ser hombre para enfrentarse con Tebaldo?
Benvolio. ¡Bah! ¿Qué es Tebaldo?
Mercucio. Más que el príncipe de los gatos, puedo decirte. Ah, es el valiente capitán de las perfecciones. Lucha como tú cantarías una partitura; lleva el compás, la distancia y la proporción: te hace una pausa de mínima: una, dos, y el tres en tu pecho: el auténtico matarife de los botones de seda, un duelista, un duelista; un caballero de la primerísima escuela, de la primera y segunda causa. ¡Ah, la inmortal pasada! ¡Los grados del perfil! ¡El “tocado”!
Benvolio. ¿El qué?
Mercucio. ¡La peste de esos fantásticos grotescos, balbucientes y afectados, esos nuevos entonadores de acentos! “¡Por Jesucristo, una excelente hoja: un hombre de buen talle; una estupenda puta!” Vaya, ¿no es cosa lamentable, abuelo mío, que estemos tan afligidos con estas moscas impertinentes, estos lanzadores de modas, estos pardonnez-moi, que se asientan tanto en las nuevas formas que no pueden estar cómodos en sus antiguos bancos? ¡Ah, sus bons, ah sus bons!
Entra Romeo
Benvolio. Aquí viene Romeo, aquí viene Romeo.
Mercucio. Sin las huevas, como un arenque seco. ¡Ah carne, carne, cómo estás de pescadeada! Ahora se ha dado a la métrica en que manó Petrarca: Laura, al lado de su amada, era una fregona: pardiez, aquella tuvo un amante mejor para ponerla en rima; Dido, muy dudosa; Cleopatra, una gitana; Helena y Hero, bribonas y rameras; Tisbe, ojos garzos, o algo así, pero no servía para el caso. Signor Romeo, bon jour! Ahí tienes un saludo francés para tus bragas a la francesa. Anoche nos diste lindamente moneda falsa.
Romeo. Buenos días a los dos. ¿Qué moneda falsa os di?
Mercucio. El esquinazo, hombre, el esquinazo: ¿no entiendes?
Romeo. Perdón, buen Mercucio: tenía un asunto importante; y en caso tal como el mío, uno puede apurar la cortesía.
Mercucio. Es como decir que un caso como el tuyo obliga a uno a inclinarse por las corvas.
Romeo. Esto es, para hacer una reverencia.
Mercucio. Has acertado amablemente.
Romeo. Una interpretación muy cortés.
Mercucio. Claro, soy la misma flor de la cortesía.
Romeo. Como una rosa.
Mercucio. Eso es.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Cronología de las obras de Shakespeare

Obras tempranas (1588-1596)

  • Los dos hidalgos de Verona
  • El Rey Juan
  • La doma de la furia. En el prólogo, el calderero borracho Cristóbal Sly es convencido de que es un señor y accede a presenciar la representación de una “encantadora comedia”. El viejo Bautista dice que su hija Blanca no se casará hasta que se quite él de encima a su bravía hija Catalina. Esto desconcierta a los tres pretendientes de Blanca: Grumio, Hortensio y el guapo joven Lucencio. Grumio y Hortensio hacen una apuesta contra un visitante de Verona, Petruchio: no conseguirá cortejar a Catalina y casarse con ella. Se monta un enredo y pronto hay dentro de la casa de Bautista un falso maestro de música (Hortensio), un profesor de latín (Lucencio) y un pretendido Lucencio (Tranio, el criado de Lucencio, vestido con las ropas de su señor, que corteja a Blanca en nombre de Lucencio). Petruchio prescinde de la oposición de Catalina al matrimonio y hace en todo momento lo contrario de lo que ella espera. En lugar de llegar a la iglesia vestido de gala, se presenta en harapos. Desdeñando el banquete de bodas, se la lleva a Verona, hambrienta y furiosa. Se niega a permitirle que asista a una fiesta (argumentando que la comida es insana), le niega las ropas delicadas (porque mejor convendrán a su honestidad los trajes de diario), trata mal al criado hasta que Catalina le ruega que sea más amable y le lava a ella el cerebro hasta que da por cierto todo lo que él diga (por ejemplo, que la Luna es el Sol, o que un hombre que encuentran por la calle es una mujer). Catalina y Petruchio vuelven a casa de Bautista, que ha dado su consentimiento para que el falso Lucencio, Tranio, se case con Blanca, mientras él pueda demostrar la intención de su padre de dejarle su dinero. Tranio convence a un visitante para que se haga pasar por el padre de Lucencio y cuando llega el verdadero padre se produce una gran confusión. Lucencio se casa con Blanca en secreto mientras Hortensio, desilusionado, se casa con una viuda rica. Lucencio, Petruchio y Hortensio discuten sobre cuál de sus esposas es la más obediente, y Catalina demuestra su obediencia acudiendo cuando el llamada y alabando los deberes que las esposas tienen con sus maridos.
  • Tito Andrónico. Después de una campaña trinfal contra los godos, el general romano Tito Andrónico trae prisioneros a la ciudad a Tamora, reina de los godos, y a sus tres hijos. Para aplacar los espíritus de los hijos suyos que han muerto en la batalla, Tito sacrifica al hijo mayor de Tamora, Alarbo. Instigado por Marco, hermano de Tito, el pueblo romano ofrece el trono a Tito, pero él recomienda que sea nombrado Saturnino, primogénito del último emperador. Saturnino pide caarse con la hija de Tito, pero su hermano Bassiano, amante de ella, la secuestra. Inmediatamente Saturnino lo acusa de violarla y se casa con Tamora, lo que hace posible que Tamora haga planes para vengarse de Tito por haber sacrificado a Alarbo. El resto de una obra es una sucesión de crímenes y venganzas. Los hijos de Tamora, Demetrio y Chirón (ayudados por Aarón, el astuto amante de Tamora) matan a Bassiano y violan a Lavinia, a la que cortan la lengua y las manos para evitar que los acuse. Tienden una trampa a dos de los hijos que sobreviven de Tito, Quinto y Marcio, para que caigan en el foso donde está el cadáver de Bassanio; Quinto y Marcio son detenidos por haber asesinado a Bassanio. Tito ruega a Saturnino que los perdone y se le contesta que si envía la mano de su hermano y la propia le serán devueltos los hios. Tito envía las manos y recibe a cambio las cabezas cortadas de sus hijos. Lucio, el hijo mayor de Tito, deserta de los godos para unirse a un ejército vengador. mientras, Lavinia halla la forma de contar a Tito quién la violó y Tito planea vengarse de Demetrio y Chirón. Aarón se entera del plan, pero ha de escapar de Roma debido a que Demetrio y Chirón han ordenado su muerte y la del bastarde de Tamora. Es capturado y cuenta todo lo que sabe. Tito invita a Tamora, Saturnino y Lucio a un banquete donde sirve a Demetrio y Chirón guisados en un pastel, mata a Lavinia (para acabar con su vergüenza) y asesina a Tamora. Saturnino mata a Tito y Lucio mata a Saturnino. Lucio, que es ahora el único miembro vivo y físicamente íntegro de la familia imperial, es elegido emperador. Ordena funerales oficiales por Tito, por Saturnino y por Lavinia, trata el resto de los cadáveres como carroña y manda que se deje morir de hambre a Aarón.
  • La comedia de las equivocaciones. Egeonte, mercader de Siracusa, perdió a su esposa, a uno de sus hijos gemelos y a uno de sus sirvientes, también gemelo, en un naufragio hace muchos años y va errabundo, buscándolos. En Éfeso infringe la ley que establece que todo siracusano capturado en Éfeso debe pagar una multa en el término de veinticuatro horas o ser ejecutado. También se encuentran en Éfeso, sin que Egeonte lo sepa, su hijo Antófolo de Siracusa y Antífolo, criado de Dromio de Siracusa que, al igual que Egeonte, ignoran que sus gemelos Antífolo de Éfeso y Dromio de Éfeso ahora viven y prosperan allí.- La obra se convierte, literalmente, en una comedia de equivocaciones cuando Antófolo y Dromio son confundidos con sus hermanos. Los siracusanos se asombran, pero no se sorprenden porque saben que Éfeso es célebre por sus brujos, fantasmas y transformistas. Antífolo de Siracusa es saludado por desconocidos que le ofrecen joyas por la calle. Invitado a cenar por una mujer a la que no conoce (en realidad Adriana, la esposa de su hermano), se enamora de Luciana, hermana de Adriana, con gran irritación de la anfitriona, que lo tiene por su marido. A Antífolo de Éfeso lo echan de su propia casa y le niegan una cadena de oror que había encargado para su mujer, debido a que el orfebre se la había dado antes a él. A los dos Dromios los empapelan por desobedecer órdenes que en realidad habían recibido sus hermanos gemelos.- Al final, el joyero hace que detengan a Antófolo de éfeso por deudas y sea tachado de demente (por Pinch, un curandero). Egeonte y Antífolo de Siracusa buscan refugio en la misma abadía; allí Egeonte reconoce a su hijo y, en la Abadesa, a la hace tiempo perdida esposa. Van a toda prisa a ver al Ducque, las familias se recomponen, Antífolo de Siracusa promete desposar a Luciana y todo termina felizmente.
  • Ricardo III. Ricardo, Duque de Gloucester, está decidido a ser rey. Ya ha asesinado con sus propias manos a Enrique VI y al hijo de éste, Eduardo. Ahora corteja a la viuda de Eduardo, Ana, durante los funerales de Eduardo, y dice a su hermano mayor, el rey Eduardo IV, que su otro hermano, Clarence, está conspirando contra él. Clarence es encarcelado en la Torre de Londres y Ricardo envía unos sicarios que lo apuñalan y ahogan en un barril de vino. Relata la muerte de Clarence al enfermizo Eduardo, el cual muere de remorimientos. (En realidad, había indultado a Clarence, pero Ricardo ha retenido el indulto hasta consumarse el asesinato de Clarence).-  La muerte de Eduardo significa que los siguientes en la línea de sucesión al trono son dos niños: sus hijos Eduardo, Príncipe de Gales, y Ricardo, Duque de York. Su tío Ricardo les da la bienvenida a Londres para la coronación y los aloja en la Torre; y dispone que su secuaz Buckingham propale el rumor de que ambos, y su padre Eduardo antes que ellos, eran ilegítimos. El Lord Corregidor de Londres le ofrece que se haga cargo de la corona en lugar de los niños y él acepta aparentando hacerlo de mala gana. las mujeres de la familia real, las reinas ana, Isabel (viuda del difunto Rey Eduardo) y Margarita (viuda de Enrique VI), maldicen una y otra vez a Ricardo, pero no pueden parar su marcha hacia la legitimidad real. Ricardo ordena a Sir James Tyrell que asesine a los príncipes en la Torre y hace planes para envenenar a la Reina Ana y casarse con la Princesa Isabel, hija de su difunto hermano, el Resy Eduardo.- En medio del tumulto de conspiraciones y asesinatos, Buckingham reclama el ducado que se le había prometido como recompensa por ayudar a ricardo a conseguir el trono, y Ricardo se lo niega. Buckingham inicia una revuelta contra Ricardo, a la que se une el Conde de Richmond, que acaba de regresar de Francia. Los rebeldes se enfrentan con el ejército de Ricardo en la batalla de Bosworth. la noche anterior, Ricardo ha soñado con los fantasmas de todas las personas a las que ha asesinado; todos los sueños de Richmond han sido de victoria. Durante la batalla, los hombres de Ricardo lo abandonan. Richmond lo mata, toma el poder con el nombre de Enrique VII y anuncia que acabará con los disturbios civiles que hay en Inglaterra casándose con la Princesa Isabel.
  • Enrique VI, Primera, Segunda y Tercera partes
Obras intermedias 1 (1596-1603: isabelino)

