miércoles, 21 de diciembre de 2011

Epidemia de amor

1595 es, según la cronología aproximada de sus obras, un gran año para William Shakespeare. De la misma fecha datan la comedia El sueño de una noche de verano, la obra histórica Ricardo II y la tragedia Romeo y Julieta. Las tres comparten, dentro de su divergencia, algunos rasgos comunes: la fábula de Píramo y Tisbe sirvió como punto de partida para la comedia y la tragedia (matizada por la tradición cortés del Tristán e incluso un poema de Arthur Brooke, de 1562, donde ya aparece el Ama); el mito del héroe trágico que se deja caer por los abismos de la desgracia, frecuente luego en tragedias como Antonio y Cleopatra, queda encarnado en Romeo y el rey Ricardo; y las tres abordan, de una u otra manera, el mundo de la fantasía: el de los cuentos de hadas, el de la poesía vibrante y colorida, el del lirismo creciente en mitad de la caída, el del veneno equivocado.
                Todavía falta tiempo para la impresionante serie de tragedias que encadenó entre 1601 y 1606, entre ellas Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth o Antonio y Cleopatra, la cima de su producción, y quizá por ello suela hablarse de Romeo y Julieta con la condescendencia y el prejuicio con se piensa en las obras primerizas. Es verdad que Romeo y Julieta no utiliza tramas secundarias y que su estructura dramática se apoya en giros argumentales de controvertida justificación. Romeo podía haber huido con Julieta sin atender a los consejos de fray Lorenzo, y no deja de ser una desgracia, más que una fatalidad, que no le llegue a Romeo una carta en el momento preciso. Se diría que estas soluciones dramáticas fuerzan la acción, pero también puede verse desde el lado contrario.
                Romeo y Julieta es la tragedia de la pasión irrefrenable. Excepto las escenas de amor, todo sucede tumultuosa, vertiginosamente. Es como si una epidemia de amor los atacase sin posibilidad de defenderse. Desde que Romeo, por bienintencionado consejo de su amigo Benvolio, se olvida de Rosalina y se precipita en el amor hacia Julieta, todo está envuelto en una urgencia de los sentimientos que tampoco puede llevarse muy bien con la paciencia o la premeditación. Dicho de otro modo, es lógico que el amor sea un desastre incontrolable desde todos los puntos de vista, y casi sería menos verosímil que Romeo hubiera sabido actuar o que la carta de fray Lorenzo le hubiese llegado a tiempo. La propia desmesura del amor justifica cualquier recurso argumental, como si el autor hubiera compuesto la obra con la misma intensidad, con la misma prisa que reclama la pasión.
                Pero esta desmesura tan solo da sensación de grandiosidad, de riqueza de matices y significados, de atmósfera poseída por el sentimiento. No hay enamoramiento en Romeo. Hay amor, pleno, profundo, irreversible desde el primer instante, desde que no solo los amantes saben que están enamorados sino que son, para siempre, el uno del otro: mi Romeo, mi Julieta, repiten los amantes, sin dar nunca sensación de propiedad sino de unión.
                La tragedia conserva intacta su frescura, y pese al mito en que se ha convertido, a su condición de antonomasia del amor, más de cuatro siglos de ininterrumpida representación no han conseguido petrificarla. Su capacidad emotiva se mantiene como el primer día, y eso ha dado lugar a toda clase de interpretaciones. Las más altisonantes quizá sean las que hablan del conflicto entre idealismo y realismo, y las todavía más solemnes que ven un sacrificio expiatorio en la inmolación de los amantes. Ambas tienen sus razones.
                Romeo y Julieta es, sorprendentemente, una de las obras más realistas de Shakespeare. En ninguna aparecen tantos personajes de las clases populares: Pedro, Sansón, Gregorio, Abrahán, Baltasar, el Ama, el Boticario, los músicos… En pocas son tan importantes los objetos, un frasco, un balcón, una tumba, una daga, unos huesos, unos pantalones, un botón incluso. El atrezzo normalmente es una apoyatura secundaria, pero aquí son realidades cercanas, resúmenes de sentimientos, escenarios perfectos. Más que servir para la acción, la condensan, la simbolizan. La historia está en esos objetos, de modo que el espacio de la palabra se amplía, y con él su extrema libertad. Y así vemos que personajes tan importantes y tan bien retratados como Mercuccio hacen arte de lo mismo que los va a matar. Su intervención más importante no es cuando muere a manos de Tebaldo: cualesquiera otros dos jóvenes igual de impulsivos o de cínicos habrían servido para la acción, pero ninguno habría recitado como Mercuccio el fabuloso poema de la reina Mab, una especie de pompa irisada de jabón, una belleza tan límpida y tan frágil como la propia vida de Mercuccio. Entendemos a Mercuccio gracias a su alarde verbal, no a la forma gratuita que tiene de ganarse la vida.
