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miércoles, 21 de diciembre de 2011

Epidemia de amor

1595 es, según la cronología aproximada de sus obras, un gran año para William Shakespeare. De la misma fecha datan la comedia El sueño de una noche de verano, la obra histórica Ricardo II y la tragedia Romeo y Julieta. Las tres comparten, dentro de su divergencia, algunos rasgos comunes: la fábula de Píramo y Tisbe sirvió como punto de partida para la comedia y la tragedia (matizada por la tradición cortés del Tristán e incluso un poema de Arthur Brooke, de 1562, donde ya aparece el Ama); el mito del héroe trágico que se deja caer por los abismos de la desgracia, frecuente luego en tragedias como Antonio y Cleopatra, queda encarnado en Romeo y el rey Ricardo; y las tres abordan, de una u otra manera, el mundo de la fantasía: el de los cuentos de hadas, el de la poesía vibrante y colorida, el del lirismo creciente en mitad de la caída, el del veneno equivocado.
                Todavía falta tiempo para la impresionante serie de tragedias que encadenó entre 1601 y 1606, entre ellas Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth o Antonio y Cleopatra, la cima de su producción, y quizá por ello suela hablarse de Romeo y Julieta con la condescendencia y el prejuicio con se piensa en las obras primerizas. Es verdad que Romeo y Julieta no utiliza tramas secundarias y que su estructura dramática se apoya en giros argumentales de controvertida justificación. Romeo podía haber huido con Julieta sin atender a los consejos de fray Lorenzo, y no deja de ser una desgracia, más que una fatalidad, que no le llegue a Romeo una carta en el momento preciso. Se diría que estas soluciones dramáticas fuerzan la acción, pero también puede verse desde el lado contrario.
                Romeo y Julieta es la tragedia de la pasión irrefrenable. Excepto las escenas de amor, todo sucede tumultuosa, vertiginosamente. Es como si una epidemia de amor los atacase sin posibilidad de defenderse. Desde que Romeo, por bienintencionado consejo de su amigo Benvolio, se olvida de Rosalina y se precipita en el amor hacia Julieta, todo está envuelto en una urgencia de los sentimientos que tampoco puede llevarse muy bien con la paciencia o la premeditación. Dicho de otro modo, es lógico que el amor sea un desastre incontrolable desde todos los puntos de vista, y casi sería menos verosímil que Romeo hubiera sabido actuar o que la carta de fray Lorenzo le hubiese llegado a tiempo. La propia desmesura del amor justifica cualquier recurso argumental, como si el autor hubiera compuesto la obra con la misma intensidad, con la misma prisa que reclama la pasión.
                Pero esta desmesura tan solo da sensación de grandiosidad, de riqueza de matices y significados, de atmósfera poseída por el sentimiento. No hay enamoramiento en Romeo. Hay amor, pleno, profundo, irreversible desde el primer instante, desde que no solo los amantes saben que están enamorados sino que son, para siempre, el uno del otro: mi Romeo, mi Julieta, repiten los amantes, sin dar nunca sensación de propiedad sino de unión.
                La tragedia conserva intacta su frescura, y pese al mito en que se ha convertido, a su condición de antonomasia del amor, más de cuatro siglos de ininterrumpida representación no han conseguido petrificarla. Su capacidad emotiva se mantiene como el primer día, y eso ha dado lugar a toda clase de interpretaciones. Las más altisonantes quizá sean las que hablan del conflicto entre idealismo y realismo, y las todavía más solemnes que ven un sacrificio expiatorio en la inmolación de los amantes. Ambas tienen sus razones.
                Romeo y Julieta es, sorprendentemente, una de las obras más realistas de Shakespeare. En ninguna aparecen tantos personajes de las clases populares: Pedro, Sansón, Gregorio, Abrahán, Baltasar, el Ama, el Boticario, los músicos… En pocas son tan importantes los objetos, un frasco, un balcón, una tumba, una daga, unos huesos, unos pantalones, un botón incluso. El atrezzo normalmente es una apoyatura secundaria, pero aquí son realidades cercanas, resúmenes de sentimientos, escenarios perfectos. Más que servir para la acción, la condensan, la simbolizan. La historia está en esos objetos, de modo que el espacio de la palabra se amplía, y con él su extrema libertad. Y así vemos que personajes tan importantes y tan bien retratados como Mercuccio hacen arte de lo mismo que los va a matar. Su intervención más importante no es cuando muere a manos de Tebaldo: cualesquiera otros dos jóvenes igual de impulsivos o de cínicos habrían servido para la acción, pero ninguno habría recitado como Mercuccio el fabuloso poema de la reina Mab, una especie de pompa irisada de jabón, una belleza tan límpida y tan frágil como la propia vida de Mercuccio. Entendemos a Mercuccio gracias a su alarde verbal, no a la forma gratuita que tiene de ganarse la vida.