  • El mercader de Venecia: En Belmont, Porcia plantea a sus pretendientes una apuesta: hay un retrato de ella en uno de los tres cofres (el de oro, el de plata y el de plomo) entre los que deben elegir. Quien acierte con el cofre del retrato será su esposo; los otros perderán todo lo que tengan. El joven veneciano Basanio decide aceptar el desafío. Para financiarse, toma dinero prestado de su amigo Antonio, que a su vez pide el dinero al prestamista Shylock. Antonio se compromete a devolver la deuda a Shylock al cabo de tres meses, cuando sus barcos mercantes regresen de las singladuras al extranjero. Shylock exige una libra de la carne del deudor si no cumple lo pactado. En Belmont, los príncipes de Marruecos y de Aragón no aciertan con el cofre. En Venecia, la hija de Shylock roba dinero a su padre y escapa de casa para siempre, reuniéndose con su amado Lorenzo en Belmont. Basanio zarpa hacia Belmont, hace la prueba de los cofres y acierta con el bueno. Interrumpe las celebraciones la noticia de que los galeones de Antonio se han perdido y Shylock insiste en que se cumpla el acuerdo al pie de la letra. Porcia decide disfrazarse de abogado y pleitear en nombre de Antonio ante los tribunales. Nerisa (la doncella de Porcia, en relaciones con Graciano, un amigo de Basanio) se disfraza a su vez de escribiente del letrado. En el proceso, Shylock exige la libra de carne, sin que lo conmueva el apasionado discurso de Porcia sobre la clemencia. Entonces ella invoca el acuerdo original: puede tomar la carne a condición de cortarla sin que se derrame una gota de sangre. Derrotado, Shylock se ve obligado a entregar la mitad de su riqueza a Antonio (quien la traspasa a Yésica, la hija de Shylock, y a Lorenzo) y a convertirse al cristianismo. Basanio y Graciano pagan al “abogado” y al “escribiente” con los anillos que antes les habían regalado Porcia y Nerisa. De regreso a Belmont y ya sin disfraz, Porcia y Nerisa reclaman sus anillos, a lo que Basanio y Graciano dicen que los han perdido, con lo que ellas tienen la magnanimidad de regalarles otros nuevos, que en realidad son los mismos. Resuelta la confusión, los enamorados caen en brazos de sus enamoradas y Antonio recibe la feliz noticia de que, al final, tres de sus galeones no se han hundido, sino que han arribado a puerto.
  • Mucho ruido y pocas nueces
  • El sueño de una noche de verano. En Atenas, el Duque Teseo está a punto de casarse con la reina de las amazonas, Hipólita. Uno de sus nobles, Egeo, se queja de que sus planes matrimoniales para su hija Hermia (prometida de Demetrio) han sido trastornados por Lisandro, que ha hechizado a Hermia para que lo ame a él. Teseo dice a Hermia que se case con Demetrio o se haga monja. Hermia y Lisandro planean reunirse a la noche siguiente en un bosque mágico de las afueras de Atenas y fugarse. Hermia se lo cuenta a Helena, su mejor amiga, quien a su vez lo cuenta a Demetrio (el hombre que espera casarse con ella).- El bosque está muy poblado. Un grupo de trabajadores, dirigidos por el tejedor Fondón y por el carpintero Membrillo, ensayan una comedia que se va a representar por la boda de Teseo e Hipólita. El reino de las hadas está alborotado. El rey Oberón y la reina Titania han discutido sobre un "niño robado" y ahora Oberón envía a su acólito Robín (o Puck) a que extraiga el jugo de una planta mágica: si se rocía sobre los párpados de los dormidos, hace que idolatren a quien primero vean al despertar. Oberón echa el jugo sobre los ojos de Titania, y Robín, a quien se le ha ordenado que haga lo mismo con Demetrio (para que ame a Helena), vierte el jugo sobre los ojos de Lisandro.- Durante una tregua en los ensayos de la comedia, Robín encasqueta a Fondón una cabeza de asno y los demás huyen aterrorizados. Fondón se desconcierta, y ´más aún cuando Titania, al despertar, se enamora de él y dice a sus hadas: "Sed corteses y amables con el caballero". Mientras tanto, Oberón ha procurado enmendar el error cometido por robín con los enamorados y ha echado jugo de amor enlos ojos de Demetrio, con el resultado de que tanto Lisandro como Demetrio, para gran enojo de Hermia, se enamoran de Helena.- Todos los que hay en el bosque acaban por dormirse exhaustos. Oberón (que ya tiene a su cargo el niño robado) libera a todos del hechizo amoroso y Robín le quita a Fondón la cabeza de asno. Los enamorados, resueltas sus diferencias (ahora Lisandro se empareja con Hermia y Demetrio con helena), van a Atenas a asistir a la boda y los trabajadores representan su obra. Al acabar el día, Robín encabeza la procesión con antorchas de las hadas por el palacio, bendiciendo a todos los novios y novias y prometiéndoles una larga vida de felicidad. 
  • Enrique V
  • Trabajos de amor perdido
  • A vuestro gusto
  • Ricardo II
  • Julio César
  • Enrique IV, Primera y Segunda Parte
  • Noche de Reyes
  • Las alegres comadres de Windsor
  • Hamlet: No todo va bien en Dinamarca. En las almenas del palacio real se ha visto por la noche el espectro del anterior rey, que se niega a decir nada. En el salón del trono, el príncipe Hamlet (hijo del rey difunto) siente aversión por Claudio (el nuevo rey, tío suyo) y la reina Gertrudis (madre de Hamlet y esposa de Claudio), que se niegan a llevar luto. Hamlet va a las almenas y el espectro le dice que Claudio lo mató echándole veneno en el oído. Hamlet jura vengarse. Para comprobar la culpabilidad de Claudio, Hamlet finge estar loco (para aflicción de su amada Ofelia) y dispone que una compañía de cómicos que pasa por la corte represente una obra que recree el asesinato de su padre. La violenta reacción de Claudio lo convence de su culpabilidad. Sorprende a Claudio rezando, pero no es capaz de matarlo él mismo. Visita a la madre en sus habitaciones y la acusa de complicidad (incitado por el espectro que sólo él ve). Al oír un ruido detrás de un tapiz, lo atraviesa con la espada y mata a Polonio, el padre de Ofelia y primer ministro del estado. Claudio envía a Hamlet a Inglaterra y concierta que lo maten allí. Pero Hamlet escapa y regresa a Dinamarca, después de haber matado a sus dos amigos Rosencrantz y Guildenster en la peripecia. También ha vuelto a casa el hermano de Ofelia, Laertes, que estudiaba en París. Furioso, para vengar el asesinato de su padre y la locura que los pesares le han ocasionado a su hermana, lucha con Hamlet en la tumba de Ofelia y lo desafía a duelo delante de la corte. Claudio le propone que utilice una espada envenenada y le proporciona un vino envenenado por si falla el combate. Al principio del duelo hay un cambio de espadas y es Hamlet quien empuña la envenenada. Gertrudis brinda por Hamlet y bebe del vino envenenado. Laertes y Hamlet se hieren el uno al otro. Laertes muere por el veneno, Hamlet acuchilla a Claudio y lo obliga a beber el resto del veneno, antes de morir él también en brazos de su amigo Horacio. El príncipe noruego Fortinbrás llega con soldados y se hace con el poder de Dinamarca.
  • Romeo y Julieta: Hay una enemistad entre dos de las más poderosas familias nobles de Verona: la de los Montescos y la de los Capuletos. El Príncipe de Verona ordena que concluya y el padre Capuleto, para demostrar su buena fe, conviene en que su hija Julieta se case con Paris, sobrino del Príncipe, y organiza un baile de máscaras para celebrar el compromiso. Romeo Montesco y sus amigos (entre ellos el ingenioso Mercucio) van al baile y allí se enamoran Romeo y Julieta. Se encuentran por la noche y acuerdan que, a la mañana siguiente, cuando Julieta vaya a confesarse, los casará Fray Lorenzo; éste y el Ama de Julieta serán los testigos. Tiene lugar la boda, pero los posteriores planes los impide un brote de violencia entre las dos familias. Mercucio lucha con Tebaldo y el Príncipe lo castiga desterrándolo de Verona. Capuleto dice a Julieta que debe celebrarse lo antes posible su matrimonio con Paris. Ella pide ayuda a Fray Lorenzo y el fraile le aconseja que finja estar dispuesta a casarse, pero que tome un narcótico que hará que parezca muerta durante cuarenta y ocho horas. Julieta será colocada yacente en la cripta de la familia, adonde irá Romeo en secreto y se la llevará. El plan funciona, excepto en que Romeo no recibe el mensaje de Fray Lorenzo que le explicaba la situación, y de lo que se entera Romeo es de que Julieta ha muerto. Va en secreto a la cripta. Está llorando sobre el cadáver cuando llega Paris con flores; luchan y Romeo mata a Paris. Luego de otro estallido de dolor por Julieta, Romeo bebe un veneno y muere. Julieta recobra la conciencia y encuentra el cadáver de Romeo, con lo que se clava un puñal. Fray Lorenzo explica todo el lío a las familias Capuleto y Montesco, y el Príncipe insiste en que de ahora en adelante concluya la hostilidad.
Obras intermedias 2 (1603-1607: estuardiano)