                O vemos cómo la cercanísima Ama es una mujer que habla con su presencia, y que con su divertida corriente de conciencia (no en vano el Ulises de Joyce termina igual que uno de los más celebrados monólogos del Ama) plasma la realidad de un tipo de mujer intemporal, la que se expresa con absoluta claridad en su incapacidad para hablar con coherencia. La simpatía que transmite se debe a que nos gusta lo que dice sin importarnos mucho; nos gusta, más que sus palabras, su presencia hablando, en un alarde lingüístico, por otra parte, que tampoco tiene mucho que envidiar al de Mercuccio.
                Incluso es real el fraile, tan fantasioso en el fondo, tan cobarde en los momentos importantes, tan honesto al final. Es débil y lucha sin fuerzas contra su propia bondad. Las mejores intenciones le llevan al desastre. Y lo mismo podríamos decir de los padres de Julieta: son débiles, incapaces. El padre tiene salidas de tono improcedentes, de una agresividad estúpida, o bien una voluntad pacificadora inoperante. La madre es mala madre, descuidada, antipática, lejana, a pesar de que en una ocasión hable frente a frente con Julieta. Ni la entiende ni saca provecho de no entenderla. Es una pobre mujer, y eso siempre resulta muy realista.
                Todos ellos componen una sociedad enferma, carcomida por el odio sin sentido de Montescos y Capuletos, por el delirio del honor y el desprecio de la vida. Romeo y Julieta son los únicos que, en la súbita maduración que les provoca el amor, son capaces, con su desgracia, con su sacrificio, de redimir la ciudad y sanarla de una morbosa ausencia de sentimientos verdaderos. Ellos serían el ideal del amor, y todos los desgraciados que los rodean la realidad de la vida. Amor omnia vincit, pero al precio de la muerte.
                Aunque tampoco habría que ir tan lejos para encontrar tanta riqueza. Julieta tiene catorce años. Romeo, pocos más. El amor los atrapa y les hace ser hombre y mujer, les abre una verdad a la que ni pueden ni quieren resistirse. No necesitan querer ni fingir. No necesitan buena voluntad para quererse. El amor en ellos es una necesidad trágica, un ciclón que se los lleva. Todo podía haber sido de otra manera y los amantes, con un poco más de temple, con algo de astucia, podrían, además de vencer, haber seguido vivos. Pero en Antonio y Cleopatra Shakespeare volvería a insistir en la fatalidad del verdadero amor, sobre todo con la muerte de Cleopatra, que surge, otro vínculo con la realidad, de una cesta de higos.
                Ni hay cálculo en sus sentimientos ni podía haberlo en la desatada poesía que brilla en cada página. Alguien ha contado 175 juegos de palabras con intención graciosa en medio de semejante drama. La incontinencia paronomásica de Shakespeare no se toma un respiro. Hasta en una intimidad tan poco dada a la filigrana especulativa de Romeo y Julieta se practica el nominalismo filosófico, como en el célebre episodio de la rosa. Mercuccio no solo hace brotar poemas de su boca sino que da lecciones de literatura, desde el pin of my heart de la mitología clásica al pink of courtesy de sus aficiones literarias. Fray Lorenzo es como un monje escolástico que se lía un poco al hablar y cree en los curanderos. Bajo sus alambicados parlamentos, salvo el último, no suele haber mucha sustancia, pero él, otra vez, es intensamente real.
                Pero esta afición de Shakespeare a jugar con las palabras por puro placer musical tiene otro efecto en la obra. Los poemas son tan cristalinos, puros e incontaminados como el amor de Romeo y Julieta. Son belleza no premeditada, libre de la carga de profundidad de su significado. Las mismas palabras sin sentido que sirven para condenarlos son las que llenan de color y de emoción todos sus pasos. Dicho sea con la licencia propia del caso, las palabras pintan de música las escenas. La misma obra, en su presunta imperfección, tiene la tersura, la pureza de los amantes atolondrados. Hablan en serio, aman en serio. Nadie alrededor es capaz de hacer lo mismo. Se los ha comido la incapacidad de entregarse a sus sentimientos, de tenerlos siquiera. Mercuccio es el esteta despegado, el Óscar Wilde irónico y distante. Los mejores personajes son prudentes o directamente cobardes. Los peores, individuos defectuosos, arruinados por las impurezas de su corazón. Romeo y Julieta no son compatibles con nada que limite su pasión, pero la vida está llena de limitaciones y la plenitud encaja mejor en el escenario de la muerte. La tragedia es que solo se conserva la pureza el tiempo que duran las flores, hasta que se acaba la canción de amor, y los músicos, pobres, se quedan sin cobrar.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Labios ardientes