                O vemos cómo la cercanísima Ama es una mujer que habla con su presencia, y que con su divertida corriente de conciencia (no en vano el Ulises de Joyce termina igual que uno de los más celebrados monólogos del Ama) plasma la realidad de un tipo de mujer intemporal, la que se expresa con absoluta claridad en su incapacidad para hablar con coherencia. La simpatía que transmite se debe a que nos gusta lo que dice sin importarnos mucho; nos gusta, más que sus palabras, su presencia hablando, en un alarde lingüístico, por otra parte, que tampoco tiene mucho que envidiar al de Mercuccio.
                Incluso es real el fraile, tan fantasioso en el fondo, tan cobarde en los momentos importantes, tan honesto al final. Es débil y lucha sin fuerzas contra su propia bondad. Las mejores intenciones le llevan al desastre. Y lo mismo podríamos decir de los padres de Julieta: son débiles, incapaces. El padre tiene salidas de tono improcedentes, de una agresividad estúpida, o bien una voluntad pacificadora inoperante. La madre es mala madre, descuidada, antipática, lejana, a pesar de que en una ocasión hable frente a frente con Julieta. Ni la entiende ni saca provecho de no entenderla. Es una pobre mujer, y eso siempre resulta muy realista.
                Todos ellos componen una sociedad enferma, carcomida por el odio sin sentido de Montescos y Capuletos, por el delirio del honor y el desprecio de la vida. Romeo y Julieta son los únicos que, en la súbita maduración que les provoca el amor, son capaces, con su desgracia, con su sacrificio, de redimir la ciudad y sanarla de una morbosa ausencia de sentimientos verdaderos. Ellos serían el ideal del amor, y todos los desgraciados que los rodean la realidad de la vida. Amor omnia vincit, pero al precio de la muerte.
                Aunque tampoco habría que ir tan lejos para encontrar tanta riqueza. Julieta tiene catorce años. Romeo, pocos más. El amor los atrapa y les hace ser hombre y mujer, les abre una verdad a la que ni pueden ni quieren resistirse. No necesitan querer ni fingir. No necesitan buena voluntad para quererse. El amor en ellos es una necesidad trágica, un ciclón que se los lleva. Todo podía haber sido de otra manera y los amantes, con un poco más de temple, con algo de astucia, podrían, además de vencer, haber seguido vivos. Pero en Antonio y Cleopatra Shakespeare volvería a insistir en la fatalidad del verdadero amor, sobre todo con la muerte de Cleopatra, que surge, otro vínculo con la realidad, de una cesta de higos.
                Ni hay cálculo en sus sentimientos ni podía haberlo en la desatada poesía que brilla en cada página. Alguien ha contado 175 juegos de palabras con intención graciosa en medio de semejante drama. La incontinencia paronomásica de Shakespeare no se toma un respiro. Hasta en una intimidad tan poco dada a la filigrana especulativa de Romeo y Julieta se practica el nominalismo filosófico, como en el célebre episodio de la rosa. Mercuccio no solo hace brotar poemas de su boca sino que da lecciones de literatura, desde el pin of my heart de la mitología clásica al pink of courtesy de sus aficiones literarias. Fray Lorenzo es como un monje escolástico que se lía un poco al hablar y cree en los curanderos. Bajo sus alambicados parlamentos, salvo el último, no suele haber mucha sustancia, pero él, otra vez, es intensamente real.
                Pero esta afición de Shakespeare a jugar con las palabras por puro placer musical tiene otro efecto en la obra. Los poemas son tan cristalinos, puros e incontaminados como el amor de Romeo y Julieta. Son belleza no premeditada, libre de la carga de profundidad de su significado. Las mismas palabras sin sentido que sirven para condenarlos son las que llenan de color y de emoción todos sus pasos. Dicho sea con la licencia propia del caso, las palabras pintan de música las escenas. La misma obra, en su presunta imperfección, tiene la tersura, la pureza de los amantes atolondrados. Hablan en serio, aman en serio. Nadie alrededor es capaz de hacer lo mismo. Se los ha comido la incapacidad de entregarse a sus sentimientos, de tenerlos siquiera. Mercuccio es el esteta despegado, el Óscar Wilde irónico y distante. Los mejores personajes son prudentes o directamente cobardes. Los peores, individuos defectuosos, arruinados por las impurezas de su corazón. Romeo y Julieta no son compatibles con nada que limite su pasión, pero la vida está llena de limitaciones y la plenitud encaja mejor en el escenario de la muerte. La tragedia es que solo se conserva la pureza el tiempo que duran las flores, hasta que se acaba la canción de amor, y los músicos, pobres, se quedan sin cobrar.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Labios ardientes