  • Troilo y Cressida
  • A buen fin no hay mal principio
  • Otelo: Yago, un alférez que ha ascendido desde la tropa, cuenta con que su general, Otelo, lo ascienda a teniente, pero Otelo concede el puesto al aristócrata Casio. Yago trama cómo vengarse de los dos. Sabiendo que Otelo ha cortejado a Desdémona, la joven hija del senador, Brabancio, dice a Brabancio que han dormido juntos. Brabancio acusa a Otelo ante los tribunales pero Otelo demuestra que sus amores son inocentes y, de mala gana, Brabancio consiente el matrimonio. Las tropas de Otelo han de ir a defender Chipre de los turcos. Otelo y Desdémona irán más tarde. Yago pone en marcha su plan. Emborracha a Casio y organiza una reyerta que está en todo su apogeo cuando Otelo desembarca en el muelle. Otelo retira su cargo a Casio. yago también propone a Casio que pida a Desdémona que interceda por él; al mismo tiempo comienza a insinuar a Otelo que Casio y Desdémona son amantes. Yago se hace con un pañuelo regalado a Desdémona por Otelo y que ella pierde casualmente, pañuelo que esconde en las habitaciones de Casio. Yago dice a Otelo que Casio besa el pañuelo y sueña con Desdémona. Otelo pide el pañuelo a Desdémona y ella contesta, con toda inocencia, que no sabe dónde está. igual de inocente, Casio, al hallarlo, lo regala a su amante, Blanca. Otelo está ahora tan comido por los celos y las insinuaciones de Yago que se desmaya. Yago hace que Otelo lo vea riendo con Casio acerca de Blanca, aunque lo hace de tal manera que Otelo entiende que se trata de Desdémona. Otelo dice a Yago que mate a Casio y planea matar él a Desdémona. Llegan visitantes de Venecia y se horrorizan cuando, durante el banquete formal de bienvenida, Otelo insulta primero a Desdémona y después la golpea en público. yago intenta convencer a Rodrigo, un bobo enamorado de Desdémona, para que mate a Casio y, cuando Rodrigo desaprovecha la ocasión, lo mata para que no lo cuente. Otelo ahoga a Desdémona con una almohada y Emilia (la doncella de ella y esposa de Yago) encuentra el cadáver y dice a Otelo la verdad: que ella, Emilia, encontró el pañuelo y lo entregó a Yago. yago la mata por esto y Otelo hiere a Yago. Toda la historia sale a la luz y otelo se suicida delante de los enviados de Venecia. Casio es nombrado gobernador de Chipre y Yago va a ser conducido a Venecia para ser castigado.
  • Macbeth. Macbeth y su compañero el general Banquo encuentran tres brujas cuando regresan de Escocia después de haber vencido a una rebelión contra el rey Duncan. Las brujas prometen a Macbeth que será "barón de Cawdor y rey en el futuro" y a Banquo le dicen que sus hijos gobernarán algún día. Poco después Macbeth se entera de que ha sido nombrado Barón de Cawdor. Duncan llega al castillo de Macbeth y este habla a su esposa de la profecía y de sus dudas sobre si matar al rey, a lo que ella lo incita, burlándose de él hasta que comete el crimen. Los hijos del rey, Malcolm y Donalbain, huyen y son acusados del crimen. Macbeth es coronado rey. Pero ahora, atemorizado por la profecía sobre Banquo y sus hijos, envía asesinos a que lo maten. Banquo muere, pero el joven Felance -el futuro antepasado del Rey Jacobo I- escapa. En la cena de aquella noche, Macbeth ve el fantasma de Banquo y se horroriza. Las brujas le dicen que está a salvo hasta "el día / en que contra él el bosque de Birnam / suba a Dunsinae" y que "nadie nacido de mujer / a Macbeth podrá dañar", Al saber que Macduff, barón de Fife, ha huido a Inglaterra, ordena que maten a Lady Macduff y a sus hijos, lo cual empuja a Macdurr y Malcolm a sublevarse contra él. Lady Macbeth, atormentada por la culpabilidad, se ha vuelto sonámbula y confiesa los asesinatos a su médico. Malcolm y Macduff aúnan sus ejércitos en el Bosque de Birnam y ordenan a los soldados que se camuflen con ramaje y avancen hacia Dunsinae. Macbeth se enfrenta a Macduff en combate singular y, horrorizado al saber que Macduff nació mediante cesárea, cae muerto. Macbeth es decapitado y Malcolm se convierte en Rey de Escocia.
  • Medida por medida
  • Antonio y Cleopatra
  • El rey Lear
  • Coriolano
Últimas obras (1607-1613)