Julieta. (Despertando). ¡Ah, padre, consuelo mío! ¿Dónde está mi señor? Recuerdo muy bien dónde debía estar yo, y aquí estoy: ¿dónde está mi Romeo?
Ruido dentro.
Fray Lorenzo. Oigo ruido. Señora, salid de ese nido de muerte, peste y sueño antinatural: un poder más grande de lo que podemos resistir ha malogrado nuestros intentos: venid, vámonos: tu esposo yace muerto en tu regazo, y también París: ven, te pondré en un convento de santas monjas. No te pares a preguntar, porque viene la guardia: vamos, ven, buena Julieta: no me atrevo a quedarme más. (Se va.)
Julieta. Vete, vete, porque yo no me quiero ir. ¿Qué hay aquí? ¿Una copa apretada en la mano de mi fiel amor? Ya veo; el veneno ha sido su fin prematuro: ¡ah cruel! ¡Lo has bebido todo, sin dejarme una gota propicia que me sirviera después! Besaré tus labios: quizá quede en ellos un poco de veneno, para hacerme morir con un cordial. (Le besa.) ¡Tus labios están calientes!

Veneno


Romeo. Si  puedo fiarme de la lisonjera sinceridad del sueño, mis sueños presagian que se aproximan algunas gozosas noticias: el soberano de mi pecho está alegremente sentado en su trono, y durante todo el día, un espíritu desacostumbrado me eleva por encima del suelo con pensamientos animosos. Soñé que llegaba mi amada y me encontraba muerto -¡extraño sueño, que permite pensar a un muerto!- y con sus besos infundía en mis labios tal vida, que yo revivía y era emperador. ¡Ay de mí! ¡Qué dulce debe ser el amor poseído, cuando sólo las sombras del amor son tan ricas en gozo!
Entra Baltasar, con botas
¡Noticias de Verona! ¿Qué hay, Baltasar? ¿Me traes cartas del fraile? ¿Cómo está mi señora? ¿Está bien mi padre? ¿Cómo le va a mi Julieta? Esto te lo repito, pues nada puede estar mal si ella está bien.
Baltasar. Entonces, ella está bien, y nada puede estar mal: su cuerpo duerme en el panteón de los Capuletos, y su parte inmortal vive con los ángeles. Vi cómo la depositaban en la bóveda de su familia, y me puse enseguida en camino para decíroslo: perdonadme por traer estas malas noticias, puesto que me lo habíais dejado encargado, señor.
Romeo. ¿Así es? ¡Entonces, estrellas, os desafío! Sabes dónde vivo: tráeme tinta y papel, y alquila caballos de posta: me voy de aquí esta noche.
Baltasar. Señor, os lo ruego, tened paciencia: vuestro rostro está pálido y agitado, y hace temer alguna desgracia.
Romeo. Calla, te engañas: déjame y haz lo que te mando. ¿No tienes cartas del fraile para mí?
Baltasar. No, mi buen señor.
Romeo. No importa: vete de aquí, y alquila esos caballos: enseguida estaré contigo. (Se va Baltasar.) Bien, Julieta, esta noche yaceré contigo. Vamos a ver cómo: ¡ah desgracia, qué rápida eres para entrar en los ánimos de los hombres desesperados! Recuerdo un boticario… vive por aquí, y le vi hace poco en harapos destrozados, con frente ceñuda, reuniendo hierbas medicinales: su aspecto era mísero, y la cruel miseria le había consumido hasta los huesos. En su pobre botica, colgaba una tortuga, un caimán disecado y otras pieles de deformes peces; en sus estanterías, una miserable cantidad de botes vacíos, tarros verdes de barro, vejigas y semillas mohosas, restos de guita de envolver y viejos panes de rosa, estaban dispersados a trechos para hacer impresión. Al notar esta penuria, me dije: Si alguien necesita ahora un veneno, cuya venta está condenada a muerte inmediata en Mantua, aquí vive un desgraciado pícaro que se lo vendería. Ah, este pensamiento no hizo sino adelantarse a mi necesidad, y ese mismo hombre necesitado ha de vendérmelo. Según recuerdo, esta ha de ser la casa: por ser fiesta, la botica del pobre está cerrada. ¡Eh, a ver, boticario!

jueves, 15 de diciembre de 2011

¿Eres hombre?


FRAY LORENZO. Detén tu mano desesperada: ¿eres hombre? Tu aspecto clama que lo eres: tus lágrimas son mujeriles: tus actos locos indican la furia irracional de un animal: ¡mujer deforme en forma de hombre! ¡In forme bestia en forma de ambos! Me has sorprendido: por mis santas órdenes, creí que tu ánimo era mejor templado. ¿Has matado a Tebaldo? ¿Te vas a matar a ti mismo? ¿Y vas a matar a tu dama, que vive en tu vida, dejándote llevar del condenado odio contra ti mismo? ¿Por qué te burlas de tu nacimiento, del cielo y la tierra? Pues nacimiento, cielo y tierra, se reúnen los tres a la vez en ti, y tú a la vez quieres perderlos. ¡Vergüenza, vergüenza! Infamas tu aspecto, tu amor, tu ingenio; pues, como un usurero, abundas en todo, y no usas nada en ese uso verdadero que debía ser ornamento de tu aspecto, de tu amor, de tu ingenio: tu noble aspecto es sólo una forma de cera, muy lejana del valor de un hombre; tu ardiente amor jurado, es sólo vacío perjurio, que mata ese amor que juraste guardar; tu ingenio, el ornamento de aspecto y amor, se extravía en el gobierno de uno y otro, pues, como la pólvora en el frasco de un soldado inhábil, le pega fuego tu propia ignorancia, y tú te despedazas con tu propia defensa. ¡Vamos, levántate, hombre! Está viva tu Julieta, por cuyo dulce amor te morías ahora mismo: en eso eres feliz: Tebaldo iba a matarte, pero mataste tú a Tebaldo: en eso también eres feliz: la justicia que amenazaba darte muerte se hace tu amiga, y lo convierte en exilio: en eso eres feliz, un haz de bendiciones se posa en tu espalda; la felicidad te corteja en su mejor atavío; pero tú como una muchacha huraña y mal educada, frunces el ceño a tu fortuna y a tu amor: ten cuidado, ten cuidado, porque quien es así, muere de modo miserable. Vamos, ve a ver a tu amor, como estaba acordado, sube a tu cuarto y consuélala; pero mira que no te quedes hasta que salga la guardia, pues entonces no podrás pasar a Mantua; allí vivirás hasta que podamos encontrar el momento de revelar vuestro matrimonio, reconciliar a los vuestros, pedir perdón al Príncipe, y volverte a llamar con dos millones de veces más de alegría que el llanto con que partiste. Ve por delante, ama: saluda de mi parte a tu señora, y di que se dé prisa en hacer acostar a todos los de la casa, a lo cual estarán dispuestos por su grave tristeza: irá Romeo.