Julieta. (Despertando). ¡Ah, padre, consuelo mío! ¿Dónde está mi señor? Recuerdo muy bien dónde debía estar yo, y aquí estoy: ¿dónde está mi Romeo?
Ruido dentro.
Fray Lorenzo. Oigo ruido. Señora, salid de ese nido de muerte, peste y sueño antinatural: un poder más grande de lo que podemos resistir ha malogrado nuestros intentos: venid, vámonos: tu esposo yace muerto en tu regazo, y también París: ven, te pondré en un convento de santas monjas. No te pares a preguntar, porque viene la guardia: vamos, ven, buena Julieta: no me atrevo a quedarme más. (Se va.)
Julieta. Vete, vete, porque yo no me quiero ir. ¿Qué hay aquí? ¿Una copa apretada en la mano de mi fiel amor? Ya veo; el veneno ha sido su fin prematuro: ¡ah cruel! ¡Lo has bebido todo, sin dejarme una gota propicia que me sirviera después! Besaré tus labios: quizá quede en ellos un poco de veneno, para hacerme morir con un cordial. (Le besa.) ¡Tus labios están calientes!

Veneno


Romeo. Si  puedo fiarme de la lisonjera sinceridad del sueño, mis sueños presagian que se aproximan algunas gozosas noticias: el soberano de mi pecho está alegremente sentado en su trono, y durante todo el día, un espíritu desacostumbrado me eleva por encima del suelo con pensamientos animosos. Soñé que llegaba mi amada y me encontraba muerto -¡extraño sueño, que permite pensar a un muerto!- y con sus besos infundía en mis labios tal vida, que yo revivía y era emperador. ¡Ay de mí! ¡Qué dulce debe ser el amor poseído, cuando sólo las sombras del amor son tan ricas en gozo!
Entra Baltasar, con botas
¡Noticias de Verona! ¿Qué hay, Baltasar? ¿Me traes cartas del fraile? ¿Cómo está mi señora? ¿Está bien mi padre? ¿Cómo le va a mi Julieta? Esto te lo repito, pues nada puede estar mal si ella está bien.
Baltasar. Entonces, ella está bien, y nada puede estar mal: su cuerpo duerme en el panteón de los Capuletos, y su parte inmortal vive con los ángeles. Vi cómo la depositaban en la bóveda de su familia, y me puse enseguida en camino para decíroslo: perdonadme por traer estas malas noticias, puesto que me lo habíais dejado encargado, señor.
Romeo. ¿Así es? ¡Entonces, estrellas, os desafío! Sabes dónde vivo: tráeme tinta y papel, y alquila caballos de posta: me voy de aquí esta noche.
Baltasar. Señor, os lo ruego, tened paciencia: vuestro rostro está pálido y agitado, y hace temer alguna desgracia.
Romeo. Calla, te engañas: déjame y haz lo que te mando. ¿No tienes cartas del fraile para mí?
Baltasar. No, mi buen señor.
Romeo. No importa: vete de aquí, y alquila esos caballos: enseguida estaré contigo. (Se va Baltasar.) Bien, Julieta, esta noche yaceré contigo. Vamos a ver cómo: ¡ah desgracia, qué rápida eres para entrar en los ánimos de los hombres desesperados! Recuerdo un boticario… vive por aquí, y le vi hace poco en harapos destrozados, con frente ceñuda, reuniendo hierbas medicinales: su aspecto era mísero, y la cruel miseria le había consumido hasta los huesos. En su pobre botica, colgaba una tortuga, un caimán disecado y otras pieles de deformes