  • Pericles
  • Cimbelino
  • Timón de Atenas
  • Los dos parientes nobles
  • El cuento de invierno
  • Enrique VIII
  • La tempestad

domingo, 27 de noviembre de 2011

Un comentario de Boccaccio


Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa, Alibech, de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio.
Las mujeres preguntaron:
-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?
La joven, entre palabras y gestos, se lo mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:
-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.
Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.


2.1 Exponga el contenido del fragmento y relaciónelo con la totalidad de la obra (puntuación máxima: 2 puntos). 

               El fragmento se corresponde con el final del décimo cuento de la tercera jornada del Decamerón, una ingenua muchacha de rica familia que se había retirado al desierto a servir al Dios de los cristianos. Allí, un monje, Rústico, le enseña a meter al diablo en el infierno, es decir, a gozar carnalmente de ella. La muchacha le coge tal afición que el monje trata de sosegarla. En ese momento, según nos cuenta el fragmento, su familia perece y un joven arruinado corre a rescatarla para quedarse con su herencia. La muchacha, aún inocente, explica a las otras mujeres en qué consistía meter el diablo en el infierno, y ellas la consuelan diciéndole que con su flamante esposo también servirá a Dios.
               El motivo de la mujer joven y fogosa que agota a su pretendiente ya ha aparecido en otros cuentos del Decamerón (II, 10, cómo un jurista viejo casó con joven moza), si bien en este caso se entrelazan tres historias como parte de la parodia contra la cultura de la penitencia que fomentaban en su época los dominicos y el caprichoso mundo del dinero en el que nadaba la Florencia que retrata Boccaccio. Así, se nos cuenta:
a)      La historia de una muchacha inocente engañada con habilidad en nombre de Dios.
b)      La historia de un anacoreta al que le llega la tentación y utiliza su inteligencia para no parecer un pecador.
c)      La historia del joven arruinado que aprovecha el incendio y la desgracia de una familia para adelantarse al fisco y cobrar, con la muchacha, la herencia de los padres desaparecidos.
Los tres personajes forman parte del mundo del Decamerón, la Florencia anterior a la peste, un mundo gobernado por el azar del dinero. Boccaccio retrata ese mundo hasta el punto de que se ha llamado al Decamerón “la epopeya del comerciante”, desde el inversor arriesgado, como este joven, a los múltiples prestamistas como Melquisedec. La propuesta de Boccaccio es una exaltación del sexo como instinto natural (por eso Rústico se deja llevar y a la muchacha le parece bien) y el entendimiento lúdico de la vida (por eso juega Rústico para llevarla a su terreno con la burla del infierno y la salvación) donde domina, sobre todo, la inteligencia (la de Rústico primero y la del joven Neerbale después).

2.2 Analice los aspectos formales del texto (puntuación máxima: 1 punto). 

Todos los cuentos del Decamerón destacan por su cuidada estructura. En este caso, el cuento plantea el siguiente desarrollo:
1.             La muchacha busca cómo servir a Dios.
2.      Un monje retirado en el desierto se sirve de ella.
3.      Otro joven con apuros de dinero la rescata.
El final del cuento, que corresponde con este fragmento, es una forma de in cauda venenum, recurso clásico para dar una última vuelta al argumento que vuelva a cuestionar todo lo anterior. Aquí, el héroe salva a quien no quería ser salvada, y no lo hace para salvar su honor sino para quedarse con su dinero.
La prosa está en consonancia con la constante mezcla de registros que dan brillantez a los cuentos del Decamerón:
1.                     La narración es muy escueta, propia de los cuentos populares:  “sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía…”.
2.                     Pero, a renglón seguido, se nos narra la historia de Neerbale (“habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes...”) con una sintaxis mucho más hipotáctica y culta. La mímesis o afán de verosimilitud la compone todo el campo semántico del dinero (fisco, herederos, patrimonio) e incluso el mismo estilo de escritura, de documento legal.
3.                     Y poco después, en el diálogo que la joven mantiene con las otras mujeres, Boccaccio usa un lenguaje cercano, cotidiano, verosímil, muy realista en la forma de expresarse.
               Estos tres registros (el legendario, el culto y el coloquial) se van ensamblando en cada cuento sin que se resienta el fluir general de la prosa y no caiga en el tono sermoneador del que precisamente se está burlando.
               Pero este cuento aporta un cuarto registro: el juego de palabras como elemento de comicidad. En realidad, todo se ha montado alrededor del equívoco (diablo/infierno), y da la sensación de que el autor ha rodeado la broma sexual de elementos narrativos accesorios (la peregrinación, el rescate, típicos de la novela griega) que a su vez le sirven para ahondar en la parodia.

2.3 Comente la producción literaria del autor con especial atención a la obra seleccionada (puntuación máxima: 2 puntos).