martes, 13 de diciembre de 2011

Como una rosa


Mercucio. ¡ay, pobre Romeo! ¡Ya está muerto! Apuñalado por los ojos negros de una blanca muchacha; traspasado de oído a oído por una canción de amor; con el corazón partido en su misma diana por la flecha del ciego niño arquero: ¿y va a ser hombre para enfrentarse con Tebaldo?
Benvolio. ¡Bah! ¿Qué es Tebaldo?
Mercucio. Más que el príncipe de los gatos, puedo decirte. Ah, es el valiente capitán de las perfecciones. Lucha como tú cantarías una partitura; lleva el compás, la distancia y la proporción: te hace una pausa de mínima: una, dos, y el tres en tu pecho: el auténtico matarife de los botones de seda, un duelista, un duelista; un caballero de la primerísima escuela, de la primera y segunda causa. ¡Ah, la inmortal pasada! ¡Los grados del perfil! ¡El “tocado”!
Benvolio. ¿El qué?
Mercucio. ¡La peste de esos fantásticos grotescos, balbucientes y afectados, esos nuevos entonadores de acentos! “¡Por Jesucristo, una excelente hoja: un hombre de buen talle; una estupenda puta!” Vaya, ¿no es cosa lamentable, abuelo mío, que estemos tan afligidos con estas moscas impertinentes, estos lanzadores de modas, estos pardonnez-moi, que se asientan tanto en las nuevas formas que no pueden estar cómodos en sus antiguos bancos? ¡Ah, sus bons, ah sus bons!
Entra Romeo
Benvolio. Aquí viene Romeo, aquí viene Romeo.
Mercucio. Sin las huevas, como un arenque seco. ¡Ah carne, carne, cómo estás de pescadeada! Ahora se ha dado a la métrica en que manó Petrarca: Laura, al lado de su amada, era una fregona: pardiez, aquella tuvo un amante mejor para ponerla en rima; Dido, muy dudosa; Cleopatra, una gitana; Helena y Hero, bribonas y rameras; Tisbe, ojos garzos, o algo así, pero no servía para el caso. Signor Romeo, bon jour! Ahí tienes un saludo francés para tus bragas a la francesa. Anoche nos diste lindamente moneda falsa.
Romeo. Buenos días a los dos. ¿Qué moneda falsa os di?
Mercucio. El esquinazo, hombre, el esquinazo: ¿no entiendes?
Romeo. Perdón, buen Mercucio: tenía un asunto importante; y en caso tal como el mío, uno puede apurar la cortesía.
Mercucio. Es como decir que un caso como el tuyo obliga a uno a inclinarse por las corvas.
Romeo. Esto es, para hacer una reverencia.
Mercucio. Has acertado amablemente.
Romeo. Una interpretación muy cortés.
Mercucio. Claro, soy la misma flor de la cortesía.
Romeo. Como una rosa.
Mercucio. Eso es.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Cronología de las obras de Shakespeare

Obras tempranas (1588-1596)