peces; en sus estanterías, una miserable cantidad de botes vacíos, tarros verdes de barro, vejigas y semillas mohosas, restos de guita de envolver y viejos panes de rosa, estaban dispersados a trechos para hacer impresión. Al notar esta penuria, me dije: Si alguien necesita ahora un veneno, cuya venta está condenada a muerte inmediata en Mantua, aquí vive un desgraciado pícaro que se lo vendería. Ah, este pensamiento no hizo sino adelantarse a mi necesidad, y ese mismo hombre necesitado ha de vendérmelo. Según recuerdo, esta ha de ser la casa: por ser fiesta, la botica del pobre está cerrada. ¡Eh, a ver, boticario!

jueves, 15 de diciembre de 2011

¿Eres hombre?


FRAY LORENZO. Detén tu mano desesperada: ¿eres hombre? Tu aspecto clama que lo eres: tus lágrimas son mujeriles: tus actos locos indican la furia irracional de un animal: ¡mujer deforme en forma de hombre! ¡In forme bestia en forma de ambos! Me has sorprendido: por mis santas órdenes, creí que tu ánimo era mejor templado. ¿Has matado a Tebaldo? ¿Te vas a matar a ti mismo? ¿Y vas a matar a tu dama, que vive en tu vida, dejándote llevar del condenado odio contra ti mismo? ¿Por qué te burlas de tu nacimiento, del cielo y la tierra? Pues nacimiento, cielo y tierra, se reúnen los tres a la vez en ti, y tú a la vez quieres perderlos. ¡Vergüenza, vergüenza! Infamas tu aspecto, tu amor, tu ingenio; pues, como un usurero, abundas en todo, y no usas nada en ese uso verdadero que debía ser ornamento de tu aspecto, de tu amor, de tu ingenio: tu noble aspecto es sólo una forma de cera, muy lejana del valor de un hombre; tu ardiente amor jurado, es sólo vacío perjurio, que mata ese amor que juraste guardar; tu ingenio, el ornamento de aspecto y amor, se extravía en el gobierno de uno y otro, pues, como la pólvora en el frasco de un soldado inhábil, le pega fuego tu propia ignorancia, y tú te despedazas con tu propia defensa. ¡Vamos, levántate, hombre! Está viva tu Julieta, por cuyo dulce amor te morías ahora mismo: en eso eres feliz: Tebaldo iba a matarte, pero mataste tú a Tebaldo: en eso también eres feliz: la justicia que amenazaba darte muerte se hace tu amiga, y lo convierte en exilio: en eso eres feliz, un haz de bendiciones se posa en tu espalda; la felicidad te corteja en su mejor atavío; pero tú como una muchacha huraña y mal educada, frunces el ceño a tu fortuna y a tu amor: ten cuidado, ten cuidado, porque quien es así, muere de modo miserable. Vamos, ve a ver a tu amor, como estaba acordado, sube a tu cuarto y consuélala; pero mira que no te quedes hasta que salga la guardia, pues entonces no podrás pasar a Mantua; allí vivirás hasta que podamos encontrar el momento de revelar vuestro matrimonio, reconciliar a los vuestros, pedir perdón al Príncipe, y volverte a llamar con dos millones de veces más de alegría que el llanto con que partiste. Ve por delante, ama: saluda de mi parte a tu señora, y di que se dé prisa en hacer acostar a todos los de la casa, a lo cual estarán dispuestos por su grave tristeza: irá Romeo.