1. Obra anterior a El Decamerón.

               El Decamerón es la culminación de la carrera de Boccaccio, quien hasta entonces había ensayado casi todos los géneros narrativos clásicos. En La caza de Diana, narra el triunfo de Venus sobre Diana, usando el punto de vista de un ciervo que mira a unas muchachas y de pronto se convierte en apuesto muchacho. En Filostrato, utilizó su propio drama personal al contar los amores de Troilo y Criseida. En Filocolo, su primera novela en prosa, experimenta con la novela griega, la pastoril, la sentimental, el mito y el cuento maravilloso. Toda esta etapa la vivió en Nápoles, donde Boccaccio se educó en los albores del humanismo, entre impresionantes bibliotecas donde rescató del olvido textos de Apuleyo o Juvenal, y se aficionó a autores como Valerio Máximo.
               En una segunda etapa, de regreso a Florencia, de donde había tenido que marchar tras la bancarrota de su familia, escribe la Elegía di madonna Fiammetta, quizá la primera novela psicológica de nuestra literatura. Pánfilo se comporta con Fiammetta como Eneas con Dido. Pretexta ir a ver a su padre y ya no vuelve jamás.

2.  Estructura de El Decamerón.

               En el Decamerón, Boccaccio reúne todos los experimentos ensayados hasta entonces (incluido un estudio sobre las islas Canarias o una novela pastoril, Ameto, que será el modelo de La Arcadia de Sannazzaro) y los vuelca en una obra colosal de cien cuentos hábilmente engarzados en una novela marco, según una estructura que durante la Edad Media había llegado de Oriente en colecciones de cuentos. Pero Boccaccio racionaliza ese método, le confiere una estructura armónica, lo mezcla con registros diferentes, desde el cuento de larga tradición folklórica a la parodia de muchos géneros distintos: exempla para sermones, fabliaux eróticos, novela griega o bizantina, novela cortés, Dante, crónicas de florentinas, supersticiones populares, etc. Todo ello, por supuesto, sin olvidar a los clásicos. Un buen ejemplo es su relato, al comenzar el libro, de la peste de Florencia, que entronca con textos de Tucídides o Lucrecio en un motivo literario de arraigado prestigio, y que en el caso de Boccaccio también era un motivo real.
La estructura general del Decamerón es la siguiente:
1.      Al principio, en la 4ª jornada y en la Conclusión del autor, se nos insiste en que la obra está dirigida a las lectoras y que es un entretenimiento inteligente y lúcido donde manda la razón. El autor defiende el amor y lo erótico como algo natural y la vida social ciudadana como ejemplo de refinamiento y felicidad. En la conclusión, ataca la avaricia y la hipocresía y defiende las metáforas sexuales como algo cotidiano y en absoluto morboso.
2.      El autor pasa a relatar la peste que devastó Florencia en 1348. Después narra el encuentro de diez jóvenes (siete damas y tres muchachos) en la iglesia de Santa María Novella, que se retiran juntos a los alrededores de Florencia. Allí, cada día uno será el rey o la reina e impondrá el tema sobre el que cada uno deberá narrar un cuento.
3.      Así, cada uno de ellos, con una personalidad muy marcada, narra una historia. Esta está narrada por Diomeo, el más cómico e inconsciente, el que todo lo resuelve con burlas y no se atiene a los mandatos, quien recomienda a su auditorio (las siete mujeres que están reunidas con él en el jardín descrito al principio de la jornada) que aprendan a salvar su alma.
Todos los cuentos están encaminados a elogiar la inteligencia y el goce de la vida. Casi todos los personajes se ven obligados a urdir una artimaña para conseguir algo, y el éxito es la prueba de su inteligencia. Pero forma parte de esa misma sabiduría aceptar los goces terrenales con naturalidad y disfrutar al máximo de los dones de la naturaleza. En el fondo late el tema clásico del carpe diem, en unas circunstancias que invitaban a ello. La burla constante aleja de cualquier tentación morbosa. La sorpresa suele ser la ausencia de tragedia, la lógica natural con que se resuelven todos los conflictos. Las moralejas, en lugar de advertir de los peligros del pecado, son una invitación al disfrute de la vida.

2.4 Sitúe al autor en su contexto histórico-literario (puntuación máxima: 2 puntos).
Boccaccio y el Florencia en el Trecento.

               Bocaccio escribe el Decamerón justo después de la gran peste, que a su vez vino a empeorar unos años de quiebra económica y penurias. El propio padre de Boccaccio sufrió esa bancarrota de los prestamistas florentinos, algo que queda reflejado en varios cuentos del Decamerón.
               Pero antes de la quiebra Florencia vivía en la opulencia, era la plaza comercial con la moneda más fuerte de Europa. Estaba naciendo, junto con el ascenso de la burguesía y el declive de la nobleza medieval, la cultura de la especulación y del dinero.
               La burguesía triunfante había llevado hasta entonces una vida refinada, como la de los diez jóvenes que se apartan de la ciudad para entretenerse contando historias. Este sentido de la urbanitas acerca a Boccaccio al espíritu de los antiguos, Catulo, por ejemplo.
               Boccaccio se educó en Nápoles, punto de unión con la cultura griega y oriental. Sus estudios humanísticos, amplísimos, abarcaban toda la novela griega y romana. Gran aficionado a Tito Livio, Apuleyo y Valerio Máximo. Descubridor de textos clásicos de Juvenal. Desde sus primeras obras demostró un profundo conocimiento de la antigüedad y del relato mitológico.
               Pero Boccaccio, como buen humanista, hace una lectura laica del mundo antiguo, sin el filtro medieval de la cristiandad. Su amistad con Petrarca hizo que en su propia casa naciera el movimiento humanístico que recorrería durante los siguientes siglos el occidente europeo. Allí transcribió y estudió textos antiguos, creó una cátedra de griego para la universidad de Florencia y se esforzó por unir los estudios latinos y griegos.

Dante y Petrarca.

               En el mismo siglo, su amigo Petrarca consolida la lírica renacentista. Sus sonetos del Cancionero tendrían una influencia inacabable en la lírica occidental, así como el uso que él o Dante hacen del endecasílabo italiano, con acento en sexta.     
Dante Alguieri ocupa el centro de la épica con su epopeya culta de la Divina Comedia, cuyo argumento es el viaje de Dante al más allá. Virgilio lo acompaña al infierno y a parte del purgatorio, hasta el paraíso terrenal; Beatriz, amada por Dante en sus años de dolce stil nuovo, lo acompaña hasta el Empíreo; san Bernardo lo lleva hasta la gloria de Dios.
               Estos tres autores serán los pilares del Renacimiento, que a España llegaría a finales del siglo XV, con los poetas cortesanos, con Jorge Manrique y con La Celestina. También había llegado el cuento oriental con versiones, en el siglo XIII, del Calila e Dimna y el Sendebar, que también influyeron en la obra de don Juan Manuel.
El género, la novella, narración más extensa que un cuento y menos que un roman como el de la novela cortés, que llevaba ya un siglo triunfando, llegaría con toda su fuerza hasta Cervantes. Pero en España, durante el Renacimiento, se imitó mucho más al Boccaccio de el Corbacho, un libro moralizante y misógino. Los autores teatrales del XVII, Lope y Tirso a la cabeza, lo utilizaron como base para los argumentos de algunas de sus comedias, pero, bien porque solo pudieran manejar una edición expurgada del Decamerón, bien por el sentido contrarreformista del decoro, la verdad es que aprovecharon más los ingeniosos argumentos que el mensaje general de la obra. 