  • Los dos hidalgos de Verona
  • El Rey Juan
  • La doma de la furia. En el prólogo, el calderero borracho Cristóbal Sly es convencido de que es un señor y accede a presenciar la representación de una “encantadora comedia”. El viejo Bautista dice que su hija Blanca no se casará hasta que se quite él de encima a su bravía hija Catalina. Esto desconcierta a los tres pretendientes de Blanca: Grumio, Hortensio y el guapo joven Lucencio. Grumio y Hortensio hacen una apuesta contra un visitante de Verona, Petruchio: no conseguirá cortejar a Catalina y casarse con ella. Se monta un enredo y pronto hay dentro de la casa de Bautista un falso maestro de música (Hortensio), un profesor de latín (Lucencio) y un pretendido Lucencio (Tranio, el criado de Lucencio, vestido con las ropas de su señor, que corteja a Blanca en nombre de Lucencio). Petruchio prescinde de la oposición de Catalina al matrimonio y hace en todo momento lo contrario de lo que ella espera. En lugar de llegar a la iglesia vestido de gala, se presenta en harapos. Desdeñando el banquete de bodas, se la lleva a Verona, hambrienta y furiosa. Se niega a permitirle que asista a una fiesta (argumentando que la comida es insana), le niega las ropas delicadas (porque mejor convendrán a su honestidad los trajes de diario), trata mal al criado hasta que Catalina le ruega que sea más amable y le lava a ella el cerebro hasta que da por cierto todo lo que él diga (por ejemplo, que la Luna es el Sol, o que un hombre que encuentran por la calle es una mujer). Catalina y Petruchio vuelven a casa de Bautista, que ha dado su consentimiento para que el falso Lucencio, Tranio, se case con Blanca, mientras él pueda demostrar la intención de su padre de dejarle su dinero. Tranio convence a un visitante para que se haga pasar por el padre de Lucencio y cuando llega el verdadero padre se produce una gran confusión. Lucencio se casa con Blanca en secreto mientras Hortensio, desilusionado, se casa con una viuda rica. Lucencio, Petruchio y Hortensio discuten sobre cuál de sus esposas es la más obediente, y Catalina demuestra su obediencia acudiendo cuando el llamada y alabando los deberes que las esposas tienen con sus maridos.
  • Tito Andrónico. Después de una campaña trinfal contra los godos, el general romano Tito Andrónico trae prisioneros a la ciudad a Tamora, reina de los godos, y a sus tres hijos. Para aplacar los espíritus de los hijos suyos que han muerto en la batalla, Tito sacrifica al hijo mayor de Tamora, Alarbo. Instigado por Marco, hermano de Tito, el pueblo romano ofrece el trono a Tito, pero él recomienda que sea nombrado Saturnino, primogénito del último emperador. Saturnino pide caarse con la hija de Tito, pero su hermano Bassiano, amante de ella, la secuestra. Inmediatamente Saturnino lo acusa de violarla y se casa con Tamora, lo que hace posible que Tamora haga planes para vengarse de Tito por haber sacrificado a Alarbo. El resto de una obra es una sucesión de crímenes y venganzas. Los hijos de Tamora, Demetrio y Chirón (ayudados por Aarón, el astuto amante de Tamora) matan a Bassiano y violan a Lavinia, a la que cortan la lengua y las manos para evitar que los acuse. Tienden una trampa a dos de los hijos que sobreviven de Tito, Quinto y Marcio, para que caigan en el foso donde está el cadáver de Bassanio; Quinto y Marcio son detenidos por haber asesinado a Bassanio. Tito ruega a Saturnino que los perdone y se le contesta que si envía la mano de su hermano y la propia le serán devueltos los hios. Tito envía las manos y recibe a cambio las cabezas cortadas de sus hijos. Lucio, el hijo mayor de Tito, deserta de los godos para unirse a un ejército vengador. mientras, Lavinia halla la forma de contar a Tito quién la violó y Tito planea vengarse de Demetrio y Chirón. Aarón se entera del plan, pero ha de escapar de Roma debido a que Demetrio y Chirón han ordenado su muerte y la del bastarde de Tamora. Es capturado y cuenta todo lo que sabe. Tito invita a Tamora, Saturnino y Lucio a un banquete donde sirve a Demetrio y Chirón guisados en un pastel, mata a Lavinia (para acabar con su vergüenza) y asesina a Tamora. Saturnino mata a Tito y Lucio mata a Saturnino. Lucio, que es ahora el único miembro vivo y físicamente íntegro de la familia imperial, es elegido emperador. Ordena funerales oficiales por Tito, por Saturnino y por Lavinia, trata el resto de los cadáveres como carroña y manda que se deje morir de hambre a Aarón.
  • La comedia de las equivocaciones. Egeonte, mercader de Siracusa, perdió a su esposa, a uno de sus hijos gemelos y a uno de sus sirvientes, también gemelo, en un naufragio hace muchos años y va errabundo, buscándolos. En Éfeso infringe la ley que establece que todo siracusano capturado en Éfeso debe pagar una multa en el término de veinticuatro horas o ser ejecutado. También se encuentran en Éfeso, sin que Egeonte lo sepa, su hijo Antófolo de Siracusa y Antífolo, criado de Dromio de Siracusa que, al igual que Egeonte, ignoran que sus gemelos Antífolo de Éfeso y Dromio de Éfeso ahora viven y prosperan allí.- La obra se convierte, literalmente, en una comedia de equivocaciones cuando Antófolo y Dromio son confundidos con sus hermanos. Los siracusanos se asombran, pero no se sorprenden porque saben que Éfeso es célebre por sus brujos, fantasmas y transformistas. Antífolo de Siracusa es saludado por desconocidos que le ofrecen joyas por la calle. Invitado a cenar por una mujer a la que no conoce (en realidad Adriana, la esposa de su hermano), se enamora de Luciana, hermana de Adriana, con gran irritación de la anfitriona, que lo tiene por su marido. A Antífolo de Éfeso lo echan de su propia casa y le niegan una cadena de oror que había encargado para su mujer, debido a que el orfebre se la había dado antes a él. A los dos Dromios los empapelan por desobedecer órdenes que en realidad habían recibido sus hermanos gemelos.- Al final, el joyero hace que detengan a Antófolo de éfeso por deudas y sea tachado de demente (por Pinch, un curandero). Egeonte y Antífolo de Siracusa buscan refugio en la misma abadía; allí Egeonte reconoce a su hijo y, en la Abadesa, a la hace tiempo perdida esposa. Van a toda prisa a ver al Ducque, las familias se recomponen, Antífolo de Siracusa promete desposar a Luciana y todo termina felizmente.
  • Ricardo III. Ricardo, Duque de Gloucester, está decidido a ser rey. Ya ha asesinado con sus propias manos a Enrique VI y al hijo de éste, Eduardo. Ahora corteja a la viuda de Eduardo, Ana, durante los funerales de Eduardo, y dice a su hermano mayor, el rey Eduardo IV, que su otro hermano, Clarence, está conspirando contra él. Clarence es encarcelado en la Torre de Londres y Ricardo envía unos sicarios que lo apuñalan y ahogan en un barril de vino. Relata la muerte de Clarence al enfermizo Eduardo, el cual muere de remorimientos. (En realidad, había indultado a Clarence, pero Ricardo ha retenido el indulto hasta consumarse el asesinato de Clarence).-  La muerte de Eduardo significa que los siguientes en la línea de sucesión al trono son dos niños: sus hijos Eduardo, Príncipe de Gales, y Ricardo, Duque de York. Su tío Ricardo les da la bienvenida a Londres para la coronación y los aloja en la Torre; y dispone que su secuaz Buckingham propale el rumor de que ambos, y su padre Eduardo antes que ellos, eran ilegítimos. El Lord Corregidor de Londres le ofrece que se haga cargo de la corona en lugar de los niños y él acepta aparentando hacerlo de mala gana. las mujeres de la familia real, las reinas ana, Isabel (viuda del difunto Rey Eduardo) y Margarita (viuda de Enrique VI), maldicen una y otra vez a Ricardo, pero no pueden parar su marcha hacia la legitimidad real. Ricardo ordena a Sir James Tyrell que asesine a los príncipes en la Torre y hace planes para envenenar a la Reina Ana y casarse con la Princesa Isabel, hija de su difunto hermano, el Resy Eduardo.- En medio del tumulto de conspiraciones y asesinatos, Buckingham reclama el ducado que se le había prometido como recompensa por ayudar a ricardo a conseguir el trono, y Ricardo se lo niega. Buckingham inicia una revuelta contra Ricardo, a la que se une el Conde de Richmond, que acaba de regresar de Francia. Los rebeldes se enfrentan con el ejército de Ricardo en la batalla de Bosworth. la noche anterior, Ricardo ha soñado con los fantasmas de todas las personas a las que ha asesinado; todos los sueños de Richmond han sido de victoria. Durante la batalla, los hombres de Ricardo lo abandonan. Richmond lo mata, toma el poder con el nombre de Enrique VII y anuncia que acabará con los disturbios civiles que hay en Inglaterra casándose con la Princesa Isabel.
  • Enrique VI, Primera, Segunda y Tercera partes
Obras intermedias 1 (1596-1603: isabelino)