martes, 13 de diciembre de 2011

Como una rosa


Mercucio. ¡ay, pobre Romeo! ¡Ya está muerto! Apuñalado por los ojos negros de una blanca muchacha; traspasado de oído a oído por una canción de amor; con el corazón partido en su misma diana por la flecha del ciego niño arquero: ¿y va a ser hombre para enfrentarse con Tebaldo?
Benvolio. ¡Bah! ¿Qué es Tebaldo?
Mercucio. Más que el príncipe de los gatos, puedo decirte. Ah, es el valiente capitán de las perfecciones. Lucha como tú cantarías una partitura; lleva el compás, la distancia y la proporción: te hace una pausa de mínima: una, dos, y el tres en tu pecho: el auténtico matarife de los botones de seda, un duelista, un duelista; un caballero de la primerísima escuela, de la primera y segunda causa. ¡Ah, la inmortal pasada! ¡Los grados del perfil! ¡El “tocado”!
Benvolio. ¿El qué?
Mercucio. ¡La peste de esos fantásticos grotescos, balbucientes y afectados, esos nuevos entonadores de acentos! “¡Por Jesucristo, una excelente hoja: un hombre de buen talle; una estupenda puta!” Vaya, ¿no es cosa lamentable, abuelo mío, que estemos tan afligidos con estas moscas impertinentes, estos lanzadores de modas, estos pardonnez-moi, que se asientan tanto en las nuevas formas que no pueden estar cómodos en sus antiguos bancos? ¡Ah, sus bons, ah sus bons!
Entra Romeo
Benvolio. Aquí viene Romeo, aquí viene Romeo.
Mercucio. Sin las huevas, como un arenque seco. ¡Ah carne, carne, cómo estás de pescadeada! Ahora se ha dado a la métrica en que manó Petrarca: Laura, al lado de su amada, era una fregona: pardiez, aquella tuvo un amante mejor para ponerla en rima; Dido, muy dudosa; Cleopatra, una gitana; Helena y Hero, bribonas y rameras; Tisbe, ojos garzos, o algo así, pero no servía para el caso. Signor Romeo, bon jour! Ahí tienes un saludo francés para tus bragas a la francesa. Anoche nos diste lindamente moneda falsa.
Romeo. Buenos días a los dos. ¿Qué moneda falsa os di?
Mercucio. El esquinazo, hombre, el esquinazo: ¿no entiendes?
Romeo. Perdón, buen Mercucio: tenía un asunto importante; y en caso tal como el mío, uno puede apurar la cortesía.
Mercucio. Es como decir que un caso como el tuyo obliga a uno a inclinarse por las corvas.
Romeo. Esto es, para hacer una reverencia.
Mercucio. Has acertado amablemente.
Romeo. Una interpretación muy cortés.
Mercucio. Claro, soy la misma flor de la cortesía.
Romeo. Como una rosa.
Mercucio. Eso es.