67. Estructura del Decamerón


Comienza el libro llamado Decamerón, denominado príncipe Galeoto, en el que se contienen cien cuentos narrados en diez días por siete señoras y por tres jóvenes.
Proemio
Primera jornada. Tras la explicación dada por el autor sobre la razón por la que acaeció que esas personas que ahora se presentan se reunieran a conversar entre sí, bajo el mandato de Pampinea se trata de aquello que a cada uno más le agrada.
Segunda jornada. Bajo el mandato de Filomena, se trata de quien, afectado por diversas contrariedades, haya llegado mejor de lo esperado a buen fin.
Tercera jornada. Bajo el mandato de Neifile, se trata de quien con ingenio lograse algo muy deseado, o recuperase lo perdido.
Cuarta jornada. Bajo el mandato de Filóstrato, se trata de aquellos cuyos amores tuvieron infeliz final.
Quinta jornada. Bajo el mandato de Fiammetta, se trata de lo que a algún amante, tras varios terribles o desventurados sucesos, le ocurrió felizmente.
Sexta jornada. Bajo el mandato de Elissa, se trata de quien, al ser provocado, se defendió con algún agradable dicho ingenioso, o con rápida respuesta u ocurrencia evitó una pérdida, un peligro o un escarnio.
Séptima jornada. Bajo el mandato de Dioneo, se trata de las burlas que por amor o para su propia salvación las mujeres han hecho a sus maridos, habiéndolo advertido ellos o no.
Octava jornada. Bajo el mandato de Lauretta, se trata de esas burlas que continuamente se hacen o las mujeres a los hombres, o los hombres a las mujeres, o los hombres unos a otros.
Novena jornada. Bajo el mandato de Emilia, cada cual trata de lo que le gusta y de lo que más le agrada.
Décima jornada. Bajo el mandato de Pánfilo, se trata de quien con liberalidad o bien con magnificencia hiciese algo en hechos de amor o de otra cosa.
Conclusión del autor.

viernes, 25 de noviembre de 2011

66. La peste y el placer


Comienza la primera jornada del Decamerón en la cual, tras la explicación dada por el autor sobre la razón por la que acaeció que esas personas que ahora se prestan se reunieran a conversar entre sí, bajo el mandato de Pampinea se trata de aquello que a cada uno más le agrada.