  • El mercader de Venecia: En Belmont, Porcia plantea a sus pretendientes una apuesta: hay un retrato de ella en uno de los tres cofres (el de oro, el de plata y el de plomo) entre los que deben elegir. Quien acierte con el cofre del retrato será su esposo; los otros perderán todo lo que tengan. El joven veneciano Basanio decide aceptar el desafío. Para financiarse, toma dinero prestado de su amigo Antonio, que a su vez pide el dinero al prestamista Shylock. Antonio se compromete a devolver la deuda a Shylock al cabo de tres meses, cuando sus barcos mercantes regresen de las singladuras al extranjero. Shylock exige una libra de la carne del deudor si no cumple lo pactado. En Belmont, los príncipes de Marruecos y de Aragón no aciertan con el cofre. En Venecia, la hija de Shylock roba dinero a su padre y escapa de casa para siempre, reuniéndose con su amado Lorenzo en Belmont. Basanio zarpa hacia Belmont, hace la prueba de los cofres y acierta con el bueno. Interrumpe las celebraciones la noticia de que los galeones de Antonio se han perdido y Shylock insiste en que se cumpla el acuerdo al pie de la letra. Porcia decide disfrazarse de abogado y pleitear en nombre de Antonio ante los tribunales. Nerisa (la doncella de Porcia, en relaciones con Graciano, un amigo de Basanio) se disfraza a su vez de escribiente del letrado. En el proceso, Shylock exige la libra de carne, sin que lo conmueva el apasionado discurso de Porcia sobre la clemencia. Entonces ella invoca el acuerdo original: puede tomar la carne a condición de cortarla sin que se derrame una gota de sangre. Derrotado, Shylock se ve obligado a entregar la mitad de su riqueza a Antonio (quien la traspasa a Yésica, la hija de Shylock, y a Lorenzo) y a convertirse al cristianismo. Basanio y Graciano pagan al “abogado” y al “escribiente” con los anillos que antes les habían regalado Porcia y Nerisa. De regreso a Belmont y ya sin disfraz, Porcia y Nerisa reclaman sus anillos, a lo que Basanio y Graciano dicen que los han perdido, con lo que ellas tienen la magnanimidad de regalarles otros nuevos, que en realidad son los mismos. Resuelta la confusión, los enamorados caen en brazos de sus enamoradas y Antonio recibe la feliz noticia de que, al final, tres de sus galeones no se han hundido, sino que han arribado a puerto.
  • Mucho ruido y pocas nueces
  • El sueño de una noche de verano. En Atenas, el Duque Teseo está a punto de casarse con la reina de las amazonas, Hipólita. Uno de sus nobles, Egeo, se queja de que sus planes matrimoniales para su hija Hermia (prometida de Demetrio) han sido trastornados por Lisandro, que ha hechizado a Hermia para que lo ame a él. Teseo dice a Hermia que se case con Demetrio o se haga monja. Hermia y Lisandro planean reunirse a la noche siguiente en un bosque mágico de las afueras de Atenas y fugarse. Hermia se lo cuenta a Helena, su mejor amiga, quien a su vez lo cuenta a Demetrio (el hombre que espera casarse con ella).- El bosque está muy poblado. Un grupo de trabajadores, dirigidos por el tejedor Fondón y por el carpintero Membrillo, ensayan una comedia que se va a representar por la boda de Teseo e Hipólita. El reino de las hadas está alborotado. El rey Oberón y la reina Titania han discutido sobre un "niño robado" y ahora Oberón envía a su acólito Robín (o Puck) a que extraiga el jugo de una planta mágica: si se rocía sobre los párpados de los dormidos, hace que idolatren a quien primero vean al despertar. Oberón echa el jugo sobre los ojos de Titania, y Robín, a quien se le ha ordenado que haga lo mismo con Demetrio (para que ame a Helena), vierte el jugo sobre los ojos de Lisandro.- Durante una tregua en los ensayos de la comedia, Robín encasqueta a Fondón una cabeza de asno y los demás huyen aterrorizados. Fondón se desconcierta, y ´más aún cuando Titania, al despertar, se enamora de él y dice a sus hadas: "Sed corteses y amables con el caballero". Mientras tanto, Oberón ha procurado enmendar el error cometido por robín con los enamorados y ha echado jugo de amor enlos ojos de Demetrio, con el resultado de que tanto Lisandro como Demetrio, para gran enojo de Hermia, se enamoran de Helena.- Todos los que hay en el bosque acaban por dormirse exhaustos. Oberón (que ya tiene a su cargo el niño robado) libera a todos del hechizo amoroso y Robín le quita a Fondón la cabeza de asno. Los enamorados, resueltas sus diferencias (ahora Lisandro se empareja con Hermia y Demetrio con helena), van a Atenas a asistir a la boda y los trabajadores representan su obra. Al acabar el día, Robín encabeza la procesión con antorchas de las hadas por el palacio, bendiciendo a todos los novios y novias y prometiéndoles una larga vida de felicidad. 
  • Enrique V
  • Trabajos de amor perdido
  • A vuestro gusto
  • Ricardo II
  • Julio César
  • Enrique IV, Primera y Segunda Parte
  • Noche de Reyes
  • Las alegres comadres de Windsor
  • Hamlet: No todo va bien en Dinamarca. En las almenas del palacio real se ha visto por la noche el espectro del anterior rey, que se niega a decir nada. En el salón del trono, el príncipe Hamlet (hijo del rey difunto) siente aversión por Claudio (el nuevo rey, tío suyo) y la reina Gertrudis (madre de Hamlet y esposa de Claudio), que se niegan a llevar luto. Hamlet va a las almenas y el espectro le dice que Claudio lo mató echándole veneno en el oído. Hamlet jura vengarse. Para comprobar la culpabilidad de Claudio, Hamlet finge estar loco (para aflicción de su amada Ofelia) y dispone que una compañía de cómicos que pasa por la corte represente una obra que recree el asesinato de su padre. La violenta reacción de Claudio lo convence de su culpabilidad. Sorprende a Claudio rezando, pero no es capaz de matarlo él mismo. Visita a la madre en sus habitaciones y la acusa de complicidad (incitado por el espectro que sólo él ve). Al oír un ruido detrás de un tapiz, lo atraviesa con la espada y mata a Polonio, el padre de Ofelia y primer ministro del estado. Claudio envía a Hamlet a Inglaterra y concierta que lo maten allí. Pero Hamlet escapa y regresa a Dinamarca, después de haber matado a sus dos amigos Rosencrantz y Guildenster en la peripecia. También ha vuelto a casa el hermano de Ofelia, Laertes, que estudiaba en París. Furioso, para vengar el asesinato de su padre y la locura que los pesares le han ocasionado a su hermana, lucha con Hamlet en la tumba de Ofelia y lo desafía a duelo delante de la corte. Claudio le propone que utilice una espada envenenada y le proporciona un vino envenenado por si falla el combate. Al principio del duelo hay un cambio de espadas y es Hamlet quien empuña la envenenada. Gertrudis brinda por Hamlet y bebe del vino envenenado. Laertes y Hamlet se hieren el uno al otro. Laertes muere por el veneno, Hamlet acuchilla a Claudio y lo obliga a beber el resto del veneno, antes de morir él también en brazos de su amigo Horacio. El príncipe noruego Fortinbrás llega con soldados y se hace con el poder de Dinamarca.
  • Romeo y Julieta: Hay una enemistad entre dos de las más poderosas familias nobles de Verona: la de los Montescos y la de los Capuletos. El Príncipe de Verona ordena que concluya y el padre Capuleto, para demostrar su buena fe, conviene en que su hija Julieta se case con Paris, sobrino del Príncipe, y organiza un baile de máscaras para celebrar el compromiso. Romeo Montesco y sus amigos (entre ellos el ingenioso Mercucio) van al baile y allí se enamoran Romeo y Julieta. Se encuentran por la noche y acuerdan que, a la mañana siguiente, cuando Julieta vaya a confesarse, los casará Fray Lorenzo; éste y el Ama de Julieta serán los testigos. Tiene lugar la boda, pero los posteriores planes los impide un brote de violencia entre las dos familias. Mercucio lucha con Tebaldo y el Príncipe lo castiga desterrándolo de Verona. Capuleto dice a Julieta que debe celebrarse lo antes posible su matrimonio con Paris. Ella pide ayuda a Fray Lorenzo y el fraile le aconseja que finja estar dispuesta a casarse, pero que tome un narcótico que hará que parezca muerta durante cuarenta y ocho horas. Julieta será colocada yacente en la cripta de la familia, adonde irá Romeo en secreto y se la llevará. El plan funciona, excepto en que Romeo no recibe el mensaje de Fray Lorenzo que le explicaba la situación, y de lo que se entera Romeo es de que Julieta ha muerto. Va en secreto a la cripta. Está llorando sobre el cadáver cuando llega Paris con flores; luchan y Romeo mata a Paris. Luego de otro estallido de dolor por Julieta, Romeo bebe un veneno y muere. Julieta recobra la conciencia y encuentra el cadáver de Romeo, con lo que se clava un puñal. Fray Lorenzo explica todo el lío a las familias Capuleto y Montesco, y el Príncipe insiste en que de ahora en adelante concluya la hostilidad.
Obras intermedias 2 (1603-1607: estuardiano)