Digo, pues, que los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios habían llegado ya al número de mil trescientos cuarenta y ocho, cuando a la egregia ciudad de Florencia, más hermosa que ninguna otra de Italia, llegó la mortífera peste; que o por obra de los astros celestes o por nuestras iniquidades enviada por justa ira de Dios sobre los mortales para nuestra enmienda, tras comenzar unos años antes en los países orientales, y tras privarles de una innumerable cantidad de vidas, propagándose sin cesar de un lugar a otro, se había extendido miserablemente. Y como no valía contra ella saber alguno o remedio humano, aunque limpiaran la ciudad de muchas inmundicias quienes habían sido oficialmente encargados de ello y se prohibiera entrar en ella a cualquier enfermo y se dieran muchos útiles consejos pare mantener la higiene, y no valieran tampoco las humildes rogativas que elevaran las personas devotas de Dios hechas con procesiones no una sino muchas veces y con otros medios, casi al principio de la primavera de dicho año comenzó horriblemente y de manera sorprendente a mostrar sus dolorosos efectos. Y no como había sucedido en Oriente, donde a  todo el que le salía sangre de la nariz era para él signo evidente de muerte segura, sino que en su comienzo a los varones e igualmente a las hembras les nacían en la ingle o bajo las axilas unos bultos, algunos de los cuales crecían como una manzana mediana, otros como un huevo unos más y otros menos, que las gentes llamaban bubas. Y desde las dos partes del cuerpo indicadas, en poco tiempo, las ya dichas mortíferas bubas comenzaron a nacer y a crecer indistintamente en cualquier parte del cuerpo; y tras esto los síntomas de dicha enfermedad comenzaron a convertirse en manchas negras o lívidas que a muchos les salían en los brazos o por los muslos y en cualquier otra parte del cuerpo, a unos grandes y escasas y a otros pequeñas y abundantes. Y como el bubón había sido al principio y era aún indicio seguro de muerte futura, también lo eran éstas a quienes les aparecían.
Para curar tal enfermedad ni consejo de médico ni poder de medicina alguna parecía que sirviese ni aprovechase; es más, o porque la naturaleza del mal no lo permitiese o porque la ignorancia de quienes medicaban (cuyo número, aparte de los médicos, se había hecho grandísimo tanto de mujeres como de hombres que nunca habían recibido enseñanza alguna de medicina) no supiese de dónde procedía y por consiguiente no se le pusiese el debido remedio, no sólo eran pocos los que sanaban, sino que casi todos hacia el tercer día de aparecer los mencionados síntomas, quien antes y quien después y la mayoría sin fiebre alguna u otra complicación, morían. Y esta pestilencia fue más virulenta porque prendía de los enfermos en los sanos con los que se comunicaban no de otro modo a como lo hace el fuego sobre las cosas secas o grasientas cuando se le acercan mucho. Y el mal fue aún mucho más allá porque no sólo el hablar y el tratar con los enfermos les producía a los sanos la enfermedad o les causaba el mismo tipo de muerte, sino que el tocar las ropas o cualquier otra cosa tocada o usada por los enfermos parecía transportar consigo la enfermedad al que tocaba. Lo que voy a decir es tan asombroso de oír que si los ojos de muchos y los míos no lo hubiesen visto apenas me atrevería a creerlo, y menos a escribirlo, aunque lo hubiese oído de alguien digno de fe. Digo que el tipo de pestilencia descrita fue de tal virulencia, al contagiarse de unos a otros que no solamente se transmitía de hombre a hombre, sino, lo que es más, y esto ocurrió muchas veces y de manera visible, si la cosa del hombre que había estado enfermo o había muerto de esta enfermedad la tocaba otro animal distinto a la especie humana no sólo le contagiaba la enfermedad sino que en muy poco tiempo lo mataba. De lo cual mis ojos, como se acaba de decir, tuvieron un  día, entre otros, semejante experiencia: que estando tirados los harapos de un pobre muerto de esta enfermedad en la vía pública y al tropezarse con ellos dos cerdos y éstos, según acostumbran, cogiéndolos primero con el hocico y luego con los dientes y sacudiéndoselos en el morro, poco tiempo después, tras algunas convulsiones, como si hubiesen tomado veneno, ambos cayeron muertos al suelo sobre los funestos harapos.
Por estas cosas y por otras muchas semejantes a éstas o más graves, a los que quedaban vivos les asaltaron varios temores y suposiciones, y casi todos tendían a un mismo fin muy cruel, el de esquivar y huir de los enfermos y de sus cosas; haciendo esto cada cual creía lograr salvarse a si mismo. Y había unos que opinaban que vivir moderadamente y abstenerse de todo lo superfluo ofrecía gran resistencia a este mal; y reuniendo a su grupo vivían apartados de todos los demás, recogiéndose y encerrándose en las casas donde no había ningún enfermo y se podía vivir mejor, tomando alimentos delicadísimos y óptimos vinos con suma templanza huyendo de todo exceso, sin dejar que nadie les hablara y si querer tener noticia alguna de fuera, ni de muerte ni de enfermos, se distraían con la música y los placeres que podían. Otros, llevados por una opinión diferente, afirmaban que el beber mucho y el gozar y el ir por ahí cantando y disfrutando y el satisfacer el apetito con todo lo que se pudiese reírse y burlarse de lo que ocurría, que esa era la medicina más eficaz para tanto mal; y tal como lo decían lo llevaban cabo si podían, yendo de día y de noche de una taberna a otra, bebiendo sin tiento y sin medida, y haciéndolo sobre todo por las casas ajenas, con sólo sentir que algo les agradaba o se les antojaba. Y podían hacerlo fácilmente, pues todo como si no fuesen a vivir más, habían abandonado tanto a sí mismos como a sus cosas; por lo que la mayor parte de las casas se habían vuelto comunes, y las usaban los extraños, con sólo tropezarse con ellas, como las habría usado su propio dueño; y a pesar de ese comportamiento bestial, siempre que podían huían de los enfermos.  Y en tanta aflicción y desolación para nuestra ciudad estaba la respetable autoridad de las leyes, tanto divinas como humanas, casi toda abatida y destrozada por los ministros y ejecutores de las mismas que igual que los demás, todos estaban muertos o enfermos o se habían quedado tan faltos de servidumbre que no podían de desempeñar oficio alguno, por lo que a todos les era licito hacer lo que les venía en gana. Otros muchos, entre los dos ya dichos, observaban una vía intermedia, sin privarse de los manjares como los primeros ni excederse en las bebidas y en otras libertades como los segundos, sino que se servían de las cosas lo suficiente según sus apetitos y sin encerrarse iban de un lado a otro, llevando en la mano unos flores, otros hierbas aromáticas y otros diversos tipos de especias, y se las llevaban con frecuencia a la nariz creyendo que era muy bueno tonificar el cerebro con esos olores, por la razón de que todo el aire parecía impregnado y maloliente por el hedor de los cuerpos muertos y de las enfermedades y de las medicinas. Algunos eran de parecer más cruel, aunque fuese tal vez más seguro, diciendo que no había una medicina mejor ni tan buena contra la peste que el huir de delante de ella; e impulsados por este razonamiento, sin ocuparse de nada más que de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron su propia ciudad, sus propias casas, sus posesiones, a sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios para castigar las iniquidades de los hombres con aquella pestilencia no fuese a caer donde estuviesen, sino que, excitada, fuese a azotar solamente a los que se encontraban dentro de las murallas de su ciudad, o como si pensasen que no iba a quedar nadie en ella y que había llegado su última hora.
[...]
Me disgusta a mí mismo irme deteniendo en tantas miserias; por lo que, queriendo dejar ya esa parte de las que puedo evitar adecuadamente, diré que estando nuestra ciudad en estos términos, casi vacía de habitantes, sucedió, tal como le oí después a una persona digna de fe, que en la venerable iglesia de Santa María Novella, un martes por la mañana, cuando no había allí nadie más, vestidas de luto tras oír los santos oficios, como tal ocasión requería, se encontraron siete jóvenes señora todas unidas entre sí o por amistad o por vecindad o por parentesco, de las que ninguna pasaba de veintiocho años ni era menor de dieciocho todas discretas y de sangre noble y bellas de aspecto y adornadas de buenas costumbres y de gentil honestidad.  Yo diría sus nombres verdaderos si justa razón no me lo impidiese, y es ésta: que no quiero que alguna de ellas en lo sucesivo pueda avergonzarse de las cosas relatadas por ellas, que se siguen, ni de lo escuchados al estar hoy bastante más restringidas las leyes del placer, mientras que entonces, por las razones ya señaladas, eran amplísimas no ya para su edad sino para una mucho más madura; ni tampoco darles pie a los envidiosos, dispuestos a criticar cualquier vida respetable, a disminuir en modo alguno la honestidad de las ilustres señoras con desconsideradas habladurías.  Por ello, para que en lo sucesivo si pueda comprenderse sin confusión lo que cada una dijo, pretendo llamarlas con nombres en todo o en parte apropiados a la índole de cada una; a la primera de las cuales y a la que era de más edad la llamaremos Pampinea y a la segunda Fiammetta, Filomena a la tercera y a la cuarta Emilia, y a continuación llamaremos Lauretta a la quinta, a la sexta Nefilé y a la última la denominaremos Elissa.
Las cuales, llevadas no ya por algún propósito, sino reunidas por azar en una de las partes de la iglesia, tomando asiento casi en círculo, tras dejar de decir los padrenuestros con varios suspiros, se pusieron a comentar entre ellas muchas y diversas cosas de los sucesos de entonces. Y tras algún tiempo, callando las demás, Pampinea comenzó a hablar así:
"Mis queridas señoras, vosotras, lo mismo que yo, habéis podido oír muchas veces que a nadie ofende quien honestamente hace uso de su derecho.  Es natural tendencia de todo el que nace tratar de conservar y defender su vida cuanto pueda; y esto se acepta tanto que alguna vez ha sucedido que, para defenderla, sin culpa alguna se ha matado a hombres.  Y si esto lo admiten las leyes, entre cuyos fines está el bienestar de todos los mortales, ¡con cuánta mayor razón, sin ofender a nadie, nos es lícito a nosotras y a cualquier otro poner los remedios posibles para conservar nuestra vida!  Cada vez que vuelvo a considerar nuestros actos de esta mañana e incluso los de otras muchas pasadas, pensando cuántas y cuáles son nuestras reflexiones, comprendo, y de igual modo vosotras lo podréis comprender, que todas temamos por nosotras mismas; y esto no me asombra nada pero sí me asombra advertir que cada una de nosotras, teniendo sentimientos femeninos, no adoptemos algún remedio a lo que cada una de nosotras fundadamente teme.  Me parece que permanecemos aquí como si quisiésemos o tuviésemos que dar testimonio de cuántos cuerpos se nos llevan a enterrar, o escuchar si los frailes de aquí dentro, cuyo número se ha reducido casi a cero, cantan sus oficios a las horas debidas, o a demostrarle a todo el que se nos presente, con nuestras vestiduras, la calidad y la cantidad de nuestras miserias. Y si salimos de aquí, o vemos cadáveres o enfermos transportados por ahí, o vemos a los que la autoridad de las leyes públicas les ha condenado por sus delitos al exilio, que se mofan de ellas porque saben que sus ejecutores están muertos o enfermos, y con ímpetu desenfrenado van de correría por la ciudad  [...]
Por lo que aquí y fuera de aquí, y en casa, me encuentro a disgusto, y mucho más porque me parece que nadie que tenga alguna posibilidad y adonde poder ir, como tenemos nosotras, se ha quedado, salvo nosotras.  [...]
Y por ello, para no caer por repugnancia o por excesiva confianza en lo que, si quisiéramos, acaso podríamos evitar de alguna manera, no sé si a vosotras os parecerá lo que a mí me parece; yo estimaría muy adecuado que, en esta situación, tal como muchos antes que nosotros han hecho y hacen, saliésemos de nuestra ciudad, y huyendo como de la muerte de los deshonestos ejemplos ajenos, fuésemos a quedarnos honestamente en nuestras posesiones en el campo, que todas poseemos en abundancia, y allí disfrutásemos de la fiesta, la alegría y el placer que pudiésemos, sin traspasar en acto alguno el tope de la razón.  Allí se oyen cantar a los pajarillos, se ven verdear las colinas y los llanos, y los campos de mieses ondear como el mar, y unas mil especies de árboles, y el cielo más abiertamente, que, aunque esté aún enojado, no por ello nos niega sus bellezas eternas, que son mucho más bellas de contemplar que las murallas vacías de nuestra ciudad; y allí, además, el aire es mucho más fresco y hay más abundancia de esas cosas que son necesarias para la vida en estos tiempos, y es menor el número de molestias.  Por lo que, aunque allí mueran los campesinos como aquí los ciudadanos, el disgusto es menor porque las casas y los habitantes son menos que en la ciudad  [....]"
Mientras de este modo razonaban las señoras, he aquí que entraron en la iglesia tres jóvenes, aunque no demasiado, pues el más joven de ellos tendría veinticinco años; en ellos, ni el tiempo adverso, ni la pérdida de amigos o parientes, ni el temor por sí mismos habían podido no ya apagar sino enfriar su amor. De los que uno se llamaba Pánfilo, Filóstrato el segundo y el último Dioneo, todos muy agradables y corteses. Iban buscando, para su mayor consuelo entre tanta turbación, ver a sus amadas, que por ventura estaban las tres entre las dichas siete y algunas de las otras estaban directamente emparentadas con alguno de ellos. [...]