  • Troilo y Cressida
  • A buen fin no hay mal principio
  • Otelo: Yago, un alférez que ha ascendido desde la tropa, cuenta con que su general, Otelo, lo ascienda a teniente, pero Otelo concede el puesto al aristócrata Casio. Yago trama cómo vengarse de los dos. Sabiendo que Otelo ha cortejado a Desdémona, la joven hija del senador, Brabancio, dice a Brabancio que han dormido juntos. Brabancio acusa a Otelo ante los tribunales pero Otelo demuestra que sus amores son inocentes y, de mala gana, Brabancio consiente el matrimonio. Las tropas de Otelo han de ir a defender Chipre de los turcos. Otelo y Desdémona irán más tarde. Yago pone en marcha su plan. Emborracha a Casio y organiza una reyerta que está en todo su apogeo cuando Otelo desembarca en el muelle. Otelo retira su cargo a Casio. yago también propone a Casio que pida a Desdémona que interceda por él; al mismo tiempo comienza a insinuar a Otelo que Casio y Desdémona son amantes. Yago se hace con un pañuelo regalado a Desdémona por Otelo y que ella pierde casualmente, pañuelo que esconde en las habitaciones de Casio. Yago dice a Otelo que Casio besa el pañuelo y sueña con Desdémona. Otelo pide el pañuelo a Desdémona y ella contesta, con toda inocencia, que no sabe dónde está. igual de inocente, Casio, al hallarlo, lo regala a su amante, Blanca. Otelo está ahora tan comido por los celos y las insinuaciones de Yago que se desmaya. Yago hace que Otelo lo vea riendo con Casio acerca de Blanca, aunque lo hace de tal manera que Otelo entiende que se trata de Desdémona. Otelo dice a Yago que mate a Casio y planea matar él a Desdémona. Llegan visitantes de Venecia y se horrorizan cuando, durante el banquete formal de bienvenida, Otelo insulta primero a Desdémona y después la golpea en público. yago intenta convencer a Rodrigo, un bobo enamorado de Desdémona, para que mate a Casio y, cuando Rodrigo desaprovecha la ocasión, lo mata para que no lo cuente. Otelo ahoga a Desdémona con una almohada y Emilia (la doncella de ella y esposa de Yago) encuentra el cadáver y dice a Otelo la verdad: que ella, Emilia, encontró el pañuelo y lo entregó a Yago. yago la mata por esto y Otelo hiere a Yago. Toda la historia sale a la luz y otelo se suicida delante de los enviados de Venecia. Casio es nombrado gobernador de Chipre y Yago va a ser conducido a Venecia para ser castigado.
  • Macbeth. Macbeth y su compañero el general Banquo encuentran tres brujas cuando regresan de Escocia después de haber vencido a una rebelión contra el rey Duncan. Las brujas prometen a Macbeth que será "barón de Cawdor y rey en el futuro" y a Banquo le dicen que sus hijos gobernarán algún día. Poco después Macbeth se entera de que ha sido nombrado Barón de Cawdor. Duncan llega al castillo de Macbeth y este habla a su esposa de la profecía y de sus dudas sobre si matar al rey, a lo que ella lo incita, burlándose de él hasta que comete el crimen. Los hijos del rey, Malcolm y Donalbain, huyen y son acusados del crimen. Macbeth es coronado rey. Pero ahora, atemorizado por la profecía sobre Banquo y sus hijos, envía asesinos a que lo maten. Banquo muere, pero el joven Felance -el futuro antepasado del Rey Jacobo I- escapa. En la cena de aquella noche, Macbeth ve el fantasma de Banquo y se horroriza. Las brujas le dicen que está a salvo hasta "el día / en que contra él el bosque de Birnam / suba a Dunsinae" y que "nadie nacido de mujer / a Macbeth podrá dañar", Al saber que Macduff, barón de Fife, ha huido a Inglaterra, ordena que maten a Lady Macduff y a sus hijos, lo cual empuja a Macdurr y Malcolm a sublevarse contra él. Lady Macbeth, atormentada por la culpabilidad, se ha vuelto sonámbula y confiesa los asesinatos a su médico. Malcolm y Macduff aúnan sus ejércitos en el Bosque de Birnam y ordenan a los soldados que se camuflen con ramaje y avancen hacia Dunsinae. Macbeth se enfrenta a Macduff en combate singular y, horrorizado al saber que Macduff nació mediante cesárea, cae muerto. Macbeth es decapitado y Malcolm se convierte en Rey de Escocia.
  • Medida por medida
  • Antonio y Cleopatra
  • El rey Lear
  • Coriolano
Últimas obras (1607-1613)

  • Pericles
  • Cimbelino
  • Timón de Atenas
  • Los dos parientes nobles
  • El cuento de invierno
  • Enrique VIII
  • La tempestad