miércoles, 23 de noviembre de 2011

65. Proemio del Decamerón


PROEMIO
COMIENZA EL LIBRO LLAMADO DECAMERÓN, APELLIDADO PRÍNCIPE GALEOTO, EN EL QUE SE CONTIENEN CIEN NOVELAS CONTADAS EN DIEZ DÍAS POR SIETE MUJERES Y POR TRES HOMBRES JÓVENES.
HUMANA cosa es tener compasión de los afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, más propio es que la sientan aquellos que ya han tenido menester de consuelo y lo han encontrado en otros: entre los cuales, si hubo alguien de él necesitado o le fue querido o ya de él recibió el contento, me cuento yo. Porque desde mi primera juventud hasta este tiempo habiendo estado sobremanera inflamado por altísimo y noble amor (tal vez, por yo narrarlo, bastante más de lo que parecería conveniente a mi baja condición aunque por los discretos a cuya noticia llegó fuese alabado y reputado en mucho ), no menos me fue grandísima fatiga sufrirlo: ciertamente no por crueldad de la mujer amada sino por el excesivo fuego concebido en la mente por el poco dominado apetito, el cual porque con ningún razonable límite me dejaba estar contento, me hacía muchas veces sentir más dolor del que había necesidad. Y en aquella angustia tanto alivio me procuraron las afables razones de algún amigo y sus loables consuelos, que tengo la opinión firmísima de que por haberme sucedido así no estoy muerto. Pero cuando plugo a Aquél que, siendo infinito, dio por ley inconmovible a todas las cosas mundanas el tener fin, mi amor, más que cualquiera otro ardiente y al cual no había podido ni romper ni doblar ninguna fuerza de voluntad ni de consejo ni de vergüenza evidente ni ningún peligro que pudiera seguirse de ello, disminuyó con el tiempo, de tal guisa que sólo me ha dejado de sí mismo en la memoria aquel placer que acostumbra ofrecer a quien no se pone a navegar en sus más hondos piélagos, por lo que, habiendo desaparecido todos sus afanes, siento que ha permanecido deleitoso donde en mí solía doloroso estar. Pero, aunque haya cesado la pena, no por eso ha huido el recuerdo de los beneficios recibidos entonces de aquéllos a quienes, por benevolencia hacia mí, les eran graves mis fatigas; ni nunca se irá, tal como creo, sino con la muerte. Y porque la gratitud, según lo creo, es entre las demás virtudes sumamente de alabar y su contraria de maldecir, por no parecer ingrato me he propuesto prestar algún alivio, en lo que puedo y a cambio de los que he recibido (ahora que puedo llamarme libre), si no a quienes me ayudaron, que por ventura no tienen necesidad de él por su cordura y por su buena suerte, al menos a quienes lo hayan menester. Y aunque mi apoyo, o consuelo si queremos llamarlo así, pueda ser y sea bastante poco para los necesitados, no deja de parecerme que deba ofrecerse primero allí donde la necesidad parezca mayor, tanto porque será más útil como porque será recibido con mayor deseo. ¿Y quién podrá negar que, por pequeño que sea, no convenga darlo mucho más a las amables mujeres que a los hombres? Ellas, dentro de los delicados pechos, temiendo y avergonzándose, tienen ocultas las amorosas llamas (que cuán mayor fuerza tienen que las manifiestas saben quienes lo han probado y lo prueban); y además, obligadas por los deseos, los gustos, los mandatos de los padres, de las madres, los hermanos y los maridos, pasan la mayor parte del tiempo confinadas en el pequeño circuito de sus alcobas, sentadas y ociosas, y queriendo y no queriendo en un punto, revuelven en sus cabezas diversos pensamientos que no es posible que todos sean alegres. Y si a causa de ellos, traída por algún fogoso deseo, les invade alguna tristeza, les es fuerza detenerse en ella con grave dolor si nuevas razones no la remueven, sin contar con ellas son mucho menos fuertes que los hombres; lo que no sucede a los hombres enamorados, tal como podemos ver abiertamente nosotros. Ellos, si les aflige alguna tristeza o pensamiento grave, tienen muchos medios de aliviarse o de olvidarlo porque, si lo quieren, nada les impide pasear, oír y ver muchas cosas, darse a la cetrería, cazar o pescar, jugar y mercadear, por los cuales modos todos encuentran la fuerza de recobrar el ánimo, o en parte o en todo, y removerlo del doloroso pensamiento al menos por algún espacio de tiempo; después del cual, de un modo o de otro, o sobreviene el consuelo o el dolor disminuye. Por consiguiente, para que al menos por mi parte se enmiende el pecado de la fortuna que, donde menos obligado era, tal como vemos en las delicadas mujeres, fue más avara de ayuda, en socorro y refugio de las que aman (porque a las otras les es bastante la aguja, el huso y la devanadera) entiendo contar cien novelas, o fábulas o parábolas o historias, como las queramos llamar, narradas en diez días, como manifiestamente aparecerá, por una honrada compañía de siete mujeres y tres jóvenes, en los pestilentes tiempos de la pasada mortandad, y algunas canciones cantadas a su gusto por las dichas señoras. En las cuales novelas se verán casos de amor placenteros y ásperos, así como otros azarosos acontecimientos sucedidos tanto en los modernos tiempos como en los antiguos; de los cuales, las ya dichas mujeres que los lean, a la par podrán tomar solaz en las cosas deleitosas mostradas y útil consejo, por lo que podrán conocer qué ha de ser huido e igualmente qué ha de ser seguido: cosas que sin que se les pase el dolor no creo que puedan suceder. Y si ello sucede, que quiera Dios que así sea, den gracias a Amor que, librándome de sus ligaduras, me ha concedido poder atender a sus placeres.

sábado, 19 de noviembre de 2011

64. Oda a una urna griega


Tú, todavía virgen esposa de la calma,
criatura nutrida de silencio y de tiempo,
narradora del bosque que nos cuentas
una florida historia más suave que estos versos.
En el foliado friso ¿qué leyenda te ronda
de dioses o mortales, o de ambos quizá,
que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia?
¿Qué deidades son ésas, o qué hombres?
¿Qué doncellas rebeldes?
¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera?
¿Quién lucha por huir?
¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles,
ese salvaje frenesí?

Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas;
sonad por eso, tiernas zampoñas,
no para los sentidos, sino más exquisitas,
tocad para el espíritu canciones silenciosas.
Bello doncel, debajo de los árboles tu canto
ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse.
Osado amante, nunca, nunca podrás besarla
aunque casi la alcances, mas no te desesperes:
marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,
¡serás su amante siempre, y ella por siempre bella!

¡Dichosas, ah, dichosas ramas de hojas perennes
que no despedirán jamás la primavera!
Y tú, dichoso músico, que infatigable
modulas incesantes tus cantos siempre nuevos.
¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aun más dichoso!
Por siempre ardiente y jamás saciado,
anhelante por siempre y para siempre joven;
cuán superior a la pasión del hombre
que en pena deja el corazón hastiado,
la garganta y la frente abrasadas de ardores.

¿Éstos, quiénes serán que al sacrificio acuden?
¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,
llevas esa ternera que hacia los cielos muge,
los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?
¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar,
alzada en la montaña su clama ciudadela
vacía está de gentes esta sacra mañana?
Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas
tus calles quedarán, y ni un alma que sepa
por qué estás desolado podrá nunca volver.

¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe
de hombres y de doncellas cincelada,
con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!
¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede
como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!
Cuando a nuestra generación destruya el tiempo
tú permanecerás, entre penas distintas
de las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
«La belleza es verdad y la verdad belleza»...
Nada más se sabe en esta tierra y no más hace falta.